Capítulo 15
S e me escapa un chillido.
—¿Cómo es que estás…?
—¿Vivo? —pregunta Vaquero. La chaqueta que le da nombre ahora está empapada en sangre oscura—. Supongo que tu amigo no está contigo, ¿verdad?
—No es mi amigo —digo intentando que mi voz suene despreocupada—. Y sí, anda por aquí. Deberías ir a buscarlo.
—¿Y por qué iba a hacerlo, si ya tengo lo que lo atraerá directamente hacia mí?
—Para empezar, no me trates como si fuera una cosa —le digo, agitando un dedo—. Y después…
Echo a correr por el siniestro callejón.
Él empieza a perseguirme sin parar de gritar; el sonido de sus pasos es una confirmación indeseada de que no va a ser tan fácil escapar.
Aunque esta parte del mercado no está tan llena como el resto, sigue habiendo suficiente gente entre la que abrirme paso como para comerse toda la ventaja que tengo sobre Vaquero, que va gritando para que se aparten de su camino.
Puede que, por ahora, lo esté consiguiendo, pero no podré esquivarlo eternamente.
Sobre todo, cuando todavía no he hecho lo único que Luke necesitaba que hiciera.
Un ser del infierno sale de una tienda de color granate oscuro y aprovecho para colarme dentro.
Me envuelve una música sensual; la luz es tenue y está enfocada hacia un escenario donde algunas mujeres bailan en barras con una ropa que deja bastante poco a la imaginación.
Otras se pasean por la sala sirviendo fluidos brillantes en copas de cristal.
El líquido rebosa por los bordes cuando los clientes se ríen a carcajadas o se inclinan hacia las mujeres para susurrarles al oído.
Al mirar por encima de mi hombro, veo a Vaquero cruzando la entrada.
Me agacho un poco más, con la esperanza de que su mirada no me detecte.
A juzgar por el revuelo repentino que se oye, es evidente que no está siendo ni la mitad de discreto que yo a la hora de apartar a la gente.
A mi alrededor se oyen gemidos y quejas.
Cuando vuelvo a mirar, Vaquero está atrapado detrás de una pared formada por dos hombres…
, o algo así. Son incluso más altos que él y sus colas sarnosas se agitan de un lado a otro en el aire.
—¡Ay! —grito al chocar contra alguien.
Unas manos me sujetan antes de que me pueda caer y unos ojos verdes brillantes con una raja en el centro atraviesan la oscuridad.
—¿Estás bien, cariño? —me pregunta una de las bailarinas—. Cualquiera diría que has visto a un fantasma. Por lo que he oído, hay unos cuantos por aquí esta noche.
—Sí, lo siento, es solo que, uh, bueno, tengo algo de prisa y…
Miro hacia atrás, hacia donde Vaquero se abre paso entre los dos porteros.
—¿Ese tipo te está molestando?
—Se podría decir así.
—Puedo sacarte a escondidas por la puerta de atrás.
Me agarra la mano. Su piel está fría y tiene una textura extraña que no logro identificar. Me arrastra entre la multitud y solo se detiene para llamar a otras dos bailarinas.
—¿Veis a ese tipo de ahí atrás con la chaqueta vaquera? —dice sonriendo con picardía—. Id a darle un poco de amor.
Una sonrisa maliciosa se dibuja en los labios de las bailarinas y ponen rumbo hacia él.
Cuando por fin llegamos a la puerta trasera de la carpa, que es increíblemente grande, miro hacia atrás y veo a las mujeres recostadas sobre Vaquero, que está sentado en un diván de terciopelo, con una expresión a medio camino entre el odio y la tentación.
Cuando una de las mujeres se inclina para besarlo, el demonio se las arregla para atraerla hacia su regazo.
—Como una loba en celo. —La mujer, que sigue agarrándome la mano, se ríe a carcajadas—. Por cierto, me llamo Shonda.
—Yo soy Brie —digo mientras salimos de la tienda y nos adentramos en un callejón aún más tranquilo que el anterior—. Gracias por salvarme el culo.
—No hay de qué. Si algo nos une aquí a todos es el odio por esos perros. Que les den a esos cabrones.
—¿Perros?
—Perros del infierno —me explica Shonda—. Mitad demonio menor, mitad sabueso, de ahí que tengan ese instinto para el rastreo y, por supuesto, ese exceso de vello corporal.
—Y yo que pensaba que sería griego o italiano.
La risa de Shonda resuena en el aire.
—También podrían ser en parte mortales. Pero lo que desde luego está claro es que son unos auténticos chupacuernos de tomo y lomo. Dejaré a tu imaginación qué cuerno es el que chupan. —Me guiña un ojo—. Eres nueva por aquí, ¿no? ¿Has hecho un trato con alguien con quien no debías?
—Algo así.
Asiente para indicarme que lo entiende justo cuando un relámpago hace que sus ojos brillen. También ilumina las tenues líneas que se dibujan sobre su piel. Corrijo, no es piel, sino escamas. Como las de una serpiente.
—Bueno, siento aguarte la fiesta, pero si ese de ahí te ha olido, estás jodida. No se detendrá ante nada para llevarte ante el jefazo.
—¿Sería demasiado esperar que siga encontrándome por casualidad con mujeres tan guapas y amables como tú que acudan en mi rescate? —bromeo sin mucha convicción. El hecho de que Vaquero esté en posesión de mi olor me revuelve el estómago.
Sus labios pintados de rojo esbozan una sonrisa de oreja a oreja. Se pasa las trenzas por encima del hombro para que caigan sobre su cadera y me mira mientras agarra la solapa de la tienda por la que acabamos de salir corriendo.
—Eres muy deslenguada para ser una mortal.
—Al parecer, mi expresión delata mi desconcierto.
Se echa a reír—. ¿Intentabas mantenerlo en secreto?
Hueles como uno y tus preguntas han confirmado mi sospecha.
En cualquier caso, al diablo le encantará tu descaro.
He oído que es todo un seductor. Lo veré dentro de unos días en la Velada de los Desconocidos.
Le ha pedido a nuestra compañía que monte un espectáculo.
Quizá te vea allí. Con un poco de suerte, viva.
Y, con otro guiño, vuelve a entrar en la tienda.
—¡Espera! —digo. Saca la cabeza por la puerta y arquea una ceja—. ¿Dónde puedo encontrar a Hazaar?
Al entrar en la carpa verde y dorada que me ha indicado Shonda, oigo el tintineo de unas campanillas sobre mi cabeza.
A diferencia del decepcionante exterior de la tienda del club en el que acabo de dejar a Vaquero, esta tiene un interior bastante pintoresco.
Las estanterías a mi izquierda y a mi derecha están llenas de pequeños frascos de cristal con líquidos de colores y tapones de corcho.
En la parte trasera hay cinco ollas enormes suspendidas de cables fijados al techo, colocadas sobre pequeños fuegos.
Más bien calderos, si soy sincera conmigo misma.
Veo a un hombre subido a un taburete, inclinado sobre el caldero central mientras remueve su contenido. Tararea una melodía alegre que no reconozco. Como no se da la vuelta, al cabo de unos instantes carraspeo.
—Estoy ciego, no sordo. He oído las campanillas cuando has entrado —dice con voz ronca.
—Perdón. ¿Eres Hazaar?
Deja la enorme cuchara de madera sobre el borde del caldero. Al bajar del pequeño taburete, se limpia las manos en el delantal blanco antes de girarse hacia mí.
—Para algunos. ¿A qué se debe el placer de tu visita?
Tiene los ojos blancos, como si los hubiera alzado tanto que se le hubieran quedado atascados ahí arriba, tal y como suelen advertir los adultos a los adolescentes insolentes.
Aparte del delantal, su ropa no tiene nada de especial: pantalones de color beige, una camiseta y una gorra de repartidor de periódicos tapándole la calva.
Un destello de sudor resplandece sobre su piel morena.
Si no fuera por los ojos, pensaría que es tan humano como yo.
—Me han pedido que te busque. Tengo algo que me gustaría venderte.
Dejo mi bolsa en el suelo para poder quitarme la mochila de Luke y abrir la cremallera. Hazaar se acerca, olfateando el aire.
—Sí que lo tienes, sí. ¿Quién te ha enviado?
—Mi ami… compañero. Luke D’Angelo.
Frunce el ceño, como si intentara recordar a quién corresponde ese nombre.
—Interesante. ¿Está aquí contigo?
—En alguna parte. —Pensaba que ya me habría encontrado, después de todos los rodeos que he dado.
Había supuesto que, al igual que yo, Luke habría metido en su mochila algo de ropa y otros artículos imprescindibles.
Y, sin embargo, cuando la abro, me encuentro tarros de cristal, cuadernos y frasquitos no más grandes que un vaso de chupito.
Cuando Hazaar extiende ansioso la mano, le entrego el tarro más grande, lleno de una gelatina burbujeante. Quita la tapa y la huele.
—Mmm —murmura con aire de aprobación—. Masa madre.
—¿Eh?
Coge otro frasco, lo abre y mete el dedo en su contenido de color ámbar. Se lo lleva a los labios y lo chupa con un chasquido de los labios.
—Justo lo que deseaba. Miel.
Reviso el resto de las cosas. Más miel, un tarro de lo que parece aceite de coco y un paquete de pipas.
—Son cosas muy normalitas. Y yo que creía que sería algo así como lenguas de gatitos.
—Quizá sean normales para ti.
Me doy cuenta de mi error demasiado tarde.
—No quería decir…
Se echa a reír. La naturalidad de ese sonido se parece tanto a la vigorosa carcajada de mi padre que se me paralizan los pulmones. Lo inesperado de ese paralelismo me provoca un nudo en la garganta que casi me asfixia. No puedo respirar…
—Tranquilízate, mortal. —El tono áspero de la voz de Hazaar hace que la risa de mi padre se vaya apagando hasta que consigo recuperar el aliento—.
Lo único que me interesa son las mercancías que traes.
Que, por cierto, son increíblemente difíciles de encontrar en el inframundo.
Tu Luke sabe lo que me gusta. Son muy puras.
Cosas que jamás crecerían aquí. Podré preparar unos brebajes deliciosos. ¿Cuánto quieres?
Ha pensado que mi reacción se debía a que me he asustado. Para demostrarle que se equivoca, me aclaro la garganta y apunto alto, reprimiendo las ganas de corregirle y decirle que Luke no es nada mío.
—Quinientos.
Se frota los pocos pelos ásperos que le salen de la barbilla.
—Trescientos.
—Cuatro cincuenta —regateo.
—Tres cincuenta.