Capítulo 9 #3
Se parte una rama, luego otra. Les ordeno a mis piernas que se muevan, pero no responden. Las raíces se abren paso a través de las grietas del pavimento y se enroscan en mis tobillos hasta dejarme aprisionada. Un alarido me desgarra la garganta, pero ni siquiera la luna está ahí para oírlo.
Una miríada de ojos dorados brilla en la oscuridad.
Los mismos ojos dorados que vi delante del coche aquella madrugada, en medio de la calzada.
«Un animal —dijo el forense—. Probablemente un ciervo.
No es inusual que crucen la carretera por esa zona.
Diste un volantazo para esquivarlo y perdiste el control del coche, que empezó a dar vueltas hasta estrellarse contra el árbol».
Un ciervo mató a mis padres. Yo maté a mis padres.
Otro susurro de hojas, una ramita que se rompe, el ruido sordo de algo que golpea el suelo una y otra vez.
Se lanza a toda velocidad en mi dirección, con esa mirada dorada cada vez más cerca.
Las raíces ya me han trepado hasta la mitad del cuerpo, sin dejarme ninguna posibilidad de escapar. Algo irrumpe de entre los árboles…
Me despierto dando un respingo y me golpeo la cabeza contra el cristal de la ventana donde la tenía apoyada.
Por un momento, no sé dónde estoy. Entonces, los murmullos llegan a mis oídos y el cielo violeta cobra nitidez a medida que parpadeo para despejar la visión borrosa que me producen las lentillas.
Debo de haber dormido más tiempo del que creía, porque ha caído una especie de crepúsculo y el cielo está cambiando de color, como si estuviera amaneciendo.
Me he quedado dormida hasta bien pasada la primera guardia. Al darme cuenta, recuerdo que no estoy aquí sola, aunque el asiento vacío frente a mí sugiera lo contrario. El asiento de Luke. Se ha ido.
O quizá nunca ha estado aquí, y esto no es más que otro episodio de mi pesadilla en constante cambio. Quizá lleve atrapada en ella desde el viernes, cuando vi a Luke exorcizar a Debra. Estoy cautiva en un estado onírico que se vuelve cada vez más extraño a medida que pasa el tiempo.
Pensé lo mismo cuando me desperté en el hospital tras el accidente.
«Todo ha sido un sueño». Me bombardearon con medicamentos para calmar el interminable ataque de pánico, lo que facilitó que se difuminara la línea entre la realidad y la ilusión.
Pero cuando se me pasó el efecto, me resultó imposible ignorar que todo era real.
Y esto también, a pesar de todas las excusas que mi mente intenta inventar para explicar por qué estoy sentada en un tren lleno de almas condenadas.
¿Dónde demonios está Luke?
Me incorporo sobre mi asiento para poder echar un vistazo al vagón, pero todo parece igual que antes, si no más lleno.
La mochila de Luke ha desaparecido y alguien ocupa el asiento donde estaba antes.
¿Me ha dejado tirada y se ha largado? ¿Me he pasado de nuestra parada y él, en un gesto de amabilidad, no ha querido despertarme?
Es imposible que me haya pasado la parada. Luke dijo que el viaje en tren duraría dos días, y puede que haya dormido más de la cuenta, pero aún es miércoles. Va a volver. No me abandonaría.
O al menos eso creo .
Intento aguantar, pero la señal más evidente del paso del tiempo es que está a punto de estallarme la vejiga.
Cuando me doy cuenta, es en lo único en lo que puedo pensar.
Si hay algo que podría empeorar exponencialmente un viaje en tren por el infierno es hacerme pis encima como una niña pequeña que ha bebido demasiado zumo de manzana.
—Disculpe —le digo al hombre que tengo al lado. Sin embargo, eso no le impide seguir rezando—. Lo siento mucho, ¿me deja pasar para ir al baño?
Pero no atiende a mis palabras.
— Scusi, scusi —digo, y me veo obligada a pasar por encima de él. No se mueve ni se aparta para dejarme espacio. Y, cuando paso por encima de él, mis piernas atraviesan las suyas. Tal y como lo hacía parecer el cristal, es un fantasma.
Además, tiene la misma temperatura que un chapuzón en agua fría. Por eso el aire está tan gélido, por eso lo he notado desde que entré en el andén. Son ellos .
Sigo las indicaciones para llegar al baño, situado al final del vagón; me urge hacer pis, así que acelero el paso. Cuando llego, la puerta está cerrada. Una señal roja indica que está ocupado.
Por alguna razón, la idea de que los monstruos y las almas del inframundo sigan teniendo que hacer sus necesidades me parece la similitud más ridícula hasta el momento.
En cualquier caso, no tengo tiempo que perder.
Abro la puerta que da acceso al siguiente vagón, cuyo baño está, cómo no, en el extremo opuesto.
Me apresuro a atravesarlo y suspiro aliviada cuando la señal verde de la puerta señala que está libre.
Es como cualquier otro baño de tren: pequeño y con el suelo sospechosamente pegajoso, un pensamiento que me obligo a ignorar.
Sobre el lavabo encuentro jabón de ese rosa y pastoso típico de los dispensadores públicos.
Hago lo que tengo que hacer y salgo, con la esperanza de que Luke esté en nuestros asientos cuando regrese.
Voy por la mitad del vagón cuando alguien me agarra con fuerza por la muñeca.