Ojalá leas esto desde el infierno Capítulo 14
38%

Capítulo 14

L a oscuridad infinita se ve interrumpida por unas pocas luces en la lejanía.

—¿Eso es el Mercado Nocturno? —pregunto, llena de esperanza.

Los espíritus están ganando terreno y cada bache del camino parece una invitación a que la moto se haga pedazos bajo nuestros cuerpos.

—Esperemos que así sea —me responde Luke a gritos.

Ponemos rumbo hacia las luces, cada vez más brillantes, atraídos como polillas a una llama—.

Los espíritus no se llevan bien con los demás, de ahí que tengan su propio pueblo.

Por lo general, son bastante anárquicos y no se puede confiar en ellos en la oficina.

Traerlos aquí va a desatar el caos en un lugar que ya de por sí es bastante caótico.

Cuanto antes podamos darles esquinazo e irnos, mejor.

Se detiene en seco al llegar al inicio de la hilera de puestos y se queda allí parado, entre las sombras de la primera carpa.

—Baja.

—¿Yo? —pregunto, como si hubiéramos recogido a un autoestopista y le estuviera hablando a otra persona.

—¿Quieres formar parte de esto como igual?

Pues ahora es tu oportunidad. Tenemos que burlar al reloj.

El tiempo es diferente en el Mercado Nocturno.

Pasa sin que nos demos cuenta, y los segundos se convierten en minutos, y los minutos, en horas.

Para disponer del mayor tiempo posible, tenemos que estar en dos sitios a la vez.

Coge nuestro equipaje y busca el puesto donde está Hazaar.

Vende pociones. Te hará una oferta por lo que hay en mi mochila.

No aceptes menos de doscientos frascos de almas.

No comas ni bebas nada, no hagas ningún trato con nadie, ni siquiera te detengas a hablar o a mirar otros puestos.

Encuentra a Hazaar y yo te encontraré a ti. ¿Entendido?

Me cuelga de los hombros ambas bolsas. Me quedo mirándolo boquiabierta mientras vuelve a subirse a la moto.

—¿Y qué vas a hacer tú?

—Los llaman espíritus vengativos por algo.

—Luke señala con la cabeza a los entes, que siguen avanzando hacia nosotros—.

No se van a dar por vencidos con tanta facilidad.

Los distraeré para que puedas colarte en el mercado y luego los atraeré a fin de darte tiempo suficiente para realizar la transacción.

Me tiembla todo el cuerpo, pero esto es lo que quería, ¿no? Ayudar de verdad.

—Entendido. —Levanto la barbilla y me enderezo con fingida valentía—. Te veré cuando te vea.

No me detengo a fijarme en el destello de sorpresa que se refleja en sus ojos ante mi pronta aceptación, aunque me habría encantado. Entro en el Mercado Nocturno; el pavimento agrietado bajo mis pies da paso a adoquines irregulares y el ambiente adquiere un aire festivo y multicolor.

Durante mis viajes a Nueva York con mi madre, solíamos ir al Winter Village de Bryant Park.

Todavía recuerdo cómo entraba y salía de las pequeñas carpas mientras buscaba los regalos de Navidad, con los dedos calientes por una taza de chocolate carísima que iba bebiendo a sorbos hasta que se enfriaba.

Esto me recuerda a aquello, aunque las tiendas varían en color y están tan apretujadas unas contra otras como los cuerpos.

No será difícil pasar desapercibida, aunque, dada la gran cantidad de puestos que hay, quizá me cueste un poco encontrar a Hazaar.

Mantengo la cabeza agachada mientras me abro paso entre criaturas con un ojo o con seis, con piel o con escamas, con cuatro extremidades o más.

El aire está lleno de murmullos de monstruos regateando con vendedores, que depositan puñados de frascos en las manos ansiosas que los esperan.

Moverse entre la multitud con las bolsas es complicado.

Me aparto a un lado para reorganizarlas y que no choquen con la gente.

—Huele a algo rico ahí dentro —me dice una voz a través de la entrada abierta de una tienda.

Entonces veo a un vendedor de pie, detrás de una mesa llena de tarros de cristal. Dentro hay cosas que no consigo distinguir a través del líquido turbio en el que flotan.

—¿Te apetece una pezuña de lechón encurtida? —me pregunta levantando un frasco. Coge otro—. ¿O quizá prefieras unos picos de loro en escabeche? Vendemos todo tipo de productos adobados para tu deleite.

—Ahora mismo estoy llena, gracias —respondo con una sonrisa amable—. Pero ¿me podría indicar dónde puedo encontrar a…?

Un coro de gritos capta nuestra atención, entremezclado con el rugido característico de un motor a todo gas. Luke .

—¡Espíritus! —grita alguien con voz ronca. Me meto en la tienda para esconderme—. ¡No sois bienvenidos aquí!

—Siempre pasa algo —murmura el vendedor mientras ordena los frascos—. Esos malditos fantasmas nunca pueden descansar. Tienen que venir a sembrar el terror en el mercado y a ahuyentar a nuestros clientes. ¡Bah! Menuda panda de demonios macrófagos.

—Uf, sí. —Echo un vistazo fuera de la tienda para asegurarme de que Luke y su estela de espíritus vengativos ya han pasado—. Bueno, en fin…

—Este sitio se ha ido al garete desde que entró el nuevo equipo directivo. Tampoco ayuda que todo el mundo esté un poco alterado con la llegada del eclipse.

El vendedor resopla y se sienta en el taburete que tiene detrás de la mesa. Lo habría tomado por un humano si no fuera por las pezuñas que asoman por debajo de sus pantalones. Cabría pensar que tener pezuñas de lechón encurtidas en el menú le tocaría demasiado de cerca, pero qué sabré yo.

—Si no son los malditos fantasmas los que se vuelven locos, son los gorros rojos los que se declaran la guerra un día sí y otro también.

Si no son ellos, son los demonios los que traen a los sucios mortales del supramundo como si fueran souvenirs.

Y si no son ellos, son esos repugnantes vampiros los que arruinan el mercado de la sangre. Y si no…

—Espera, ¿qué has dicho sobre los demonios que se traen a mortales? —le interrumpo, con el corazón a mil.

Suelta un suspiro dramático y se ajusta unas gafas de montura metálica fina sobre la nariz.

—Es solo un rumor, pero al parecer cada vez que se produce el Juicio, más seres del infierno se escapan al supramundo.

Se rumorea que son sobre todo demonios, ya que son ellos quienes siempre han sentido una extraña fascinación por el supramundo, aunque cualquiera con dos dedos de frente sabe que es un lugar peligroso.

Pero a los demonios mayores no les cuesta nada pasar desapercibidos. —Resopla—. ¡Qué suerte tienen!

—¿Qué es…? —Mis labios se detienen antes de pronunciar «el Juicio», por si mi pregunta pudiera delatarme. Me la guardo para Luke—. He oído que algunos demonios están capturando humanos del supramundo para traerlos aquí. ¿Quizá para sacrificarlos?

Contengo la respiración, esperando que no haya nada demasiado sospechoso en mis palabras. Por suerte, el vendedor parece encantado de cotillear.

—Para el sacrificio definitivo. El eclipse lunar total, el eclipse lunar penumbral y el eclipse lunar parcial tendrán lugar dentro de cuatro días, tres horas después de la medianoche del domingo.

El resultado será una superluna azul de sangre, el tipo de luna más excepcional.

Se dice que un sacrificio considerable de sangre mortal podría debilitar el velo entre los mundos, que ya de por sí es bastante débil, a juzgar por el aumento del número de Juicios.

Si eso es cierto, me temo que se acerca el fin de la vida tal y como la conocemos.

Las preguntas se acumulan en mi mente, pero todas me parecen preguntas de las que ya debería conocer la respuesta. Lo único que sé es que a Krystal le quedan cuatro días, quizá menos. Tenemos que ponernos las pilas y darnos prisa.

Un trueno me sobresalta, lo que provoca la carcajada del vendedor. Esbozo una sonrisa forzada, repitiendo las palabras que Luke había dicho antes.

—Se avecina tormenta, ¿no?

—Oh, sí, una tormenta. Este será el segundo Juicio de la semana. Que el diablo nos libre de que algo permanezca tranquilo mucho tiempo por aquí. ¿Vas a comprar algo?

—Ah, no, lo siento.

Salgo a toda prisa de la tienda antes de que me responda y me pierdo entre la multitud. El cielo se cierne sobre nosotros, como si las nubes estuvieran cada vez más cerca. Los blancos relámpagos las atraviesan.

Lo que me resulta aún más inquietante es que ya no oigo el rugido de la moto de Luke. No sé dónde habrán ido, él y los fantasmas, ni si lo habrán atrapado. Lo único que llega a mis oídos son los truenos, las conversaciones y las risas que resuenan en el aire.

—Perdón —le digo a otra vendedora con la que me cruzo. Tiene unos ojos grandes y redondos, como los de un insecto, y la piel de un tono verdoso con manchas amarillas—. ¿Me podría indicar dónde puedo encontrar el puesto de Hazaar?

—Hazaar. —Saborea el nombre, literalmente. Una lengua bífida asoma de su boca y lame el aire—. Sea lo que sea lo que venda, yo lo tengo a mejor precio.

Pasa la mano por encima de su mesa, señalando un puñado de objetos diversos. Algunos son de algo parecido al papel, otros iridiscentes y otros peludos. Y de diferentes tamaños.

—Son alas —observo. Al parecer, de diferentes tipos y distintas criaturas.

—Yo misma se las arranqué a sus legítimos propietarios. —Sonríe. Todos los dientes blancos y relucientes de su boca terminan en punta—. ¿Por cuál te gustaría empezar?

—No tengo hambre, gracias.

Me vuelvo a fundir con la multitud y me adentro aún más en el mercado. El aire se vuelve denso al pasar junto a un músico callejero con un violín, cuya voz se eleva por encima de la cacofonía de sonidos.

Se acerca el final, un nuevo amanecer está llegando.

Abrazad a vuestros amigos, nos iremos cantando.

Desde que empezó el año, nada ha sido igual.

Nuestro rey se esfumó sin pagar por su mal.

El artista callejero parece humano, aunque con un aspecto bastante desaliñado. A ambos lados de la cara, desde la sien hasta la mandíbula, tiene dos cicatrices de color rojo intenso. Se da cuenta de que lo estoy mirando y me guiña un ojo. Sigo mi camino a toda prisa.

—¿Dónde estás, Hazaar? —murmuro, asomándome por las aberturas de las tiendas y retrocediendo al ver que lo que hay dentro no son, ni mucho menos, pociones.

Quiero mirar el móvil para ver qué hora es, pero hacerlo podría delatarme, así que sigo caminando como si nada.

Unos minutos después me vuelvo a encontrar con el artista callejero. La melodía es más rápida, sus dedos ensangrentados rasgando con tal intensidad que me pregunto si las cuerdas se romperán.

Las callejuelas son tan sinuosas que es bastante probable que, sin darme cuenta, haya dado una vuelta completa y, por eso, me lo he vuelto a encontrar.

Para evitar cometer el mismo error, giro por una calle diferente a la que había tomado antes y paso junto a otra hilera de carpas.

En una se venden velas hechas con cerumen de ogro; en otra se exhibe una espeluznante colección de rostros paralizados por el terror dentro de frascos gigantes, sumergidos en algún tipo de líquido.

La tercera me da esperanzas cuando veo lo que parecen ser pociones, pero no tardo en salir de mi error.

Es una olla en la que hierve el rebaño de un pastor. Puaj.

Reviso todas las tiendas de la zona, cada vez más frustrada. Cuando salgo a la pequeña plaza que hay al final de la calle, me detengo en seco.

El mismo músico callejero de antes está ahí, pero eso es imposible. Acabo de verlo y solo he girado una esquina. Pero sí, es él.

Esta canción es aún más rápida, como si manos y boca no pudieran seguirle el ritmo.

Cuidado con los monstruos que se alimentan del pasado.

Cuidado con el tiempo que se acelera demasiado.

Hazme caso, te lo dice alguien arruinado,

que atrapado se quedó tras entrar en el Mercado.

La canción es alegre; quizá un poco tonta, además de algo acelerada.

Pero sus ojos no lo son en absoluto. Me está advirtiendo.

Intenta decirme que podría quedarme aquí para siempre, como él.

Puede que incluso ya lo esté. Parece que cada callejuela por la que voy acaba justo donde empecé.

Estoy atrapada en un bucle infinito. Tengo que volver al hombre que vende pezuñas de lechón o incluso a la señora de las alas.

Al menos no formaban parte de esta distorsión.

Ahora que me he dado cuenta, lo noto. El aire cargado no es solo por la tormenta que se avecina. Una corriente invisible nos rodea, reteniéndome en este remolino.

Mi mirada se clava en un estrecho espacio entre dos tiendas.

A diferencia de los colores deslumbrantes y el bullicio del bucle circundante, el callejón se sumerge en la oscuridad.

Es justo el tipo de sitio que normalmente evitaría, pero decido lanzarme hacia él sin importarme a quién pueda empujar por el camino.

Me abro paso entre las tiendas y me adentro en el callejón mientras la música frenética se va desvaneciendo a mi espalda.

Está claro que me encuentro en una parte diferente del mercado.

Las tiendas están sucias y son muy viejas; su color se ha desvanecido o están tan mugrientas que parecen negras.

A diferencia del bullicio constante del resto del mercado, aquí reina la tranquilidad.

La gente camina con la cabeza gacha, como si no quisieran que los reconocieran.

La excitación general da paso a un ambiente de misterio.

Al pasar, echo un vistazo dentro de una tienda y veo un cartel que anuncia Sangre de una virgen .

No me doy cuenta de que hay alguien justo delante de mí hasta que me estampo contra su peludo pecho.

—¡Oh! —exclamo ahogando un jadeo—. Lo…

Las palabras se me atragantan al contemplar el rostro que me sonríe desde arriba. Una cara unida a un cuerpo que vi cómo caía del furgón de cola de un tren y acababa en un charco de sangre.

—¿Siento? —pregunta el monstruo de la chaqueta vaquera que nos persiguió a Luke y a mí por el tren mientras su sonrisa se ensancha para dejar entrever sus colmillos amarillentos—. Creo que ya es un poco tarde para eso.