21. Capítulo 20 #2
La música está a todo volumen, hay Gatorade derramado por todo el suelo y Finn está de pie en un banco, sin camiseta, dirigiendo la sala como si fuera una orquesta.
Es puro caos de hockey.
Declan me mira y sonríe mientras Sawyer empapa a Corbin con una botella de agua. El entrenador Pearson está en la esquina fingiendo desaprobación mientras reprime una sonrisa a todas luces. Alguien ha metido champán de contrabando, y toda la sala está celebrando como si acabáramos de ganar la copa.
Entonces, alguien nos ve en la puerta, cogidos de la mano.
Y una sala llena de hombres adultos pierde la cabeza por completo.
—¡OHHHHHHHH…!
—¡AHÍ ESTÁN!
—¡EL CAPI Y LA JEFA! ¡EL CAPI Y LA JEFA!
Finn ahueca las manos alrededor de la boca.
—¡LO SUPE DESDE EL VIAJE, CHICOS! ¡LOS CRISTALES DE LA FURGONETA NO SE EMPAÑAN SOLOS!
—Dios mío —susurro.
—RECURSOS HUMANOS SE VA A PONER LAS BOTAS —brama Sawyer, encantado.
—Básicamente soy yo Recursos Humanos —respondo a voz en grito, y la sala estalla en carcajadas.
Pero cuando levanto la vista para ver su sonrisa, Declan no se está riendo.
—¿Dec? ¿Estás…?
Sigo su mirada y, al otro lado del vestuario, Beck está sentado solo en su puesto. Aún va medio equipado, con los brazos cruzados, observando la celebración como si estuviera ocurriendo al otro lado de un cristal.
Ha dado la asistencia del gol de la victoria. Ha conseguido la victoria.
Y parece un hombre que no ha conseguido ninguna de las dos cosas.
Veo a Declan tensarse, y el vestuario también lo nota.
La celebración se va deshaciendo por fases.
Primero flaquean los cánticos, luego las risas.
El bajo sigue retumbando desde el altavoz, pero aun así los chicos se callan.
Como si, incluso en medio de todo este caos pegajoso, sudoroso y glorioso, supieran que su capitán ha visto a uno de los suyos sangrando.
Declan suelta un profundo suspiro y cierra los ojos un instante. Y entonces, en lugar de cruzar el vestuario para ir hacia Beck como yo esperaba, coge el móvil de su puesto.
—Eh, bajad la música —dice Mason en voz baja.
El vestuario enmudece mientras Declan deja el móvil en el banco y todos nos quedamos escuchando el tono de llamada en altavoz. Suena dos veces y, a continuación, una voz inunda el vestuario; una voz cálida, suave, pulida.
Es la voz de un hombre que ha estado ensayando para este momento toda su vida.
—¡Declan! ¡Hijo! Escucha, he estado intentando localizaros toda la semana, ha habido mucho… mucho ruido. Se están diciendo muchas cosas, y solo quiero asegurarme de que todos estemos en la misma onda antes de que tu madre…
—Para.
Todo el vestuario contiene la respiración, con la mirada puesta en cualquier sitio menos en Declan.
En un rincón, Beck levanta la cabeza.
—No te llamo para ponerme en tu onda, papá. Te llamo para decirte algo que debería haberte dicho hace mucho tiempo. Así que este es el plan. Vas a escuchar, no vas a interrumpirme y, después..., habré terminado. ¿Estamos?
El teléfono permanece en silencio, hasta que se oye: —S-sí. Supongo que sí.
Al otro lado del vestuario, Mason se acerca hasta colocarse junto a Beck y le presiona con cuidado una toalla limpia sobre el corte de la ceja.
Beck mantiene la mirada fija en el móvil de Declan.
—He cargado con esta mierda durante diecisiete años, papá.
Lo sé desde que tenía doce años y te vi con otra mujer.
—Declan se inclina hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas mientras mira al suelo, hablándole a su padre, pero abriendo su herida más profunda y oscura ante todo el vestuario—.
Se lo dije a mamá, y no quiso creerme. Pero lo sabía.
Siempre lo supo. —Niega con la cabeza mientras yo me esfuerzo por reprimir una lágrima—.
Me pasé años cargando con ello, ¿y sabes por qué, papá?
—Declan, hijo…
—Cargué con ello porque pensé que, si me aferraba bien fuerte, si aguantaba el tipo el tiempo suficiente para sacar a mis hermanos de esa casa…, ya no podría hacerles daño.
—Declan… hijo, eso no es… Hay un contexto…
—Te he dicho que escuches . —No levanta la voz.
No lo necesita—. Y no hay contexto. ¿Quieres saber lo que costó?
Zoey crio a tus hijos mientras tú «trabajabas hasta tarde».
Era una adolescente que preparaba almuerzos para el cole, no hacía amigos.
Mason aprendió a cocinar porque alguien tenía que darnos de comer, y ahora se ha pasado toda la vida asegurándose de que los demás estuvieran bien porque nadie se preocupaba de si él lo estaba. Y Beck…
Declan levanta la vista para buscar a su hermano pequeño al otro lado del vestuario. Mason le da una palmada en la espalda a Beck y asiente con solemnidad.
—Beck creía en nosotros. En la familia. En ti.
Beck traga saliva con dificultad, como si estuviera tragando cristales.
El rostro de Mason se resquebraja y, al otro lado de la sala, Sawyer Stone inclina la barbilla como si estuviera presenciando algo sagrado.
El único sonido en el vestuario es el exhale tembloroso de un hombre que por fin se deshace del peso de veinte años de infancia robada.
—Eso es lo que me rompe el corazón, papá.
Beck era el único de nosotros que todavía pensaba que era real, y era lo mejor de él, joder.
Pero ¿sabes qué? Le mentí cada día para protegerlo.
Eso es culpa mía. Lo asumo. —Su voz se vuelve más áspera—.
Pero tú construiste la mentira, papá. Yo solo cargué con ella.
Declan inspira hondo y se recuesta en su puesto. Cierra los ojos y se toma un segundo para procesarlo todo, exhalando lentamente con los labios fruncidos.
Me mira y yo inclino la cabeza con un gesto suave.
—Esta noche, papá…, no quiero una disculpa, no quiero una relación, ya no quiero nada de ti. Con esto te estoy diciendo que me largo.
La voz al otro lado de la línea responde, más débil, ya sumida en la desesperación. —No lo dices en serio. Estás sensible, ha sido un partido importante…
—Y una cosa más. —Declan mira directamente a Beck y le dice las siguientes palabras a él, a través del teléfono—.
Esa es mi decisión. Y solo mía. Si Mason quiere hablar contigo, o Zoey, o Beck…
esa es su decisión. No tuya. No mía. Ya no voy a decidir por ellos.
No voy a controlar a nadie. No son proyectos.
—Por fin sonríe a sus hermanos—. Son mi familia.
Cuelga.
El móvil yace en el banco. Años de dolor, terminados en noventa segundos.
Declan exhala, y juro que veo cómo el peso lo abandona. Toda su complexión se encoge un centímetro, como si alguien le hubiera quitado por fin los sacos de los hombros.
Me acerco y deslizo la mano por su espalda. Está temblando.
Y Beck.
Beck mira fijamente a su hermano, con los ojos sospechosamente brillantes, y puedo ver cómo lo asimila en tiempo real.
La comprensión de que la mentira nunca fue para controlarlo.
Fue un niño de doce años que decidió que su hermano pequeño merecía seguir creyendo en algo bueno, y que luego nunca supo cómo parar.
Beck se levanta y cruza el vestuario. El equipo entero se aparta como si fueran las aguas del Mar Rojo más sudoroso del mundo.
Por un segundo, los hermanos se limitan a mirarse.
—… Sigues siendo un idiota —dice Beck finalmente, con la voz ronca.
Declan asiente. —Lo sé.
—Y voy a estar cabreado por esto durante un tiempo. En plan, mucho tiempo. Habrá agresividad pasiva en la mansión. Posiblemente incluso una canción tirando beef .
—Es justo.
—Y me vas a pagar las copas hasta los playoffs . Todas. Incluso las más ridículas con sombrillitas.