Capítulo 3 #2
Lo ignoro educadamente.
—¿Y qué le ha pasado?
—Ha desaparecido —dice Krystal con brusquedad.
—Desde el viernes por la noche —añade Ted—. Ha salido en todas las noticias. ¿No lo has visto?
«Lo siento, Ted, estaba demasiado ocupada buscando en internet todo lo relacionado con posesiones demoniacas».
—Solo veo contenidos de plataformas.
—Yo diría que es una recaída. —Carol suspira y se sube las gafas con pedrería que lleva colgadas del cuello con una cadena de cuentas.
Si Debra da la falsa impresión de ser una abuelita entrañable, Carol es más bien una tía abuela excéntrica que se pasa los fines de semana en ferias de artesanía—. Espero que aparezca pronto. Viva.
Y, con ese enigmático comentario, Carol se retira a su cubículo.
Ted da unos golpecitos en mi escritorio.
—Noticias como esta dejan a una ciudad tan pequeña como la nuestra conmocionada. Es devastador, la verdad. Por cierto, ¿enviaste por fax el informe el viernes?
—Mierda —suelto de golpe. Ted abre mucho los ojos, e incluso Krystal me lanza una mirada de advertencia, que dirige rápidamente hacia la puerta cerrada del despacho de Luke.
Una puerta que, por lo que parece, solo yo he notado que tiene un veteado diferente, del mismo modo que las persianas son más color cáscara de huevo que blancas y el cristal está sospechosamente libre de manchas.
Luke debe de haberse pasado todo el fin de semana limpiando a fondo, y lo ha hecho de una manera alarmantemente bien.
—Tenía intención de hacerlo, pero… —Busco una excusa a toda prisa.
—Brie, ¿puedes venir a mi despacho? —pregunta Luke, apoyado en el marco de la puerta.
Krystal me mira con los ojos muy abiertos y llenos de emoción, como si Luke me estuviera entregando una invitación personal para revivir una escena de una de sus novelas románticas de oficina, en la que a la protagonista le practican sexo oral sobre un escritorio.
No puedo decir que sea precisamente una de mis fantasías, sobre todo sabiendo que el escritorio de Luke está situado en lo que ha sido hace poco el escenario de un exorcismo.
Ted, por su parte, parece decepcionado por la interrupción.
—¿Lo envías hoy?
—Por supuesto —le prometo.
Al pasar junto a Luke para entrar a su despacho, percibo el aroma de su colonia. Una mezcla de clavo y algo dulce, como la miel.
—Siéntate.
Cierra la puerta detrás de mí, pero no me siento.
En su lugar, echo un vistazo a la estancia en busca de cualquier cosa que esté fuera de lugar.
Al igual que con la puerta, las persianas y los cristales, no hay nada inusual.
Incluso su taza de El mejor jefe del mundo está justo en su sitio, y aunque el viernes no los conté, estoy casi segura de que tiene el mismo número de bolígrafos.
No me vuelve a decir que me siente, y él tampoco toma asiento. Nos quedamos de pie el uno frente al otro, separados solo por su escritorio.
—¿Cómo estás? —pregunta cuando el silencio se vuelve incómodo.
Le miro a los ojos, tratando de descifrar si me está pidiendo que le cuente sin tapujos lo mal que me siento por lo que presencié, y también que no estoy segura de que mi algoritmo se vaya a recuperar nunca. Pero su expresión es neutra, así que mantengo la mía igual.
—Estoy bien. —Trago saliva mientras hago girar el anillo de oro que llevo en el dedo anular derecho. Es la única joya que nunca me quito—. Ted y Krystal me acaban de contar lo de la mujer desaparecida.
Luke asiente.
—Lo he leído en el periódico de hoy. Poppi, creo que se llamaba.
«Se llamaba». ¿Por qué da por hecho que está muerta?
—¿La conocías? —pregunta Luke.
Niego con la cabeza.
—No. Pero espero que esté bien.
—Yo también —se apresura a responder. Demasiado rápido. Suspira y se frota la frente—. Mira, sobre lo del viernes. No debería haberte echado de esa manera. Entiendo que fuera tremendamente inquietante, y si tienes alguna pregunta…
—¿Qué pasó el viernes? —Lo miro pestañeando, adoptando una expresión de desconcierto.
Sorprendido, arquea las cejas mientras me mira fijamente.
Me he pasado todo el fin de semana dudando si sacar o no el tema del exorcismo.
No me parecía justo que me pidiera que lo olvidara sin más.
Resulta difícil olvidar el recuerdo de una compañera sentada a horcajadas sobre tu cintura y amenazando con comerte.
Pero ha dicho «se llamaba». Como si supiera que Poppi no va a volver.
El viernes, Luke parecía ser el bueno de la película, con lo del exorcismo y todo eso.
Pero el hecho de que haya borrado todas sus huellas y me haya dicho que actúe como si nada hubiera pasado ha dejado espacio para que se cuelen las dudas.
Quizá, en el mundo de los demonios y de lo que quiera que él sea, no exista el bien. Solo lo malo y lo peor.
Hace una semana, su desinterés hacia mí y su extrema profesionalidad me irritaban. Ahora, no quiero que sepa nada sobre mí, y yo quiero saber aún menos sobre él. Estar en esta diminuta habitación después de lo que ocurrió el viernes por la tarde hace que me muera de ganas por salir de aquí.
—Estaba a punto de irme a comer, así que voy a ello.
Me marcho sin esperar a ver su reacción, aunque percibo su sorpresa clavándose en mi espalda. Sin embargo, no vuelve a llamarme ni intenta hablar conmigo en lo que queda de día.
Que culmina a las 15.59, cuando por fin consigo ganar mi batalla de veinte minutos contra el fax, después de haberlo insultado con todos los tacos que aparecen en el diccionario y de haberle dado unos cuantos golpes bien dados.
—¡Chúpate esa, jodida máquina de los cojones!
—Brie Benson y la Jodida Máquina de los Cojones me parece un nombre ideal para una banda indie —comenta Krystal cuando el reloj marca las cuatro en punto. Se inclina hacia mí, con los ojos brillantes—. Por cierto, alguien no ha podido quitarte la mirada de encima en toda la tarde.
Giro la cabeza bruscamente hacia el despacho de Luke.
Él está de pie en la puerta mientras Carol intenta enseñarle fotos de la sobrina soltera con la que lleva tiempo intentando emparejarlo, pero en lugar de mirar el móvil, me está mirando a mí.
Soy la primera en apartar la mirada y salgo corriendo por la puerta, con Krystal pisándome los talones.
—Madre mía, la tensión entre los dos es como un volcán. —Se abanica a sí misma en el ascensor—. Debo de haberle pillado mirándote al menos veinte veces hoy. ¿Quién iba a imaginar que una chaqueta de punto pudiera derretir a un hombre?
Me arrebujo en la chaqueta al salir al frío aire de noviembre. Ojalá supiera lo equivocada que está y que Luke probablemente me esté observando para asegurarse de que no revelo su secreta afición a practicar exorcismos. Acelero el paso para evitar la tentación de corregirla.
—¿A qué viene tanta prisa? —jadea, siguiéndome hasta donde están nuestros coches.
—Es lunes de partido —miento—. ¡Arriba los Bills!
Ella resopla.
—Qué osada por tu parte, decir eso en una ciudad llena de fanáticos de los Birds. Además, ¿no habíamos quedado a las ocho para seguir con nuestro maratón de La isla de las tentaciones ?
Mierda, se me había olvidado nuestra noche semanal de ver reality shows.
—Ah, sí, lo podemos hacer si quieres.
Se apoya contra la puerta de mi coche, impidiéndome entrar.
—Puedo llevar algo de postre.
—No hace falta.
Estoy deseando terminar con esto para poder dedicarme a investigar un poco antes de pasarme el resto de la noche gritándole a la pantalla.
—¿Estás rechazando un dulce? ¿Es esta tu forma de parpadear dos veces para pedir ayuda?
Tomo aire profundamente y lo disimulo con una tos.
—La verdad es que me encantaría algo dulce. Gracias.
Krystal entrecierra los ojos.
—¿Te pasa algo?
—Estoy bien.
Las palabras me salen frías y bruscas, más de lo que pretendo. Me meto en el coche, dejando que el pelo me tape la cara mientras me abrocho el cinturón de seguridad para que no vea la culpa que se refleja en ella.
—Puedes hablar conmigo, ángel. ¿Qué ocurre?
Me muerdo el labio, buscando una excusa a la desesperada. Entonces, mi móvil se ilumina con el pretexto perfecto.
—Mi exprometido —admito. No es mentira, aunque tampoco es la verdad en este momento—. No deja de enviarme mensajes y yo sigo sin hacerle caso. Toda una historia.
—Joder, lo siento. ¿Qué tipo de mensajes?
—Nada malo, solo que… Rompí con él de forma un poco brusca antes de mudarme aquí y no termina de entender que no quiero hablar.
Abro los mensajes y leo el último que he recibido.
Tienes a alguien con quien pasar
Acción de Gracias? Deberías venir
a casa
Como si tuviera una casa a la que volver.
—Dile que vas a pasar Acción de Gracias conmigo —dice Krystal con una sonrisa—. Porque lo vas a hacer, ¿verdad?
El aire entre nosotras se congela con el frío de la brisa otoñal.
—Te agradezco mucho la invitación, pero no hace falta. Gracias de todos modos. De verdad.
Casi me echo atrás al ver su cara de decepción, pero me mantengo firme.
—No hay de qué —dice ella por fin—. Me recuerdas muchísimo a mi hermana.
—¿Por qué lo dices? —No sabía que tuviera una hermana.
Su expresión se vuelve una mezcla entre melancólica y distante.
—Eres como una nuez.
Dejo escapar un jadeo dramático.
—¿Acabas de compararme con el peor tipo de fruto seco?
—Cuesta abrirte. —Krystal suelta una carcajada y vuelve al presente.
Hago un gesto hacia el móvil con la cabeza.
—Voy a seguir ignorando a mi ex. Acabará captando la indirecta. Nos vemos dentro de unas horas. —Me despido con la mano, cierro la puerta y meto la marcha atrás.
Aún no he salido del estacionamiento cuando me detengo y bajo la ventanilla.
—Oye, Krystal.
Se incorpora al lado de su coche.
—Dime.
—No viene a cuento, pero… —Hago una pausa, sopesando si hacer esta pregunta es un error—. ¿Crees en los demonios?