Capítulo 7 #2
El pomo de la puerta gira. No espero a ver cómo se abre, sino que bajo por la oxidada escalera con el corazón en un puño.
Puede que sea obligatorio por ley que los edificios de tres pisos tengan escaleras de incendios, pero soy muy escéptica respecto a si esta realmente cumple con la normativa.
Por no hablar de si tiene un límite de peso.
Aunque Luke sea alto y musculoso, yo no me quedo atrás en altura y sin duda le gano en curvas y en unos kilitos de más en el vientre y los muslos.
Pero no sobreviví a aquella época de mi adolescencia en la que me pasaba el tiempo llorando en los probadores de Hollister para que una escalera destartalada acabe conmigo en la veintena. Bajo a toda prisa y al fin toco el suelo con los pies.
—¡Sube! —Luke se inclina sobre el asiento del copiloto para abrirme la puerta.
Me meto dentro y apenas consigo cerrarla antes de que pise con fuerza el acelerador.
Salimos rugiendo a la calle y gira bruscamente a la izquierda para alejarnos de los coches de policía, las sirenas y los curiosos.
Otra serie de giros me hace perder todo sentido de la orientación.
Me agarro al asidero, con los dientes apretados y el cinturón de seguridad bien abrochado mientras Luke se abre paso por las entrañas de Tarrentown como un piloto de Fórmula 1.
Solo cuando llegamos a un largo tramo de carretera rural y vemos una señal que dice Estás a punto de abandonar Tarrentown. ¡Cierra al salir! , levanta por fin el pie del acelerador. Pasamos el último desvío y Luke mira por el retrovisor.
—Ni se te ocurra dar media vuelta y dejarme atrás —le amenazo.
Frunce el ceño y me lanza una mirada.
—No quiero que vengas.
—Entonces ¿por qué me has dicho que me subiera al coche?
No responde de inmediato y flexiona los dedos sobre el volante.
—La daga con la que apuñalé a Beliar es de obsidiana.
Es lo único que puede hacerles daño de verdad a los monstruos.
Especialmente a los demonios. Pensé que Beliar se había marchado por voluntad propia después de venir a mi casa.
Pero no fue así. Percibió tu olor y lo siguió hasta la tuya.
O quizá percibió tu olor allí primero, luego te siguió hasta la mía y después volvió a la tuya.
No lo sé. Pero apuñalarlo debería haberlo enviado de vuelta a su mundo para siempre.
—¿Al infierno? —Me giro para mirarlo. Luke duda, pero luego asiente—. Entonces tenía razón. Soy su siguiente objetivo.
—Ahora deberías estar a salvo de él.
—¿«Debería»? Algo me dice que, si de verdad lo creyeras, me habrías dejado atrás para que me las apañara por mi cuenta.
—No he descartado todavía la idea de dejarte atrás.
—Pues olvídate —respondo—. Voy contigo a salvar a Krystal. Y punto.
A Luke se le contrae un músculo de la mandíbula. Me meto las manos debajo de los muslos para no hacer ninguna tontería, como reseguir con el dedo su contorno definido.
Circulamos por encima del límite de velocidad, aunque no tan rápido como antes.
El silencio nos envuelve mientras intento dar sentido a la última hora de mi vida.
La piel del Luke Beliar retorciéndose, como si sus minúsculos fragmentos se estuvieran quemando.
El humo y el hedor. No es nada que reconozca, no es exactamente descomposición, sino algo peor.
Algo podrido y repugnante. De otro mundo.
—Estás herida.
—¿Qué? —Me sobresalto al oír la voz de Luke y, más concretamente, al percibir la preocupación que se trasluce en ella.
Señala con la cabeza la palma de mi mano. Está manchada de sangre.
—Hay servilletas en la guantera.
Una sensación de estupor me invade; las palabras salen de su boca y tardan un instante antes de llegar a mis oídos.
—No recuerdo haberme cortado —murmuro cogiendo una servilleta marrón—. Seguro que ha sido por la escalera oxidada. O por los cristales del suelo.
—O por la lámpara —añade Luke.
—O por la lámpara —repito mientras me limpio la sangre hasta que solo queda una línea roja fina. Hago una bola con la servilleta y la meto en el bolsillo que hay en el lateral de la puerta.
—No quiero que vengas —dice de nuevo Luke. Abro la boca para discutir, pero él sigue hablando antes de que pueda hacerlo—. Y no quiero que vengas porque el infierno es peligroso y podrías hacerte daño. Mucho daño.
Hace un gesto con la cabeza hacia el corte sin importancia que tengo en la mano, como si la idea de que me pasara algo peor le supusiera una carga insoportable.
—Pero tienes razón. Te habría dejado atrás si estuviera completamente seguro de que Beliar se ha marchado para siempre.
—¿Y no lo estás? —pregunto mientras veo pasar kilómetros y kilómetros de bosque.
—Por desgracia, no.
—¿Por qué?
Deja escapar un suspiro de frustración.
—Eso es lo que tengo que descubrir.
—Hablando de descubrir cosas, ¿cómo sabías qué escalera de incendios llevaba a mi piso?
Durante un largo segundo, Luke guarda silencio.
—El viernes por la noche, después de dejar a Debra, pasé por tu piso para asegurarme de que habías llegado bien a casa, porque sé que no te gusta conducir cuando ya ha oscurecido.
Me di cuenta de que no había tratado la situación con la delicadeza que debería.
Lo siento. No era mi intención parecer un acosador, simplemente te vi por la ventana. Así es como lo supe.
—Ah. —Siento que se me suben los colores a las mejillas y no puedo evitar preguntarme si estaba en ropa interior.
Probablemente no, porque me puse el pijama en cuanto entré por la puerta.
Aun así, la idea de que fuera a comprobar que había llegado bien a casa me produce una inesperada oleada de calor en el estómago—. ¿Así que ya sabías mi dirección?
Está ligeramente bronceado, así que cuesta percibirlo, pero juraría que tiene las puntas de las orejas un poco sonrosadas.
—Puede que la buscara en el documento de Google Docs de la tarjeta navideña de Carol.
No puedo evitar reírme.
—Vaya, ¿cómo no se me había ocurrido? Yo tuve que buscar en el directorio de empleados de la empresa para encontrar la tuya.
Una sonrisa asoma a sus labios antes de adoptar una expresión más severa.
—Sé cómo encontrar a Beliar, pero no será fácil —dice retomando el tema—.
El infierno tiene puntos de entrada desde este mundo.
Tenemos que volver sobre nuestros pasos para llegar al más cercano; después habrá que viajar unos días hasta llegar al lugar donde es probable que Beliar tenga retenidas a Krystal y a las demás.
El inframundo no es como esto, aunque a primera vista pueda parecerlo.
Hay monstruos a cada paso, siempre intentando engañarte, hacerte daño o alimentarse de tu dolor.
Sabrán que eres humana. No serás la única, pero serás carne fresca.
Si vas a venir conmigo, necesito que seas consciente del riesgo.
Puede que no solo lleguemos demasiado tarde para salvar a Krystal, sino también para salvarnos a nosotros mismos.
Cuanto más tiempo pases en el infierno, menos probable será que consigas salir.
Trago saliva.
—Así que mis opciones son, o irme voluntariamente al infierno contigo y formar parte de una misión de rescate que podría ser mortal, o quedarme en casa prendiendo todas mis velas de manifestación con la esperanza de que Beliar no vuelva a por mí.
En cuyo caso, si lo hace, eso me convertiría inevitablemente en parte de esa misma misión de rescate fatal, pero en el papel de la damisela en apuros.
—No te tenía por el tipo de persona que cree en las manifestaciones, Brie Benson —comenta Luke con aire irónico.
Dejo escapar un suspiro y me recuesto en el asiento para disimular lo mucho que me desconcierta que utilice mi nombre completo.
—Que conste que tampoco he sido nunca una damisela.
—No habría apostado por ello.
Vuelve a fijar la vista en la carretera, lo que me brinda la oportunidad perfecta para fijarme en su perfil.
Las cortas ondas de pelo que le acarician la frente.
Las pestañas oscuras que enmarcan sus ojos.
El arco de cupido de sus labios. Y esa mandíbula.
Una mandíbula de la que Krystal se encargó de hacerme muy consciente en su día, ante lo cual yo puse los ojos en blanco y la ignoré decididamente, junto con cualquier otra cosa que tuviera que ver con Luke, aparte de los informes y las trivialidades del trabajo.
Ahora que lo tengo al alcance de mi mano, todo en Luke resulta imposible de ignorar. Sobre todo esa puñetera mandíbula.
—Voy contigo. —La imagen de Krystal y su amplia sonrisa se me graba en la mente. Voy a llevarla de vuelta a casa para asegurarme de que sus hijas disfruten de cada segundo como yo lo hice con mis padres, y ojalá que durante muchas décadas más.
—Vas a ser un lastre para mí —dice Luke, pero es un argumento poco convincente, ya que seguimos alejándonos a toda velocidad de Tarrentown.
—A lo mejor eres tú el lastre para mí —contesto—. Además, tal vez mi habilidad como compañera de rescate te sorprenda.
—Ya estoy bastante sorprendido —murmura Luke.
Miro por la ventanilla.
—A todo esto, ¿adónde vamos? ¿Dónde está el punto de entrada que has mencionado?
—Algunos dirían que es el infierno en la Tierra —responde con el ceño fruncido—. Vamos a Times Square.