Ojalá leas esto desde el infierno Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—¡No! —grito lanzándome contra ella.

La plataforma se va difuminando a medida que el tren se aleja de la estación.

—Aparta —me ordena Luke. Mete los dedos en el hueco que queda entre la puerta y la pared. El cuero desgastado de su chaqueta se tensa en sus hombros mientras, con un gruñido, tira con fuerza hasta lograr abrirla—. ¡Tenemos que saltar!

—¿Estás loco? —grito, con el pelo metido en la boca por culpa del viento—. ¡Va demasiado deprisa!

—No, todavía no. ¡Tenemos que saltar ya!

Me arrastra hasta el borde junto a él. El suelo pasa deprisa ante mis ojos. Lo único que veo es la sangre saliendo a chorros del cuerpo de Vaquero al estamparse contra las vías. Me pregunto si Franela se habrá unido a su compañero, dado que Luke está aquí y él no.

—¿Preparada? —me grita.

—Pero ¿qué clase de pregunta es…?

—¡Ahora!

Me tiene agarrada de la mano, así que no me queda más remedio que seguirle. No hay nada que me desagrade más que la sensación de saltar al vacío. Esa sensación de ingravidez, el pánico, la absurdidad.

Y luego, el inevitable golpe.

En algún momento nos soltamos, así que, cuando toco tierra, no tengo ni idea de dónde está Luke.

Solo estamos yo, la hierba y el dolor que me recorre el cuerpo tras el impacto.

No paro de rodar y rodar y, en el proceso, pierdo la bolsa, hasta que por fin consigo parar con un puñado de pelo metido en la boca.

El tren se aleja silbando, dejándonos, literalmente, mordiendo el polvo. Se me escapa un gemido mientras el aire se me queda atascado en los pulmones. La fuerza de la caída me hace temer que algo importante se haya roto. Me da pavor moverme y descubrirlo.

Al parecer, Luke no comparte ese temor. A unos metros de distancia, se da la vuelta y se pone boca abajo como paso previo para ponerse de rodillas.

Se le ha rajado la camiseta negra por el centro, dejando entrever una franja de su abdomen.

Aparto la vista para evitar quedarme mirando y decido centrarme en el cielo lavanda que empieza a clarear por el amanecer.

—Mierda —gruñe mientras se pone en pie y se revisa la chaqueta de cuero para asegurarse de que no ha perdido ningún arma—. ¿Estás bien?

—No lo sé.

Hago un gesto de dolor al apoyarme en los codos. Ahora que por fin puedo volver a respirar, siento un pinchazo agudo en el costado. Costillas magulladas, pero, con suerte, no estarán rotas. En realidad, estoy magullada por todas partes, a juzgar por el dolor que siento en brazos y piernas.

La mano de Luke aparece por encima de mí a modo de ofrecimiento.

La acepto y dejo que me ayude a ponerme en pie.

Tira de mí con tal fuerza que acabo chocando contra él.

Sus dedos se clavan en mi cintura para enderezarme y siento un cosquilleo que me recorre el pecho.

Con la estación ya fuera de la vista, a unos dos kilómetros de distancia, solo quedamos él, yo y los imponentes árboles.

—¿Qué es lo que ha pasado?

Cualquier preocupación que se hubiera podido percibir en su voz hace un instante ya ha desaparecido, como el tren, ahora sustituida por un tono cortante que me indica que el plan se ha ido al garete y que quizá yo sea la culpable.

Molesta por el hecho de que pueda pensar que es culpa mía cuando fue él quien me dejó tirada, me lanzo a darle una explicación.

—Apuñalé al demonio, que, por cierto, se llamaba Melinda, y mientras se iba a dondequiera que la daga la llevara, gritó que yo era una mortal.

Eso llamó la atención de todos los monstruos, que, al parecer, son en su mayoría caníbales, una información que habría estado bien conocer de antemano, muchas gracias.

Todos me miraban como si fuera un pastelito.

—Pero es que eres un pastelito.

Sus manos siguen sujetándome por la cintura para que no me caiga, pero estar tan cerca de él hace que me sienta incluso más mareada. Me libero de su agarre y pongo algo de distancia entre nosotros.

—Gracias por el cumplido —digo en tono burlón.

Frunce el ceño, a todas luces sin entender que también podría considerarse un halago. Es bastante posible que no haya usado una aplicación de citas en su vida y, al parecer, tampoco ha visto ninguna película estrenada después de 1990.

—No era ningún cumplido —replica—. Y aquí viene la siguiente lección: la mayoría de las cosas de aquí se comen cualquier cosa, incluida tú.

Si no es un demonio que ansía tu alma o tu humanidad, entonces será un monstruo salivando por tu cuerpo.

De modo que sí, para ellos eres todo un pastelito. Y, además, estás sangrando.

—No, no lo estoy —digo cual niña petulante.

Pero cuando miro hacia abajo, mi rodilla derecha está empapada en sangre. Se me ha roto el pantalón y ha dejado al descubierto un trozo de piel destrozada en el que se han incrustado trozos de hierba y gravilla.

—Quítatelos —me ordena Luke, señalando con la cabeza mis vaqueros.

—¿Qué? —balbuceo.

Me clava la mirada, sin pestañear.

—No volverá a pasar otro tren hasta dentro de, al menos, un día.

No podemos esperar tanto. Tenemos que seguir a pie y buscar un coche.

Pero la población más cercana está a kilómetros de distancia.

Primero hay que limpiar esa rodilla. Una infección nos retrasaría aún más.

Así que quítate los pantalones para que pueda curarte y dejemos de perder el tiempo.

Recoge su mochila del suelo y empieza a rebuscar en su contenido. Y yo que creía que enviarle una foto de mi cajón de la ropa interior ya era bastante malo. Esto ya es otro nivel.

Pero sé que tiene razón. Si no me trato la rodilla, solo atraerá más problemas.

Me quito las botas y me desabrocho los vaqueros con un gesto de dolor acompañando cada movimiento. Jamás me había sentido tan ridícula en ropa interior delante de alguien como me siento ahora con mis braguitas negras básicas de tiro bajo, aunque al menos tienen un ribete de encaje.

—Siéntate —me ordena, aunque su tono suena algo forzado.

Me señala con la cabeza unas vías de madera elevadas.

Me acerco a ellas con cuidado y él se agacha frente a mí.

A pesar de su aire de frustración, me estira la pierna derecha con delicadeza para examinarme la rodilla.

Suelto un gemido de dolor al sentir cómo la piel en carne viva se tensa con el movimiento.

No se disculpa por ello, ni tampoco cuando se me escapa un grito mientras sus dedos sacan los trocitos de grava.

La situación me hace recordar una vez en que, de pequeña, mi padre tuvo que hacer algo parecido después de que me cayera mientras daba vueltas por la calle con mis voluminosos patines de Barbie.

Me regañó por no llevar las rodilleras a juego, pero su voz denotaba la misma paciencia algo pedante de siempre.

—¿Tienes desinfectante? —pregunto, apartando ese recuerdo de mi mente.

Luke asiente y lo saca del botiquín que llevaba en la mochila.

Me sujeta la pierna y me pasa un disco de algodón húmedo por la abrasión.

Contengo el aliento, intentando concentrarme en cualquier otra cosa.

Como cuándo fue la última vez que me depilé las piernas.

No hay ni un ápice de mi alma que quiera preocuparse por lo que él pueda pensar de mí y, sin embargo, ese es el único otro pensamiento que ocupa mi mente. Por suerte, fue hace pocos días.

—Eso debería bastar —le digo una vez que ya ha limpiado casi toda la suciedad y la sangre—. Ya puedes ponerme la pomada antibacteriana.

Levanta la vista para mirarme a los ojos. Hay algo en ellos. Un brillo divertido.

—¿Qué? —le pregunto, molesta.

—¿En serio vas a decirme cómo tengo que hacerlo? Sé perfectamente cómo limpiar una herida.

—Oh —digo, sin darme cuenta siquiera de que eso es justo lo que acabo de hacer—. Lo siento. La fuerza de la costumbre.

—¿Cuánto tiempo pasaste en la facultad de medicina? —Saca un pequeño frasco de hojalata de su mochila—. Voy a usar este ungüento, que debería ayudar al proceso de curación.

—¿Cómo sabes que estudié medicina?

—Lo mencionaste después del exorcismo de Debra. —Todo lo que pasó esa tarde está un poco borroso—. ¿Hasta qué curso llegaste?

Cierro los ojos y levanto la barbilla hacia el cielo mientras me unta la crema en la pierna.

— Hasta el penúltimo. Empecé las rotaciones, y estuve en pediatría y urgencias.

—Y entonces lo dejaste —afirma, señalando lo obvio.

—Cuando apenas me quedaba un año para terminar.

—¿Por qué?

Diría que su curiosidad es sincera y no parece juzgarme.

Trago saliva, agradecida de que esté demasiado ocupado buscando en el botiquín gasas y esparadrapo. Cuando los encuentra, empieza a vendar la herida.

—No lo sé —miento, mordiéndome el labio mientras me aprieta el vendaje—. Ay.

—Lo siento —me dice.