Ojalá leas esto desde el infierno Capítulo 6
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Capítulo 6

N o puede estar hablando en serio.

—No me tomes el pelo.

—Ojalá fuera eso. —Luke suspira—. Al igual que los demonios, los monstruos y cualquier otra fuente de caos imaginable, es un lugar que existe. Y la desaparición de Beliar no ha hecho más que confirmar que ahí es donde tiene escondidas a Krystal y a las demás. En su finca. En el infierno.

—¿Cómo has llegado a esa conclusión?

Luke se apoya en el lateral de mi coche, cierra los ojos e inclina la cabeza hacia el sol, ya casi oculto tras la penumbra.

—Y yo que pensaba que tantas preguntas no eran más que curiosidad de empleada.

—O curiosidad de compañera de rescate.

Abre los ojos de golpe.

—Eso sí que no. Vete. A. Casa.

Intenta abrir la puerta del coche para que entre, pero, a diferencia del otro día, está cerrada.

—No puedo —respondo.

—¿Qué es lo que no puedes?

—Irme a casa. —Me siento mortificada por la repentina presencia de un nudo que me obstruye las vías respiratorias—.

O sea, sí, puedo volver a mi piso de cincuenta y seis metros cuadrados.

Pero esa no es mi casa. Nunca va a serlo.

Jamás volveré a tener un hogar. Es un sentimiento que no le deseo a nadie y mucho menos a dos niñas pequeñas que necesitan a su madre.

Ambas. Lo siento si soy insoportable o pesada, o si estropeo cualquier plan que tuvieras en mente.

Pero por lo visto tú y yo tenemos algo en común, además de trabajar bajo el mismo techo: nadie nos echaría de menos si no volviéramos.

Lo mínimo que podemos hacer es asegurarnos de que las personas que sí tienen ese lujo tengan la oportunidad de hacerlo.

—¿Qué te hace pensar que nadie me echaría de menos? —me pregunta mientras su mirada se suaviza al fijarse en las lágrimas que me humedecen los ojos.

Quiero apartar la vista, pero no lo hago.

—Porque llevas casi un mes trabajando en Curated Care y nadie sabe nada sobre ti. Eres educado pero distante. Misterioso y reservado. Créeme, lo sé porque…

Me detengo, respirando con dificultad. Él arquea una ceja, observándome.

—¿Por qué?

—Porque yo lo hice primero. Llevo ocultándome de los demás desde antes incluso de que tú llegaras. Así que no me engañas con el papel que interpretas en la oficina. Ahora lo veo claro, y te tengo calado .

Se estremece, como si las palabras vinieran acompañadas de una bofetada.

—Me debes respuestas. Reales —continúo—. Así que empecemos por el principio: ¿cómo sabes llegar al infierno y que ese lugar existe? ¿Qué eres?

Él frunce el ceño.

—Lo mismo que tú. Profundamente prescindible. Y humano.

Me muerdo la lengua para no soltar una carcajada. No me he sentido humana desde la noche en que murieron mis padres. Es más bien como si fuera el cascarón de una persona a la que maneja un titiritero.

—Claro. Porque todos los humanos saben que hay que quemar azufre para atraer a los demonios, cómo practicar exorcismos y dónde está el infierno.

—Soy un humano con una serie de habilidades especiales —matiza.

—Y una mierda.

La palabrota le pilla desprevenido. Su máscara, cuidadosamente construida, se resquebraja y baja la mirada hacia mi boca, como si intentara obligar a mis labios a repetir esa palabra. Me gusta ese desliz más de lo que debería. Quiero romper su coraza y formar un mosaico con los pedazos.

Clavo el dedo índice sobre su pecho firme.

—Tienes libros sobre monstruos y demonios. Vives en las afueras de la ciudad. Estás dispuesto a ir a un lugar del que quizá no regreses. Esas no son cosas que definan a un ser humano normal. Esas son solo cosas que…

Dejo la frase en el aire, sintiéndome demasiado tonta como para seguir hablando.

Él arquea una ceja oscura y poblada, y de pronto se aparta de mi coche para acortar la distancia entre nosotros.

Flexiono el codo ante su repentina cercanía y el dedo con el que lo apuntaba se dobla hasta que mi palma queda apoyada sobre la fina camiseta, sintiendo los latidos acelerados de su corazón.

—Son solo cosas que… ¿qué? —me provoca—. Venga, Brie. Ahora no te cortes.

El tono suave de su voz me provoca escalofríos. Los ignoro y me obligo a pronunciar las únicas palabras que tienen sentido.

—Eres un cazador de monstruos.

—Si lo fuera, ¿me tendrías miedo?

Ya me da un poquito de miedo, aunque probablemente no de la forma que debería.

—Últimamente hay pocas cosas que me asusten —digo.

—¿Solo la oscuridad?

Es un golpe certero, tanto si lo sabe como si no. Doy un paso atrás para poner distancia entre nosotros y retiro la mano de su pecho para poder cruzar los brazos.

—¿Por qué lo dices?

—No conduces cuando se pone el sol —comenta—. Sería un mal compañero si no me hubiera dado cuenta.

No pregunta de dónde viene ese miedo y yo no pienso contárselo.

—Parece que quizá tenga razón al temer lo que se esconde en la oscuridad.

—Ahí es donde te equivocas. Los peores seres no tienen ningún problema en salir a la luz.

—Así que sí que eres un cazador de monstruos.

Se echa hacia atrás como si esas palabras hubieran sido ardientes e intensas, y no un susurro entrecortado.

—Que conste que se supone que estoy jubilado.

Se me escapa una carcajada, pero los nervios que he estado reprimiendo la vuelven demasiado estridente.

—Un cazador de monstruos jubilado . Perdóname. ¿Tu horario de ocho a cuatro como mandamás es para no fundirte con el sofá viendo telenovelas?

—¿Mandamás? Estás sobrevalorando mis funciones.

—Responde a la pregunta.

—Lo creas o no, la caza de monstruos no da precisamente para pagar las facturas. Trabajo en la compañía por la misma razón que tú: para cobrar un sueldo.

—¿Por qué te has jubilado? Ni que tuvieras sesenta años.

—Porque es peligroso. —Sus palabras son como una guadaña que corta el aire otoñal.

Respira hondo, tratando de mantener un tono tranquilo—.

Esto no es un juego, Brie. Sé cómo llegar al infierno porque ya he estado antes.

Me he pasado toda la vida estudiando las cosas que se esconden allí y entrenándome para luchar contra ellas.

Pero en ese lugar todo es diferente. Cuando te digo que dejes esto y sigas con tu vida, no es por ser amable.

Lo digo en serio. Incluso estoy siendo generoso.

Existe una posibilidad bastante real de que no vuelva, y si tengo razón y Krystal está allí, sus opciones de regresar se reducen por momentos.

Lo único que estás haciendo es retrasarme.

—No creo que sea un juego —respondo. Pero no tengo nada más que decir. Le he dado todos los argumentos que tenía.

—Me voy esta noche —dice con tono de zanjar la cuestión—. Y tú no vienes conmigo.

Cuando vuelvo a mi piso, me cuesta creer que solo sea media tarde. Subo con dificultad los tres tramos de escaleras y, en cuanto entro, dejo caer las llaves sobre la mesita del salón. Echo un vistazo rápido al móvil y compruebo que no tengo ningún mensaje nuevo de Amelia.

Mi enfado con Luke se ha ido desvaneciendo durante el viaje de vuelta. El sentimiento de impotencia ocupa ahora su lugar, como una manta que me envuelve cada vez más fuerte hasta que no puedo respirar. Tengo que hacer algo. Quedarme tumbada en el sofá pudriéndome ya no es una opción.

A la cruda luz de la tarde, resulta evidente lo descuidado que tengo el piso.

Empiezo por la cocina, tirando a puñados los envases de comida para llevar que ya están en mal estado.

Para cuando termino, la nevera parece la de un universitario que se ha independizado por primera vez.

No hay más que yogur, palitos de queso y condimentos.

Limpio la encimera que rodea el fregadero, cogiendo ritmo.

Quizá no haga falta que vaya con Luke y pueda echar una mano desde aquí.

Además, Luke podría estar equivocado. Quizá se trate de un secuestro normal.

Un secuestro en serie. He escuchado suficientes pódcast sobre casos de crímenes reales como para saber que no sería lo más descabellado que pudiera pasar en una ciudad pequeña y rara como esta.

Por otro lado, un demonio que se lleva a sus víctimas al infierno…

Es inconcebible. Improbable . Lo que me devuelve al punto de partida y me hace preguntarme si todo esto no será más que un elaborado engaño urdido por Luke para despistarme y que no lo descubra como el verdadero culpable.

Una vez que la cocina está más limpia que el día que me mudé, quito las sábanas de mi cama sin hacer.

No tengo ni idea de cuándo fue la última vez que las lavé, pero por el olor persistente que hay en mi habitación (y que no se disipa del todo con el espray de Bath & Body Works con el que me rocío cada mañana), sé que ha pasado demasiado tiempo.

Con los brazos cargados de ropa de cama, me detengo frente a la cómoda. El cajón de arriba está abierto. El de la ropa interior.

Un escalofrío me recorre la espalda. Nunca dejo los cajones abiertos.

Tiro las sábanas al suelo y paso por encima de ellas para mirar dentro. Mis antiguas manías por el orden han desaparecido, y nunca me he arrepentido tanto como ahora. No tengo ni idea de si falta algo. Está tan desordenado como siempre.

Puede que lo haya olvidado. Hace meses que ya no soy la persona que era. Antes nunca dejaba la comida tanto tiempo como para que le saliera moho, ni la manta del sofá del salón hecha un rebujo. Está claro que he descuidado más cosas además de cerrar los cajones. No hay motivo para preocuparse.

Una ráfaga de aire hace que me estremezca. La ventana que da a la escalera de incendios está abierta. Estoy segura de que la dejé cerrada. No la abro porque no tiene mosquitera, algo por lo que llevo tiempo quejándome a los administradores.

Me dispongo a cerrarla, pero me detengo al ver lo que hay en el alféizar. Lo que había en el alféizar.

La sal yodada que esparcí en una línea recta el fin de semana ahora no es más que unos pocos granos dispersos.

Se me eriza el vello de la nuca al invadirme la sensación inequívoca de que alguien ha estado aquí. O quizá no sea alguien. Sino algo .