Ojalá leas esto desde el infierno Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Iban de camino al otro extremo del país, donde el jefe les asignará un puesto para el resto de la eternidad.

Los seres del infierno son más aptos para los trabajos de oficina.

Sin embargo, las almas trabajan en fábricas, en granjas y prácticamente en cualquier lugar donde haya que realizar trabajo manual. Pero también se usan para algo más.

Hay una palabra que destaca y que me quita las ganas de comer. Suelto el tenedor.

—¿El jefe?

—El diablo. Hades. El rey de los demonios. El príncipe de la oscuridad. El líder. Tiene muchos nombres. Escoge el que más te guste.

—¿Es real de verdad?

Me sube un escalofrío por la espalda. Me figuro que debe de serlo, a no ser que todo lo ocurrido hasta ahora no haya sido más que un sueño absurdo.

Pero, aun así, la idea de que haya un ser superior sentado en un trono detrás de todo esto es un baño de realidad que no necesitaba.

Bebo un sorbo de café para intentar entrar en calor, pero está demasiado amargo.

—Imagina que el infierno es una especie de gran empresa —explica Luke, bajando la voz mientras le da un mordisco a una patata frita—.

Los seres del infierno ocupan diferentes puestos dentro de la jerarquía directiva.

Justo por debajo del diablo están los que, muy acertadamente, se conocen como «clase D».

Su mano derecha, o director de operaciones designado, se encarga de que todo funcione bien.

Es él quien decide dónde son más necesarias las almas.

Luego está su mano izquierda, es decir, el director financiero designado, que supervisa la economía del infierno.

Y por encima de todos ellos está el diablo, también conocido como director ejecutivo designado o DED .

Vuelvo a coger el tenedor, pero ya no tengo ni la mitad de hambre que hace un instante.

—¿Es él quien juzga a las almas y las condena a una vida de servidumbre?

—Aquí nadie juzga a nadie. No en el sentido estricto de la palabra. Si las almas están en ese tren, la sentencia ya se ha dictado. Los diablos solo tienen que determinar cuál es su lugar.

—¿Diablos… en plural?

Luke da el último bocado a su hamburguesa y mastica, pensativo. Para ser alguien que decía tener poca hambre, se la acaba de zampar enterita. Me muero de ganas de coger una de las últimas patatas fritas que le quedan, pero me contengo.

—Sí, en plural. Esa misma estructura se repite, más o menos, en cada filial. O continente, supongo.

—¿Hay siete diablos?

Me quedo boquiabierta.

—Chsss —me hace callar cuando vuelve la camarera.

—¿Os traigo algo más? —nos pregunta.

Me meto otro trozo de tortita en la boca para que no se me note que sigo aturdida por la nueva información.

—Solo la cuenta. ¿A qué distancia estamos de la entrada más cercana al Mercado Nocturno? —le pregunta Luke.

—A unos quince kilómetros.

—¿Y de algún desguace o taller? ¿Hay alguno cerca?

Se lleva el bolígrafo a los labios y mordisquea el capuchón, pensativa.

—De camino al Mercado Nocturno, pasaréis por un pueblecito en el que no hay mucho que ver, pero donde puede que encontréis algo. Una vez allí, la entrada al mercado está a solo unos kilómetros.

—Gracias —dice Luke.

Ella asiente, quita con los dientes la tapa del bolígrafo medio mordida y se la traga. Al mismo tiempo, deja una factura escrita a mano sobre la mesa antes de volver sin prisa a la cocina.

Luke se gira hacia mí y frunce el ceño al verme apartar el plato de tortitas a medio comer.

—Quizá quieras terminarte eso. No sé cuándo podremos volver a comer.

—Sigo sin poder quitarme de la cabeza lo de los siete diablos —admito, aunque me las arreglo para dar un bocado más.

—En realidad, son… ocho. —La expresión cautelosa de Luke me habría hecho reír si no sintiera el estómago tan revuelto—.

Los siete diablos que dirigen sus respectivas divisiones conforman el consejo de administración al servicio del verdadero diablo, que ejerce de director del consejo o presidente.

Pero el hecho es que nadie lo ha visto nunca.

—Entonces ¿cómo sabes que existe de verdad?

Luke picotea las patatas fritas que le quedan.

—Simplemente se sabe. La cosa no se diferencia demasiado del supramundo.

Hay ángeles entre vosotros, así como otros guardianes más pequeños y menos conocidos.

Pero nadie ve nunca lo que hay más allá.

Todo es una cuestión de fe, ¿no? Si ahí arriba la gente cree en una deidad, no es descabellado pensar que aquí abajo la gente crea en su contrario.

Siempre tiene que haber un equilibrio entre los mundos. Eso es todo.

—¿Y los diablos se llevan bien entre ellos?

Luke arruga la nariz, una expresión tan infantil que me reconforta el estómago, aunque quizá sean las tortitas.

—Por lo general, se centran solo en sus filiales, lo cual es sin duda lo mejor. No tienen motivos para reunirse, excepto para la Cumbre de Diablos del centenario. Básicamente, es una gran convención.

—Suena genial —respondo con ironía.

—No sabría decirte. —Se encoge de hombros mientras le da un sorbo a su té—. En cualquier caso, deberíamos ponernos en marcha para llegar al Mercado Nocturno justo cuando abra. Se va llenando de gente a medida que avanza la noche.

—¿Qué es el Mercado Nocturno?

—Dado que tendremos que hacer el resto del camino hasta Beliar por nuestra cuenta, necesitaremos algunas cosas. Sobre todo, dinero. Ahora mismo tengo lo justo para pagar esto. En el mercado podré conseguir más.

—Imagino que no aceptan Bizum, ¿no? —bromeo mientras él rebusca en su mochila. Me funde con la mirada y yo levanto las manos en señal de rendición—. Lo siento. Voy al baño. Gracias por invitarme.

Encuentro el aseo y hago lo que necesito hacer en el minúsculo cubículo.

Mientras me lavo las manos, mi reflejo me devuelve la mirada en el sucio espejo.

Una piel olivácea y pálida que pide a gritos vitamina D, cejas gruesas y oscuras, rímel de hace dos días y labios agrietados y con marcas de tanto mordérmelos.

Solo soy una chica en el baño de una cafetería cutre.

Nadie diría que estoy en el infierno, y mucho menos yo.

Fuera, Luke me espera. Le quito mi bolsa y esta vez no se resiste.

Caminamos durante casi toda la tarde mientras el cielo sigue oscureciéndose a medida que las nubes se van acumulando.

Cuando llegamos a la siguiente estación de tren, Luke se detiene para echar un vistazo al mapa y luego tomar un desvío que nos conduce a una zona de casas en un estado bastante lamentable.

—¿Es un pueblo abandonado? —le pregunto conforme avanzamos por una calle con el asfalto muy resquebrajado. Las malas hierbas y las flores silvestres marchitas se abren paso entre las grietas.

—Eso parece.

Está más tenso desde que salimos de la cafetería. No aparta la mano de la cintura, donde lleva la daga.

—¿Seguimos estando en Pennsylvania? —le pregunto mientras observo la silueta de unos rascacielos en la lejanía.

—La entrada al Mercado Nocturno se encuentra en la frontera con Virginia Occidental, que pertenece al Departamento de Comercio, así que sí.

—Cuando hablas de «la entrada», ¿a qué te refieres?

—Como ya te he dicho, todo en el infierno está muy organizado.

Tiene que estarlo porque, de no ser así, se desataría el caos.

Pero el Mercado Nocturno es diferente; es un lugar sin ley donde se comercia, en parte de forma legal, pero en su mayor parte no.

Es un tipo de espacio subliminal que existe en su propio plano y al que se puede acceder desde distintos puntos del infierno.

Todos conducen al mismo sitio, pero cuando te marchas de él, acabas donde empezaste.

—Parece un lugar que deberíamos evitar.

—Y así es. Pero no tenemos otra elección.

Entramos en la zona principal del pueblo, donde las terroríficas casas dan paso a escaparates tapiados. Si a eso le añadimos el cielo nublado, sería el escenario perfecto para una espeluznante película de terror.

—Parece que aquí ha pasado algo —murmuro mientras observo los cristales rotos de las ventanas y las puertas que se abren con la brisa.

—No te alejes de mí —es todo lo que dice, lo cual es lo menos reconfortante que puedes oír.

—Eso parece un desguace —digo señalando una zona vallada que hay más adelante.

Está más lejos de lo que parece y, cuando al fin llegamos, me apoyo en las puertas metálicas abiertas para recuperar el aliento.

—Quizá deberías quedarte aquí fuera —me sugiere Luke, lo que me espabila de inmediato.

—Ni hablar. No podemos separarnos en un pueblo abandonado. Eso es de primero de película de terror.

—No estoy seguro de que esté abandonado —murmura, con la mirada fija detrás de nosotros, como si pensara que alguien nos sigue—. Si quieres venir, prepárate para correr. Estamos a punto de cometer un delito.