Capítulo 13 #2
Echo un vistazo rápido a mis opciones de huida. La niña me bloquea el paso directo hacia Luke, pero el desguace es un laberinto de caminos. Si voy a la derecha o a la izquierda, seguro que uno de los caminos me lleva de vuelta a él.
Me fastidia no poder hacer algo tan sencillo como buscar cascos por mi cuenta. Quizá me he metido en un lío que me supera y debería haberme quedado en Tarrentown.
Pero ya es demasiado tarde.
—Por desgracia, yo soy más de café —le digo mientras retrocedo.
Las niñas demoniacas deberían haber ocupado un lugar más alto en mi lista de cosas que me podría encontrar en el infierno. Me mira, parpadeando con aire inocente, pero Luke no va a volver a pillarme cometiendo otro error. A esta la tengo calada.
—Mamá no me deja beber café —murmura—. Dice que frenaría mi crecimiento.
—Y tiene toda la razón. Deberías hacer todo lo que ella te diga.
No puedo retroceder más con el montón de chatarra que tengo detrás, así que voy girando poco a poco hasta que consigo alinearme con un hueco libre entre dos coches. Puede que no sea un camino directo hasta Luke, pero al menos está despejado.
—Ya no puedo hacer lo que ella me diga —me confiesa la niña con remordimiento—. No desde que le rajé la garganta.
Ahí está. Sonrío a la siniestra niña con la esperanza de que haya suficiente distancia entre las dos como para poder conseguir una buena ventaja.
—Siento mucho tu pérdida.
Doy media vuelta y echo a correr en dirección contraria.
Esperando oír el repiqueteo de unos pasos a mis espaldas, miro hacia atrás después de unos cuantos giros bruscos escabulléndome entre los coches, pero no hay nadie.
Paro un instante para intentar recuperar el aliento, con la espalda apoyada en la parte delantera de un camión decrépito.
—¿Por qué corres?
Giro la cabeza a un lado y veo a la niña bloqueándome el paso en la dirección hacia la que corría. No estaba ahí hace un segundo. No hay escapatoria.
—¿Por… qué… corres? —repite, con la furia bullendo bajo sus palabras.
—Yo…
Mi voz queda amortiguada por el rugido de un motor. Luke pasa derrapando junto a la cría y se detiene frente a mí.
—¡Sube!
¡A la mierda los cascos! Me subo a toda prisa a la moto mientras la niña empieza a gritar a pleno pulmón.
—¡Si yo no puedo irme, vosotros tampoco! ¡Jamás podremos irnos! ¡Nadie puede!
—¡Agárrate! —me ordena Luke.
Me aferro a su cintura con fuerza mientras la moto acelera. Y, en lugar de esquivar a la niña, choca contra ella.
—¡No! —exclamo contra su espalda, apretando los ojos con fuerza.
Porque, de repente, ya no estamos arrollando a una niña, sino a un animal con ojos dorados y brillantes. No estamos en un desguace, sino conduciendo por un tramo de carretera bordeado de árboles. Y no es Luke quien conduce, sino yo.
Vuelvo a estar en el coche, la noche en que murieron mis padres.
—¡Quédate conmigo!
El grito de Luke me saca de ese traumático recuerdo, devolviéndome al aquí y ahora mientras avanzamos a toda velocidad por el laberinto de coches destrozados y chatarra.
Lo abrazo con más fuerza, intentando ver a la niña.
—Acabamos de atropellar a…
—La hemos atravesado. No es una niña normal.
—¿Y de dónde ha salido? ¡Apareció de la nada!
—Tenías razón —dice, tomando una curva tan cerrada que estoy por apostar que la moto acabará cayendo.
Me aferro a él clavándole los dedos en el abdomen, hasta que, de alguna manera, consigue que la moto recupere el equilibrio.
—¿Ah, sí?
Frena de golpe al llegar a la intersección de dos caminos. Un cruce.
—Dijiste que este lugar es un pueblo fantasma. Debería haberme dado cuenta en cuanto entramos y vimos que todo estaba desierto. Es un pueblo de espíritus vengativos. Duermen durante el día y se despiertan por la noche para aparecerse por la zona.
—¿Todo un pueblo de espíritus vengativos? ¿Una especie de comunidad de propietarios? ¿Lo dices en serio?
—Por desgracia, sí. Tenemos que salir de aquí antes de que se despierten los demás.
De pronto, algo destella por delante de él.
—Quizá ya sea demasiado tarde.
Señalo con la cabeza al lugar en el que la niña se ha materializado junto a una mujer. Su madre, supongo, a juzgar por la herida abierta que tiene en el cuello y por su camisón de señora mayor.
—Pues por ahí no —murmura Luke, acelerando la moto y girando con brusquedad a la izquierda.
Recorremos a toda velocidad el callejón que hay entre dos filas de vagones de mercancías y salimos por el otro extremo.
Y entonces nos detenemos en seco.
—Pero ¿qué coño pasa? —le susurro en la nuca.
Las puertas del desguace están bloqueadas por lo que parecen civiles, hasta que los miro bien. La ropa les queda holgada, los ojos les brillan con un resplandor fosforescente y todos presentan heridas abiertas o lesiones.
—No os vais a ir. —La niña está al principio de la fila, agarrando aún al osito con una mano y la mano de su madre con la otra—. Al menos no hasta que os toméis el té.
Luke da gas a la moto, que, a juzgar por el petardeo que emite, habría preferido que no lo hiciera. Echa la cabeza hacia atrás para que pueda oírlo por encima del estruendo y dice:
—Ojalá hubieras encontrado esos cascos.
—¿Qué quieres decir con…? ¡Ah!
Acelera a fondo y, como si fuéramos una bola, nos lanzamos directamente hacia los fantasmales bolos.
Al chocar contra ellos, la moto derrapa, pero Luke, de forma milagrosa, evita que nos caigamos al suelo.
Escondo la cabeza tras su espalda para hacerme lo más pequeña posible.
Los alaridos de los espíritus se escuchan por encima del rugido del motor, a pesar de que la moto que se abre paso entre sus macabras siluetas no parece hacerles daño.
Unos dedos se alargan hacia mí, rozándome los brazos y las piernas; están ahí un segundo, y al siguiente ya no están.
El dolor florece a su paso, señal de una desagradable verdad: estos fantasmas no son tan incorpóreos como las almas del tren.
No me cabe duda de que mis vaqueros y mi chaqueta tienen nuevos desgarros.
Me duele la rodilla mientras aprieto las piernas para aferrarme al asiento.
—¡¿Estás bien?! —grita Luke mientras atravesamos la puerta a toda velocidad y derrapamos sobre el asfalto agrietado de la carretera principal por la que habíamos llegado.
—¡Genial! —respondo con voz temblorosa, sin aflojar mi agarre—. ¿Los hemos perdido?
—Eso mismo iba a preguntarte yo a ti. ¡Yo voy conduciendo!
Al mirar por encima del hombro, lo que veo hace que se me encoja el pecho.
—¿Y bien? —me pregunta.
Los espíritus nos siguen mientras aceleramos colina abajo en medio del caos. Se mueven deprisa, como si flotaran, arrastrando los pies por el suelo. Y, a pesar de la velocidad a la que vamos, no solo nos siguen.
—Nos están alcanzando —le digo—. Muchos. Veinte, quizá treinta. Y no parece que vayan a bajar el ritmo en un futuro próximo.
—Mierda. —Nos lanzamos a una velocidad imposible. El impulso aumenta la distancia entre nosotros y los espíritus, pero no lo suficiente como para deshacernos de ellos—. ¿Recuerdas que te dije que no quería montar una escena en el Mercado Nocturno? Cambio de planes.