Ojalá leas esto desde el infierno Capítulo 8
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Capítulo 8

C uando por fin llegamos a Nueva York, Luke aparca el coche a la sombra de un paso elevado.

Durante los últimos ochenta kilómetros hemos estado siguiendo las luces resplandecientes de la ciudad.

Ahora estamos en pleno centro, con el constante ruido de los pitidos y las sirenas formando una cacofonía a nuestro alrededor.

—Tendremos que hacer el resto del camino a pie —dice Luke sacando una mochila del asiento trasero. Me tiende mi bolsa de viaje.

—Gracias —digo, con la voz ronca por la falta de uso.

Hemos pasado gran parte del trayecto en silencio, a pesar de los cientos de preguntas que me quemaban en la garganta.

Cada vez que intentaba hacer una, Luke me interrumpía para pedir indicaciones o yo me la tragaba, por miedo a que cambiara de opinión.

Luke cierra la puerta trasera y abre el maletero. Me quedo boquiabierta.

—¿De dónde has sacado todo este arsenal ?

—¡Chsss! —Mira a nuestro alrededor para asegurarse de que estamos solos.

Se vuelve a girar hacia el maletero y empieza a rebuscar entre las armas.

Quizá debería haber sentido cierta alarma antes, pero no es hasta que Luke saca una Glock y la guarda en una funda cuando realmente me pregunto si me he metido en un jardín demasiado grande.

—¿Qué tal tu puntería? —pregunta, y saca otra.

—¿Inexistente? —Me quedo mirando el arma fijamente, con un nudo en el estómago—. Una vez fui a hacer tiro al plato con mi ex.

—¿A cuántos les diste?

—A ninguno.

—¿De cuántos?

—Un montón.

Echa un vistazo al interior del maletero. A pesar de que hay docenas de objetos de metal y de acero y con puntas afiladas, todo está bien ordenado. Algunos están dentro de bolsas de viaje abiertas y otros cuelgan de pequeños ganchos clavados en el interior alfombrado.

—Lo que mejor se me da es disparar flechas —digo.

—¿Te refieres con un arco?

Asiento.

—Pasé por una etapa en la que me aficioné al tiro con arco, gracias a la moda de Los juegos del hambre. Y se me daba bastante bien.

—¿ Los juegos del hambre ?

—¿Nunca has oído hablar de Los juegos del hambre ?

Duda un instante y luego niega con la cabeza.

Me quedo de piedra.

—Son solo algunas de las obras literarias más conmovedoras que han llenado las estanterías en este siglo. Una mezcla de crítica social sobre el capitalismo, la codicia, la pobreza y…

—¿Y qué tiene que ver eso con un arco?

—Lo usa Katniss Everdeen, la protagonista. Y eso sin mencionar a Peeta Mellark, mi primer amor…

—No tengo ningún arco —me interrumpe Luke, sin ningún interés aparente en escuchar mi monólogo sobre cómo la frase «Si no fuera por el bebé» me cambió por completo como lectora—. Además, son poco prácticos. Demasiado lentos.

—Te dije lo mismo acerca de nuestro software CRM la semana que entraste, pero aun así no te pusiste a investigar el nuevo que te recomendé hasta el miércoles pasado.

—Sabía que te había molestado.

—No te tomas en serio mis sugerencias.

Frunce el ceño, como si se sintiera profundamente ofendido por el hecho de que yo crea que no valora mis opiniones.

—No es verdad.

Saca una daga de un compartimento secreto donde suele ir la rueda de repuesto. La hoja negra es idéntica a la que utilizó antes para despachar a Beliar, y que luego se metió en la parte trasera del cinturón y cubrió con la camisa.

—Son un juego de dos —me explica, entregándomela por la hoja para que pueda agarrar la empuñadura. Pesa menos de lo que esperaba—. Si nos separamos, déjala caer al suelo y apuntará en dirección a su compañera. Son como brújulas. Siempre se encontrarán la una a la otra.

—¿Dónde se supone que tengo que llevarla?

Tras rebuscar un poco más, me da una funda.

—En el muslo.

Me la ato a la pierna derecha, por encima de los vaqueros, y meto la daga dentro.

—Me siento Lara Croft.

—¿Quién?

—Tienes que ponerte al día con la cultura popular —murmuro mientras él sigue equipándose con armas. Termina echándose por encima una chaqueta de cuero extragrande que, como era de esperar, es negra.

Satisfecho con su selección, cierra el maletero. Con los brazos cruzados sobre el pecho, arqueo una ceja.

—¿Qué? ¿No querías llevarte la lanza?

—Todavía no tengo claro si quiero llevarte a ti . —Mira el maletero cerrado como si estuviera pensando en encerrarme dentro—. Esta es tu última oportunidad para cambiar de opinión. Una vez que subamos a ese tren…

—Es un billete de ida a un lugar donde no brilla el sol —termino por él, fingiendo una falsa seguridad al hablar—. He leído la letra pequeña. Voy a ir. Estamos perdiendo el tiempo.

Se exaspera, pero no dice nada más mientras salimos de debajo del paso elevado.

La oscuridad hace que me invada una conocida sensación de miedo.

Durante el trayecto he intentado reprimirla, ya que nunca es tan terrible cuando conduce otra persona.

Ahora me resulta imposible ignorar las sombras que se alargan.

—¿Qué aspecto tiene exactamente una entrada al infierno? —pregunto a medida que entramos en una zona más concurrida.

—¿No te parece que esto ya es bastante infernal? —dice Luke señalando con un gesto la multitud entre la que nos hemos detenido mientras esperamos a que cambie el semáforo del paso de peatones.

—No te gusta mucho la Gran Manzana, ¿eh?

—Demasiada aglomeración para mi gusto. —El semáforo nos da la señal para cruzar. Avanzamos como un banco de peces—. ¿Y a ti?

—Me encanta. Solía venir cada diciembre a ver el árbol del Rockefeller Center con mi madre —le explico, caminando a paso acelerado como si eso pudiera ayudarme a escapar de la avalancha de recuerdos—.

Nos quedábamos el fin de semana e íbamos a ver un espectáculo de Broadway.

Era mi lugar favorito. Cuando me independicé, el plan era venir aquí.

— Huir aquí—. Pero, al estar estudiando, no tenía trabajo ni muchos ahorros.

Solamente llegué hasta Tarrentown antes de que…

—«Me asustara al volante y casi me estrellara con el coche. Otra vez».

Me tropiezo, tanto con la verdad como con el bordillo. Luke extiende la mano para sostenerme, al igual que lo hace mi más que trillada excusa.

—Antes de que se me estropeara el coche. Repararlo era caro, así que empecé a buscar trabajo y piso y al final me quedé. Pero Nueva York sigue siendo mi meta final. Me recuerda a ella.

—¿Estabais muy unidas? —me pregunta. Nos paramos en otro semáforo.

—Sí. —Pronuncio la sencilla palabra con suavidad para que el sonido no resulte tan angustioso como me siento por dentro.

El icono cambia y sigo avanzando. Los pasos de Luke se acompasan con los míos y llegamos al otro lado a la par. Al doblar otra esquina, nos adentramos en la explosión de luces y pantallas que es Times Square.

Se me dibuja una sonrisa en la cara. La magia del lugar me sorprende como siempre lo hacía cuando era pequeña.

Y, como de costumbre, está a rebosar de gente.

Echo un vistazo a Luke y veo que me está mirando con una expresión rara, como si nunca me hubiera visto antes.

Las luces que bailan sobre su rostro lo iluminan con un tono violáceo.

—¿Qué? —digo con una carcajada. La energía que se respira en el ambiente es contagiosa; el aroma a frutos secos tostados, a Krispy Kreme y a comida halal me envuelve en una apetitosa nube de olores.

La palabra lo saca del trance extraño en el que se encontraba. Menea la cabeza y echa un vistazo al reloj.

—Mierda. Vamos a perder el tren.

Nos abrimos paso corriendo entre la multitud hasta la estación de metro de la calle Cuarenta y dos.

—¿No tenemos que esperar junto a las vías? —pregunto mientras pasamos a toda prisa por los tornos.

—Esas vías no. —Me arrastra hacia una sucia pared de azulejos blancos que se encuentra en dirección opuesta a la multitud.

Miro hacia atrás, confusa.

—¿Hay otras vías debajo de las principales?

—Solo si sabes dónde buscar.

Me giro justo a tiempo para verlo empujar una puerta de aspecto sospechoso que da a una escalera.

Solo que esa puerta no estaba ahí hace un segundo. Estoy segura.

—Pero ¿qué…?

—Como te he dicho —responde, haciéndome un gesto para que entre—, hay que saber dónde buscar.

Esa inquietante frase es lo único que oigo mientras el ruido de nuestros pasos resuena en la empinada escalera.

Bajamos y bajamos y bajamos, y los oídos me duelen por la presión.

Intento no imaginar la infinidad de toneladas de tierra que hay sobre nuestras cabezas, por no hablar de los edificios, la gente y los coches.

Si el lugar se derrumbara, nadie se daría cuenta de que estamos aquí sepultados, sobre todo si, como yo, ni siquiera son capaces de ver la entrada.

Tal vez me añadirían a la creciente lista de mujeres desaparecidas en Tarrentown.

Quizá ya esté incluida.

Al llegar abajo, Luke me sostiene la puerta y de pronto me encuentro en un andén, donde aspiro profundamente el aire húmedo y mohoso.

A diferencia de las vías normales de arriba, aquí no hay escaleras ni ascensores en el medio, solo una enorme losa de hormigón agrietado que parece no tener fin.

Una única luz brilla al fondo del andén.

—No cantemos victoria aún. Todavía tenemos que comprar los billetes —dice Luke.

A pesar de la urgencia que se percibe en su tono, la mano que me empuja por la espalda en dirección a la luz es sorprendentemente delicada. Aunque me arden los pulmones, obligo a mis piernas a seguir el ritmo acelerado que imponen sus pasos.

—¿Billetes? —jadeo—. ¿Hay que pagar para ir al infierno?

Me lanza una mirada perpleja.

—Claro. ¿De qué otra forma se supone que van a financiar el mantenimiento de las infraestructuras?

Respondo a su desconcierto con el mío propio.

—Yo… no pensaba que esto funcionara así.

En su rostro se dibuja una mueca divertida.

—Te lo explicaré mejor cuando estemos en el tren, pero en realidad no es tan diferente del supramundo en ese aspecto. El dinero lo gobierna todo, aunque tenga una apariencia diferente al que estamos acostumbrados.

—El supramundo —repito. La palabra ha brotado de sus labios con total naturalidad—. ¿O sea que vamos a ir al inframundo?

—Es todo lo mismo. El infierno, el inframundo, el abismo.

—Entonces ¿cualquiera puede bajar cuando quiera?

Duda, aunque sus pasos no se detienen.

—No necesariamente. La única razón por la que hemos encontrado la escalera es porque he podido ver la puerta. Normalmente no se ve, a menos que sepas dónde buscarla.

Frena de repente. Estamos lo suficientemente cerca como para que por fin pueda ver lo que ilumina la luz: una taquilla. Hay una persona sola sentada detrás del cristal.

—Mierda —maldice Luke echando otro vistazo a su reloj.

—¿Por qué nos hemos parado? —pregunto rodeándome el cuerpo con los brazos. Aquí abajo hace un frío que pela.

Me mira de golpe, con el ceño fruncido.

—No puedes…

El estruendo del silbido del tren le interrumpe. El andén tiembla bajo nuestros pies.

Me agarra del brazo y me empuja hacia la taquilla. Un escalofrío me recorre la espalda al notar cómo desciende la temperatura conforme nos acercamos.

—Dos billetes para el próximo tren al infierno —le dice a la mujer que está detrás del cristal.

—Por favor —añado yo.

Levanta la vista del monitor. Lleva las gafas muy bajas en la nariz y sus pupilas están tan dilatadas que parece que tiene los ojos negros.

Aunque no tiene arrugas, es difícil adivinar su edad; podría tener entre treinta y cincuenta años.

En la etiqueta con su nombre, sujeta al uniforme negro, se lee: Esmar. Especialista en atención al cliente .

—Póngase al final de la cola, señor —dice con un tono monótono que sugiere que podría estar haciendo esto todo el día.

«¿La cola?». Miro a mi espalda, pero el andén está vacío.

—Tenemos que subirnos a este tren —insiste Luke cuando otro silbido atraviesa el aire. Los faros del tren iluminan las vías, aunque aún no ha salido del túnel.

La mujer no parece inmutarse en absoluto; mientras teclea algo a paso de tortuga, sus uñas emiten un sonido repetitivo: clic…, clic…, clic…

—La venta de billetes de ida para este tren se cerró hace treinta minutos. Pueden comprar dos para el próximo tren que sale mañana a la misma hora. Si los compran por internet, ahorrarán un diez por ciento. Estamos intentando reducir el uso de papel.

—No podemos esperar a mañana. —Lanzo una mirada de pánico a Luke justo cuando el tren se detiene.

—Siento las molestias. —Pero a Esmar no parece importarle lo más mínimo—. Estaré encantada de proporcionarle el número de nuestra línea de atención al cliente. Un agente podrá transferir su llamada para que hable con un responsable.

—No quiero hablar con ningún responsable —gruñe Luke—. Quiero subirme a ese tren.

Señala con el pulgar al convoy que acaba de detenerse. La puerta del vagón más cercano se abre.

—Por desgracia, no hay nada que yo pueda…

Luke la interrumpe, inclinándose hacia delante para hablar directamente al intercomunicador empotrado en el plexiglás.

Entonces brota de sus labios una serie de palabras en un idioma desconocido, pronunciadas con un siseo letal que hace que Esmar abra tanto los ojos que hasta puedo ver el aro de color amarillo pajizo que rodea su pupila.

—Por supuesto —balbucea ella, y su actitud cambia por completo.

De repente, no da abasto a teclear. Clic, clic, clic, clic, clic.

Se oye un zumbido y acto seguido pasa dos billetes por la ranura del cristal.

Me equivocaba al pensar que el ruido al teclear se debía a las uñas. Tiene garras— . Invita la casa.

—Eres muy amable. —Luke coge los billetes y me da uno.

—¿Qué le has dicho? ¿Era latín? —le pregunto mientras nos acercamos corriendo al tren.

—Sí —responde Luke, aunque ignora la primera pregunta. Me recorre otro escalofrío al llegar al borde del andén. Me hace un gesto para que cruce la puerta—. Las damas primero.