Capítulo 5
L a brisa me revuelve los rizos mientras subo por el camino de entrada hacia la casa de Luke.
Es una pintoresca vivienda de dos plantas, pintada en color pizarra y situada en las afue ras de la ciudad, en una zona rural donde predominan los campos y los bosques.
No hay ni una sola casa más a lo largo de la carretera en un radio de al menos ocho kilómetros.
En el porche hay una mecedora sola, balanceándose como si alguien acabara de levantarse y se hubiera marchado. En mi cabeza se disparan las alarmas.
Llamo a la puerta, pero como nadie responde después de un minuto, pruebo a girar el pomo.
Se mueve, así que me pregunto si Luke está esperando a alguien o si simplemente es así como viven los hombres solteros, sin preocuparse nunca de quién podría intentar entrar en sus casas.
Mientras que yo en mi piso tengo cerradura, cerrojo y cadena.
Y he estado pensando en comprar una de esas barras que se colocan debajo de la puerta, sobre todo ahora que han desaparecido varias mujeres.
—¿Hola? —digo al entrar en la casa.
El parquet bajo mis pies está desgastado, pero el espacio al que accedo está sorprendentemente ordenado. Al fondo de la sala hay un sofá de cuero marrón y sobre la mesita de centro hay unos cuantos libros viejos, algunos de ellos abiertos.
—¿Luke? —Mi voz resuena en el cuarto vacío.
Al asomar la cabeza por la puerta más cercana, me encuentro con una cocina-comedor.
Es algo anticuada, con el papel pintado de flores despegándose ligeramente en los bordes, pero, al igual que el salón, está bien cuidada, con una cocina de gas de las de antes y una tetera plateada sobre ella.
La encimera está prácticamente despejada, salvo por un bloque de cuchillos que destellan a la luz de la tarde que se cuela por la ventana situada sobre el fregadero.
La única otra cosa que hay sobre la encimera es un libro de cocina abierto por una página con una receta de guiso de pollo con bolitas de masa.
Echo un vistazo a la portada y Martha Stewart me devuelve la mirada.
Mi madre tenía este mismo libro de recetas.
Probablemente lo vendimos con alguna caja llena de otros libros en uno de nuestros mercadillos anuales.
Claro que los demonios no comen guiso de pollo con bolitas de masa. Si la vida de Luke es tan normal como parece, eso significa que ahora mismo estoy cometiendo allanamiento de morada. Podría perder mi trabajo o, peor aún, acabar detenida.
Un pánico repentino me invade las entrañas al ver algo debajo del libro… Es el ejemplar de esta mañana del Tarrentown Tribune con el titular:
Aumenta el número de mujeres desaparecidas
a medida que se acumulan los casos de desapariciones extrañas
Dejo caer la tapa del libro de cocina para que vuelva a cubrir el periódico, haciendo que la pobre Martha golpee la encimera con un ruido sordo.
Más allá de la puerta corredera de cristal hay una pequeña terraza, un trecho de césped y, a continuación, el bosque.
Pero entre los árboles se vislumbra otro edificio.
No es exactamente un granero, sino una estructura semicilíndrica y parcialmente oxidada.
Las he visto antes en mi pueblecito natal, a las afueras de Miami.
Es un cobertizo tipo Quonset con una gran puerta de garaje parcialmente abierta.
Hay que caminar solo unos pasos por la hierba recién cortada hasta llegar a los árboles.
El aroma es reconfortante y me recuerda a cuando me sentaba en el columpio que construyó mi padre y jugaba al aire libre mientras él cortaba el césped.
Siempre le pedía que dibujara figuras sobre la hierba, pero lo máximo que conseguía eran unos garabatos, por los que luego mi madre le regañaba.
No quería que los vecinos pensaran que estábamos invocando a extraterrestres con círculos en el jardín.
Aparto ese recuerdo de mi mente al traspasar la línea boscosa. El cobertizo Quonset resulta aún más grande visto de cerca, una estructura totalmente de acero que desentona entre la vegetación. De ella emana un olor extraño, como si dentro se estuviera quemando algo a base de hierbas.
Me agacho para pasar por debajo de la puerta entreabierta.
Del techo cuelgan grandes lámparas, pero apenas iluminan, ya que ni siquiera la mitad están encendidas.
A diferencia de la casa de Luke, escasa en mobiliario, el cobertizo está abarrotado de viejos utensilios agrícolas que me impiden ver todo el espacio.
Camino con cuidado, sorteando brazos metálicos que sobresalen y neumáticos más grandes que yo, dando gracias por el hormigón agrietado que amortigua mis pasos.
Aquí el extraño olor es más intenso, casi insoportable.
Me subo la camiseta para taparme la nariz.
—Esperaba que aparecieras.
La voz de Luke me pilla por sorpresa. No puedo verlo, ya que un tractor destartalado nos separa. Sus palabras transmiten frialdad y van acompañadas de un chirrido metálico. Siento que un escalofrío me recorre la espalda. Está afilando algo.
—No sirve de nada que te escondas de mí —continúa diciendo—. Tarde o temprano esto tenía que pasar.
El corazón me late a mil por hora. Podría echar a correr, pero nunca lograría atravesar el laberinto de máquinas que me separa del exterior.
Por no hablar del centenar de metros que hay desde el bosque hasta mi coche.
No, tengo que plantarle cara. Puede que haya caído en su trampa, pero eso no significa que tenga que morir en ella.
Miro desesperadamente a mi alrededor y veo un rastrillo oxidado apoyado contra la pared.
No es precisamente la mejor arma para defenderse, pero tendrá que valer.
Lo agarro, utilizando el extremo con púas a modo de lanza.
Dios, por qué me meteré donde no me llaman.
Debería haberme olvidado por completo de los demonios y de Debra y haber hecho caso omiso de cualquier indicio de que «no estamos solos».
Pero entonces me acuerdo de Krystal, que en este momento podría estar muerta, o se la podrían haber comido, o podrían estar succionándole el alma, y siento un fuego que me arde por dentro.
—¿No te apetece hablar? A mí tampoco. —Las palabras suenan sombrías y letales, una voz que nunca habría asociado con Luke hace una semana—. Acabemos de una vez con esto.
Su sombra se desliza por la pared, señal de que está rodeando el tractor por detrás. Levanto el rastrillo, maldiciendo el temblor de mis brazos. Pesa una barbaridad, y es tan largo que resulta muy difícil de manejar.
El pánico me oprime el pecho cuando Luke aparece de repente.
Lleva un arma en las manos parecida a la mía, es decir, que en realidad no es un arma en absoluto.
Se trata de una horca agrícola. Sin embargo, mientras que mis numerosas púas están oxidadas y desafiladas, las tres de él brillan bajo la tenue luz, letales como cuchillas.
Suelto un grito mientras embisto furiosamente blandiendo el rastrillo, pero lo hago demasiado pronto y, en lugar de alcanzar a Luke, el utensilio se estrella contra la ventana del tractor.
Los fragmentos de cristal caen como nieve mientras las púas de la horca se acercan apuntando directamente a mi garganta.
—¡¿Qué cojones?! —grita Luke girándose en el último momento para desviar la trayectoria de la horca, que, en lugar de atravesarme como a un pincho moruno, se clava en la pared de acero que hay detrás de mí, tan cerca que por poco me revuelve el pelo.
—Sé lo que has hecho —le digo, jadeando mientras tiro del rastrillo para sacarlo de donde se ha atascado en la puerta del tractor—. Tú secuestraste a Krystal.
Luke frunce el ceño.
—¿De qué estás hablando? ¿Qué estás haciendo aquí ? Se supone que deberías estar trabajando.
—Y tú también —le respondo. Tendría mucho más impacto si no estuviera todavía peleándome con el tractor para recuperar mi rastrillo—. En cuanto Ted anunció que iba a sustituirte mientras tú estás de baja sin motivo aparente, todo cobró sentido. Solo un demonio sería capaz de poner a Ted al mando.
A Luke se le ensombrece el rostro.
—¿Crees que soy un demonio?
—¿No lo eres? —Odio que me tiemble la voz. Por fin consigo soltar el rastrillo, pero lo hago con tanta fuerza que cae al suelo con un estruendo. Me apresuro a recogerlo para mantener la distancia entre los dos.
—Me viste exorcizar a un demonio —me recuerda Luke, como si pudiera olvidarlo—. ¿Por qué iba a hacer algo así si yo fuera uno?
—Porque eres un demonio mayor —digo, menos segura de lo que estaba mientras venía en el coche—.
Y estás enfadado con la Debra Demonia por haber estado a punto de desmontar tu tapadera.
Aún no lo tengo del todo claro, pero los demonios mayores no necesitan poseer a nadie, sino que requieren sustento para mantener su farsa.
A los demonios les atrae el sufrimiento.
Elegiste a tres mujeres inocentes llenas de dolor y culpa, porque eso es como caviar para ti.
Mis palabras se ven acentuadas por un ruido similar a un rugido. Es su estómago .
—¡Dios mío! —exclamo—. Estoy en lo cierto. Estás hambriento.
—Porque no he desayunado —replica con indignación—. ¿De qué artículo de la Wikipedia has sacado todo eso? Eso no es más que la punta del iceberg.
El terror me invade. Seguro que se me nota en la cara. La irritación de Luke da paso a la cautela.
—No es eso lo que quería decir —se corrige, dando un paso hacia mí. Retrocedo, pero me choco contra la pared. A mi lado, la horca sigue desafiando la gravedad.
—Aléjate de mí —le advierto levantando el rastrillo para que las púas apunten a su pecho.
Solo lleva una camiseta negra fina y unos vaqueros oscuros, el atuendo más informal que le he visto nunca.
Resalta la anchura de sus hombros y las líneas marcadas de su abdomen.
Tiene un aspecto amenazador: alto, corpulento y robusto—.
Solo he venido a por Krystal. Y a por las otras dos. Pero sobre todo a por Krystal.