Ojalá leas esto desde el infierno Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Hago fotos de la ventana abierta y sin mosquitera con la línea de sal deshecha, y también del cajón de la ropa interior.

Abro el correo electrónico del trabajo y busco el último mensaje de Luke.

Al final aparece su firma, en la que no solo figura el número de teléfono de la oficina, sino también el de su móvil, porque él es un tipo así de abierto.

Personalmente, preferiría que me mandaran al infierno antes que dar a todo el personal de Curated Care acceso directo a mi persona fuera del horario laboral.

Es culpa suya, no mía. Tecleo su número para abrir un nuevo hilo de texto, adjunto las dos fotos y escribo:

Beliar tiene tendencia a robar

ropa interior femenina?

Dudo si darle al botón de enviar. Mandarle a alguien con quien comparto impresora una foto de mi cajón de la ropa interior me parece cruzar una línea roja profesional de la que no hay vuelta atrás.

Por no hablar del desorden que hay, con bragas de abuela, tangas y culotes disputándose el protagonismo.

Quizá ya esté a medio camino del infierno.

No sé cuánto se tarda en llegar allí ni qué tal es la cobertura móvil.

Otra suave ráfaga se cuela por la ventana abierta.

El aire fresco me hace tomar conciencia de la gravedad de la situación.

Si de verdad ha sido Beliar, quizá esta sea su forma de marcarme.

Ojalá le hubiera preguntado a Krystal si le estaba pasando algo raro.

Quizá haya habido alguna señal que se nos haya escapado.

Le doy a enviar.

Solo unos segundos después, mi teléfono vibra con una respuesta.

Dirección?

Y entonces, antes de que me dé tiempo a responder…

Quédate donde estés

No le abras la puerta a nadie

Me gustaría vacilarle diciendo que es de los que mandan dos mensajes seguidos, pero me tiemblan tanto las manos que solo puedo teclear mi dirección y pulsar Enviar. Luke responde con el emoji del pulgar hacia arriba.

Meto las sábanas en la lavadora, porque ¿qué otra cosa puedo hacer mientras espero a que un demonio venga a secuestrarme? Veinte minutos después, suena el timbre. Luke ha llegado en tiempo récord. Aprieto el botón del interfono.

—¿Sí? —digo.

—Soy yo. —Luke tiene la voz ronca—. Déjame entrar.

—Lo siento, tengo órdenes estrictas de no dejar pasar a nadie.

Espero una réplica ingeniosa, pero no obtengo respuesta.

—¿Hola? ¿Me oyes? —Sigue sin decir nada—. Era broma. Estoy en la tercera planta, puerta 307.

Mantengo pulsado el interruptor de apertura durante unos segundos, dándole tiempo suficiente para entrar. Suelto el botón y me doy la vuelta.

Y justo entonces tengo que reprimir un grito. Una cabeza asoma por la ventana aún abierta de mi dormitorio. Luke entra, y la naturalidad con la que lo hace me provoca una nueva oleada de pánico. Si Beliar realmente estaba intentando llegar hasta mí, no lo tenía nada difícil.

—Te he abierto la puerta de abajo —le digo mientras él examina el alféizar antes de dirigirse a mi cómoda.

Verlo en mi habitación desordenada, entre montones de ropa tirada por ahí, es como uno de esos sueños extraños en los que estás haciendo una presentación en clase y de repente te das cuenta de que vas en bragas. Solo que estoy completamente despierta y esto se parece más a una pesadilla.

—Beliar no debería haber podido cruzar la línea de sal, ¿verdad? —pregunto, sintiendo la necesidad de romper el silencio.

—Los demonios superiores se rigen por reglas superiores. No todo es aplicable siempre de la misma manera —dice Luke sin inmutarse mientras revisa mi cajón todavía abierto de ropa interior—. ¿Falta algo?

—No lo sé —admito. Mis escasos esfuerzos por limpiar apenas han servido de nada. A diferencia de la casa ordenada de Luke, la mía parece que la haya arrasado un huracán. Aun antes de que apareciera ese demonio—. Esa es mi ropa interior limpia. ¿No se habrá llevado algo de mi cesto de la ropa sucia?

—No exactamente. —Luke cierra el cajón y se apoya contra la cómoda—. La ropa recién lavada todavía conserva tu aroma. Pero tal vez esto no sea obra de Beliar. ¿Tienes algún amante no correspondido al que le hayas roto el corazón?

—No exactamente —repito sus palabras.

—¿Acosadores? ¿Exnovios enfadados? —insiste con una ceja levantada.

Me viene a la mente mi exprometido y su avalancha de mensajes sin responder, un destello de una vida que en su día pensé que sería para siempre. Rompí con él después de haber estado juntos casi seis años. No solo estaba enfadado, estaba furioso. Según él, nos había hecho perder el tiempo a los dos.

A pesar de eso, sé que él no tiene nada que ver con lo que está pasando. Abro la boca para decírselo, pero unos golpes en la puerta me interrumpen.

—¿Esperas a alguien? —pregunta.

—No, pero a veces mi vecino se deja las llaves y le tengo que prestar el móvil para que llame a su pareja y que venga a abrirle. —Me acerco a la puerta y quito la cadena antes de abrir el cerrojo.

—Espera —me dice Luke, de pie en el umbral de mi habitación—. No creo que…

—¿Brie? ¿Estás ahí?

Se me hiela la sangre al oír la voz que viene del otro lado de la puerta. Es la voz de Luke .

—No abras esa puerta.

Me giro para mirar a Luke, que ahora está de pie en el salón. Tiene los ojos muy abiertos y las manos en alto, haciendo el gesto universal de «No dispares».

—Has llegado muy rápido. —Pensaba que había venido a toda prisa porque estaba preocupado por mí, pero ahora me doy cuenta de lo ridículo que es eso.

—Me gusta pisar el acelerador a fondo. Tengo ese fallo.

—¿Brie? —se oye la voz de Luke al otro lado de la puerta—. ¡Déjame entrar!

—Supongo que los demonios más poderosos también pueden cambiar de forma, ¿no? —le pregunto con voz temblorosa al Luke que tengo delante.

—Muchos demonios pueden hacerlo —responde, manteniendo una distancia prudencial entre los dos—. Te juro que…

—¿Sabes cuál debería haber sido la señal más evidente?

—La puerta a mi espalda empieza a temblar por los puñetazos que le están dando al otro lado.

Pero no aparto la vista del Luke que está en mi salón—.

Sabías perfectamente qué escalera de incendios llevaba a la ventana de mi dormitorio.

Es casi como si ya hubieras estado aquí antes.

Luke niega con la cabeza.

—Yo…

—Déjalo ya, Beliar —le espeto mientras descorro el cerrojo y abro la puerta de golpe.