Ojalá leas esto desde el infierno Capítulo 16
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Capítulo 16

—¿Q ué clase de mierda críptica ha sido esa? —le pregunto a Luke.

—Te lo contaré cuando hayamos salido de aquí.

—Luke da un giro tan brusco que me fallan los pies cuando intento seguirlo.

Al ver que casi me caigo de bruces, me quita la bolsa del hombro y se la echa al suyo con un movimiento fluido—.

Solo nos quedan unos minutos, quizá segundos, antes de que amanezca. Si no conseguimos salir…

Se detiene de golpe y termino incrustada en su espalda. Cualquier persona normal se habría caído, pero Luke apenas se inmuta.

—¿Por qué has…?

—Parece que tienes prisa —se burla una voz.

Asomo la cabeza por detrás de Luke… y ojalá no lo hubiera hecho. Ahí está Vaquero, en todo su peludo esplendor de sabueso infernal, flanqueado por cuatro seres de complexión igualmente musculosa, enseñando los dientes como los chuchos que son.

Luke saca su daga de obsidiana. Yo hago lo mismo.

—Tengo un mensaje para tu jefe —dice Luke—. ¿Podrías dárselo de mi parte, Badulf?

La sonrisa de Badulf, antes conocido como Vaquero, se vuelve más amplia.

—Supongo que podrás hacerlo tú mismo cuando te arrojemos a sus pies. Y a la chica también.

—Qué curioso. Fue justo la arrogancia lo que llevó a Zekiel a agonizar bajo la punta de mi daga cuando lo empujé desde el techo de un tren en marcha. Ojalá le hubieras acompañado.

Badulf alza la mirada al cielo.

—Supongo que pronto volveremos a vernos.

—Desde mi punto de vista, no lo bastante pronto.

Luke se lanza hacia delante para asestar un tajo con la daga.

Badulf espera ser el objetivo del ataque, por lo que no tiene tiempo de reaccionar cuando Luke gira sobre sí mismo y traza un arco con la daga que acaba atravesando la garganta del perro del infierno que tiene a su izquierda.

El ser ni siquiera llega a lanzar un grito antes de desintegrarse en un remolino de sombras negras y moradas.

Quedan cuatro, incluido Badulf, y todos se abalanzan sobre Luke a la vez.

Me siento completamente impotente, así que agarro la daga con fuerza, tratando de encontrar alguna forma de ser de ayuda.

A pesar de que el enfrentamiento es desigual, Luke no tiene ningún problema en defenderse.

Lucha como un personaje de una película de acción: se retuerce para esquivar los golpes antes de volver a lanzarse a la refriega, siempre con la daga por delante.

Otro perro del infierno se desintegra en sombras, tapándolos a todos durante un instante.

El cielo se va aclarando a pesar de las densas nubes que lo cubren. Está amaneciendo. El alba ya está aquí.

—¡Luke! —grito mientras apuñala de muerte a otro sabueso infernal—. ¡Tenemos que irnos! ¡El cielo!

Alza la vista, y esa breve distracción es todo lo que Badulf y el perro del infierno que queda necesitan para abalanzarse sobre él.

Su daga sale disparada en dirección contraria, resbala sobre los adoquines y acaba en el suelo de tierra que hay más allá.

La salida del Mercado Nocturno. Estamos tan tan cerca…

Luke sigue forcejeando para soltarse, así que no me lo pienso dos veces y arremeto contra ellos.

No soy ni mucho menos tan rápida ni tengo tanta coordinación, pero consigo alcanzar al sabueso sin nombre y le hago un feo corte en el costado.

Aúlla mientras la sangre negra brota y las sombras lo envuelven, liberando a Luke.

—¡Cógela!

Le lanzo mi daga a Luke. La atrapa al vuelo y, en el mismo movimiento, se la clava en el pecho a Badulf. Los dos perros del infierno desaparecen al unísono, flotando hasta fundirse con las nubes que atraviesan los relámpagos allá en lo alto, casi justo sobre nuestras cabezas.

—¡Salgamos de aquí! —grita Luke, pero su voz se ve ahogada por el repentino rugido del viento.

Corro por el callejón con él mientras el vendaval me empuja como si intentara encerrarme dentro del Mercado Nocturno. La desesperanza rompe contra mí como una ola y las lágrimas me escuecen en los ojos.

—¿Qué está pasando? —grito con una voz arrancada de los pulmones—. ¿Luke?

—¡Estoy aquí!

Su mano envuelve la mía, cálida y firme, mientras tira de mí hacia una salida que ya no puedo ver.

De repente, estamos en el ojo de un tornado, con relámpagos violetas destellando a nuestro alrededor mientras las nubes color ciruela se transforman en una niebla que cubre el aire hasta el punto de que no puedo ver nada.

Lo único que reconozco es la palma de la mano de Luke y el grito lejano de una canción que se abre paso a través del viento huracanado.

Es el violinista, pero su voz ahora es tan espeluznante y desgarrada que me resulta desagradable a los oídos cuando antes me parecía alegre.

Vuelven, siempre volverán,

los monstruos a por ti regresarán.

Así que este himno de advertencia entono,

para el Juicio celebrar de este modo.

—¡Ya casi hemos llegado! —promete Luke, arrastrándome a través del viento—. ¡Aguanta!

El viento amaina, y toda la tierra y los escombros que había levantado caen como una única cortina de lluvia. Luke sigue adelante a toda velocidad, dejando atrás las últimas tiendas de campaña. Agarrada a su mano, salgo por fin del Mercado Nocturno.

Pero entonces pego un grito cuando unas garras afiladas como cuchillos se clavan en la piel de mi otro brazo.

Me arrancan de Luke de un fuerte tirón, y él sale despedido lejos de mí hasta caer de golpe sobre el suelo de tierra. Tras parpadear un par de veces para recolocarme las lentillas, me encuentro de frente con la peor cara que cabría esperar.

—Hoy no es tu día, ¿verdad? —me dice Badulf con una sonrisa de oreja a oreja.

A pesar de que acabo de ver cómo se lo tragaba un remolino de humo y sombras, está aquí, en toda su plenitud, y, para mi horror, no está solo: se encuentra flanqueado por los otros perros del infierno a los que acabamos de despachar, y también por Franela.

O Zekiel, como lo ha llamado Luke, que se cruje el cuello.

—¡Suéltala! —grita Luke, abalanzándose hacia nosotros con mi daga en la mano.

Pero no tenemos tiempo para peleas. Ahora que las nubes se han disipado, el cielo se ve en todo su esplendor. Es de un tono lila precioso. O, al menos, sería precioso si no fuera porque eso significa que ya ha amanecido y sigo dentro del Mercado Nocturno.

—La verdad es que hoy no es mi día —coincido con Badulf—. Pero no muchos lo son. Ya me he acostumbrado.

Dejo que tire de mí y acabo estampándome contra su pecho, demasiado cerca del olor acre y putrefacto de su aliento.

Entonces lanzo la cabeza hacia delante con todas mis fuerzas y solo veo estrellas cuando mi cráneo choca de forma brutal contra su nariz.

Su sangre negra me salpica la cara y, con las últimas fuerzas que me quedan, lo empujo.

Cae sobre los demás perros del infierno y estos, a su vez, caen como fichas de dominó sobre los temblorosos adoquines.

—¡Brie!

Luke tira de mí con tanta fuerza que me estrello contra él.

Caemos juntos, rodando hacia atrás por el suelo.

Un estallido ensordecedor resuena en el aire, como si alguien pinchara un globo con una aguja, y me incorporo justo a tiempo para ver cómo el Mercado Nocturno se derrumba en una avalancha de colores que se agita y se sacude.

En un abrir y cerrar de ojos ha desaparecido, llevándose consigo a los perros del infierno y sin dejar nada que pueda convencerme de que alguna vez estuvo allí.

Tan solo pavimento agrietado, tierra y hierba amarillenta.

Luke jadea, y cada vez que su pecho sube y baja, me muevo con él. Me observa con los ojos bien abiertos y los labios separados, conmocionado.

—Hola —digo con voz temblorosa, incapaz de ignorar la situación. Yo encima de él, con los cuerpos bien pegados y las piernas entrelazadas. Su corazón late con fuerza bajo mi mano; es tan reconfortante que me cuesta mucho no apoyar la oreja en su pecho para contar los latidos.

—He pasado mucho miedo por ti —admite.

Sus palabras me provocan un escalofrío que me recorre la espalda empapada en sudor.

—¿Acaso ver cómo le daba un cabezazo a un monstruo no estaba en el programa de hoy?

La risa se le queda atascada en la garganta.

—Desde luego que no.

A ver, no es que me esté empujando para que me quite de encima y, bueno, yo me bajaría por mi cuenta, de verdad que sí, pero es que no recuerdo cómo mover las extremidades. Además, tiene la mano en mi espalda, cálida y extrañamente reconfortante, y eso me impide moverme.

—Apuesto a que ahora te arrepientes de haberme traído, ¿eh? —bromeo sin mucha convicción.

Frunce el ceño.

—Todavía no.

—El jurado sigue deliberando. —Mis palabras pueden parecer frívolas, pero entre nuestra cercanía y la tensión que se respira entre los dos, parece cualquier cosa menos eso. Sobre todo, cuando me decido a preguntar—: Entonces ¿por qué me has dejado venir?

—Creo que pasa algo con el velo que separa los mundos, lo que en un principio explicaría cómo pudo Beliar entrar en el supramundo. De ser así, es bastante probable que vuelva a hacerlo. Y si yo estoy aquí y tú allí, entonces…

Se detiene, con la mirada clavada en mis labios.

—Entonces ¿qué? —le insisto.

—Entonces, si estuviéramos en mundos distintos, no podría protegerte.

Mi brusca inhalación queda ahogada por su risita, y todo mi cuerpo tiembla con el movimiento. Su pulgar se desliza sobre lo que bien podría ser la huella de la nariz de Badulf en mi frente. Un recuerdo genial que duele de cojones.

—Aunque está claro que no necesitabas mi protección.

Sus palabras impiden que salgan las mías, como si fueran comida masticada pegada a mi lengua. Para mi consternación, sus manos me apartan con suavidad de él y me dejan en el suelo. Recoge mi bolsa del lugar en que ha caído. Mientras la revisa, añade:

—También te dejé venir porque pensé que a Krystal le vendría bien tener una amiga. No sé en qué condiciones la tiene Beliar, pero me imagino que no serán nada buenas. Te necesitará.

«Te necesitará». Hace mucho tiempo que nadie me necesita.