Capítulo 1 #3
—No tienes que darme una respuesta ahora mismo —me corta cuando nota que voy a rechazar la invitación—.
Todavía faltan dos semanas. Solo será una comida informal con mis suegros.
Además, Aurelia ha estado ensayando para el musical del pavo del colegio y tiene pensado hacernos su propia versión de la obra, así que incluso habrá espectáculo.
Para ser una niña de parvulario, tiene una voz impresionante.
Intento imaginármelo: todos en casa de Krystal, sentados alrededor de la mesa del comedor, con su mujer, Amelia, y sus dos hijas pequeñas.
Sus suegros preguntándome si quiero salsa en el puré de patatas, yo intentando mantener una sonrisa en la cara mientras el recuerdo del último Acción de Gracias me arranca hasta el último vestigio de ganas de vivir.
Lo cual me hace sentir fatal, ya que, para empezar, Krystal es la responsable directa de ese último vestigio.
—Gracias. La semana que viene te lo confirmo.
Mi respuesta no va a cambiar. No me interesa celebrar las fiestas, solo necesito sobrevivir a ellas. Y la mejor forma de hacerlo es fingir que, de entrada, no existen.
—¡Genial! —Se le vuelve a iluminar el rostro—. Nos vemos.
Me meto en mi viejo Ford Escape y, cuando estoy a punto de salir del aparcamiento, freno en seco.
—¡Mierda! —gruño, y dejo caer la cabeza sobre el volante.
He olvidado enviar el informe por fax.
No me molesto en volver a aparcar, simplemente me paro junto a la acera y salgo del coche. Tendré que darme prisa para no pasarme de la hora y llegar a casa antes de que anochezca. Para mi disgusto, la entrada ya está cerrada. Se supone que debe permanecer abierta hasta las seis.
Toco el timbre un par de veces. Aunque los coches de Luke y Debra siguen en el aparcamiento, ninguno de los dos me abre. Por suerte, la puerta trasera está entreabierta con un rollo acabado de papel de cocina y me cuelo dentro.
—Gracias, Ted, a ti y a tu adicción a la nicotina —murmuro mientras subo corriendo las escaleras.
Las luces de la oficina están apagadas, por lo que el espacio está solo tenuemente iluminado por el resplandor rojo de las de emergencia. Estoy a medio camino de mi escritorio cuando se oye un golpe seco procedente del despacho de Luke.
Tiene las persianas bajadas y la luz apagada, aunque un suave destello se filtra por debajo de la puerta, como el fulgor de una vela.
¿A santo de qué tendría Luke velas en su despacho y se oirían golpes dentro?
—No puede ser —susurro, invadida por el horror al oír cómo lo que podría ser un gemido llega a mis dulces e inocentes oídos. Me niego a creer que Luke y Debra estén haciendo guarradas ahora mismo. Me niego. Podría ser su abuela .
Aunque a lo mejor le van las maduritas. Quizá le dé vergüenza o, si realmente está con Debra, no quiera provocar lo que sin duda sería una pesadilla para Recursos Humanos.
Quizá por eso Debra tenía tanto sueño hoy.
Me tapo la boca con las manos. Debería irme.
La imagen del físico musculoso de Luke se me viene de pronto a la mente.
Me saca unos cuantos centímetros de altura, y yo le saco al menos un palmo a Debra.
Él podría dominarla sin esfuerzo. ¿Estará haciéndole daño?
La idea se me enraíza en la cabeza como una mala hierba.
No puedo irme sin asegurarme de que no es así.
Armada de valor para afrontar el trauma que me espera, avanzo en silencio por el pasillo de cubículos hasta llegar a la puerta de Luke. El sonido se oye más fuerte desde aquí…, pero no, no son gemidos. Es más bien un gorgoteo .
Por el amor de Dios .
Tras el gorgoteo, llega a mis oídos otro ruido aún más extraño: un cántico . Parece latín, o algo igual de antiguo.
Antes de poder pensar en el daño irreversible que podrían sufrir mis retinas al presenciar lo que sea que esté pasando ahí dentro, echo un vistazo por la ventanita de la puerta de Luke.
Ahogo una exclamación, abrumada por la incredulidad que me invade al ver la escena. Al contrario de lo que temía, Luke y Debra no están desnudos dándose un revolcón sobre su escritorio. No obstante, esto podría ser peor.
La mesa de Luke está encajada contra la estantería para dejar un espacio libre en el suelo, donde hay una lona azul con un pentagrama pintado con lo que parece sangre.
Los cinco vértices están decorados por velas encendidas y, en el centro del dibujo, Debra se retuerce.
Parece que la mandíbula se le ha desencajado del resto del cráneo, y el sonido gorgoteante se debe a la masa negra y tenebrosa que una fuerza invisible le está arrancando de dentro.
En la esquina opuesta de la oficina, Luke contrae el rostro en una expresión de furia fría y oscura mientras de sus labios brotan los cánticos, que lee del libro que vi antes en su despacho.
—¿Qué demonios …?
Me tapo la boca con las manos, pero ya es demasiado tarde. Luke aparta la vista de Debra y, cuando su mirada se cruza con la mía, abre muchísimo los ojos por la sorpresa al verme.
Esa breve distracción es suficiente. Las sombras se retraen hacia el interior del cuerpo de Debra, que gira la cabeza y me clava una mirada que son dos pozos negros e inhumanos.
Y, con una rapidez que ninguna mujer de setenta y tantos años debería tener, se abalanza sobre mí.