Capítulo 4
«P or supuesto que creo en los demonios. Soy una colombiana criada en la fe católica. Mi madre no podía inculcarme el temor de Dios sin meter también a su contraparte satánica».
Me estoy quedando frita a mitad de un artículo sobre brujas colombianas que tratan con entidades demoniacas cuando el zumbido de mi teléfono me despierta de golpe.
Casi lo pongo en silencio, pero me doy cuenta de que tiene prefijo local.
—¿Diga? —pregunto, intentando que no se note en mi voz que me molesta que me hayan despertado.
—¿Hablo con Brie Benson?
Me suena la voz, pero no caigo. En medio de la pregunta parece que la otra persona se sorba la nariz, como si hubiera estado llorando.
—Así es —confirmo—. ¿Y tú eres…?
—Amelia. La mujer de Krystal.
«Krystal». Ya debería haber llegado. Miro la hora en mi portátil. Son casi las diez. He dormido mucho más de lo que pensaba.
—Ay, Dios, sí, ¡perdona! Hola, Amelia. ¿Va todo bien?
Se queda callada durante un buen rato antes de decir:
—Krystal no ha vuelto después del trabajo. Sé que iba a ir a tu casa a ver La isla de las tentaciones esta noche. ¿Está ahí?
Se me cae el alma a los pies.
—No, no ha venido. Lo siento, se me fue el santo al cielo y me he quedado dormida y…
—No pasa nada —me interrumpe Amelia con una calma forzada que delata su faceta de madre. Aun así, no puedo dejar de percibir el miedo en su voz cuando dice—: Ella no desaparecería así sin más. Creo que le ha pasado algo.
Después de colgar el teléfono, Amelia denunció oficialmente la desaparición de Krystal.
Me pasé toda la noche dando vueltas por mi piso, esperando noticias.
En varias ocasiones cogí las llaves, dispuesta a salir a la calle.
Pero no he vuelto a conducir cuando ya ha oscurecido después de aquella noche , y esta vez no ha sido diferente.
La culpa me carcomía mientras comprobaba una y otra vez que la puerta y las ventanas estuvieran cerradas con pestillo, y no podía dejar de pensar en Poppi, la mujer que desapareció el fin de semana.
Seguro que no hay ninguna relación entre ambos casos.
Me preparo para ir al trabajo con una hora de antelación.
Sin saber muy bien qué más hacer, cojo las llaves.
Aunque ya ha salido el sol, estoy tan agotada que tardo cinco minutos más en reunir el ánimo suficiente para arrancar el coche.
Solo cuando entro en el camino de acceso a la casa de Amelia y Krystal con una bolsa de bagels y queso crema de la tienda de la esquina, me detengo. El coche de Krystal no está aquí.
Pero el de Amelia sí. Toco el timbre.
—¿Brie? —Es evidente que Amelia ha estado llorando. Si no lo delatan sus ojos enrojecidos e hinchados, lo hace el pañuelo que aprieta en el puño—. ¿Qué haces aquí?
Le tiendo la bolsa de bagels .
—Pensé que quizá necesitarías algo para desayunar. Sé lo fácil que es olvidarse de comer.
Su mirada se suaviza al coger la bolsa.
—Gracias. Estoy esperando a que vengan mis padres con las niñas. Aurelia sabe que pasa algo, pero no las he llevado al colegio ni las he dejado en casa para poder hablar con la policía. ¿Quieres pasar un momento?
—Eh, en realidad… —Miro el móvil. Ya son las 7.30, pero el trabajo no queda lejos. Además, no puedo resistirme a la mirada suplicante de Amelia, con esos ojos azules que se esconden tras unas gafas de montura metálica y cristales manchados—. Claro.
Ya había estado en su casa antes, pero me invade la misma oleada de admiración que la primera vez.
Está decorada con mucho gusto, al estilo mid-century , con toques de color y las obras artísticas de Amelia cubriendo las paredes.
«Nunca tendrás que preocuparte de que deje el trabajo —bromeó Krystal una vez en la oficina—.
Mi mujer es la que trae el pan a casa, pero yo aporto la seguridad laboral».
—¿Cómo estás? —le pregunto, aunque antes odiaba que la gente me hiciera esa pregunta. Sin embargo, ahora me doy cuenta de que, ante una catástrofe, la verdad es que no hay nada acertado que decir.
Ella sorbe por la nariz.
—Está siendo muy estresante. Pero Krys va a estar bien. Tiene que estarlo.
—Claro que sí —coincido—. Y la policía está trabajando en ello, ¿verdad?
En el rostro de Amelia se vislumbra algo parecido al desdén.
—Se supone.
Levanto una ceja.
—¿Es que no es así?
Suspira y se impulsa con los brazos para sentarse en la encimera.
—Creo que podrían estar investigando por motivos equivocados.
No sé cuánto te habrá contado Krys, pero tuvo problemas de adicción en el pasado, aunque lleva años sobria.
Creen que el hecho de que haya desaparecido sin dejar rastro tiene que ver con eso, aunque no paro de decirles que no es así.
Joder, encontraron su coche literalmente debajo del puente de Court Street, con el motor aún en marcha.
Con su bolso dentro y todo. No hay quien se crea que se marchó así por decisión propia.
—Jamás lo haría —respondo, porque si hay algo que sé de Krystal es que es una persona muy leal—. Es una putada que la policía no te haga caso.
—Están intentando encontrar un denominador común entre Krys y esa otra mujer, Poppi, la que desapareció.
Pero el único vínculo que conocemos entre ella y Krys es que ambas conocían a alguien que murió de una sobredosis.
Me da la impresión de que están intentando buscar una explicación para todo esto en lugar de admitir que quizá haya un secuestrador o un psicópata suelto por ahí.
—Qué horror. ¿Ambas conocían a la misma persona que falleció? —pregunto.
—Lo dudo. La persona que perdió Krys era su hermana menor, Shania. Su única hermana.
—Oh. —No sé qué más decir. Krystal es una de las pocas personas de Tarrentown que han conseguido romper mi coraza lo suficiente como para que me sincerara sobre la muerte de mis padres.
Tampoco es que me debiera a cambio contarme sus traumas, pero, después de decirme ayer que le recuerdo a su hermana, me sorprende descubrir que Shania murió.
—Eso pasó hace casi ocho años y fue lo que llevó a Krys a buscar ayuda por fin.
Me conoció un mes después, en una clase de arteterapia que yo impartía, y desde entonces no ha vuelto a consumir.
En fin, por eso te llama «ángel»: tu primer día en Curated Care coincidió con el aniversario de la muerte de Shania, así que ella lo interpretó como una señal de su hermana.
Me cuesta mucho mantener la compostura. Pero no soy yo quien tiene a su mujer desaparecida, así que me trago el nudo que tengo en la garganta y digo lo que me hubiera gustado decirle a Krystal.
—Ella también fue mi ángel.
Una leve sonrisa se dibuja en el rostro cansado de Amelia antes de desvanecerse. Mira por la ventana, como si Krystal pudiera estar en el porche trasero, y dice:
—Sé que no se trata de una recaída, como la policía quiere creer.
Analizan el pasado de Krys y el de Poppi, y ven un punto en común.
Pero eso no explica lo de Madeline Valero.
Es otra mujer cuya desaparición se denunció el domingo por la noche.
A diferencia de Krys y Poppi, al parecer Madeline no tiene antecedentes de abuso de sustancias.
Pero todo apunta a que ha tenido bastantes problemas de salud mental.
Su familia murió en un incendio cuando ella era niña.
Si realmente los tres casos están relacionados de alguna manera, me gustaría partirle la cara al cabrón que esté detrás de todo esto.
—Las encontraremos —digo con determinación, aunque no me siento para nada segura. La idea de que esto pueda formar parte de un plan más complejo me provoca un escalofrío.
Miro el reloj de la cocina y los números verde neón me hacen levantarme de un salto.
—Tengo que irme. Si necesitas lo que sea, llámame, por favor.
Estoy a punto de salir cuando la voz preocupada de Amelia me detiene.
—Ten cuidado, ¿vale? Si de verdad hay algún psicópata por ahí…
No termina la frase, pero sé lo que quiere decir. Son tiempos peligrosos para ser una mujer.
¿Acaso no lo son siempre?
Cuando llego al trabajo, la noticia de la desaparición de Krystal ya se ha extendido por toda la oficina. El ambiente es más deprimente de lo habitual. Debra sigue sin aparecer y el cubículo de Krystal está vacío.
Estoy absorta en mis tareas matutinas rutinarias cuando Ted carraspea.
—Disculpa —le digo al darme cuenta de que lleva un rato delante de mi escritorio—. ¿Qué pasa?
Ted me dedica una sonrisa compasiva.
—Sé que Krystal y tú sois muy amigas. Si te resulta demasiado difícil estar aquí, puedes irte a casa por hoy.
Es un ofrecimiento muy amable, pero no le corresponde a él decidirlo. Luke tendría que dar su visto bueno.
Pero no he visto a Luke en toda la mañana. Tiene la puerta cerrada a cal y canto, con las persianas bajadas.
Como si me leyera el pensamiento, Ted se gira para dirigirse a los presentes.
—Escuchadme todos, tengo que anunciar una pequeña novedad.
Luke ha tenido que ausentarse por un imprevisto y me ha pedido que le sustituya hasta que vuelva.
No sabe cuándo será, pero esperemos, por el bien de todos, que no tarde mucho.
—La broma cae sin gracia y se hace el silencio—.
Mientras tanto, ¡aquí estoy para lo que necesitéis!
Se señala el pecho con el pulgar y saluda con la cabeza a todo el mundo mientras regresa a su escritorio, como si fuera el alcalde y no solo un mero sustituto.
Todos vuelven a su trabajo, pero hay algo que me inquieta.
¿Adónde tendría que ir Luke de forma tan inesperada?
¿Y qué le ha llevado a dejar precisamente a Ted al mando? Me lo tomo como una ofensa personal.
De todo lo que encontré en Google anoche, hay algo que no me quito de la cabeza. Era sobre cómo los demonios pueden volverse territoriales. Aparto la pantalla de las miradas curiosas e intento recordar la página. Tengo que hacer varias búsquedas y cambiar algunas palabras clave hasta que aparece.
«Monstruos y caos», así se titula la página web. «Todo lo que hay que saber sobre lo que acecha en las sombras».
Pulso en el artículo que consulté anoche, preguntándome si el informático vigila nuestros historiales de búsqueda. Cada frase que leo me pone más y más nerviosa.
«Algunos demonios son conocidos por ser territoriales.
Se mimetizan mejor que el resto e incluso pueden pasar toda su vida entre nosotros, con familias e hijos.
Si sienten que un demonio más débil supone una amenaza para su existencia, no dudarán en acabar con él.
Harán lo que sea necesario para mantener el secreto».
Me quedo mirando el párrafo tanto rato que se me nublan los ojos.
El viernes, Luke tenía muy claro lo que hacía.
Pero en ningún momento me pregunté cómo había aprendido a hacerlo.
No es que en la facultad de administración de empresas se imparta un curso de exorcismo para principiantes.
¿Y si la razón por la que sabía cómo hacerlo era que él mismo es un demonio?
Recuerdo que los demonios se alimentan del sufrimiento mientras busco otro artículo en una página web diferente. La muerte, la desesperación, la culpa, el dolor…, lo que sea. Es un manjar.
Amelia dijo que la policía está tratando de relacionar los antecedentes de adicción de Krystal y Poppi con sus desapariciones.
Pero ¿y si se está enfocando demasiado en eso?
Quizá no tenga nada que ver con su adicción, sino simplemente con el hecho de que ambas perdieron a alguien.
Si el nexo común fuera que se trata de mujeres que afrontan el duelo y la culpa del superviviente, entonces eso podría explicar la desaparición de Madeline.
Si Luke es el culpable (lo que significaría que es un demonio ), entonces eso quiere decir que podría haber exorcizado a Debra porque ella era un demonio más débil en su territorio, y ahora se alimenta de mujeres desconsoladas porque está… ¿hambriento?
«Santo Dios…».
—Bueno, ¿qué me dices?
Doy un respingo y cierro las pestañas del ordenador como si mi vida dependiera de ello. Quizá mi puesto de trabajo sí que dependa de ello.
—¿Qué te digo de qué? —le pregunto a Ted.
—¿Te vas a quedar el resto del día?
Ya me había olvidado del ofrecimiento. Si me voy a casa, me quedaré allí sentada y me hundiré aún más. Quiero buscar a Krystal, pero no sé por dónde empezar.
Aunque quizá sí lo sepa.
—No —le respondo a Ted—. Tengo que terminar una cosa más y me iré.
—Estupendo. —Da unos golpecitos en el borde de mi escritorio—. Que no se te olvide fichar a la salida.
La frustración me quema por dentro. Debería haber sabido que el ofrecimiento de Ted no era gratis.
No llevo en la empresa el tiempo suficiente como para haber acumulado días pagados ni bajas por enfermedad, así que salir antes de tiempo supone una reducción del sueldo.
Algo que va a afectar al presupuesto que con tanto cuidado he elaborado.
Pero eso es algo de lo que me preocuparé cuando haya encontrado a Krystal, a Poppi y a Madeline. Puede que yo sea su única esperanza. Al fin y al cabo, soy la única que sabe que Luke podría ser un demonio.
Tras abusar un poco de mis poderes de búsqueda de recepcionista, sé exactamente dónde encontrarlo.