19. Capítulo 18
Josie
— Vale, Josie. Respira hondo. Tú puedes con esto.
La mujer en el espejo del hotel me devuelve la mirada, con la cremallera de un vestido lencero dorado subida a medias, un ojo maquillado y el otro en proceso.
—Esta noche, Beachside —le digo al espejo, pasando las tarjetas que tengo sobre la encimera del baño—, celebramos no solo a un equipo, sino a una ciudad ... No. Uf. Demasiado de telefilme.
Paso la tarjeta al final del taco y me centro en la siguiente opción.
—Buenas noches, Beachside. Esta noche no va de hockey. Va de nosotros ... Dios, no, eso suena como si le estuviera pidiendo matrimonio a toda la sala.
Con un gruñido, me olvido de ensayar el discurso de esta noche y, en su lugar, intento terminar de arreglarme.
Bajo mi balcón, el paseo marítimo ya está resplandeciendo. Las guirnaldas de luces empiezan a parpadear, una a una; las gastronetas se colocan en sus puestos y el carrusel del final del muelle gira lentamente, en pruebas, como si estuviera calentando antes del gran baile.
Ha llegado el momento.
Han pasado tres semanas desde que Declan me besó detrás de un póster en este mismo paseo y me dijo que esperara a después del partido.
Tres semanas de jornadas de dieciocho horas, de quedarme dormida con la cara pegada al portátil, de sobrevivir a base de los lattes con miel de Goldie y de minutos robados con Declan en su Rover cuando ninguno de los dos aguantaba más.
Tres semanas viendo cómo el contador de entradas subía al mismo ritmo que los latidos de mi corazón.
Y todo se reduce a esta noche.
Cada permiso, cada contrato con los proveedores, cada llamada a los patrocinadores que he hecho durante estas tres semanas ha valido la pena.
Veintiún días persiguiendo a Colin entre sus partidos de golf, con Rose y Darcy quedándose hasta tarde para ayudarme a organizar los mapas de asientos por colores, viendo cómo mi propio nombre se convertía poco a poco en algo que la gente de este pueblo de verdad reconoce.
Porque lo he conseguido.
Todos y cada uno de los asientos para el partido de mañana contra Portland están vendidos.
Me lo han confirmado justo antes de que saliera de The Bear Cave esta tarde, cuando el sistema de venta de entradas ha mostrado las palabras que he estado persiguiendo desde que rodeé esa fecha con un bolígrafo rojo.
ENTRADAS AGOTADAS.
Lo he conseguido. Yo. La chica que se suponía que no encajaba en el mundo del deporte.
Y mañana, mi madre estará sentada en ese estadio viéndolo todo.
Mi móvil está boca arriba en la encimera y me pillo mirándolo por cuarta vez en diez minutos. No hay mensajes nuevos. Ni confirmación de vuelo. Solo mi propio reflejo en la pantalla negra.
Porque sí... viene.
Una invitación que solo fui capaz de enviarle después de tres espresso martinis en Breakers mientras Darcy coreaba «envíalo, envíalo, envíalo». Rose tuvo que sujetarme la mano para que no me temblara sobre el móvil, pero lo peor es que... ni siquiera fui capaz de llamar.
Le envié un mensaje a mi propia madre. Como una cobarde. Una cobarde achispada, valiente y aterrorizada.
Al menos respondió, aunque solo fuera con cuatro palabras: Vale. Resérvame los vuelos.
Estoy a mitad del segundo intento de pintarme la raya del ojo cuando oigo un pitido en la cerradura de mi puerta y esta se abre.
—Cariño, ya estoy en casa.
—Que sepas —digo sin darme la vuelta— que la mayoría de la gente llama a la puerta.
—La mayoría de la gente no ha pagado el suplemento por la tarjeta. —Declan ocupa el umbral del baño y casi me saco un ojo con el delineador.
Porque lleva traje. Uno diabólico, de color carbón, con el cuello de la camisa abierto y sin corbata.
Es como si quisiera que me pasara la noche pensando en desvestirlo.
Las mangas se tensan sobre unos brazos que me han arruinado para cualquier otro hombre de este planeta, gruesos y musculosos.
Lleva el pelo oscuro peinado hacia atrás, la barba recién recortada y, Dios, se me hace la boca agua.
Recuerdo perfectamente qué se siente al notar esa barba incipiente rozándome entre los muslos.
Esto es un problema. Un problema muy duro y muy alto que ahora mismo ocupa el umbral de mi baño.
—Guau —consigo articular—. Estás...
—Lo sé. —Sonríe con suficiencia y se ajusta la chaqueta del traje. Luego, sus ojos recorren lentamente mi vestido, mis caderas, hasta llegar a mis pies descalzos. La sonrisita se desvanece y da paso a algo más hambriento—. Joder , Josie.
—¿Un «joder» bueno o un «joder» malo?
—El tipo de «joder» que me hace replantearme todos nuestros planes para esta noche.
Entra en el baño y, sin dudarlo, me pone las manos en el culo, atrayéndome hacia él mientras su boca encuentra la curva de mi cuello. Se acurruca contra mi piel y todos los pensamientos profesionales que tengo en la cabeza hacen las maletas y se largan.
—Declan. —Me sale un susurro vergonzosamente entrecortado y su mano cálida me aprieta el culo—. Declan, acabo de maquillarme.
—No estoy ni cerca de tu maquillaje. —Sus dientes me rozan el hombro y nos observo en el espejo. Yo voy vestida de dorado y él está envuelto a mi alrededor como un abrigo carísimo. Dios , qué bien quedamos. Sus dedos encuentran la cremallera en mi espalda y empieza a bajarla—. Esto, sin embargo...
— Acabo de subirla.
—Y ahora la estoy bajando. Se llama preliminares.
—A eso se le llama... —su palma se desliza por el interior de la espalda abierta de mi vestido, cálida y enorme contra mi piel desnuda, y mis rodillas flaquean de verdad— ... sabotaje .
—Venga. Tenemos diez minutos —murmura contra mi oído—. Has organizado una fiesta para todo el pueblo, ¿y no puedes dedicarle diez minutos a tu capitán?
—¿Diez minutos? —Me giro entre sus brazos, apoyando las manos en su pecho—. Por favor. Ni una sola vez has sido un hombre de diez minutos, Declan Morrison. Eres un hombre de cuarenta y cinco minutos y un bis en la ducha, y lo digo con enorme gratitud.
—Sí, pero cuando estás así... —Su nuez sube y baja mientras el calor arde bajo su mirada—. Podría ser eficiente.
—No, no podrías. Y de todas formas, todavía tengo que decidir qué discurso voy a usar.
Declan gime como un animal herido y apoya la frente en mi hombro. —Vale. Pero que sepas que, cuando acabe la fiesta, esta noche te voy a dar más de un bis.
—¿No os ha puesto el entrenador toque de queda esta noche?
—Puede ser. Pero cuando te vea así en la fiesta, seguro que lo entenderá.
Siento cómo inspira hondo una vez, y otra, y luego, como el hombre reformado que finge ser, da un paso atrás, se recoloca en sus pantalones de traje sin la menor vergüenza y me gira por las caderas.
—Entonces, el discurso... —Sus dedos encuentran mi cremallera y la suben lentamente, sellándome de nuevo en el vestido como si estuviera envolviendo un regalo que planea abrir más tarde. Me da un único beso en el hombro desnudo—. ¿Has elegido el que escribí para ti?
—En absoluto —digo, girándome para mirarlo—. Tu discurso terminaba con la frase «vamos a liarla *puck*-damente».
—Es una frase genial.
—Quizá si intentara provocar un disturbio.
Declan sonríe. —¿Vale, y entonces cuál?
—Voy a optar por el más sencillo. —Vuelvo a mirarme al espejo, comprobando mi segundo ojo, que milagrosamente ha quedado igual que el primero—. Dar las gracias a los aficionados, al equipo, llorar un poco y marcharme antes de decir alguna locura con un micrófono encendido.
—¿Ninguna mención a mí?
—Recibes una mención. Una mención genérica y profesional junto con todos tus compañeros.
—Vaya, gracias. —Se acerca y el baño de repente parece más pequeño. Su mano encuentra mi cintura y su pulgar traza círculos lentos sobre la seda dorada—. Me gustaba más ser tu única noche de error temerario.
—Eso fue una noche. Esta es una noche nueva.
—Vuelvo a mirar el móvil. Sigue sin haber mensajes—.
Y mi madre podría aterrizar en cualquier momento, lo que significa que necesito que todos y cada uno de los pelos de mi cabeza cooperen, y necesito que dejes de mirarme como si fueras un aperitivo por el que estoy a punto de saltarme la cena.
—Estarás bien. Y mañana... —me hace girar de nuevo, levantándome la barbilla para que lo mire a los ojos— ...vendes todas las entradas de ese estadio. Le demuestras a tu madre exactamente quién es su hija. Y entonces, se acabaron los secretos.
—Se acabaron los secretos —repito, y las palabras me hacen sentir como si estuviera en lo alto de un trampolín muy alto.
Me besa en la frente, coge mis tarjetas del discurso de la encimera y las hojea.
—«Esta noche celebramos no solo a un equipo»... Josie, esto es malísimo. ¿Estás segura de que es este?
—Dame eso. —Le arrebato el taco de tarjetas, me miro una última vez en el espejo y me dirijo a la puerta—. Venga, fuera. Vamos a llegar tarde.
Me da una palmada en el culo al salir por la puerta, y luego bajamos en el mismo ascensor porque somos unos rebeldes. Cuando las puertas se abren en el vestíbulo, él se queda en una esquina, como un secreto maravilloso.
—Ve —dice—. Te veo en la fiesta, llegaré dos minutos tarde. Ya sabes, por las apariencias.
—Por las apariencias —convengo, sonriendo.
Las puertas empiezan a cerrarse entre nosotros y lo último que veo es a Declan Morrison con un traje color carbón, articulando «tú puedes con esto» para mí.
Cuando llego al paseo marítimo, se ha convertido en un mundo sacado de un sueño que no sabía que me estaba permitido tener.
Es una feria. Un festival de diversión inspirado en el hockey.
—Guau —digo, avanzando hacia el final del muelle, con mi vestido arrastrándose suavemente por el paseo de madera bajo las guirnaldas de luces—. Esto es increíble.
El carrusel gira en todo su esplendor al final del muelle, con sus caballos tallados y un polémico oso con casco de hockey brillando bajo las bombillas de feria.
Ya hay una cola de treinta niños gritando para subir gratis.
La banda del pequeño escenario está a mitad de una versión de surf-rock y el olor...