Capítulo 3
—S í —responde Luke tan tranquilo. Se agacha frente a Debra y la gira hasta que queda boca arriba.
—¿Por qué? —jadeo. Lo único que veo es el negro infinito de sus ojos cuando se sentó encima de mí, cómo me gruñó «hambre» de una forma que sugería que yo era el plato principal.
—Ya lo has visto. —Luke le comprueba el pulso—. Le he practicado un exorcismo porque estaba poseída.
—¿Por un demonio? —pregunto.
Asiente.
—Qué observadora.
Le miro parpadeando, sin acercarme.
—Ahora mismo no pareces ni la mitad de asustado que yo.
—Creo que eso es lo que te está dando más miedo —comenta él.
Entonces, como si Debra no pesara absolutamente nada, la levanta en brazos.
Joder, si hubiera sabido que la clave para que un hombre me llevara en brazos cual princesa era estar poseída por un demonio, quizá habría pasado más tiempo rondando por los cruces de caminos.
—Creo que mi pánico está bastante justificado —me defiendo, tratando de calmar mi corazón acelerado.
Sus zapatos de vestir crujen al pisar los cristales mientras sale de esta escena de película de terror y se adentra en el pasillo, que permanece en perfecto estado. Con el codo, pulsa el botón del ascensor. Frunce sus pobladas cejas de color marrón oscuro mientras me mira con pesar.
—Lo siento. Se suponía que ya se había ido todo el mundo a casa.
Dejo la sal y la grapadora y lo sigo hasta el ascensor.
—¿Está muerta? —Me esfuerzo por hablar a pesar del nudo que se me forma en la garganta mientras bajamos.
—No lo creo. —Luke sale al vestíbulo vacío y deja a Debra en el suelo.
Le acaricia suavemente la mejilla con la mano.
Es una mano a la que estoy acostumbrada a ver firmar contratos con los clientes, lo que hace que la escena que tengo delante me resulte aún más extraña.
Le da unas palmaditas suaves—. Debra, ¿me oyes?
Nada. Echo mano a mi móvil para llamar a emergencias, pero entonces recuerdo que lo he dejado en el coche. A través de las puertas dobles de cristal, veo que sigue en marcha. Podría ir a por él…
Me llevo un susto de muerte cuando Debra se incorpora de golpe con un grito ahogado y abre los ojos de par en par. Para mi inmensa tranquilidad, vuelven a estar normales, aunque llenos de confusión. Bienvenida al club, compañera.
—¿Qué ha ocurrido? —pregunta con voz débil, entrecortada por la tos.
—Te has dado un buen golpe —dice Luke, con ese tono grave y tranquilo al que estoy acostumbrada, pero con un matiz de preocupación—. Todos se habían ido, menos Brie y yo. Bajaste por las escaleras y entonces oímos un grito. Creo que te tropezaste.
«Bajaste por las escaleras». Tengo que contener un bufido. Sé que Luke solo lleva aquí un mes, pero Debra preferiría salir de la oficina utilizando la azotea como helipuerto antes que bajar por las escaleras.
Ella le mira parpadeando, sin duda pensando lo mismo.
—No… No me acuerdo.
—Eso me temía. Parece que tienes un chichón en la cabeza. —Le toca el bulto que tiene donde le estampé la grapadora. Observo sus movimientos con una extraña fascinación, demasiado atónita para decir nada—. Quizá sería buena idea ir al hospital. Te puedo llevar si quieres.
Eso me saca de mi aturdimiento. Me agacho frente a ella y le levanto suavemente la barbilla para que me mire.
—Creo que tienes una conmoción cerebral. —La examino y me fijo en que le cuesta enfocar la vista—. Deberían hacerte un TAC , solo para asegurarnos de que no es nada más grave, como una hemorragia interna.
—Oh, no, no pasa nada —dice Debra. Con la ayuda de Luke, se pone en pie, aunque se tambalea un poco—. Me pondré bien. Solo tengo que encontrar mis llaves…
—No puedes conducir —insisto—. Con una herida en la cabeza como esa, te pondrías en peligro a ti misma. Y a los demás. Hazme caso, fui a la facultad de medicina. Te tienen que hacer un TAC , sobre todo si estás tomando algún anticoagulante.
—¿Fuiste a la facultad de medicina? —Luke me mira con curiosidad.
Lo ignoro, porque eso ahora mismo no importa. Debra se muestra reacia.
—Mi coche…
—Brie tiene razón —la corta Luke sin miramientos—. Alguien se puede encargar de recoger tu coche este fin de semana. Déjame que te acompañe a casa para que tu marido pueda llevarte al hospital. Si no, esta noche no voy a poder pegar ojo.
Los sigo afuera y me detengo junto a mi coche, que aún tiene el motor en marcha. Tengo las llaves en la mano, pero no me atrevo a subir.
Luke ayuda a Debra a subirse al asiento del copiloto de su coche. Al cerrar la puerta, nuestras miradas se cruzan. Se me debe notar en la cara que estoy muy jodida por dentro, porque se acerca a mí con paso firme. Me mira de arriba abajo, deteniéndose un instante en mis caderas.
—¿Estás bien?
—Acabas de practicarle un exorcismo a mi compañera —respondo con voz temblorosa—. ¿A ti qué te parece?
—Déjame decirlo de otra manera. ¿Te has hecho daño?
Ah. Por eso me estaba mirando de arriba abajo. Obviamente.
Estoy dolorida y desconcertada, y probablemente entrando en una especie de estado de shock, porque es imposible que lo que acabo de ver haya sucedido de verdad.
Se acerca un poco más, ocupando todo mi campo de visión gracias a su altura y a la anchura de sus hombros.
Levanta las manos como si fuera a posarlas sobre mis brazos para sujetarme como hace un rato, pero las deja caer a los lados.
—No —digo al fin—. Pero sí que la vas a llevar a casa, ¿verdad? No sé si hay algún código para esto o…
—La voy a llevar a casa —confirma—. Y tú también te vas a la tuya.
—Me voy a casa —repito. Me abre la puerta y me dejo caer en el asiento. Antes de que pueda cerrarla, extiendo la mano para detenerla.
Lo miro a los ojos. Aunque aún no son ni las cinco, el sol ya se está poniendo.
Bajo las luces fluorescentes de la oficina, nunca antes me había parecido intimidante.
Ahora, a medida que las sombras se alargan, no puedo evitar fijarme en lo angulosos que son sus rasgos, desde los pómulos marcados hasta la mandíbula definida.
Al igual que los míos, sus ojos son marrones, pero, con los últimos rayos de sol a su espalda, bien podrían ser tan negros como los de la Debra Demonia.
—¿Qué ha sido eso ? —Las palabras brotan rápidamente, pero en voz tan baja que quizá ni siquiera las haya oído.
Sin embargo, por la forma en que se le contrae un músculo en la mandíbula, parece ser que sí.
—Es problema mío. No tuyo. —Da dos golpecitos en el lateral de la puerta y la cierra. A través de la ventanilla que nos separa, dice—: Vete a casa y olvida lo que ha pasado. No vuelvas a sacar el tema.
Conducir en estado de shock no es una opción, pero tampoco lo es conducir en la oscuridad. Después de convencerme de que estoy perfectamente bien, agarro el volante con fuerza durante todo el corto trayecto hasta mi piso.
Que conste que intento por todos los medios no pensar en Luke. Ni en la Debra Demonia. Ni en que, por lo visto, los demonios son reales.
He repetido esa frase una y otra vez durante todo el fin de semana, pero todavía no me la creo.
Sí, vi a la Debra Demonia con mis propios ojos.
Sí, vi a Luke exorcizándola. No, no me lo creo.
Los demonios existen en las películas, los libros y los videojuegos.
No me hacen quedar mal por entregar tarde los informes semanales los viernes a última hora.
Internet afirma lo contrario.
El sábado acabo por ceder, después de haber visto suficientes episodios de Selling Sunset como para confirmar que, si los demonios existen, su forma corpórea debe de ser la de agentes inmobiliarios de lujo.
El resto del fin de semana lo paso sumergida en hilos de Reddit, páginas web llenas de errores sobre leyendas urbanas y scroll infinito en redes sociales.
El algoritmo me va alimentando con contenidos tipo «Avistamiento de un demonio real en el puente de Brooklyn» y «Monstruo espeluznante en el Bosque Nacional de Pisgah».
Me quedo hasta muy tarde viendo vídeos sobre teorías de la conspiración (pero ¿son solo eso realmente ?) y, cuando llega el lunes, me cuesta muchísimo mantener los ojos abiertos.
A la hora de comer, estoy pensando en correr a la tienda más cercana para meterme una lata de Monster Energy entre pecho y espalda cuando Krystal se acerca sigilosamente a mi mesa.
—¿Estás bien, ángel? —Masca el chicle de una forma que debería resultar molesta, pero no lo es porque ella es la encarnación viviente de un rayo de sol bisexual—. No te veo muy animada. ¿Has tenido un mal fin de semana?
Me entretengo apilando sobres para no tener que mirarla a los ojos.
—Un poco.
—No ha podido ser peor que el de los Parker. —Ted suspira y se une a la conversación. Tiene en la mano un vaso lleno de agua, cortesía de una servidora—. ¿Os habéis enterado?
—Ah, me lo contó Amelia —dice Krystal frunciendo el ceño—. Es horrible.
—¿Qué ha pasado? —pregunto—. ¿Quiénes son los Parker?
Carol, nuestra directora de Recursos Humanos, a quien, en un mundo ideal, le habría presentado esta mañana varias quejas sobre la mala conducta de Debra y Luke si no fuera porque cada una de ellas habría empezado con «Pues resulta que los demonios existen», se asoma desde su cubículo.
—Los Parker son vecinos de Debra. Seguramente por eso no ha venido hoy.
No puedo evitar sentir una sacudida al oír su nombre.
—¿Por qué? —pregunto, con un nudo en el pecho.
Carol abre mucho sus ojos celestes; la idea de cotillear en la oficina resulta demasiado tentadora como para dejarla pasar.
—Los Parker tienen una hija, Poppi. Es más o menos de tu edad y ha tenido algunos problemas con la policía por culpa de las drogas y cosas por el estilo.
Sin embargo, volvió a encarrilarse después de que muriera un amigo suyo drogadicto.
No hay nada como una muerte por sobredosis para asustarte y meterte en rehabilitación.
Krystal se tensa y aprieta con más fuerza la grapadora con la que golpeé en la cabeza a Debra.
—Estaba pasando por una época muy difícil, pero ya se la veía más encauzada. Desde luego, tenía mejor aspecto —me dice Ted guiñándome un ojo.