21. Capítulo 20
Josie
H e entrado oficialmente en un estado de latigazo emocional tan grave que probablemente debería llevar un collarín.
Esta noche, mi carrera ha implosionado, mi madre me ha tachado de puta en un aparcamiento y un hombre guapísimo con el uniforme de hockey completo ha declarado su amor al cielo nocturno.
Ahora avanzamos con paso torpe por un pasillo de servicio mientras el rugido ahogado del estadio se filtra a través del hormigón; el propio edificio todavía vibra con el subidón de la celebración.
—Que sepas que estás dejando marquitas de los patines en el suelo —digo, limpiándome el rímel de la mejilla con la mano libre—. Colin te va a pasar la factura, seguro.
—Ha merecido la pena.
—También llevas todavía los guantes puestos. Me has estado sujetando la mano con un guante de hockey todo este tiempo.
Declan se vuelve para mirarme y esa expresión suya tan gruñona regresa por un instante de breve satisfacción.
—¿Quieres que me lo quite? Porque la mano que hay aquí debajo lleva sudando tres tiempos y estoy intentando mantener vivo el romanticismo.
Lo considero. Durante un segundo, más o menos.
—Deja el guante puesto. A ser posible, para siempre.
—Eso me parecía.
Declan sigue tirando de mí y, al doblar la siguiente esquina, Rose aparece corriendo como si la persiguiera un enjambre de abejas. Tiene las mejillas sonrojadas, la trenza le azota la espalda y… ¿sostiene mi móvil por encima de la cabeza?
—¿Rose?
—¡JOSIE! ¡Dios mío! Josie. El móvil. Tienes que… Vale, respira, Rose … —Se para en seco delante de nosotros, me da el móvil y se dobla con las palmas en las rodillas—. Te lo has dejado en el palco y el maldito trasto no ha parado de vibrar . Pensaba que se iba a prender fuego.
Miro la pantalla y se me encoge el estómago.
Hay tal montaña de notificaciones que los números han dejado de contar.
Hay cientos. No. Miles . De menciones, etiquetas y mensajes directos. Incluso tengo tres llamadas perdidas de Colin y una de un número que pone ESPN, lo cual no puede ser nada bueno.
Mierda. ¿Ya está? ¿Se ha acabado mi carrera?
Después de lo de anoche y de lo que acaba de pasar en el estadio…
No recuerdo haberme ido del palco. No recuerdo haberme abierto paso entre la multitud ni cómo sus caras se difuminaron en un mar de lástima y conmoción.
Lo único que recuerdo es la pantalla gigante iluminada con ese titular y a mi madre volviéndose lentamente, como la villana de una película de terror, para mirarme.
— Puta .
Así es como la mujer que me crio decidió recibir la noticia de que su hija pequeña había encontrado el amor, el éxito y un hombre dispuesto a luchar por ella.
La perseguí por todo el edificio, hasta la oscuridad del exterior, mientras cada acusación que me escupía por encima del hombro era como otra bofetada en la cara. Que era una fresca. Una decepción. Que había deshonrado el nombre de su madre.
Pero lo peor fue cuando dijo que papá se avergonzaría de mí.
Porque en ese momento, después de ver todo por lo que había trabajado, ese estadio tan vivo, tan lleno de alegría y emoción a pesar de lo que estaba pasando en el hielo, la creí.
Durante un instante horrible, que me destrozó el alma, la creí .
Y entonces Declan Morrison apareció con paso ruidoso en ese aparcamiento, con sus ojos azules ardiendo con una furia que nunca antes le había visto.
Se puso a mi lado y encajó sus golpes, igual que solía hacer papá cuando volvíamos a casa, empapados y radiantes después de una tarde de deportes al aire libre.
Entonces Declan le cantó las cuarenta y declaró su amor por mí.
Cuando mi madre se marchó en coche, dejándome hecha un mar de rímel y humillación con el rugido del estadio a lo lejos, se volvió hacia mí y dijo tres palabras que reescribieron cada cosa mala que yo había creído sobre mí misma.
Maldito sea. Se me adelantó.
Te quiero.
Me estremezco cuando el móvil vuelve a vibrar en mi mano.
—Mierda, Rose. ¿Es muy grave?
—¿Grave? —Rose se endereza y… un momento. Está sonriendo —. Josie… No es grave. Es todo lo contrario a grave. ¡Mira!
Me agarra la muñeca y abre ella misma el primer vídeo. Sostengo el móvil con el brazo extendido como si fuera a morderme.
—Rose… ¿Qué…, qué es esto? Es de anoche. El paseo marítimo. Es lo del micro abierto. —Le devuelvo el móvil de un empujón a Rose, negando con la cabeza—. No quiero volver a verlo. Ya lo he vivido una vez.
El guante de Declan me aprieta la mano, pero Rose me obliga a mirar la pantalla.
—Lo sé —dice, ladeando la cabeza—. Pero, por favor. Escucha esto.
Sube el volumen hasta que la voz profunda de Declan sale por el altavoz, y odio cómo suena. Estoy harto de cargar con esto yo solo.
Anoche me pasé la noche entera dando vueltas por la habitación del hotel, intentando averiguar esto. Intentando encontrar una manera de darle la vuelta a lo que pasó en el muelle para convertirlo en algo bueno.
No se me ocurrió nada.
Todo fue un desastre. Pero Rose está aquí, vibrando de emoción, lo que significa que la reacción del público podría ser diferente de lo que esperaba.
—Dios mío. Cariño… —Declan me aprieta la mano de nuevo—. Lee la pantalla.
No quiero. Pero la ternura de su voz me hace mirar.
Y, de repente, no puedo respirar.
La pantalla muestra mi propia cara, congelada en mitad de un sollozo, y debajo, un tsunami de comentarios que no para de llegar.
Y los comentarios no nos están hundiendo. Nos están aupando.
Debajo, alguien ha subtitulado el clip con « La cosa más humana que le he oído decir a un deportista ». Lleva un millón cien mil visualizaciones. Desde anoche.
—Vale, el siguiente —dice Rose, deslizando el dedo antes de que yo pueda—. ¡Ah, sí! Este es mi favorito.
Es un clip montado de cualquier manera del gol de la victoria, mezclado con Declan saliendo a la carrera del hielo con todo el equipo. Hay un texto superpuesto al vídeo: SE HA IDO DE SU PROPIA CELEbrACIÓN PARA ENCONTRARLA. NO PUEDO MÁS.
—Rose, ¿hay más?
—Josie. Hay muchísimo más.
Desliza el dedo de nuevo, mostrando decenas de vídeos de la fiesta en el muelle, del partido que literalmente acaba de terminar y…
—¡ Dios mío ! ¡Mira lo que alguien acaba de subir! —Aprieta el móvil y da un saltito—. ¡Alguien estaba en el aparcamiento! ¡Ay, chicos !
Declan se acerca, y su calor me envuelve mientras nos reunimos alrededor de la pantalla. El vídeo está granulado, tiembla, pero el audio es cristalino.
— «Soy el capitán. Y estoy enamorado de ella».
—Lee los comentarios —dice Rose—. No, espera, los leo yo. Oh, vaya… Emojis llorando. Letras al azar. ¡Oh, mira este! —Empieza a reír y señala, encantada—. Alguien acaba de escribir: « Vendo mi casa y me mudo a Beachside ».
Me quedo mirando el móvil en la mano de Rose; el aluvión de comentarios entusiastas es un borrón de corazones y emojis de fuego. La mano enguantada de Declan se desliza por mi espalda, atrayéndome hacia él.
Lo miro, con el corazón martilleándome en el pecho.
—Declan…, ¿qué demonios acaba de pasar?
Se acerca más, lo suficiente como para oler el sudor que todavía se aferra a él.
—Creo —dice en voz baja— que el mundo se acaba de enamorar de nosotros.
—Totalmente. La historia del Ledger está muerta —dice Rose, dando saltitos—.
Pero muerta muerta. Susie Wrath publicó su artículo de ataque y todo internet se le echó encima.
Toda la narrativa ha cambiado. Ya nadie habla de escándalo, Josie.
Hablan de… —abre una publicación más y la sostiene delante de mi cara— esto.
LOS BEACHSIDE BEARS: EL EQUIPO QUE JUEGA POR AMOR.
Y es entonces cuando lo veo . Todo.
Toda la campaña de Salvar a los Bears se va montando en mi cabeza como si fuera una grabación del partido. Podemos hacer promociones de noches de parejas, series entre bastidores, lanzamientos de merchandising . Esta podría ser la historia que lleve a esta franquicia hasta abril, y más allá.
Le arrebato el móvil a Rose y mis pulgares vuelven a la vida. Empiezan a volar por la pantalla, con la lengua atrapada entre los dientes como si intentara escaparse. El contador de visualizaciones gira tan rápido que mi móvil debería recibir una multa por exceso de velocidad.
—Dios mío, tu cara ahora mismo —dice Rose, sin poder contener la risa.
—¿Estás…? —Declan se inclina sobre mi hombro, frunciendo el ceño—. Josie. ¿En serio estás trabajando ahora mismo?
—Declan. —No levanto la vista—. Nos acabamos de hacer virales por estar enamorados . ¿Sabes lo que eso significa para la venta de entradas?
—Sí. Lo entiendo. Pero, bueno… —Se aclara la garganta—. Estaba en mitad de algo. ¿Recuerdas?
Asiento mientras le envío el mensaje a Colin: « No hables con la prensa hasta que te ponga al día, y por el amor de Dios no digas la palabra VISIÓN ».
Luego me doy la vuelta, sostengo el móvil con el brazo extendido y tiro de la camiseta de Declan hasta que su cara sudada queda a la altura de la mía.
—Un selfi rápido. Sonríe .
—Josie…
—SONRÍE, MORRISON.
Le doy una palmada en el culo mientras salta el flash. En la pantalla, parecemos completamente desquiciados. Yo tengo el maquillaje corrido de llorar y una sonrisa de calabaza de Halloween, y Declan parece estar en plena protesta con el pelo de llevar casco.
Es la mejor foto que se le ha hecho nunca a dos seres humanos.
La publico con la leyenda: Lo siento, mamá. 🐻💙 (emoji de oso, emoji de corazón azul).
—Bueno. —Sorbo una vez, con fuerza, y me guardo el móvil en el bolso de mano—. Venga. Al vestuario. Has dicho que tenías una cosa más.
Declan se ríe entre dientes y niega con la cabeza.
—Tienes suerte de ser guapa.
Vuelve a rodear mi mano con la suya, enguantada, y se dirige hacia las puertas dobles del vestuario. Rose, captando el repentino cambio de ambiente, se coloca en silencio detrás de nosotros como una dama de honor que sabe que la boda está a punto de ponerse interesante.
Declan se detiene en la puerta, escuchando la música que atruena al otro lado. El sonido de hombres adultos gritando y la alegría pura y sin filtros de la victoria hacen temblar la puerta.
Declan respira hondo y la empuja.
El vestuario nos golpea como una ola.