Capítulo 11 #3
Sus disculpas también parecen sinceras. De hecho, da la impresión de que van más allá de ese momento concreto, como si quizá también se arrepintiera de haberme gritado por arruinar nuestra tapadera o por haberme dejado sola.
La quietud del amanecer nos envuelve. Tras echar un último vistazo a su obra, cierra la mochila y se pone en pie. Dejo que me ayude a levantarme y pruebo a apoyar el peso en la pierna. Duele, pero es soportable.
—¿Qué tal? —pregunta mientras me devuelve los pantalones.
—No está nada mal —digo mientras los cojo—. Aunque tienes que mejorar un poco tu trato con los pacientes.
Una breve sonrisa me permite vislumbrar sus dientes blancos.
—Tomo nota.
Solo cuando me pongo de pie recuerdo que estoy medio desnuda. Sus ojos se detienen en mi cuerpo, pero cuando se da cuenta de que lo estoy mirando, carraspea y alza la vista al cielo.
Intento volver a ponerme los vaqueros, pero me cuesta doblar la pierna con el vendaje.
—Oh, mierda —digo, a punto de caerme.
Sus manos me agarran por las caderas y el calor de sus palmas contra mi piel desnuda me obliga a contener un escalofrío.
No puedo evitar pensar en todos los sitios en los que me ha tocado en la última media hora, dejando sus huellas en mí.
Primero en la cintura, después en la pierna y ahora en las caderas.
Solo me suelta cuando empiezo a tirar de los pantalones para subírmelos. Da un paso atrás, como si no se hubiera dado cuenta de lo que ha hecho. Busco sus ojos mientras me abrocho el botón. Es el primero en apartar la mirada.
—Vuelve a ponértela —me ordena, cogiendo mi daga y su funda del lugar donde se me han caído. Lo hago y luego sigo con las botas, para lo cual tengo que apoyarme en la vía de madera.
—Deberíamos ponernos en marcha —dice con voz ronca, cargándose mi bolsa de viaje al hombro.
Hago ademán de quitársela, pero él se aparta—.
Ya la llevo yo. Es bastante probable que la población más cercana esté a kilómetros de distancia.
Espero que podamos encontrar allí algo que se pueda conducir.
Si no es así, nos va a costar llegar hasta Beliar.
Empieza a caminar en la dirección en la que se alejó el tren a toda velocidad. Aunque el deseo de darle las gracias por haberme curado me quema en la garganta, no consigo articular palabra. Pero el mutismo pesa demasiado y está cargado de una pregunta que no consigo contener.
—Melinda dijo que tú también estás de duelo por alguien. ¿Por quién?
El cuerpo de Luke se queda tan inmóvil que, si no fuera porque está de pie, pensaría que está entrando en rigor mortis . El silencio nos hace sentir como si fuéramos las dos últimas personas sobre la faz de la tierra.
—Mi hermano. —Respira hondo, como si le costara admitirlo en voz alta. Me da la espalda, así que no puedo verle la cara, pero puedo percibir el dolor que se esconde tras sus palabras—. No está muerto, pero como si lo estuviera. ¿Y tú?
Entre la adrenalina del momento y el dolor punzante de la rodilla, no puedo evitar responder.
—Estoy de duelo por mi antigua yo. Por la persona que solía ser cuando estudiaba medicina. Que tenía amigos, un prometido, una vida y unos padres.
Me mira. La ternura de su mirada, como si sintiera pena por quien fui y por quien ahora soy, me hace sentir un nudo en la garganta. La comprensión que fluye entre nosotros me insufla el valor necesario para continuar.
—Y que entonces perdió a sus padres y se dio cuenta de que la vida que creía querer como médica ya no le atraía sin que ellos vivieran para verla hacerse realidad; su prometido pensó que estaba echando por la borda su futuro, así que ella lo echó a él, y entonces todos sus amigos se pusieron de su parte, así que también la abandonaron.
No es la verdad completa, sobre todo si se usa una palabra tan frívola como «perdió», pero así es más fácil. Hablar de mí en tercera persona, una pobre chica desafortunada a la que no conozco.
—Lo siento mucho —dice con voz baja y tranquila, y con tal sinceridad que me siento tentada a apartar la mirada, pero una fuerza superior no me lo permite—. No te lo merecías.
Mi risa, carente de humor, rompe el silencio como un huevo contra la sartén antes de que su yema empiece a chisporrotear por el calor. Echo a andar y me rozo con él al pasar.
—Puede que sí me lo mereciera. Quizá sea eso lo que te pasa cuando tomas todas tus decisiones pensando en otras personas. Para que se sientan felices, orgullosas, tranquilas o…
—¿Seguras? —propone.
Me giro y observo cómo aprieta la mandíbula, cómo su pecho sube y baja al ritmo de su respiración. Lo entiende. No sé cómo, pero lo hace. Asiento.
—En cuanto fui incapaz de continuar con la farsa, todo se vino abajo. Y cuando bajé del escenario, me di cuenta de que no tengo ni idea de quién es Brie Benson en realidad.
El hombro de Luke roza el mío mientras camina junto a mí paso a paso. Hay algo reconfortante en ese gesto que no quiero analizar, aunque me mire como si de verdad me estuviera viendo antes de decir:
—Empiezo a pensar que yo tampoco lo sé.