Ojalá leas esto desde el infierno
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Capítulo 1
Querida Debra:
Te voy a matar.
Aprieto con fuerza la tecla de borrar antes de que algún compañero cotilla pueda leer por encima de mi hombro el borrador de un correo electrónico tan descarado.
Haber escapado por los pelos de la vida en cubículo, y de la privacidad que ello conlleva, implica que la oficina entera está al tanto de todo lo que hago de ocho a cuatro, mientras estoy pegada a la silla detrás del mostrador de recepción.
Por supuesto, ellos también deberían tener el culo pegado a la silla, pero estoy convencida de que no hay nadie a quien se les dé mejor robar horas que a los empleados de Curated Care Life Insurance.
Pruebo a escribir algo que no le dé motivos para denunciarme a Recursos Humanos.
Querida Debra:
¡Espero que estés bien! Te escribo de nuevo para saber si el informe semanal ya está listo. Sería genial poder dejarlo en el escritorio de Luke antes de las cuatro
Gracias ¡y avísame si hay algo en lo que pueda ayudarte!
Saludos,
Brie
Me planteo quitar los signos de exclamación, pero a estas alturas ya me da igual. Si Debra no quería recibir correos excesivamente entusiastas de la recepcionista, que hubiera enviado los informes antes del mediodía, que es lo que tiene que hacer.
Suspiro al darle al botón de enviar y me aparto del escritorio. En estos cinco meses desde que empecé en Curated Care, he pasado de llorar de gratitud por haber conseguido por fin un trabajo a tener que motivarme cada mañana frente al espejo del baño mientras me arreglo.
Crema hidratante y «Hoy es un nuevo día. ¡Haz que cuente!».
Lápiz de ojos y «Eres la recepcionista más sexy (o sea, la única) de toda la empresa. Sácale partido».
Máscara de pestañas y un poco de «¡Qué suerte tienes de cobrar cada dos semanas! ¡A tope!».
Con veinte minutos por delante antes de que acabe la jornada, me acerco al dispensador de agua que está al lado del despacho de Debra.
Como trabajamos en la misma planta, puedo ir a darle la lata en persona, lo cual funcionaba hasta hace poco.
Incluso me resultaba divertido. Debra transmite una imagen de abuelita encantadora, como si nada le apeteciera más que el hecho de que me siente en su despacho mientras me atiborro de galletas de jengibre del tarro que tiene en la esquina de su escritorio.
Pero empiezo a sospechar que solo es una estratagema para que la novata se sienta bienvenida.
Ahora conozco bien a la peligrosa procrastinadora que se esconde bajo esa fachada angelical.
Estoy segura de que se ha dormido sentada al escritorio, a juzgar por la forma en que tiene la barbilla metida hacia dentro. Me aclaro la garganta, y luego vuelvo a hacerlo cuando no obtengo respuesta. Ay, madre, ¿no se habrá muerto ? Sé que está a punto de jubilarse y que es mayor, pero no tanto .
—Por el amor de Dios —murmuro sacudiendo la garrafa de agua vacía. Unas pocas gotas caen lánguidamente en mi vaso de papel, pero nada más.
—Ya casi es la hora —dice Ted, de Ventas, al cruzarse conmigo en el pasillo que conecta su despacho con la escalera que lleva a la puerta trasera.
Desprende un aroma demasiado dulce para ser natural, señal inequívoca de que se ha tomado un descanso para vapear—.
Por cierto, no te olvides de enviar un fax a la central con las cifras de ventas de esta semana.
Creo que Luke te ha dejado una nota al respecto en tu mesa hace un rato.
Punto número uno, Ted: métete en tus putos asuntos. Punto número dos…
—Estoy esperando a que Debs me envíe el informe —digo entre dientes.
En la nota adhesiva que me he encontrado pegada a mi viejo teclado al volver del almuerzo se leía con letra clara:
B:
Por favor, envía por fax el informe semanal a la central y deja una copia en mi escritorio.
Gracias de antemano,
L.
Por si no fuera suficiente con que mi jefe piense que soy incapaz de hacer mi trabajo como es debido sin que me presionen, ahora tengo el dudoso placer de prepararme para la pelea semanal con nuestra máquina de fax prehistórica.
Mientras tanto, la posibilidad de enviar el informe en un PDF adjunto por correo pende sobre mi cabeza como un filete jugoso.
Ojalá Curated Care no siguiera utilizando procedimientos que se implantaron en los ochenta.
Ted toma la iniciativa de entablar conversación conmigo y apoya el codo sobre la garrafa de agua vacía.
—¿Tienes algún plan divertido para este finde?
Ted es el tipo de hombre que muestra un interés por mi vida ligeramente superior al normal entre compañeros de trabajo, pero con ese pelo canoso y esas entradas me resulta difícil saber si las preguntas que me hace cada semana se deben a su faceta de «padre protector» o a la de «madurito seductor».
Espero de todo corazón, por el bien de ambos, que sea lo primero.
—Nada del otro mundo —contesto lo mismo que le digo todos los viernes desde que me incorporé—. Comida para llevar, telebasura y tequila.
Debería devolverle la pregunta, pero nunca lo hago, porque eso rompe una de mis reglas más sagradas: «No te metas en la vida personal de los demás y ellos no se meterán en la tuya».
Sonríe con aire distraído, como si no hubiera pillado la gracia.
—Genial, qué buen plan. Echo de menos los días en los que podía beber tequila sin acabar con la cabeza metida en el váter.
—Tengo un estómago de hierro —presumo. Es mentira, ni siquiera bebo tequila y me jugaría lo que fuera a que si lo pruebo acabaría vomitando. Ya es un logro que consiga beber más de dos vasos de agua la mayoría de los días, incluso teniendo el bidón lleno.
Antes de poder profundizar más en la conversación, tiro el vaso de papel vacío a la basura y me giro para volver a mi escritorio.
Apenas he dado unos pasos cuando él carraspea.
—Ah, por cierto…, la garrafa se ha acabado. Estaría bien que la cambiases, así no tienes que encargarte de eso el lunes.
Vuelve tranquilamente a su mesa y yo me contengo para no hacerle un corte de mangas mientras se aleja. Cuando acepté este trabajo, no pensé que me convertiría en el último mono de la oficina.
Mientras saco una nueva garrafa de agua del cuarto del material, me anima un poco ver que Debra ya se ha despertado; el correo se refleja en sus gafas.
Después de mi ejercicio de fuerza semanal con el cambio de garrafas, me apresuro de vuelta a mi escritorio y veo un correo suyo en mi bandeja de entrada, por lo demás vacía.
Adjunto el informe…
Y eso es todo. Si fuera la primera vez que sucede, me preocuparían los puntos suspensivos al final del mensaje, pero tras semanas jugando con ella al gato y el ratón, me he acostumbrado a la falta de modales de Debra por correo.
Aun así, normalmente añade una despedida.
Al igual que yo, utiliza «Saludos», pero, a diferencia de mí, no revisa dos veces el mensaje por si acaso, así que más de una vez he recibido una respuesta con la firma:
Salidos,
Debra
La verdad es que no puedo culparla, porque, si yo tuviera más de setenta años y siguiera trabajando en la misma empresa en la que empecé como recepcionista con veintisiete, a mí también me importaría todo un comino.
De todos modos, no tengo la más mínima intención de seguir aquí dentro de cuarenta años.
Envío un breve «¡Gracias!», imprimo las páginas y grapo una copia para Luke justo a tiempo, cuando la manecilla pequeña del reloj que hay sobre la puerta marca las cuatro.
Ted y el resto del equipo de Ventas son los primeros en salir por la puerta, como de costumbre.
El resto se va poco a poco, charlando sobre los planes para el fin de semana y las vacaciones que se avecinan.
Las ocho de la mañana y las cuatro de la tarde son «las horas de caer en que Brie existe», en las que recibo un sinfín de holas y adiós de gente con la que apenas hablo, salvo en las reuniones generales de personal, cuando es el cumple de alguien (me obligaron a unirme al comité de cumpleaños cuando llegué) o, al parecer, cuando hay que cambiar la garrafa de agua por una nueva.
—Oye, ángel, ¿lista para irnos?
Y luego está Krystal Santiago.
—Casi —digo mientras me pongo el abrigo y Krystal se apoya en mi escritorio.
Las luces fluorescentes no la hacen parecer ni la mitad de pálida que yo, aunque no sé si eso se debe a su tez morena y luminosa, a la rutina de diez pasos para el cuidado de la piel en la que confía ciegamente como si fuera la Biblia o a la energía optimista y vibrante que irradia.
Antes de mudarme a Tarrentown, Pennsylvania, nunca había conocido a nadie que sonriera tanto como Krystal, excepto mi padre.
Quizá por eso sea la única a la que dejo acercarse.
Por muy doloroso que sea el recuerdo de mi padre, me aferro a cualquier migaja que pueda alimentarlo con tal de que no desaparezca.
Le enseño el informe y sonrío. No es una sonrisa falsa como la que le he dedicado a Ted, sino una de verdad.
—Solo tengo que dejar esto en el despacho de Luke.
Levanta las cejas, perfectamente depiladas.
—¿Qué has tenido que hacer para persuadir a Debs esta semana?
—Solo le he dado mi alma y la sangre de mi primogénito —respondo.
—Últimamente se le olvida todo —comenta Krystal—. Antes nunca te daba tantos problemas.
—Qué suerte la mía. —Rodeo la esquina de mi escritorio y llamo a la puerta cerrada del despacho de Luke.
No responde, algo que ya me esperaba, dado que veo que está vacío a través de las persianas entreabiertas.
Normalmente no entraría sin más, pero supongo que no pasa nada por dejar el informe sobre su mesa, ya que así me lo pidió en la nota.