Capítulo 13
—¿V amos a robar un coche? —le pregunto a Luke mientras caminamos por el desguace.
—Suponiendo que haya alguien a quien robarle, sí.
A ambos lados del estrecho tramo de camino de tierra por el que avanzamos, se alinean vehículos desvencijados.
A algunos les faltan las puertas, los parabrisas o los parachoques.
Otros están tan oxidados que no consigo distinguir el color original.
La tónica general es que todos están en mal estado y dan la impresión de que podrían desmoronarse en cualquier momento si alguien se sentara en ellos, no digamos ya si se intentara pisar el acelerador.
Eso suponiendo que funcionen con gasolina y no, por ejemplo, con los gritos de huérfanos torturados o alguna otra mierda igual de siniestra.
—No es que quiera ir andando hasta el Valle de la Muerte, pero dudo mucho que con esto llegáramos antes —digo mientras pasamos junto a una camioneta bastante destrozada, que parece más un esqueleto de acero que otra cosa.
—Lo único que necesitamos son cuatro ruedas y un motor.
Luke se adentra por una de las muchas hileras de coches. Yo voy una por encima de él para cubrir más terreno.
—Incluso eso es pedir mucho —mascullo. La mayoría de los vehículos tienen dos o tres ruedas, o ninguna, y están apoyados sobre bloques de hormigón—. ¿Y cómo piensas arrancarlo?
—¿Usando una llave?
—Creía que tendrías que hacerle un puente.
La imagen de él inclinado bajo el capó de una de esas chatarras, con el ceño fruncido en señal de concentración, hace que una oleada de algo que preferiría ignorar me recorra la parte inferior del cuerpo.
—Y puede que tenga que hacerlo. Pero siempre es mejor tener una llave.
Paso a la siguiente fila, pero cada opción es peor que la anterior. Para cuando Luke y yo ya hemos recorrido la mitad del desguace, la oscuridad que se cierne sobre nosotros va más allá de unas cuantas nubes. Empieza a anochecer.
—¿Cuál es el veredicto? —pregunto, temblando mientras el aire fresco se vuelve gélido.
—Tenemos que seguir buscando.
—¿Aquí?
—Tenemos que encontrar algo —dice Luke, con un tono de voz que denota que está perdiendo la paciencia—. No quiero ir al Mercado Negro a pie.
—¿Quieres un coche por si tenemos que salir huyendo?
Lo digo casi como una broma, pero duda un instante antes de responder:
—Mientras no nos descubran, no debería ser necesario salir huyendo.
Entonces, justo cuando lo pierdo de vista tras la furgoneta que nos separa, caigo en la cuenta.
—Quieres un coche para poder dejarme dentro, ¿verdad?
Salimos por el otro lado de la furgoneta. Se detiene y se gira hacia mí.
—Quiero entrar y salir. Sin escenas. El Mercado Nocturno está lleno de engaños y estafas. Si no consigues escapar antes del amanecer, cuando se desvanece, desaparecerás con él hasta la noche siguiente, cuando vuelva a aparecer. No tenemos tiempo como para quedarnos atrapados allí todo un día.
—Ya te he dicho que separarnos es una mala idea —le recuerdo, intentando mantener un tono cordial, como en la oficina, sin dejar entrever la frustración que me invade—.
Si te quedas atrapado dentro mientras yo estoy sentada en el asiento del copiloto de uno de estos cacharros oxidados esperando a que vuelvas, no estaremos en mejor situación.
Se le ilumina la mirada.
—Perfecto.
—¿Qué? —Pero no es a mí a quien mira. Me giro para ver hacia dónde se dirige—. ¿Qué estás…? No.
—¿Nunca has montado en una? —me pregunta mientras nos detenemos junto a una moto negra.
—No, y tampoco tengo intención de hacerlo. Además, con eso no podemos cruzar todo el país.
—¿Por qué no?
—¡Nos provocaría calambres permanentes en la entrepierna! ¡Por no hablar de los problemas de espalda! Tiene que haber algo con más de dos ruedas por aquí.
Señala con un gesto el desguace que nos rodea.
—Pues buena suerte. Todo lo que debería tener cuatro ruedas solo tiene tres o menos. Al menos esto funciona con dos y están en buen estado.
—Es bastante probable que ni siquiera arranque —afirmo, con una mezcla de esperanza y temor. Este último se intensifica cuando Luke descuelga del manillar izquierdo una cadena de la que cuelga una llave.
—Pues comprobémoslo.
Inserta la llave en el contacto y el motor chisporrotea. Con un resoplido, lo vuelve a intentar, pero obtiene los mismos resultados. Me mira.
—No seas tan engreída.
—¿Yo? —digo, haciéndome la inocente—. Jamás.
—Tiene gasolina, así que quizá solo necesite un empujoncito.
Para más inri, mi fantasía reprimida cobra vida.
Luke suelta la mochila, se quita la chaqueta de cuero y se queda solo con la camiseta negra desgarrada.
Me apoyo en una camioneta cercana cuya caja se cae a pedazos, pero mi mirada me traiciona y se desvía hacia él.
Se ha arrodillado para inspeccionar el motor descubierto de la moto y ya tiene las manos sucias.
Su camiseta se tensa sobre la amplia superficie de sus hombros y me invade un intenso deseo de pasar las uñas por la piel que se esconde bajo la fina tela.
Me obligo a mirar hacia el cielo, donde la luna debe de estar oculta por las densas nubes. A pesar de lo encapotado que está, no hay tanta oscuridad como cabría esperar. Todavía queda suficiente luz como para poder ver. Por ahora.
—¿Puedo preguntarte algo? —le digo cuando el silencio y sus gruñidos de enfado se vuelven insoportables.
—¿Es necesario? —refunfuña.
—Sí. —Respiro hondo, preparándome para hacer la pregunta cuya respuesta no estoy segura de querer escuchar—. Es obvio que has estado aquí antes. En el infierno. ¿Por qué? ¿Durante cuánto tiempo?
Ha sacado de la mochila unas cuantas herramientas pequeñas, con las que está trasteando en la moto.
—Los exorcismos no funcionan con todos los monstruos —dice al fin—. Algunos necesitan un enfoque más directo.
—¿Y qué pasa con las dagas de obsidiana? Creía que podían mandar cualquier cosa de vuelta al infierno…
Tarda un tiempo en responder, con la mirada fija en el motor.
—Cuando un demonio posee a un humano, no puedes apuñalarlo. Eso también afectaría al humano. Además, estas dagas son muy raras y preferiría que pasaran lo más desapercibidas posible, así que no vayas por ahí agitándola.
Saco la mía para examinarla.
—¿Cómo las conseguiste?
—Mi madre —es todo lo que dice.
—Entonces ¿son una reliquia familiar? ¿Las dos son tuyas o una era de tu hermano?
Antes de que me dé cuenta, está de pie frente a mí, tan cerca que tengo que pegarme a la camioneta para dejar más espacio entre nosotros. Me mira con el ceño fruncido y dice:
—Te he dejado venir conmigo. Te he permitido eludir mis preguntas con respuestas enigmáticas y tu peculiar sentido del humor. No he insistido para conocer tus sucios secretitos. Así que creo que me merezco lo mismo. No hace falta que nos conozcamos más allá de las puras formalidades.
Sus palabras me hacen daño, pero aún peor es la forma en que la palabra «sucios» desencadena una oleada de calor que me recorre todo el cuerpo. Me niego a dejar que esa sea la sensación que se imponga, así que, en su lugar, elijo la emoción más intensa que llevo dentro: la ira.
—¿Qué te hace pensar que tengo sucios secretitos? —le pregunto, desafiante.
Sus intensos ojos se posan en mis labios, que están tan cerca de los suyos que puedo sentir su aliento acariciándome la boca.
Se inclina hacia delante hasta el punto de que estoy segura de que van a tocarse.
En el último momento, se acerca a mi oído para susurrarme, rozándome la oreja con los labios.
—Si no fuera así, Beliar no te querría.
Siento sus palabras como una bofetada, más que nada porque es cierto. Sí que tengo secretos. Y como Melinda me confirmó en el tren, él también.
Le doy un empujón y se ve forzado a dar un paso atrás, dejándome espacio suficiente para escapar de la jaula que forma su cuerpo y del calor que arde entre nosotros.
Pero no basta. Tengo que alejarme de él antes de que pueda atraerlo de nuevo hacia mí y hacer algo de lo que me arrepienta.
Antes de que se dé cuenta de lo mucho que me han afectado sus palabras.
Le doy la espalda y camino en dirección opuesta a la moto.
—¿Dónde vas? —me grita.
—¡A buscar un par de cascos en este puto pueblo fantasma!
Marcharme enfadada parece una tontería, pero quedarme allí, delante de él, con nuestros pequeños secretitos no confesados flotando entre nosotros, es peor. No viene detrás de mí, y lo prefiero.
Al otro lado del desguace hay una montaña de chatarra por la que he pasado antes.
Aún furiosa por nuestra acalorada discusión, con los ojos nublados por las lágrimas de frustración, empiezo a rebuscar entre las cosas que tengo más cerca.
La mayoría son piezas sueltas de motor y alfombrillas de coche muy sucias.
Las cojo, apretando los dedos con fuerza a modo de pinzas, sin saber qué clase de bichos acechan en el infierno y consciente de que podrían haber convertido ese montón de porquería en su hogar.
—¿Qué estás haciendo?
Casi se me sale el corazón por la boca cuando me giro y veo a una niña a tan solo unos pasos de distancia. Me mira con curiosidad, con sus rubias coletas torcidas. En la mano derecha lleva un osito de peluche que ha visto días mejores, con las patas arrastrando por la tierra.
Ya de por sí, la imagen resulta inquietante, pero desde luego no ayuda que su vestido rosa esté salpicado de lo que parece sangre seca.
—¿Qué estás haciendo? —repite con voz aguda. Lejos de ser dulce, resulta irritante—. No estarás robando, ¿verdad?
El corazón me late con fuerza mientras, con cuidado, vuelvo a dejar en el montón el retrovisor lateral roto que tengo en las manos. Intento que mi voz suene natural:
—¡Por supuesto que no! ¿Y qué estás haciendo tú aquí?
—Vivo aquí —se limita a decir—. ¿Y tú?
—Estoy de paso. Siento haber entrado sin permiso en tu casa. Mejor me voy.
Frunce el ceño.
—Todavía no. Tienes que quedarte a tomar el té.