Ojalá leas esto desde el infierno Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Yo no la tengo. Ni a ella ni a las otras.

No tengo a nadie. —Luke echa la cabeza hacia atrás, dejando al descubierto su garganta desnuda mientras gime mirando al techo.

Una cicatriz fina y blanca le recorre el cuello.

Ya la había visto antes, aunque nunca tan clara como ahora.

La piel está ligeramente abultada, pese a que hace tiempo que se curó.

Ahora sería el momento perfecto para atravesarlo con el rastrillo. Puede que no tenga el mismo potencial que una horca, pero al menos lo haría sangrar.

Me planteo seriamente hacerlo, hasta que recuerdo la herramienta que tengo al lado. Y me doy cuenta de que la tengo justo ahí, y no clavada. Que no me está perforando la garganta ni haciendo que me ahogue con mi propia sangre.

—Dijiste que esperabas que apareciera —le recuerdo a él y a mí misma, porque ahora no es momento de bajar la guardia—. Me has atacado con una horca .

—No iba a por ti. Cuando oí pasos, supuse que el olor a azufre quemado había servido para atraer al demonio al que llevo días persiguiendo.

Si hubiera querido atraerte a ti, habría comprado un poco de ese asqueroso aguachirri al que Dunkin’ llama café y habría abierto un paquete nuevo de rotuladores fluorescentes.

—Pues que me lleven presa, pero a mí me gusta cómo huele —suelto—. Y no vuelvas a despotricar contra el café de Dunkin’, fanático del agua con hierbajos. He visto la tetera que tienes en la cocina.

—¿Has entrado en mi casa?

—Es culpa tuya por haber dejado la puerta sin cerrar.

Nos miramos fijamente, con el rastrillo aún entre nosotros. Él baja la vista.

—No soy un demonio. Pero si llega el que estoy esperando, no te conviene estar aquí. Créeme. Tienes que irte.

Trago saliva, pero mantengo la postura.

—¿Cómo sé que estás diciendo la verdad y que no intentas echarme para poder seguir alimentándote tranquilamente de las almas de mujeres inocentes?

—Vaya películas que te montas —dice Luke con total seriedad—. Te juro que…

Un chirrido metálico lo corta en seco, y el sonido rebota en la enorme lata en la que estamos metidos. Es tan fuerte que me tapo los oídos con las manos y enseguida siento dolor detrás de los ojos.

—Agáchate —ordena Luke sin ocultar la urgencia en su voz.

Acorta la distancia que nos separa para apartarme de la pared.

Al intentar protegerme los oídos, se me ha caído el rastrillo.

Tropiezo con él cuando Luke me empuja contra el costado del tractor, dejándome atrapada entre el vehículo y el calor de su cuerpo.

—¿Qué ha sido eso? —chillo cuando el miedo que he estado reprimiendo sale a relucir.

—Está aquí —afirma Luke con gesto sombrío. Arranca la horca de la pared; el chirrido del metal no ayuda a aliviar el zumbido que noto en los oídos.

—¿Quién?

Cuando me mira a los ojos, no me cabe duda de que estamos jodidos.

—Beliar.

Recorro mentalmente la enorme cantidad de pestañas que he abierto en Google para recordar de qué me suena ese nombre.

—Beliar es el demonio del engaño.

—Entre otras cosas, sí. La definición varía según el texto. Tú quédate aquí. Yo voy a salir fuera. Y, pase lo que pase, no se te ocurra salir. ¿Entendido?

Asiento y me agacho para agarrar el rastrillo.

—Bien. —Luke da un paso atrás y el aire fresco de noviembre llena el espacio que deja tras de sí—. Volveré a por ti cuando sea seguro.

—¿Y qué pasa si no lo haces?

Gira la cabeza y me mira a los ojos.

—Volveré.

Se desliza por debajo de la puerta y lo pierdo de vista.

Un silencio sepulcral se apodera del lugar a medida que pasan los minutos.

El zumbido de mis oídos va amainando, pero nada lo sustituye.

Ni gritos, ni alaridos, ni gruñidos, ni ninguno de los ruidos que se supone que hacen los demonios.

Ya no se oye ese chirrido metálico, que debía de ser algo raspando contra el revestimiento de acero del cobertizo.

Me estremezco ante la visión de unas garras curvas y afiladas como cuchillos, convencida de que podrían desgarrar fácilmente a Luke miembro a miembro.

Espero tanto tiempo que me duelen las piernas; el ardor en los muslos no tiene nada que ver con las sesiones de pilates de veinte minutos de YouTube que solo me acuerdo de hacer una vez cada dos meses. Me arrodillo, con mucho cuidado por los cristales que tengo debajo.

Después de lo que parecen horas, un ruido procedente de la parte delantera del cobertizo me hace levantarme de un salto.

—Soy yo. —La voz grave de Luke traspasa el equipamiento agrícola que nos separa—. Vengo solo.

Me enderezo, pero no bajo el rastrillo.

—¿Dónde está Beliar?

—Se ha ido.

—¿Te has encargado de… esa cosa?

—Ha huido en cuanto he salido. Ha adivinado que era una trampa. No he podido atraparlo.

Entorno los ojos y me quedo plantada firmemente donde estoy.

—¿Cómo sé que dices la verdad y que él no te ha poseído?

—Los demonios como Beliar no necesitan poseer humanos. Son capaces de crear cuerpos por sí mismos.

—Demuéstralo.

Luke resopla y se queda pensando un momento.

—Para la fiesta de cumpleaños de Krystal, durante mi primera semana en Curated Care, hiciste una tarta de chocolate y Carol la tiró al entrar en la sala de reuniones.

—Todavía no se lo he perdonado.

Por un instante, parece que el lado izquierdo de su boca se curva en una sonrisa antes de volver a enderezarse y adoptar una expresión severa.

—Beliar no va a volver. Vamos.

Lo sigo afuera y arrastro los pies por la hierba para quitarme los restos de cristales que se han quedado pegados a la suela de mis bailarinas.

Rodeamos la casa hasta llegar al camino de entrada.

Al pasar junto a su coche, me fijo por primera vez en todas las cosas que lleva dentro.

Sobre todo libros y objetos diversos, aunque en el asiento delantero hay una mochila.

—¿Vas a alguna parte? —pregunto, asomándome a la ventanilla para ver más de cerca.

Suspira y se detiene unos metros más allá sobre el pavimento agrietado. Está claro que su intención era que me marchara en mi coche, igual que el otro día.

—Esperaba no tener que hacerlo —dice Luke—. Pero entonces te has cargado mi trampa, de modo que sí, me voy a alguna parte.

—¿Sabes dónde podría tener Beliar a Krystal?

—Tengo una corazonada.

—Entonces ¿por qué pasar por todo esto? —pregunto señalando el bosque donde está el cobertizo Quonset—. ¿No estás perdiendo el tiempo?

La irritación se refleja en su mirada.

—Ir a por él es más peligroso que atraerlo hacia mí. Aquí estoy en mi territorio. Estar en el suyo conlleva toda una serie de peligros impredecibles.

Echo un vistazo al interior de su coche. Tiene muchas cosas, pero aún queda hueco.

—Llévame contigo.

La risa mordaz de Luke resuena en el aire.

—No te voy a llevar conmigo. No deberías meterte en nada de esto. Ya es bastante malo que hayas venido hoy. Vete a casa, Brie. Olvídate de todo, incluso de mí. No puedo permitir que vuelvas a estropear otro plan.

—Yo no lo he estropeado. —Frunzo el ceño. Durante ese interminable rato en el que me ardían los muslos en el cobertizo esperando a Luke, he caído en la cuenta de algo—. Yo soy la razón por la que Beliar ha venido aquí.

—Ha venido por el azufre.

«Así que eso era lo que olía».

—Ha venido porque está buscando a su próxima víctima —digo—. Vi el libro en tu mesita de centro. Decía que los demonios prefieren los números pares a los impares, sobre todo cuando se trata de sacrificios y rituales. Así que, si eso es lo que está tramando, va a necesitar a otra persona.

—Bueno, entonces no cuentas. Tú misma lo has dicho: va a por mujeres llenas de culpa y dolor.

El aire fresco me golpea los dientes cuando sonrío, y mi autodesprecio lo convierte más bien en una mueca.

—De eso tengo de sobra.

Los perspicaces ojos marrones de Luke me observan con atención.

Mi afirmación de que yo había atraído a Beliar no era más que una suposición, pero, a juzgar por el torbellino de pensamientos que se agita tras su mirada, he dado en el clavo.

Abre la boca, como si quisiera preguntarme por qué cargo con tanta culpa y dolor como para atraer a un demonio, pero se lo piensa mejor y niega con la cabeza.

—No vas a venir. —Se da la vuelta y continúa andando hacia mi coche. «Pero ¿será posible?».

—Podría echarte una mano, ¿sabes? De adolescente solía tomar clases de tiro con arco. Vayas donde vayas, no hay razón para que no pueda…

—No puedes venir conmigo, Brie. —Luke me mira de frente, con una seriedad que nunca antes había visto reflejada en sus ojos. Y con frialdad. Una frialdad que encierra un hecho ineludible—. Porque me voy al infierno.