Capítulo 7
D e repente hay dos Lukes en mi salón cuando el Luke del pasillo irrumpe en el piso.
Son idénticos en todo: pelo castaño negruzco y ojos oscuros a juego, narices con un bulto en el tabique como si se las hubieran roto, barba incipiente a lo largo de la mandíbula y unas tenues cicatrices blancas en la garganta.
La ropa parece sacada del mismo armario, e incluso la expresión adusta de sus bocas da la impresión de que alguien ha hecho un copia y pega.
Pensé que tenerlos a ambos en la misma habitación confirmaría mi teoría, pero solo he conseguido que una mezcla de confusión y miedo se retuerza dentro de mí.
El Luke Beliar se saca algo brillante de detrás de la espalda. Es una daga, con una hoja tan negra como la ropa que viste y que termina en una punta mortífera. La maneja como quien ha participado ya en alguna que otra pelea a cuchillo.
Tengo los pies clavados al suelo; lo único que me separa de los dos Lukes es mi sofá de liquidación. Los miro alternativamente a ambos.
—Ponte detrás de mí —me dice el Luke de verdad, todavía de pie junto a la puerta—. Mejor aún, vete de aquí. Deja que lo envíe de vuelta a donde pertenece.
—¡No! —grita el Luke Beliar. O tal vez él es el Luke de verdad. Nunca en mi vida he estado tan confusa—. Si corres, irá a por ti. Basta con un simple roce para que te transporte fuera de este mundo y te lleve al suyo.
—Será al tuyo —le corrige el Luke de verdad. ¿O es el Luke del pasillo?—. Brie, tienes que confiar en mí.
—Cállate la puta boca —espeta el Luke del dormitorio antes de abalanzarse sobre el Luke del pasillo.
Sus cuerpos chocan de lleno y la fuerza del impacto hace que la puerta se cierre de golpe.
Ninguno de los dos se rinde, sino que luchan por imponerse.
Golpean la lámpara de T. J. Maxx que hay sobre mi mesita auxiliar, y esta se tambalea hasta caer al suelo y romperse en mil pedazos de porcelana.
Intento mantener el sofá entre ellos y yo.
Si consigo llegar a mi habitación, podré escapar por la ventana y bajar por la escalera de incendios.
El aire vibra con sus gruñidos y con el destello ocasional de la daga moviéndose peligrosamente, aunque aún no ha dado en el blanco.
El Luke de verdad esquiva cada intento, lanzando golpes en respuesta que hacen que el Luke Beliar gima y gruña.
Están enzarzados en la pelea cuando irrumpen en el estrecho espacio detrás del sofá, donde están mi felpudo y los ganchos para los abrigos.
Imitando sus movimientos, rodeo el sofá para acercarme al dormitorio.
Antes de que pueda lanzarme a correr, el Luke de verdad empuja al Luke Beliar por encima del respaldo del sofá, haciendo que caiga sobre los cojines.
El Luke Beliar sale rodando y acaba sobre la mesita de cristal junto a la que estoy.
Se hace añicos bajo su peso. La daga sale disparada por el suelo vinílico hasta la entrada de la cocina.
La puerta de mi habitación está a mi izquierda. Aún puedo llegar. El Luke Beliar se está levantando. El Luke de verdad fija la mirada en la daga, aunque es el que está más lejos de ella y sigue atascado detrás del sofá.
Ni siquiera lo pienso, simplemente paso de largo el dormitorio y me lanzo hacia la cocina. Cierro las manos alrededor de la empuñadura, que aún está caliente.
—Dámela —me ordena el Luke de verdad mientras se acerca a mí despacio.
El Luke Beliar consigue ponerse en pie y se lanza para apartar al otro de mí agarrándolo por el cuello de la camiseta.
El Luke de verdad intenta resistirse, clavándome una mirada intensa mientras extiende la mano para que le pase la daga—.
La necesito para acabar con él. Por favor, Brie.
—Si le das esa daga, perderemos cualquier posibilidad de salir los dos vivos de aquí —dice el Luke Beliar—. No podremos salvar a Krystal ni a las demás.
Y, con un último tirón, lanza al Luke de verdad contra el sofá y se queda en medio de los dos. Nos miramos a los ojos y él extiende la mano hacia la daga. La comisura de sus labios se curva hacia arriba.
—Venga, Brianna, no me falles.
—¡No! —grita el Luke de verdad, poniéndose de pie de un salto—. ¡Ni siquiera sabe cómo te llamas!
—Eso es verdad —afirmo. Pero es precisamente ese desliz lo que me confirma que el Luke Beliar es el Luke de verdad, lo que significa que el Luke de verdad es…
Beliar.
Le lanzo la daga a Luke y contengo la respiración mientras él la atrapa al vuelo y se da media vuelta. El movimiento coincide perfectamente con el momento en que Beliar se abalanza desde el sofá. La hoja se clava en el pecho de Beliar, que abre la boca con un jadeo.
Durante un instante aterrador, tengo la certeza de haber tomado la decisión equivocada.
Entonces, la camisa negra rasgada que rodea la daga empieza a desintegrarse, al igual que el resto de Luke.
Pero no es Luke, y eso se hace cada vez más evidente a medida que trozos de su piel y su ropa se desmoronan como el cristal y la porcelana esparcidos por el suelo.
Se curva por los bordes como papel quemado hasta que queda consumido por una oscuridad como la tinta, similar a la sombra que se abrió paso a zarpazos para salir de Debra la semana pasada.
Con un grito espantoso, la oscuridad se retuerce en un torbellino de humo violeta y desaparece hasta que solo quedan volutas y un olor tan repugnante que temo que ni todo el ambientador del mundo pueda salvarnos.
La daga cae a un lado de Luke, que exhala y relaja los hombros.
Se vuelve hacia mí.
—¿Solo hacía falta llamarte Brianna?
No soy consciente de lo mucho que estoy temblando hasta que se me escapa un suspiro entrecortado que pretendía ser una risa.
—Lo del nombre lleva semanas sacándome de quicio. Pensaba que ni siquiera sabías mi nombre de verdad.
Él frunce el ceño.
—Claro que sé tu nombre de verdad. Solo te he estado llamando Brianna porque…
Se interrumpe al oír acercarse unas sirenas. Se dirige a zancadas hacia la ventana de mi cocina para asomarse a través de la liviana cortina. Efectivamente, hay dos coches de policía aparcados en la puerta.
—¿Es demasiado esperar que no hayan venido a por nosotros? —pregunta.
—Si yo fuera mis vecinos de abajo, pensaría que se trata de la pelea doméstica del siglo.
—Lógico —resopla Luke.
—¿Qué hacemos?
Me preparo para que se marche, dejándome sola para arreglarlo todo. No solo el desastre de mi piso, sino también inventarme alguna historia para la policía. Por no hablar de los vecinos.
—¿Adónde vas? —le pregunto, siguiéndole hasta mi habitación. No se precipita hacia la escalera de incendios, como cabría esperar. En cambio, coge mi bolsa de viaje, que está colgada del respaldo de la silla en un rincón de mi habitación, y me la lanza.
—Empieza a hacer la maleta. Solo lo esencial. Voy a por el coche y lo dejaré justo debajo de tu ventana. Tienes cinco minutos.
—Perdona, ¿qué?
Ya está en la escalera de incendios.
—Cinco. Minutos.
Y entonces se va. Las sirenas no dejan de sonar y, de repente, se oyen pasos en el pasillo. Unos segundos después, llaman a la puerta.
—Policía de Tarrentown —dice una voz grave desde el otro lado—. Hemos recibido una queja por ruido y hemos venido a verificar que todo esté en orden. ¿Va todo bien?
—¡Sí! —grito, y esa palabra me empuja a actuar. Abro de un tirón el cajón de la ropa interior que Luke había cerrado con tanto esmero, cojo un puñado de bragas y otro de calcetines y lo meto todo en la bolsa.
—¿Podemos pasar?
Otra selección variada del cajón de las camisetas y unos cuantos leggings.
—Eh, acabo de salir de la ducha. El ruido debe haber sido por el bote de champú, que se me ha caído. ¡Soy muy patosa!
A ver, nunca he dicho que mereciera un Oscar por mis dotes de interpretación, ¿de acuerdo?
—¿Hay alguien en el piso con usted?
Me pongo el único par de zapatos que tengo en la habitación: mis Dr. Martens, ya muy gastadas.
—¡Solo yo! ¡Estoy soltera!
—Le hemos preguntado si estaba sola, no si está soltera. —El policía suena exasperado—. ¿Puede abrir la puerta, por favor?
—¡Voy! —miento mientras meto una sudadera de cuello redondo en la bolsa junto con un puñado de artículos de aseo.
Lo último que cojo es el estuche de las gafas, donde también guardo el de las lentillas.
La bolsa está tan llena que apenas puedo cerrar la cremallera, pero lo consigo justo cuando vuelven a llamar.
—Vamos a tener que entrar a la fuerza.
—¡No! —grito mirando hacia la puerta. No la cerré con llave después de dejar entrar a Beliar—. ¡Ya voy!
Pero no es verdad. El rugido de un motor en el exterior lo confirma. Luke sale del coche, dejando abierta la puerta del conductor y haciéndome un gesto para que baje.
Es una caída considerable, pero no me lo pienso dos veces antes de sacar mi bolsa de viaje por la ventana y empujarla por el borde de la escalera de incendios. Luke la recoge y la mete en el asiento trasero.
Me pongo la chaqueta vaquera, que no es ni mucho menos lo bastante abrigada para el tiempo que hace.
Pero no puedo volver al salón a coger el chaquetón que tengo colgado junto a la puerta.
De hecho, los toques se han convertido en un aporreo desde que dejé de responder.
En cualquier momento se darán cuenta de que ni siquiera está cerrada con llave.
Lo último que compruebo antes de salir es que tengo puesto el anillo.
Lo llevo en el dedo anular derecho, como siempre.
Es una pequeña amatista engastada en una banda de oro que me regalaron mis padres cuando me gradué en el instituto.
Lo dejé atrás casi todo cuando me mudé desde South Dade, en Miami, pero esto no.
Me acompañó entonces y me acompaña ahora.
Me escabullo por la ventana justo cuando el policía grita:
—¡Vamos a entrar!