Ojalá leas esto desde el infierno Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—¿Qué estás buscando? —le pregunto para deshacer el nudo que se me ha formado en la garganta.

—Agua.

—A mí tampoco me vendría mal un poco —le digo mientras la busca.

Me incorporo sobre los hombros con una mueca de dolor. La rodilla magullada me duele un montón.

Entonces Luke me vacía el contenido de mi botella en la cara, empapándome en cuestión de segundos.

—Eh…, ¿perdona?

—Tenemos que quitarte la sangre del sabueso antes de que te provoque una quemadura grave. Es icor. Sangre de demonio.

Me limpia la cara con el bajo de su camisa, lo cual resulta un poco incómodo, ya que estoy casi a la altura de su entrepierna. Tras levantarme la barbilla, me limpia con el pulgar los restos de icor con tal cuidado que le valdría una muy buena nota en su informe sobre el trato con los pacientes.

—¿No te quema? —le pregunto.

—Ya estoy acostumbrado —responde, frunciendo el ceño en señal de concentración—. Y perdón por no avisarte antes. No quería que se te quedara en la piel y te dejara una cicatriz.

Me toco la cara y noto lo sensible que está la piel de la zona donde había icor.

—Gracias —digo, aunque mi voz suena hueca mientras intercambiamos miradas. Sus ojos arden con tal intensidad que me hace carraspear y bajar la vista al suelo. Veo algo que brilla—. Eh, anda. Tu daga.

La recojo, me levanto y se la devuelvo.

—Te la cambio.

Saca la mía de donde la había guardado, en su cinturón, y me la entrega al tiempo que recupera la suya. Son idénticas, así que no le encuentro mucho sentido, pero por alguna razón parece necesario.

—Creo que le has roto la nariz a Badulf —comenta Luke con una sonrisa de orgullo.

De repente, me cuesta más respirar que hace un minuto. Coge la mochila y mi bolsa de viaje. No me molesto en discutir sobre quién lleva qué, porque ahora mismo estoy demasiado cansada como para ejercer de feminista.

—Quizá ahora esté más guapo. —Camino a su paso—. Ya sabes, con ese aire de malote.

Luke rompe a reír y su risa suena tan clara como el cielo de la mañana.

—Como si necesitara parecer más malote.

Me uno a su risa, pero se me corta al recordar el tornado al que acabamos de sobrevivir.

—¿Qué ha sido todo ese viento?

—Se conoce como el Juicio, cuando todos los monstruos y demonios caídos y enviados al abismo mediante obsidiana y exorcismos resurgen de nuevo. Por lo general, sedientos de venganza.

—Esa parte la pillo —afirmo. Me asalta un pensamiento desesperado—. Pero ¿eso significa que Beliar ha vuelto? Dado que lo apuñalaste con la daga, él habría estado en el…

—Abismo.

—Eso. Que, por lo que he entendido, se trata simplemente de las nubes. Pero ya no está allí, ¿no?

Luke aprieta los labios.

—Eso parece. Ojalá haya vuelto al inframundo y no al supramundo.

«Ojalá» no es una palabra que me tranquilice demasiado.

—Uno de los vendedores del mercado me dijo que ahora hay Juicios con cada vez mayor frecuencia. Eso es malo, supongo.

—Mucho. Antes solo se producían durante los eclipses lunares, más o menos cada diez años. El último eclipse lunar tuvo lugar hace casi un año y parece ser que, desde entonces, se han producido varios Juicios.

—El domingo habrá otro eclipse lunar —le digo al recordar lo que me contó el vendedor de pezuñas encurtidas—. Al parecer, uno de los grandes, que va a dar lugar a una superluna azul sangrienta.

Luke me lanza una mirada que me indica que mi comentario le ha hecho gracia.

—¿Una superluna azul sangrienta?

Siento que se me enrojecen las mejillas.

—Fui a la facultad de medicina, no soy astrofísica.

—Entonces ¿Beliar quiere realizar esos sacrificios para…?

—¿Debilitar el velo, que ya de por sí es bastante débil? —termino la frase por él—. Eso es lo que también cree Pezuñas Encurtidas.

Luke arruga la nariz, desconcertado. Al igual que en la cafetería, me resulta adorable, y esa idea me disgusta. Nada en él debería parecerme adorable.

—No sé si quiero saber quién es Pezuñas Encurtidas y cómo lo has conocido.

Con un gesto, le indico que tampoco es tan importante.

—Tú te diste tu vueltecita por el Mercado Nocturno y yo la mía. Lo único que importa aquí es el calendario. ¿Podremos llegar al Valle de la Muerte en moto para el sábado?

—No tenemos que hacerlo.

Luke se saca un llavero del bolsillo y pulsa el botón de desbloqueo.

Me gira para que mire hacia el campo que hay a nuestra derecha.

Entre la hierba alta hay un monovolumen oxidado y abandonado.

Es imposible saber de qué color era antes, ni siquiera de qué marca.

El parabrisas está agrietado y solo se enciende uno de los faros.

Como si se anticipara a mi descontento, Luke, siempre tan amable, señala:

—Tú eras la que no quería la moto.

—¿Y no has podido encontrar nada mejor que esa chatarra?