Ojalá leas esto desde el infierno Capítulo 9
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Capítulo 9

L uke me sigue al interior del vagón y la puerta se cierra detrás de nosotros. Tras emitir otro silbido, el tren sale traqueteando de la estación. Lo hemos logrado por los pelos.

La iluminación es tenue, como suele ser habitual en cualquier tren nocturno.

Paso junto a filas de asientos vacíos, con la tapicería de cuero negro tan desgastada que en algunos se ve la esponja amarilla asomando.

Los portaequipajes de arriba están vacíos, lo que confirma mi sospecha de que el vagón no lleva pasajeros.

—Vamos a sentarnos aquí. —Luke señala con la cabeza un conjunto de cuatro asientos que comparten una mesa. Antes de que pueda protestar, me quita la bolsa y la coloca en el estante de arriba.

—Gracias —murmuro. Me muevo hacia el interior para sentarme al lado de la ventana, y él se sienta frente a mí. Deja caer su mochila en el asiento vacío que tiene al lado.

No sé cómo imaginaba que sería un tren al infierno, pero que sea un convoy normal y corriente es diez veces peor. Como si cualquiera pudiera equivocarse de tren y verse condenado para siempre.

Una sensación de inquietud me oprime a medida que atravesamos el túnel a toda velocidad.

No veo nada por las ventanas, aunque imagino que no hay nada que ver salvo las mismas paredes grises y lúgubres que enmarcaban el andén de más de un kilómetro y medio del que venimos.

Siempre he apreciado el arte del grafiti, pero jamás lo había considerado un motivo de consuelo.

Ahora echo de menos todo lo que representa. Sobre todo, la vida.

—Creo que es la vez que más callada has estado desde que nos marchamos de tu piso —comenta Luke.

—En el coche estaba callada —respondo.

—Estabas tarareando.

—No es verdad.

—Sí es verdad.

—Que no es verdad —espeto con un tono más áspero de lo que pretendía. Él arquea las cejas y un rubor me sube por las mejillas. Me recuesto en el asiento—. Lo siento, es que… ya no tarareo. No lo hago desde…

Me callo de golpe. Luke me mira con esa expresión indescifrable suya, como si me estuviera evaluando mentalmente.

—¿Desde cuándo?

Se queda esperando a que le dé más detalles, pero no voy a hacerlo.

Porque eso iría en contra de mi norma de no entrar en temas demasiado personales.

Además, ¿por qué debería contárselo todo cuando él solo me ha dado retazos de su vida para que intente armar el rompecabezas?

La mayoría de los cuales los he ido rascando yo misma basándome en hipótesis chapuceras y suposiciones descabelladas.

Si él va a ser una caja fuerte, yo seré una cámara acorazada.

Cambio de tema y le digo:

—¿A qué distancia nos dejará este tren de la guarida de Beliar?

Los ojos le brillan con aire divertido.

—¿«Guarida»? Tiene una casa, ¿sabes? La mayoría de los seres del infierno la tienen. O, al menos, un adosado o un piso.

—¿Crees que tendrá a Krystal y a las demás en su casa ?

—No es solo su casa. Se trata también de un centro de distribución de mercancías del que es director y que se encuentra en lo que tú conoces como California. La ubicación coincide con lo que es, si no me equivoco, el Valle de la Muerte en el supramundo.

—¿Cómo que «lo que yo conozco como California»?

Luke suspira y junta las manos sobre la mesa.

—A diferencia del supramundo, el infierno no respeta los nombres de los estados, aunque existe una definición geográfica similar.

En su lugar, está dividido en departamentos.

Lo que nosotros llamamos California se conoce en el inframundo como el Departamento de Transporte.

Ahora mismo estamos en Nueva York, pero en el infierno se llama Departamento de Marketing y Publicidad.

—¿Para qué necesita el infierno un departamento de marketing y publicidad?

Luke me lanza una mirada extrañada, como si fuera algo obvio.

—Para promocionar nuevas políticas y apagar fuegos, claro está. Entre otras cosas. Te sorprendería lo parecidos que son el inframundo y el supramundo. Aunque podría decirse que el infierno está mejor organizado.

Esto es absurdo, pero la expresión de Luke no puede ser más sincera. Aun así, no puedo quitarme de la cabeza la sensación de que hay mucho más de lo que deja entrever.

—¿Así que Beliar vive en un centro de distribución de mercancías en California, también conocida como el DT? ¿Vive en el mismo sitio donde trabaja?

—No es algo inusual en el infierno. La mayoría vive donde trabaja, o cerca. Así pueden trabajar más.

Hago una mueca.

—Suena… infernal.

Esboza una sonrisa auténtica, algo poco habitual en él.

—Por fin lo vas entendiendo. Y para responder a tu pregunta inicial, si viajamos en este tren durante los dos días que dura el trayecto hasta California, podremos bajarnos en una estación lo suficientemente cerca como para recorrer el resto del camino a pie.

Aunque quizá sea prudente robar un coche en algún momento, por si necesitamos emprender una huida repentina.

Se me pone la piel de gallina solo de pensar en tener que huir para salvar el pellejo por un territorio dominado por demonios poderosos. No creo que llegáramos muy lejos.

—Sabes mucho sobre el infierno —comento, sin poder ocultar el tono de recelo en mi voz—.

¿Acaso la caza de demonios es algo que viene de familia?

Hay quien hereda de sus antepasados recetas muy codiciadas de galletas con pepitas de chocolate, ¿y tú has heredado la habilidad de dar palizas a seres sobrenaturales y moverte por el inframundo?

Luke se encoge de hombros.

—Me parece algo mucho más útil que una receta de galletas.

—A menos que estés en el programa The Great British Bake Off.

—¿Por qué los británicos hacen concursos de cocina? —pregunta, ladeando la cabeza con gesto inquisitivo.

Su reacción me hace reír. O casi.

—Porque son geniales. Lo dice el título. En fin. Responde a la pregunta.

—Qué exigencias —murmura con una sonrisa burlona—. Sí, es cosa de familia. Algunos heredan el bufete de abogados de su madre, otros el restaurante de su padre. Yo, en cambio, me he quedado con montones de libros sobre el infierno y todo lo que hay en él.

—Es muy deprimente.

—¿Qué has heredado tú?

Me taladra con la mirada, un desafío en toda regla.

—La casa donde crecí, de mis padres fallecidos —digo sin rodeos. La culpa se me clava entre las costillas como un cuchillo al recordar cómo cerré con llave aquel acogedor bungalow el día que me fui hace seis meses.

No me apetece ver la reacción de Luke, así que desvío la mirada hacia las paredes lúgubres que pasan a toda velocidad. Meto los puños en los bolsillos de mi chaqueta vaquera, lamentando no haberme traído algo de más abrigo. En este tren hace mucho frío.

El gris cambia a medida que salimos del túnel. Durante un momento de desconcierto, estoy segura de que nos hemos equivocado de tren. El exterior no parece muy diferente de lo que dejamos atrás en Nueva York. Pero, como todo lo demás en este tren, hay algo que no cuadra.

Las estrellas y la luna salpican el cielo, y consigo distinguir las principales constelaciones: la Osa Mayor y el Cinturón de Orión. Pero lo que más llama la atención es el fondo. El cielo no es azul marino. Es de un violeta oscuro e intenso.

—¿Es normal que el cielo tenga ese…?

Las palabras se me quedan atascadas en la garganta al volverme hacia Luke y ver a alguien sentado a mi lado.

Me giro rápidamente para mirar al resto del vagón.

Casi todos los asientos están ocupados por personas con la cabeza inclinada hacia abajo, por lo que no puedo verles la cara.

El hombrecillo que está a mi lado tiene la mirada fija en su regazo mientras murmura algo ininteligible.

Tendría sentido si estuviera mirando el móvil o leyendo un libro, pero ahí no hay nada.

—El tren va lleno. —La voz de Luke hace que levante la vista para mirarle a los ojos. Espero que me devuelva la misma expresión de perplejidad, pero él se limita a arquear una ceja.

—¿De dónde ha salido toda esta gente? —susurro. Incluso hablando lo más bajo posible, estoy segura de que el hombre que tengo al lado puede oírme. Sin embargo, no parece que me esté prestando atención.

—Se subieron con nosotros —dice Luke—. Técnicamente, antes que nosotros, ya que por poco nos quedamos en tierra.

—Habría tenido que pasar por encima de él para llegar a mi asiento. —Inclino la cabeza hacia el hombre—. Este vagón estaba vacío.

—¿De verdad? —pregunta Luke, como si yo fuera una alumna y él estuviera deseando verme llegar a una conclusión por mí misma.

Espera pacientemente mientras voy encajando las piezas.

—Estaban en el andén, ¿no? —Recuerdo lo que dijo Esmar sobre que nos habíamos colado en la fila—. No los vi. ¿Por qué?

—Estábamos en el supramundo. Al igual que con la escalera que bajaba hasta el andén inferior, hay que saber qué buscar.

—Pero ¿tú podías verlos?

—Tengo más práctica buscando.

—¿Qué ha cambiado ahora? —Sé cuál es la respuesta, pero necesito oírla de su boca.

Él me concede el deseo diciendo:

—Ya no estamos en el supramundo. Bienvenida al infierno.

Asiento, con un movimiento tan mecánico como el aire que obligo a entrar y salir de mis pulmones. Soy yo quien me he metido en esto. Le pedí a Luke que me dejara acompañarle. ¿Qué esperaba? ¿Que me estuviera mintiendo?

Quizá una parte de mí desearía que todo fuera una broma elaborada, o una de esas muchas pesadillas de las que me despierto empapada en sudor, pero a salvo, al fin y al cabo.

Esto es una pesadilla, pero no de las que se tienen dormido.

—¿Te encuentras bien? —La voz de Luke es sorprendentemente delicada, igual que la forma en que extiende la mano por encima de la mesa que nos separa para posarla sobre la mía. Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba aferrando el borde con los nudillos blancos—. Respira, Brie.