Capítulo 9 #2
—Lo creas o no, llevo toda la vida haciéndolo.
Es una de mis habilidades mejor desarrolladas —bromeo sin mucho entusiasmo.
Pero sus palabras y el calor de su mano sí que me ayudan.
Dejo de agredir la mesa. Luke retira la mano y enseguida echo de menos la sensación de tenerla sobre la mía—. Estoy bien.
Él asiente.
—Ahora escucha.
Un escalofrío me recorre el cuerpo al escuchar los murmullos que llenan el tren, algunos en idiomas que no entiendo. El hombre que está a mi lado susurra en italiano. Una mujer unas filas más atrás está recitando una serie de avemarías en bucle una y otra vez.
—Están rezando —murmuro, deseando que la cara de Luke reflejase al menos la mitad del horror que debe tener la mía.
—Me temo que ya es demasiado tarde. Pero a menudo la gente recurre a eso cuando no sabe qué más hacer —dice con aire sombrío—. Son almas que se dirigen al más allá. Para tener un billete de ida al lugar al que vamos deben de haber hecho algo peor que no rezar lo suficiente.
—¿Como qué?
Recorre con la mirada las filas que hay detrás de mí.
—Asesinatos. Violaciones. Crueldad. Nadie sabe en qué o en quién conviene creer o no.
Ni siquiera yo. Así que, si de verdad hay unas puertas del cielo en algún lugar, no sé qué hace falta para atravesarlas.
Pero lo que sí sé es que, si estás en este tren, es porque has hecho algo que trasciende la simple falta de fe. Algo imperdonable.
«Yo he hecho algo imperdonable». Me trago mis palabras. Quizá aún tenga tiempo de evitar subirme a este tren cuando llegue mi hora.
Si es que no ha llegado ya.
Vuelvo a mirar por la ventana, demasiado inquieta como para apartar la vista de las siluetas de los árboles que van pasando y de la masa de agua que estamos bordeando.
En el reflejo del cristal veo las almas translúcidas que llenan el tren.
Eso le concede a todo el mundo un aspecto aún más macabro del que ya tiene.
—¿Qué va a pasar con ellos? —logro preguntar—. Cuando lleguemos allí, ¿adónde irán?
—Ya estamos allí.
—Cierto. Es que no lo entiendo. Parece tan… normal. Quiero decir, el cielo es extraño, pero hay agua y árboles y…
—¿Luna? ¿Constelaciones? —añade Luke—. Lo que hace que el inframundo sea tan peligroso es que es igual que el supramundo.
Todo parecerá normal hasta que deje de serlo.
La misma luna, el mismo sol y las mismas estrellas, pero el cielo es púrpura en lugar de azul.
La misma hierba, la misma vegetación y los mismos árboles, pero en lugar de ardillas y pájaros cantores viviendo en ellos, hay buitres que se alimentan de carne y huesos.
Por regla general, mantente alejada de todas las orillas, ya sean de ríos, estanques, lagos o el mar.
Las sirenas y las ninfas marinas son famosas por sus artimañas.
La información se agolpa en mi mente.
—¿No es eso algo propio de la… mitología?
—¿De dónde crees que surge la mitología?
—¿De los libros? ¿De la historia? ¿De años y años de creencias antiguas dramatizadas con cada nueva interpretación? Lo siguiente será decirme que los vampiros y los hombres lobo existen de verdad.
—No digas tonterías, pues claro que existen de verdad.
Levanto las manos.
—Quizá deberíamos empezar por lo que no es real.
—Quizá deberíamos empezar por que bajes el tono de voz —me advierte—. Ahora mismo, todo el mundo cree que somos almas condenadas al castigo eterno. Tenemos que pasar desapercibidos para evitar que eso cambie.
—¿Debería estar rezando? —pregunto medio en serio, medio en broma.
—Deberías estar callada —responde—. Duerme mientras puedas. A medida que nos adentremos en el inframundo, se subirán más pasajeros. Y no todos serán almas. Los monstruos y los demonios también tienen sitios a los que ir, ¿sabes?
—Qué desconsiderado por mi parte suponer que no se limitan a deambular por el inframundo gimiendo y aullando —murmuro. Pero estoy cansada, y cuanto más pienso en la oscuridad que hay ahí fuera, más me cuesta poner freno a mis pensamientos—. ¿Haces tú la primera guardia y me despiertas si pasa algo?
Él asiente. Apoyo la frente contra el cristal frío, imaginando que es una almohada recién dada la vuelta y que estoy en la cama de mi casa. No en mi piso de Tarrentown, sino en la casa llena de color en la que crecí, la que heredé para simplemente luego dejarla atrás. Eso, y todo lo demás.
Aprieto el móvil en el bolsillo de mi chaqueta vaquera. Jamás respondí a los mensajes de mi ex. Quizá debería haberlo hecho, pero ahora ya es demasiado tarde.
Dudo que en el infierno haya cobertura.
La pesadilla empieza como todas las demás.
La bola que cae en Nochevieja. El beso de mamá en mi mejilla.
Papá gritando «¡Feliz Año Nuevo!» tan fuerte que me zumban los oídos.
El restaurante repleto de vítores, matracas y adornos brillantes y baratos que lo convertían en un lugar de ensueño.
Era el mismo local del barrio donde celebrábamos todas las ocasiones importantes.
Cumpleaños, graduaciones, la cena de aniversario de mis padres a la que siempre me llevaban.
Desde fuera de mi cuerpo, veo cómo mis padres y mi yo del pasado se dirigen hacia el coche.
El asfalto está mojado por la lluvia que acaba de caer.
Papá dice algo que hace que la risa de mamá resuene en la noche, pero mi yo del pasado no lo oye porque está despidiéndose con la mano de nuestros compañeros de fiesta.
A pesar de tener este sueño todas las noches, nunca llego a oírlo.
Papá y mi yo del pasado se quedan junto a la puerta del conductor hasta que ella finalmente le convence para que le entregue las llaves. «Solo me he tomado una copa de champán, papá —argumenta—. La casa está a menos de un kilómetro y medio. Podríamos ir andando».
Deberíamos haber ido andando.
Intento gritárselo a mi yo del pasado, pero ella no me oye. Se sienta al volante mientras yo voy en el asiento trasero, junto a mamá. «Ponte el cinturón de seguridad —le insisto—. Mamá, ponte el cinturón de seguridad».
No me hace caso. No puede hacerlo, porque ya es demasiado tarde para que pueda advertirle.
Mi yo del pasado ajusta los retrovisores delanteros.
Ese es el yo que importa, no mi yo de los sueños, que revive esta noche una y otra vez como un disco rayado, que se va deformando y deteriorando más y más con cada repetición.
Mi yo del pasado baja por la carretera secundaria que lleva a casa. Una calle bordeada de árboles que se alzan sobre el asfalto agrietado. Un camino por el que he conducido tantas veces que podría haberlo hecho con los ojos cerrados.
Busco la mano de mamá para apretarla una vez más, pero, como siempre, se me escapa entre los dedos.
Entonces, de repente, todo se me escapa entre los dedos.
El coche se desintegra a mi alrededor en una nube de humo, como si nunca hubiera existido.
Mis padres se desvanecen con él, junto con mi yo del pasado.
Me quedo de pie en la carretera destrozada, con la oscuridad cerrándose en torno a mí por todos lados.
El corazón me martillea en el pecho.
—¿Hola? —grito asomándome entre la maraña de árboles—. ¿Hay alguien ahí?