Ojalá leas esto desde el infierno Capítulo 2
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Capítulo 2

E n un instante hay una puerta separándonos.

Al siguiente, ya no está.

Una ráfaga de aire caliente me abrasa la cara cuando la ventana por la que estoy mirando se hace añicos y la madera que la rodea se ve envuelta en llamas que la reducen a cenizas de forma instantánea.

El cuerpo de Debra se estampa contra el mío con la fuerza de un defensa que va lanzado a por el anillo de la Super Bowl.

Salimos volando hacia mi escritorio y me quedo sin aliento cuando nos deslizamos por la superficie laminada.

El monitor frente al que paso el ochenta por ciento del día maldiciendo para que cargue más rápido se estrella contra el suelo apenas un segundo antes que nosotras.

La silla con ruedas que chirría amortigua mi caída, pero se desplaza a toda velocidad, de modo que me golpeo la cabeza contra el protector de plástico de la moqueta.

Puede que lo tenga todo roto, o nada, o algo.

No sabría decirlo, pero, coño, qué dolor.

Tengo los pulmones paralizados, como si hubieran olvidado cómo funcionar.

Debra ha caído a mi lado, pero rápidamente se sienta a horcajadas sobre mi cintura, un movimiento por el que sin duda presentaré una queja ante Recursos Humanos.

Aunque puede que no llegue viva al papeleo.

Levanta la cabeza y le cruje el cuello al tiempo que la infinita oscuridad de sus ojos me devora.

Es como si las pupilas se hubieran tragado sus iris verdes y el blanco que los rodea.

Saca la lengua y se relame los labios de forma salvaje mientras su aliento caliente me azota la cara.

Me dan náuseas; huele a rancio y a metal. Como a sangre .

—Guapa —dice con una voz rasposa que es la suya y a la vez no. Me pasa un dedo por un lado de la cara y se le enreda en uno de los rizos que se me han metido en la boca. Tira de él para sacarlo—. Deliciosa.

—No te creas —me apresuro a decir, pero tengo la voz tan quebrada por el miedo y la adrenalina que no estoy segura de que haya podido oírme—. En comparación con tus galletas de jengibre, te vas a llevar una gran decepción.

Con la pierna me inmoviliza la mano izquierda contra el cuerpo, pero tengo la derecha libre. Rozo con los dedos algo de plástico: la grapadora que ha caído de mi escritorio.

—Hambre —dice con una voz aún más ronca, abriendo la boca en un ángulo imposible, como si estuviera a punto de comerme . ¿Estoy de repente en El silencio de los corderos ?

Ella ruge de dolor cuando le estampo la grapadora en la sien.

—¡Mala! —chilla, y una ráfaga de calor abrasador me quema las cejas—. ¡Muerta!

Vuelve a abrir la boca mientras me aprieta con fuerza la muñeca derecha para impedir otro ataque.

—¡Siento lo del correo! —le suelto, aunque está claro que esta no es la Debra a la que estuve insistiéndole hace una hora. Aun así, es lo único en lo que puedo pensar: en mí, en mi insistencia y mis signos de exclamación.

De repente, ya no noto su peso. Me incorporo a duras penas, apoyándome en los codos y el culo, y retrocedo hasta que me golpeo la cabeza contra el archivador que hay detrás de mi escritorio. Me quedo boquiabierta.

Luke agarra a Debra del pelo plateado y le echa la cabeza hacia atrás, de modo que el cuello arrugado queda mirando hacia el techo.

—¡Vuelve al puto sitio al que perteneces! —gruñe, y la lanza por el pasillo flanqueado de cubículos. Ella se estrella contra la pared de cristal de su despacho y cae como un saco de patatas sobre la lona con el pentagrama.

Nunca he oído a Luke decir palabrotas. Siempre se muestra tranquilo y sereno.

Pero, al igual que Debra, este no es el Luke que conozco.

El hombre que tengo delante, con músculos marcados bajo la camisa blanca rasgada, la mandíbula angulosa apretada con una expresión feroz y los ojos ardiendo de furia…

, este Luke está tremendo y desquiciado.

—¡La sal! ¡Brie!

Y, por lo visto, sí que se sabe mi nombre.

—¡En mi escritorio! ¡Trae la maldita sal!

El mundo vuelve a enfocarse con una claridad amarga y aterradora.

Luke atraviesa la pared de cristal destrozada de su despacho antes de que Debra pueda abalanzarse sobre él.

En el suelo, donde antes estaba la puerta, hay una línea discontinua de color blanco.

Debo de haberla roto yo cuando me he asomado.

Más allá, en la esquina del escritorio de Luke, hay una caja de sal bastante grande.

Entro corriendo en su despacho, tratando de esquivar los golpes que se lanzan Luke y Debra mientras forcejean sobre el pentagrama. Cojo la sal.

—¡Por todo ese lado! —me indica Luke, señalando con la cabeza a la única parte del despacho que no está cerrada por paredes.

Con manos temblorosas, la sal cae de la caja mientras trazo una línea torcida que pasa por encima de la original junto a la puerta.

Bajo las suelas de mis bailarinas crujen los trozos de cristal roto y las persianas de vinilo destrozadas.

Sea cual sea el efecto que tiene la sal, hace que Debra, o lo que sea que haya dentro de ella, caiga de rodillas.

Esto permite a Luke retroceder a trompicones fuera del pentagrama y reanudar su cántico en latín.

Debra intenta levantarse, pero las palabras de Luke cobran velocidad y volumen.

Esto la derriba de nuevo hasta dejarla sentada sobre los talones.

—¡Esto es solo el principio! —grita ella, y el sonido me araña los tímpanos.

Me tapo las orejas cuando abre la boca y emite un gruñido.

La masa negra y tenebrosa se aleja de ella en dirección al techo, donde surge de la nada una nube de oscuridad que se arremolina.

Me recuerda a las nubes de tormenta de los dibujos animados, las que veía en la escuela primaria durante los simulacros de tornado.

En cuanto la masa negra toca los límites de la oscuridad, queda absorbida y desaparece como un espejismo. Luke para de recitar y la nube se disipa, dejando a Debra desplomada en el suelo, sin fuerzas.

El silencio nos envuelve, salvo por el sonido de nuestras respiraciones pesadas.

Luke se apoya en el borde de su escritorio, agotado.

Sigo con la caja de sal en una mano y la grapadora en la otra.

Miro alternativamente ambos objetos y, cuando vuelvo a levantar la vista hacia Luke, él me está mirando fijamente con una expresión indescifrable.

—¿Acabas de…? —Se me quiebra la voz al darme cuenta de lo que acabo de ver—. ¿Acabas de practicarle un exorcismo a Debra, la de Contabilidad?