Capítulo 10
L o primero que me viene a la mente son las raíces de mi pesadilla. Son reales.
Pero no son raíces, sino la mano nudosa de una mujer. A pesar del horrible apéndice, su rostro es bondadoso, marcado por la preocupación y las arrugas de la edad.
—No eres de aquí.
Su voz no encaja con el resto de su cuerpo. Es suave como la seda y tiene un aire maternal. Una almohada mullida sobre la que me gustaría acurrucarme.
Se acomoda en el asiento libre junto a la ventanilla y da unas palmaditas en el sitio que antes ocupaba.
—¿Te importaría sentarte?
—Debería volver a mi asiento —digo, mirando por el pasillo.
—¿Tan pronto? ¿Estás perdida, querida?
—Oh, no. —Mi risa suena crispada—. He ido al baño. Estoy en el vagón de al lado.
—No, no me refiero a perdida en este tren. Me refiero a perdida en la vida.
La dulzura de su tono me llega al corazón. Busco una forma de rebatírselo, pero no encuentro ninguna.
—Un poco —le confieso—. Pero bueno, es lo normal cuando tienes veintitantos, ¿no?
—¡Qué joven eres! Ha pasado ya mucho tiempo desde que yo tenía tu edad.
Me pregunto cuánto.
—Pues a mí ya me parece una eternidad.
Frunce el ceño.
—Sí, ya me imagino. Hay en ti un cansancio que rara vez se ve en gente con tus años. Irradias dolor. ¿No estás cansada ya de él?
De repente, respirar se convierte en una hazaña olímpica. Sus simples observaciones me han llegado al alma.
—Siempre —susurro, como si estuviera admitiendo algo más, algo sobre lo que he tenido algunos pensamientos de los que me he obligado a distraerme antes de profundizar demasiado en ellos.
Estoy tan cansada. Cansada de las pesadillas y de la pena.
Cansada de ser presa del pánico cada vez que intento conducir.
Cansada de los vacíos que mi antigua vida sí llenaba.
Una vida con un futuro prometedor, amigos, una pareja y unos padres sanos y felices.
Estoy exhausta. Y si alguna vez dedicara un solo instante a procesarlo, si no me pasara cada segundo de mis días sumergida en el trabajo, los reality shows y las redes sociales, se haría más evidente que nunca lo agotada que estoy.
Tan sumamente cansada que no podría seguir adelante.
—Nadie debería tener que soportar ese dolor —murmura la mujer, con los ojos llenos de empatía.
Son de color marrón claro, algo más oscuros en los bordes, como los de mi madre.
Y como los míos. Me sorprende lo mucho que se parece a una versión más mayor de mi madre.
Una versión que jamás llegaré a conocer.
Entonces me doy cuenta de que, en algún momento, me he dejado caer en el asiento que hay junto a ella. La mujer saca un pañuelo del bolso y me lo da. Tengo las mejillas empapadas de unas lágrimas que ahora resbalan por mi mandíbula.
—No te mereces sentirte así. Lo sabes, ¿verdad?
—No —la contradigo—. Me lo merezco, cada segundo. Me merezco no volver a ser feliz nunca más.
—Oh, cariño, eso no es cierto —me arrulla mi madre. Pero no es mi madre. Solo se parece a ella.
¿Verdad?
—Te mereces olvidar el dolor, la culpa y el sufrimiento —me dice.
—Quiero olvidar.
—Podría ayudarte —se ofrece. Su amabilidad supone un cambio muy agradable respecto al trato brusco de Luke.
Luke . Debería volver con él. Es muy probable que, fuera donde fuera, ya haya vuelto. Tengo que…
—¿Te gustaría sentirte feliz y ligera? —me pregunta envolviendo mis manos con las suyas. Ya no se le notan las venas tanto como antes. Son suaves y cálidas—. ¿Quieres librarte del dolor y el sufrimiento de una vez por todas?
—Estaría muy bien.
Mi voz no parece mi voz. Tiene un sabor dulce y melancólico, como si hubiera bebido demasiado para ahogar mis penas, pero siguieran ahí, acechándome en el fondo de la botella.
Su pulgar me acaricia el dorso de la mano.
—Di que sí y lo haré. Puedo hacer que el dolor desaparezca. Será un pequeño pacto que quedará entre nosotras.
«Un pacto». Las señales de alarma resuenan en mi cabeza, abriéndose paso entre la neblina. Intento sacar las manos de entre las suyas, pero me agarra con demasiada fuerza y calidez.
—Nunca más volverás a sufrir —me promete—. Ni por la pérdida ni por los amantes, ni por el arte ni por la ira. Serás inmensamente feliz el resto de tus días.
—¿Y cuántos de esos días tendrías a bien dejarle?
La hostilidad en la voz de Luke duele tanto como una bofetada.
Una bofetada muy necesaria. Atraviesa la niebla de mi mente y sobresalta a la mujer lo bastante como para que pueda liberar mis manos.
En el momento en que se rompe el contacto, una oleada de claridad disipa la melosa bruma.
Luke me ayuda a levantarme y se interpone entre la mujer y yo.
—Tantos como puedas contar con los dedos de la mano izquierda —responde la mujer.
Su rostro, que tan familiar me había parecido, ahora se transforma en uno lleno de impredecible astucia. No es mi madre. Por supuesto que no lo es. Era una artimaña.
—¿Cinco días? —digo con la voz entrecortada—. ¿Moriría en cinco días?
—No estarías muerta, sino feliz —replica con un brillo pícaro en los ojos, ahora negros, mientras observa a Luke y suelta un extraño resoplido—. Creo que a ti también te vendría bien un poco de felicidad. Tu dolor es igual de intenso.
—Vámonos.
Luke me conduce por el pasillo. Tiro el pañuelo de la mujer al suelo y él lo pisotea con las botas. Me seco la cara empapada de lágrimas con la manga de la chaqueta.
—¿Cómo lo ha hecho? —le pregunto a Luke, todavía temblando por lo que acaba de pasar—. Se parecía a mi madre. Pero es…
—Un demonio —termina mi frase justo cuando cruzamos la puerta del fondo y entramos en el paso entre vagones.
Antes de que pueda abrir la puerta del siguiente vagón, Luke me detiene—.
Se parecía a ti, pero más mayor. Se estaba aprovechando de tus emociones y has estado a punto de hacer un pacto con un diablo.
Un acuerdo que habría tenido consecuencias irreversibles.
Su voz tiembla, apenas capaz de contener la emoción. La mía tampoco suena más firme.
—Lo siento. No… —Me callo, incapaz de terminar lo que iba a decir: «No quería seguir sufriendo».
Como si, a pesar de todo, hubiera oído esas palabras, su tono se suaviza.
—Eso es lo que hacen los demonios. Te engañan haciéndote creer que vas a conseguir lo que más deseas. Pero no es más que un truco.
—Dijo que podía quitarme el dolor —le explico, todavía sintiéndome atraída por la tentadora oferta. Si vuelvo ahora mismo, quizá no sea demasiado tarde para aceptar su propuesta.
Luke me coge por la barbilla para obligarme a mirarlo a los ojos, llenos de urgencia.
—Así es como funcionan. Te tientan. ¿Cómo crees que consiguen quitártelo todo?
Incluso lo malo no es más que una rama del árbol del bien.
No solo te habría hecho olvidar el dolor, sino que te habría hecho olvidar el amor que causa ese dolor.
Y ese amor es lo que te hace humana. No habrías muerto en cinco días.
Habrías perdido tu humanidad. Y eso es todavía peor.
—¿Y entonces qué? —pregunto, soltándome de su mano para volver a secarme los ojos.
Quizá debería darme más vergüenza que vea mis lágrimas, pero no es eso lo que me hace apartar la mirada. Es la intensidad de la suya y, más concretamente, el miedo reflejado en ella. Está preocupado por mí.
—Ya no habría marcha atrás. —Su voz está cargada con el peso de la verdad—. Si pierdes tu humanidad, no podrías volver al supramundo.
Me estremezco.
—Nada de pactos con demonios. Entendido.
—No se trata solo de demonios. Cuanto más tiempo pasas en el infierno, más te cuesta salir de él.
No solo porque es peligroso y las probabilidades de caer en manos de sus habitantes no están de tu lado.
Sino también porque cuanto más tiempo pasas aquí, más se adapta tu ser a las condiciones del inframundo para poder sobrevivir.
Poco a poco vas perdiendo partes de tu humanidad.
Y si te quedas demasiado, puede incluso que la pierdas del todo.
—Así que nuestra misión de rescate es una auténtica contrarreloj —concluyo—. Tenemos que entrar y salir antes de que se nos acabe el tiempo. ¿Cuánto podemos quedarnos antes de que nos convirtamos en monstruos?
Frunce el ceño, claramente molesto con el término.
—No lo sé. Una semana, con un poco de suerte. Quedarnos más podría ser peligroso.
—Dijiste que viajaríamos en este tren durante dos días y que debería llevarnos cerca de la guarida de Beliar. Dos días de ida, dos días para la misión de rescate en sí y luego dos días de vuelta. Seis días. Dentro del plazo de una semana.
Asiente a regañadientes.
—Eso no nos deja demasiado margen de error.
Abro la puerta de nuestro vagón y giro la cabeza para mirarle.
—Pues entonces no cometeremos ningún error.
Antes de que pueda cruzar el umbral, Luke me agarra del brazo.
A diferencia del de la mujer, su contacto me transmite un calor reconfortante y puedo sentir su pulso a través de su mano.
O puede que me esté sujetando con tanta fuerza que lo que siento es mi propio latido. En cualquier caso, diría que me gusta.
—Tenías que decirlo, ¿no? —me pregunta.
—¿Decir qué?
Y entonces veo lo que está mirando. Mis palabras han atraído la mala suerte.
Al fondo del vagón, dos hombres corpulentos reaccionan al vernos entrar.
Una sonrisa se dibuja en sus rostros, dejando al descubierto unos dientes irregulares con colmillos afilados.
Sus orejas también son puntiagudas y parecen sobresalir por encima de una espesa melena negra.
Si algo tengo claro es que no son almas perdidas.
Más bien al contrario, porque parecen haber encontrado justo lo que buscaban.
A nosotros.
—Mierda —suelta Luke.
Retrocede y me arrastra con él.
—¡Mi bolsa!
—Ya la cogeremos luego —me asegura—. Pero tenemos que despistar a esos tipos.
—¿Los conoces? —le pregunto mientras volvemos a entrar a toda velocidad por la puerta que acabábamos de cruzar.
—Se podría decir que tenemos un… pasado en común. Pensaba que tendríamos más tiempo antes de que nos encontraran. No estamos seguros.
—Claro, porque antes sí lo estábamos.