Capítulo 1 #2
Al igual que en las demás ocasiones en las que he entrado aquí desde que se incorporó hace un mes, su despacho tiene un aspecto lúgubre.
La única decoración son una taza con el rótulo El mejor jefe del mundo llena de bolígrafos sobre el intrincado escritorio de palisandro, unos cuantos libros en la estantería de la derecha y una placa de mesa que le regaló el antiguo jefe en la que se lee Luke D’Angelo.
No hay adornos en las paredes ni fotos de pareja, hijos o algún familiar. Luke aún no ha echado raíces.
Ya somos dos.
Me llama la atención una bolsa de papel marrón bastante grande que hay escondida detrás de su escritorio.
Está colocada sobre un libro enorme que tiene el lomo de cuero agrietado.
Veo unas letras doradas descoloridas en las páginas, pero ni con las lentillas puestas consigo distinguir lo que pone.
Apoyo las palmas de las manos en la mesa para inclinarme hacia delante y poder leerlo…
—¿Necesitas algo?
Me giro para mirar a mi jefe, pensando que debe de estar en la entrada.
Sin embargo, no está en la puerta, sino aquí .
Justo detrás de mí. Tan cerca que mi hombro choca con el suyo y me tambaleo hacia atrás por el golpe.
Entonces me topo con su escritorio, y ya no tengo adónde ir: me golpeo la parte posterior de los muslos contra él y caigo hacia atrás, golpeándome ambas nalgas, habiendo perdido ya tanto el equilibrio como la dignidad.
Unas manos me agarran por los brazos para sujetarme antes de que me caiga del todo.
El mundo deja de moverse, recupero el equilibrio que había perdido y me quedo mirando fijamente una corbata de seda color berenjena, porque me muero de la vergüenza solo de pensar en cruzar la mirada con el hombre sobre cuyo escritorio acabo de caer patas arriba.
—¡Me has asustado! —suelto de golpe.
—Es mi despacho. —Si aguzo el oído, detecto un ligero tono irónico en la voz normalmente monótona de Luke. Me suelta los brazos y da un paso atrás para que me baje de su escritorio—. ¿Necesitas algo?
A pesar de que la repetición no suena a reproche, me siento como si me hubieran pillado haciendo algo indebido. Y lo cierto es que lo parecía , aunque en realidad solo estaba siendo cotilla.
—Venía a traerte el informe. —Lo cojo de su escritorio y se lo entrego. Las páginas están arrugadas porque me he sentado encima, pero, si le perturba tener un trozo de papel con la huella de mi culo, no lo dice.
Le echa un vistazo rápido.
—Gracias por traerlo.
«Y por el espectáculo vergonzoso», añado mentalmente.
—Las cifras de ventas han ido bien esta semana —digo en su lugar.
Él asiente en señal de aprobación.
—Magnífico.
La humillación hace que me sonroje, y el rubor se agrava por lo mucho que me esfuerzo para no fijarme en que las mangas de su camisa blanca, remangadas con maestría, le llegan justo por debajo de los codos y dejan al descubierto unos antebrazos bronceados que desembocan en manos de venas marcadas.
Unas manos cuyo cálido contacto sigo notando en la piel de mis brazos.
Levanto la vista de golpe, pero el resto de su aspecto no lo pone más fácil: el pelo corto castaño oscuro que se riza en las puntas, los ojos igualmente oscuros que son imposibles de descifrar…
Me resulta difícil adivinar su edad, aunque apostaría a que Krystal, él y yo somos, por lo menos, una década más jóvenes que el resto de la oficina.
—¿Necesitas algo más antes de que me vaya? —le pregunto, consciente de que nunca sé muy bien cómo terminar las conversaciones con él.
Es la única persona de esta oficina a la que no consigo entender.
Creo que, al igual que yo, no está dispuesto a dejar que nadie se acerque a él.
Es algo que debería ser reconfortante, pero su falta de cercanía me saca de quicio.
Ha dejado claro que solo sirvo para reunir a todo el mundo en la sala de conferencias para la reunión mensual de toda la plantilla y para que le insista a Debra con el informe semanal a fin de no tener que hacerlo él.
A juzgar por las notas adhesivas que me deja, estoy segura de que ya se ha hecho una idea de lo eficiente que soy en esto último.
—Todo bien. Que pases un buen fin de semana, Brianna.
Hago un gran esfuerzo por contener mi irritación.
No me gusta que la gente me llame por mi nombre completo, pero, como Brianna ni siquiera es mi nombre real, resulta el doble de insultante.
Al principio lo dejé pasar porque era nuevo, entonces una semana se convirtió en dos, y así hasta ahora.
Pero entre la garrafa de agua y las evasivas de Debra tengo que empezar a hacerme respetar un poco por aquí.
—En realidad me llamo…
—¿Deb? —grita Luke pasando junto a mí. El roce de sus nudillos en mi muñeca me provoca una sacudida en todo el cuerpo—. ¿Puedes quedarte unos minutos más? Tengo algunas dudas sobre el informe.
Mientras salgo de su despacho y Debra entra deslizándose por mi lado, la frustración disipa los restos de la vergüenza que he pasado. Espero a que Krystal y yo estemos en el pasillo para soltar lo que tengo dentro.
—Si tenía alguna pregunta , me la podría haber hecho a mí —digo enfadada mientras clavo el dedo en el botón de bajada del ascensor—. Lo único que hace Debra es darle a una tecla para generar el informe. Soy yo quien se encarga de revisarlo.
—Seguro que solo es para no entretenerte más tiempo —dice Krystal cuando entramos—. Probablemente piense que en casa te espera un tío bueno que le dará una paliza a cualquiera que moleste a su preciosa chica.
—¿Está esa preciosa chica ahora mismo entre nosotros?
Se ríe y entrelaza su brazo con el mío mientras salimos del ascensor y nos dirigimos al aparcamiento.
—Venga ya, con esa melena tan espectacular que tienes —dice, y me aparta de la cara un rizo castaño y encrespado. Le huele el aliento a chicle—. Y esa expresión tan sensual…
—Estoy convencida de que la mayoría de gente lo llama «cara de pocos amigos»…
—Fijo que Luke se muere por conocerte más a fondo, y lo digo en sentido literal y físico. Tendrías que haber visto lo rápido que ha ido a su despacho cuando te ha visto entrar. Digno de un atleta olímpico.
—Sí, ya. —Arrugo la nariz y me coloco el mechón rizado suelto detrás de la oreja.
Las puntas me llegan justo por debajo de los hombros y son más claras, porque, si me hubiera cortado por completo las mechas, el resultado habría sido un corte bob.
Y eso habría sido meterme demasiado en el papel de recepcionista—. Encima me he caído sobre su escritorio.
—Lo sé. Lo he visto todo. Y estoy segura de que todos los que aún estaban por aquí también lo han visto. Ha sido un viernes bastante aburrido.
Suelto un gruñido.
—Pues entonces entenderás por qué tengo que mudarme a Alaska y cambiarme de identidad. Hablando de identidades… ¡Luke ni siquiera se sabe mi nombre! Ha vuelto a llamarme Brianna.
—A lo mejor es tu alter ego despampanante y sexy que se muere de ganas de tirarse a su jefe.
—Creo que podemos exigirle a Brianna algo mejor que un hombre que decora su mesa con una taza de «El mejor jefe del mundo». Además, la palabra clave aquí es «jefe». Es terreno prohibido.
Al escucharlo, Krystal pone los ojos castaños en blanco.
—Es un directivo de nivel medio . Lo máximo a lo que puede aspirar es a controlar el termostato y, como es nuevo en el puesto, probablemente ni siquiera sepa aún cómo hacerlo. Dudo que dure mucho; parece que está sobrecualificado. Pero basta ya de hablar de Luke. Quiero comentarte otra cosa.
Como todos los días, nuestros coches están aparcados el uno al lado del otro. Nos detenemos junto a los maleteros y juguetea con las llaves intentando encontrar las palabras adecuadas, algo inusual en ella.
—¿Estoy metida en un lío? —bromeo.
Ella se ríe.
—No, para nada. Solo quería invitarte a la cena de Acción de Gracias que organizamos Amelia, las chicas y yo. Si no tienes planes, claro.
Se me forma un nudo en el pecho que me deja sin aire en los pulmones. Acción de Gracias, una fiesta para pasar con la familia y los seres queridos. Sabía que se acercaba la fecha, pero no me había dado cuenta de lo poco que faltaba.
—Ay, es muy amable de tu parte —me obligo a decir—. Pero yo…