Ojalá leas esto desde el infierno Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

—Es una chatarra que se mueve, tiene asientos y puede que hasta aire acondicionado de vez en cuando si le hablas con cariño en vez de insultarla.

—Abre la puerta trasera, que chirría con el movimiento.

Tira mi bolsa dentro y luego mete su mochila con cuidado para no romper los frascos de almas.

Estamos más cerca de mi puerta, así que me la abre, arqueando una ceja—. Ahora dame las gracias y entra.

—Gracias —le digo, pronunciando la palabra con especial énfasis.

Es mejor que una moto y probablemente más segura, aunque no por mucho. Supongo que prefiero morir aplastada en una de estas trampas mortales para madres que llevan a sus hijos al fútbol que salir disparada por la autopista como una piedra que rebota en el agua.

Luke se pone al volante, ajusta el asiento y el único retrovisor lateral, pues el de mi lado ya no está.

Al introducir la llave en el contacto, el monovolumen arranca con un traqueteo antes de pasar a un ruido sordo que me hace estar casi segura de que le falta el catalizador.

Supongo que en el infierno no les preocupan demasiado las emisiones de carbono ni el agujero de la capa ozono.

—Toma. —Luke se saca el mapa del bolsillo trasero y me lo entrega mientras mueve el vehículo fuera del campo—. No debería necesitar indicaciones, pero no le quites la vista de encima por si acaso.

—¿Vamos directos al Valle de la Muerte?

Luke asiente.

—Una vez que nos incorporemos a la Ruta 666 en lo que conocemos como Chicago, deberíamos llegar allí en algo más de veinticuatro horas.

—Dime que estás de broma.

Me mira de reojo.

—¿Y por qué debería estar de broma?

—¿La Ruta 666? ¿En serio? Es la Ruta 66 y lo sabes.

Sus labios esbozan una leve sonrisa.

—Tú mantente alerta.

Pongo los ojos en blanco, pero no puedo evitar que se me escape una sonrisa.

—¿Cuánto tardaremos en llegar a Chicago?

—Unas horas. Pararemos a comer, compraremos algo de comida y agua, repostaremos combustible, y luego seguiremos nuestro camino.

Asiento, satisfecha con el plan de acción.

Cuando me acomodo en el asiento, sorprendentemente mullido, me sobrevienen todos mis tormentos y dolencias.

Aparte del dolor punzante de la rodilla, siento como si me ardieran los muslos por dentro; mis vaqueros holgados me han protegido de lo peor de las rozaduras, pero no del todo.

No recuerdo haberme hecho ningún corte superficial en la piel expuesta.

Bajo el espejo de la visera y me quedo boquiabierta al ver mi cara.

Por si las ojeras, profundas como un cañón, no fueran suficiente, ahora tengo manchas rojas en las mejillas en los lugares en que me salpicó la sangre de Badulf.

Aunque el agua me ha calmado un poco la piel, todavía me escuece cuando la presiono con la yema del dedo índice.

Por cómo están situadas, parece como si las lágrimas hubieran dejado cicatrices.

—Desaparecerán —me tranquiliza Luke—. Pero si todavía te duelen, el bálsamo que hay en el bolsillo delantero de mi mochila, donde está el botiquín, debería ayudar.

—Estoy bien.

Subo el espejo antes de poder analizar el desastre que es mi pelo.

—¿Cómo te ha ido con Hazaar? ¿Conseguiste que te diera doscientas?

—De hecho, conseguí cuatrocientas.

Levanta las cejas de golpe.

—¿En serio? ¿Y cómo lo has hecho?

Ahí está otra vez. Esa voz suya tan cautivadora que debería provocar mi burla, pero que, por el contrario, hace que me suba la temperatura.

—Soy muy buena regateando.

—Ya veo, ya —dice en voz baja, casi para sí mismo.

El silencio nos envuelve y el cansancio me pasa factura.

Recurro a todos los trucos posibles para mantenerme despierta: me muerdo las uñas, bastante sucias, y me bebo a sorbitos el agua de Luke, ya que mi botella está vacía.

Y, a pesar de todo, se me cierran los ojos.

Si caigo rendida, es bastante probable que una pesadilla me aguarde en el umbral del sueño, pero ya no se me ocurre qué más hacer.

—Te debo una disculpa.

Luke pone fin al silencio. Parpadeo, con las lentillas descolocadas por la cabezadita.

—¿Por?

—Por lo que te dije en el desguace. —Luke me mira, lo que me pone en estado de alerta—. Me sentía frustrado porque no conseguíamos encontrar un vehículo que nos fuera bien, pero no te lo merecías.

No estoy acostumbrada a que los hombres me pidan perdón; mi ex, desde luego, nunca lo hizo de corazón.

Me muerdo la lengua para resistirme a mi instinto inicial y no soltar alguna chorrada del tipo «¡No te preocupes!

», cuando, en realidad, la preocupación es mi combustible.

Así que opto por dejar que sus palabras se diluyan entre nosotros como un azucarillo.

—Te lo agradezco. Pero también es cierto que podría haber elegido un mejor momento para interrogarte.

—¿Como ahora?

Su expresión es desafiante, casi como si quisiera que le provocara.

—Depende. —Me encojo de hombros. Ahora me toca a mí hacerme la evasiva—. ¿Vas a volver a gritarme?

—Depende de lo que quieras saber.

Reflexiono sobre qué podría querer preguntarle.

—Hazaar dijo que te conocía. Los perros del infierno también parecen conocerte. ¿De qué? No te imagino, ni siquiera en tus mejores tiempos como cazador de monstruos, deambulando por el infierno tratando de distinguir entre amigos y enemigos.

—Tienes razón. No conozco bien la zona de mi época como cazador de monstruos —se limita a decir—. La conozco porque crecí aquí.