Ojalá leas esto desde el infierno Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

No puedo evitar que mi tono rezume sarcasmo mientras irrumpimos en el siguiente vagón. Conseguimos llegar hasta la mitad del pasillo antes de que entren.

—¿Ya vuelves? —pregunta la mujer de voz melosa, con un brillo pícaro en los ojos.

—No por ti —refunfuño al pasar. Llegamos al final del vagón y salimos por la puerta—. ¿Cómo se supone que vamos a despistarlos y recuperar mi bolsa? Yo diría que los trenes son una calle de un solo sentido, ¿sabes?

—«Despistarlos» quizá no sea la palabra adecuada —dice Luke mientras cruzamos el vestíbulo y la puerta de un tercer vagón.

Al igual que los dos anteriores, está a reventar, pero pasamos a tal velocidad que ni me da tiempo a diferenciar las almas condenadas de las demás—. Tenemos que adelantarnos a ellos.

Llegamos a la puerta y conseguimos pasar.

Al cruzar el vestíbulo, el tren toma una curva y me lanza contra la pared metálica.

Antes de que pueda estamparme contra ella, Luke me agarra por la chaqueta y tira de mí hacia su pecho.

Me sujeta así durante un instante, lo justo para sentir su aliento en la nuca antes de que me suelte.

Recupero el equilibrio y me impulso hacia delante apoyando las puntas de los dedos a ambos lados hasta que consigo atravesar la siguiente puerta.

—¿Y cómo vamos a adelantarnos a ellos? —pregunto mientras otra sacudida del tren me lanza contra el asiento más cercano. Esta vez, el cojín amortigua mi caída.

Jadeando, miro a Luke, que ni siquiera se ha tambaleado a pesar de las curvas y los giros inesperados de las vías. Sus labios esbozan lo que podría ser el inicio de una sonrisa de victoria.

—Encontrando un vagón vacío.

Me ayuda a levantarme con un fuerte tirón. A diferencia del vagón del que veníamos, lo único que hay en este son filas y filas de asientos vacíos. Cuando me vuelvo a mirar a Luke, mis ojos se clavan en las imponentes figuras de los hombres que cruzan a toda velocidad el vestíbulo.

—¡Ya vienen! Ya estamos en un vagón vacío. ¿Y ahora qué?

—¿Tienes la daga que te di?

—Sí

La saco de la funda que llevo en el muslo justo cuando la puerta se abre y entran.

—Bien. Úsala si tienes que hacerlo.

Los hombres se acercan a nosotros con sonrisas amenazantes que desfiguran sus rasgos, ya de por sí cuestionables.

No es solo que tengan una cabellera espesa.

Una barba tupida cubre su rostro y el vello sobresale por encima del cuello de la camisa.

También tienen pelo en el dorso de las manos y no me extrañaría que cubriera hasta el último centímetro de su cuerpo bajo la ropa.

Si a todo eso le sumamos las orejas, el torso ancho y los rasgos de toro, presentan un aspecto bastante animal que resulta realmente monstruoso, aunque no del todo desagradable.

—Caballeros —los saluda Luke—. ¿Por qué no aceptáis un consejo y os largáis?

La chulería de sus palabras fluye de su boca con tal naturalidad que me pilla desprevenida y siento cómo un calor indeseado se apodera de mí. Quizá no sea el mejor momento para eso.

—¿Un consejo tuyo? —dice el de la derecha entre carcajadas.

Lleva unos pantalones de trabajo y una camisa de franela a cuadros rojos y negros.

Su voz suena ronca, como si saliera de lo más profundo de su alma.

Aunque puede que no la tenga—. ¿Y por qué íbamos a aceptarlo cuando podemos devorar tu carne hasta dejar los huesos limpios de grasa y músculo?

Se me revuelve el estómago de tan solo imaginarlo. Luke se mantiene firme como un muro entre los hombres y yo.

—No puedo garantizarte que vaya a saber bien. Quizá esté un poco fuerte.

—Todos los mortales sabéis bien —dice el de la izquierda, que me mira con ojos hambrientos. Lleva una chaqueta vaquera más oscura que la mía y diez veces más sucia—. Rara vez tenemos la oportunidad de disfrutar de semejante manjar.

—Eso es muy halagador —digo mientras intento imitar la firmeza con la que Luke sujeta su daga.

Sus hombros se tensan, como si le molestara que haya hablado.

Pero con toda la atención de los hombres centrada en mí, ya no tiene sentido que me esconda detrás de él—.

Debo avisarte. Si me muerdes, no puedo prometerte que no te devuelva el mordisco.

Mi advertencia los hace rugir divertidos, pero no detiene su avance. Doy un paso atrás y Luke también retrocede. Pronto nos quedaremos sin pasillo.

—Tiene gracia —dice Franela—. Es una pena que el buen humor se desperdicie de esa forma en un mortal con una vida tan corta.

—Supongo que está a punto de acortarse aún más, ¿no?

—Brie… —me susurra Luke a modo de advertencia.

—Hablo mucho cuando me pongo nerviosa —le respondo en voz baja—. ¿Cuál es el plan?

—Este es el plan.

—Pues el plan es un asco.

—Supones bien —dice Vaquero con tono burlón—. No sé por qué estáis aquí, pero vuestro error es nuestro premio. Cuando os llevemos de vuelta ante nuestro jefe, recibiremos la recompensa.

—¿Jefe? —pregunto—. ¿Ni siquiera aquí abajo podéis escapar a la jerarquía corporativa?

Ambos intercambian miradas como diciendo: «¿De qué coño está hablando esta idiota?».

Es justo el momento de despiste que Luke necesita para poder atacar.

Se lanza hacia ellos, trazando un arco con la daga en el aire.

Franela la esquiva y la bloquea con algo que me cuesta un momento identificar.

En vez de una daga, ha usado sus propias uñas, que miden varios centímetros, casi tanto como la daga, y son igual de gruesas.

Se curvan en las puntas, lo que seguramente haga imposible que pueda enviar mensajes de texto, aunque algo me dice que esa es la menor de sus preocupaciones.

Mi impresión se confirma cuando Luke se gira para esquivar un zarpazo brutal y las uñas de Vaquero desgarran el pobre cojín del asiento como si fuera de papel.

La triste realidad es que, mientras que Luke solo tiene una cuchilla, sus contrincantes y sus garras afiladas suman veinte.

Pero Luke no tiene una única arma. Esconde todo un arsenal. Y, además, me tiene a mí.

Hasta que me empuja detrás de él, por lo que no me queda más remedio que retroceder hasta la última fila.

—¡Ve al siguiente vagón! —me ordena, esquivando otro ataque.

Por suerte, el pasillo nos favorece, ya que no hay espacio suficiente para que Vaquero y Franela ataquen a la vez sin chocar entre sí. Pero tampoco deja mucho margen de maniobra, y Luke no va a poder esquivarlos siempre.

La puerta que tengo a mi espalda está cerrada con una pesada palanca en la que se puede leer No abrir en grandes letras rojas brillantes.

No es una puerta que dé a un vestíbulo y a otro vagón. Es una puerta que lleva a las vías.

—¡Malas noticias! —grito retrocediendo. En apenas un paso, me topo con Luke. Nos han acorralado—. ¡Estamos en el vagón de cola!

—Abre la puerta —me ordena Luke, lanzando un ataque más amplio.

A juzgar por el aullido que sale de la boca de Vaquero, no hace falta que mire para saber que le ha alcanzado.

Pero, al parecer, un simple rasguño no basta.

Vaquero se protege la herida y se lanza hacia delante con los ojos encendidos de furia—. ¡Ahora!

A pesar de lo que me dicta el sentido común, me dejo caer con fuerza sobre la palanca, que cede ante mi peso. La puerta se abre hacia fuera, con un fuerte chirrido de bisagras oxidadas. Salgo despedida enganchada a la puerta, que termina estrellándose contra la parte trasera del tren.

—¡Brie! —grita Luke mientras sigue peleando dentro.

—¡Estoy bien! —exclamo, pero mi voz se la lleva al instante el fuerte viento.

Hay una pequeña plataforma bajo mis pies, pero no puedo ignorar las náuseas que me provocan las vías borrosas. Vamos a una velocidad brutal.

—¡Quédate ahí! —me ordena Luke.

Mis manos se aferran a la barandilla de hierro oxidada. El miedo me oprime el pecho cuando Luke consigue agarrar a Franela por el cuello. Al mismo tiempo, le da un puñetazo a Vaquero y se gira hacia mí.

—Ahora apártate.

Los lanza a ambos por la puerta y apenas tengo tiempo para pegarme a la parte trasera del tren y esquivar el frenético vaivén de sus extremidades. Se estrellan contra la barandilla, que acaba rota bajo su peso. Vaquero se precipita al vacío.

Se me escapa un grito ahogado cuando cae a las vías; la velocidad del tren es tan letal como me imaginaba. Una lluvia de gotas negras impregna el aire, pero nos alejamos a tal velocidad que ni siquiera llega a mancharme. Es como tinta derramada sobre un cielo que se ilumina.

Franela escapa por los pelos al mismo destino que su compañero y suelta unos cuantos improperios mientras intenta recuperar el equilibrio. Antes de que pueda hacerlo, Luke tira de mí para hacerme entrar en el vagón.

—Vuelve a tu asiento, coge tu bolsa y reúnete conmigo en la parte delantera del tren.

—¿Que me reúna contigo? —pregunto, incrédula—. No pienso separarme de…

—En cuanto salga por esta puerta vas a cerrarla y te vas a ir, ¿te queda claro? Me reuniré contigo. Lo prometo.

—¿Cómo? ¡No podrás volver a entrar en el vagón!

Sus ojos rezuman determinación. Bajo la mirada a donde su puño me agarra el brazo, con la fuerza justa para asegurarse de que no me caigo del vagón de cola, pero sin llegar a dejarme moratones.

—Encontraré la forma. Ahora vete. No llegaremos muy lejos si sigue persiguiéndonos.

Como para reforzar su afirmación, Franela se abalanza sobre él con sus diez garras en ristre. Luke me suelta y gira sobre sí mismo para asestar un golpe con el hombro en el estómago de Franela, haciendo que ambos caigan hacia atrás sobre la pequeña plataforma.

—¡Hazlo, Brie!

Cierro la puerta de golpe y la bloqueo justo cuando alguien se lanza contra ella, aunque no tengo ni idea de si es Luke o Franela. Un solo paso en falso y Luke acabará igual que Vaquero, con lo que probablemente yo quedaría atrapada en el inframundo por toda la eternidad, llena de remordimientos.

Pero estoy acostumbrada a vivir con remordimientos, así que doy media vuelta y me marcho.