Capítulo 12
M ientras caminamos, el sol está cada vez más alto en el cielo, pero es imposible determinar su posición exacta por culpa de las nubes color ciruela que han aparecido poco después del amanecer.
Se ciernen sobre nosotros como una presencia inquietante que lo sumerge todo en las sombras.
Seguimos las vías, manteniéndolas a nuestra izquierda y el bosque infinito a nuestra derecha.
Luke dedujo que habíamos llegado lo bastante lejos en tren como para estar a punto de salir de Pennsylvania, también conocida como el Departamento de Minería, lo cual podría parecer todo un éxito si no fuera porque habíamos partido de allí, aunque en un mundo diferente.
—No paras de mirar al cielo —observo.
—Se avecina tormenta —responde Luke.
Sigue cargando con su mochila y mi bolsa de viaje, pero nada de ello parece frenarle. Yo, por mi parte, estoy al borde del agotamiento. Me palpita la rodilla, me duelen las costillas, y el pozo cavernoso en el que se ha convertido mi estómago lleva dos horas rugiendo.
—¡Qué enigmático! —comento—. ¿Tenemos que buscar refugio?
Niega con la cabeza.
—No serviría de nada. No son nubes de una tormenta normal. Indican que…
Su forma de no terminar la frase resulta un tanto siniestra.
—¿Qué? —pregunto, caminando a paso ligero un poco por detrás de él.
Su mirada se ha clavado en algo que hay a lo lejos.
—Oh, gracias a Dios . —Suspiro, aliviada—. ¡Una cafetería!
Acelero el paso y pongo rumbo al pintoresco local.
Hay un pequeño cartel al lado que nos informa de que estamos en la siguiente estación de tren.
El restaurante se encuentra junto a las vías, en un vagón de mercancías plateado que brilla a pesar de la ausencia de sol.
A lo largo de toda la fachada, en letras de color verde neón, se puede leer «Sullivan’s Diner en el peor, repugnante.
Hay platos normales, como hamburguesas, patatas fritas y batidos, y luego están los platos que no lo son en absoluto, como corazones de cabra, pinzones y una copa de lágrimas de mortal.
Intento no pensar demasiado sobre dónde podrían haber conseguido esto último y si estarán buscando más.
La clientela no resulta tan sorprendente. Aunque en una mesa de la esquina junto a la nuestra se sienta un ser de aspecto malvado con colmillos, el resto de los clientes que hay en la cafetería parecen normales.
—Deja de mirarlos —me dice Luke mientras da un golpecito en mi carta para que le preste atención—. Vas a delatarnos.
—Parece que hay otros humanos aquí —comento en voz baja mientras echo un vistazo al postre del día. Pastel de bazo. Genial.
—Seres de aspecto humano —me corrige—. Sí que existe la posibilidad de que nos encontremos con humanos de verdad.
Los que hacen pactos con demonios o llevan a cabo algún ritual satánico acaban aquí.
Y cuanto más tiempo se quedan, como es de esperar, menos humanos se vuelven.
Pero al menos empiezan como tales, por lo que no estamos solos del todo.
—Y supongo que los cazadores de monstruos también vienen aquí, ¿no? —digo dándole un codazo.
—Solo si no les queda más remedio. —Mira por la ventana cubierta de mugre—. Y la mayoría no regresan.
—Tú lo hiciste.
Sus ojos se clavan en los míos.
—Tuve suerte.
La ansiedad por saber más me corroe por dentro, pero una mujer menuda, que a primera vista podría pasar por humana, se acerca a nuestra mesa. Sin embargo, al fijarme mejor, la extraña textura arrugada de su piel pálida, como papel mojado una vez seco, me hace pensar que no lo es.
—¿Qué os pongo?
Tiene una voz grave, con una leve ronquera. Lleva unos vaqueros rectos y una camisa negra abotonada con un hombro caído. Por debajo del dobladillo deshilachado de los pantalones asoman unos pies descalzos y sucios.
—Una hamburguesa poco hecha y patatas fritas —dice Luke, devolviéndole la carta—. Y un té, si tienen.
Frunzo la nariz, pero no digo nada.
—Yo tomaré tortitas con pepitas de chocolate. Ración completa. Y café, solo. Gracias.
La mujer asiente, recoge mi carta y se marcha a la cocina. Luke me mira y arquea una ceja.
—¿Tortitas con pepitas de chocolate? ¿En serio?
—En la carta pone que sirven desayunos todo el día. —Me encojo de hombros—. Me apetece algo dulce. Cualquier comida podría ser la última.
Me fulmina con la mirada y echa un vistazo a nuestro alrededor para asegurarse de que los demás clientes no han oído nada.
—Ten más cuidado.
—¿Ella qué es? —le pregunto, señalando a la camarera con la cabeza.
—Probablemente un demonio menor o una bruja joven.
—¿Y qué es todo esto?
—¿Todo el qué?
—La cafetería. El tren. La ropa.
—¿Acaso creías que todo el mundo anda por el infierno desnudo?
—Algo así, sí —admito—. Desde luego, lo que no me esperaba eran tortitas, y nada menos que con pepitas de chocolate.
Se le escapa una carcajada, pero el muy cabrón la disimula fingiendo toser.
—Sí, bueno, no todo el mundo aquí se alimenta del sufrimiento, la sangre y el engaño.
Algunos necesitan ingerir comida normal y otros no necesitan comer en absoluto.
Los humanos convertidos y los medio demonios, es decir, los nacidos de padre demonio y madre humana, suelen alimentarse de comida normal.
A veces porque no tienen otra opción y otras, por simple comodidad.
—Pero ¿cómo lo hacen? —le presiono—. ¿Hay granjas? ¿Fábricas?
—De todo. Iowa es el Departamento de Agricultura del infierno.
La mayor parte de la ropa se importa del extranjero, pero el Departamento de Textiles se encuentra más o menos en la zona de Georgia.
Como todavía estamos en el Departamento de Minería, aún no has visto demasiados edificios ni rascacielos. Pero los hay.
—No me puedo creer que los seres del infierno vayan a trabajar todos los días. Es como en Monstruos, S. A .
Frunce el ceño.
—No sé a qué te refieres.
—Pues no sabes lo que te pierdes —le comento mientras nos sirven los platos de comida humeante—. Es una peli de animación sobre monstruos que se ganan la vida asustando a los niños. Era una de mis favoritas cuando era pequeña.
—Las cosas no funcionan así aquí. Puede que haya algunos monstruos en puestos de poder, pero la mayoría no se encarga de las tareas básicas.
—Entonces ¿quién?
Empapo mis tortitas en sirope y doy el primer bocado. Hay algo que no me convence, no sé si es que el sirope es demasiado dulce o si son las tortitas, pero tengo tanta hambre que la verdad es que me da igual.
Luke coge su hamburguesa, que tiene el mismo aspecto que cualquier otra hamburguesa de cafetería que haya visto antes.
—Las almas.
El enorme trozo de tortita que me he llevado a la boca se vuelve seco como el papel. Para intentar pasarlo, tengo que beber un sorbo de agua, que casi escupo por el fuerte sabor a sedimentos que me deja. Supongo que en el infierno no hay jarras brita ni sistemas de filtración.
—¿Como las que impidieron que los monstruos me atacaran en el tren?
Luke asiente.