Oh, Puck! (The Morrison Brother’s 1) 19. Capítulo 18 #2
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19. Capítulo 18 #2

Las carnitas de Rico se están caramelizando en la plancha de su gastroneta y, enfrente, los cucuruchos de gofre se doran en el puesto de helados, desprendiendo un aroma dulce y dorado.

Hay azul y dorado por todas partes. Desde las diminutas camisetas de los niños pequeños y los infinitos globos agrupados, hasta las brillantes serpentinas y las luces que exhiben todo el trabajo que he hecho.

Incluso hay un golden retriever con un adorable pañuelo de los Bears presumiendo de su adorable pelaje por el muelle.

El pueblo entero está aquí.

Yo he hecho esto.

Avanzo entre la multitud, y justo detrás de ese pensamiento viene el que he tenido toda la semana.

A papá le habría encantado esto. Estaría ahora mismo en la gastroneta de Rico con la camisa manchada de salsa picante, contándole a desconocidos que su hija lo ha planeado todo. Sería el mayor fan de los Bears, lo sé.

—¡JOSIE! —Rico agita un taco hacia mí desde su ventana como si fuera una antorcha—. ¡La mejor noche de mi VIDA! Tu amiguito... —señala a Beck entre la multitud, que está en una mesa de pícnic con una bandeja entera de tacos— ...¡ha vuelto a perder la apuesta de la salsa!

—¡TE DIJE QUE ESTA VEZ SIN CHILE, RICO! —grita Beck, con los ojos llorosos, mientras Sawyer le da palmaditas en la espalda y le pasa un vaso de leche.

—Ha llorado —anuncia Finn, claramente encantado—. Lágrimas de verdad, chicos. Lo tengo grabado.

—O lo borras o te mato, MacAllister.

Todavía me estoy riendo cuando la voz de Colin retumba desde un corrillo de hombres con americana cerca de la carpa de los patrocinadores.

Está sentado con un grupo de hombres con relojes caros, y todos asienten mientras él gesticula hacia el muelle como Miguel Ángel describiendo el techo de la Capilla Sixtina.

—… y dije: «Señores, esta ciudad no necesita un equipo de hockey, necesita una historia de amor ». Y fue entonces cuando tuve la visión. El cielo nocturno. El tiovivo. Todo….

—Todo lo que planeó Josie —dice Darcy con sequedad, apareciendo a su lado con una copa de champán.

—… todo lo que Josie ejecutó —corrige Colin con elegancia— basándose en mi visión.

Darcy se separa del grupo de patrocinadores y choca su copa contra la mía.

—Que conste que, si vuelve a decir la palabra «visión» una vez más, lo tiro del muelle.

—Primero tendrías que pillarlo. Ese hombre es sorprendentemente rápido cuando intuye que le van a pedir cuentas.

Casi sonríe y luego inclina su copa hacia la multitud.

—Tú has hecho esto, ¿sabes? No él. Nadie más. Disfrútalo.

—No podría haberlo hecho sin la ayuda de todos.

—¡Josie! Ahí estás… Vale, no te muevas… —Un técnico de sonido con una camiseta del equipo de los Bears aparece con un pequeño transmisor negro y un micrófono de solapa—.

Tienes que dar el discurso en veinte minutos, pero Rose quiere que estés conectada a la megafonía y a la retransmisión ya, para hacer una prueba antes.

—¿La retransmisión?

—Ah, sí. —Me engancha el diminuto micrófono en el cuello, pasa el cable hacia abajo y coloca la petaca en la espalda de mi vestido—. Estamos en directo en todas las redes sociales de los Bears. Idea de Rose. El mundo entero está mirando esta noche.

Al otro lado de la fiesta, veo a Rose, encorvada sobre una mesa plegable repleta de un ordenador portátil, un equipo de cámara y suficientes cables como para atar de pies y manos a una ballena.

Lleva un vestido precioso, pero tiene los auriculares a medio poner y el pelo se le escapa de la trenza mientras se afana entre las pantallas.

Nuestras miradas se cruzan y me levanta el pulgar con tanto entusiasmo que casi tira su propia cámara.

—Muy bien. El micro está silenciado hasta que subas al escenario —dice el técnico, dando un golpecito a la pequeña unidad ahora enganchada a mi vestido—. La luz roja significa que está grabando.

—Luz roja significa que está grabando —repito—. Entendido.

Lo archivo en algún lugar de mi cerebro, detrás del discurso que he estado ensayando, los nombres de los patrocinadores y las otras setecientas cosas que tengo en la cabeza, y luego me olvido de ello por completo.

Porque ha llegado Declan.

Está al otro lado de la fiesta, cerca del juego de lanzar aros, dejando que un niño con una camiseta del equipo trepe por su brazo como si fuera un columpio. Cuando levanta la vista y me encuentra entre la multitud, la expresión de su cara hace que se me corte el aliento.

Él no puede acercarse y yo no puedo ir hacia él.

Ese es el juego al que hemos estado jugando durante semanas.

Así que nos quedamos ahí, a diez metros de distancia, manteniendo una conversación entera con la mirada que, sin duda alguna, haría que nos despidieran a los dos.

—Vale. —Apoyo la palma de la mano en mi estómago, en parte para alisar el vestido, en parte para evitar que lo que sea que revolotea ahí dentro se escape de verdad—. El discurso en quince minutos. Solo quiero que esta parte termine ya.

—Lo harás genial. —Darcy me estudia por encima del borde de su copa de champán—. Y ¿dónde está tu madre?

Joder. Ahí va mi estómago otra vez.

—Su vuelo no llega hasta más tarde. —Miro el móvil por si acaso.

A Darcy se le crispa la boca.

—O sea, que estará en el partido mañana.

—Estará en el partido mañana. —Lo digo como un juramento, como si al repetirlo suficientes veces se volviera inquebrantable—. En primera fila. Palco VIP. Sin perderse ni un segundo.

—¿Y esta noche?

—Esta noche no verá nada de esto. —Hago un gesto hacia las luces, el tiovivo, todo este brillante espectáculo que he creado—. Esta noche es solo para nosotros.

Darcy me observa un segundo de más, como si ya estuviera viendo algo que yo todavía no veo.

—Josie. —Baja la voz—. ¿De verdad estás preparada para mañana?

—¿Que si estoy preparada?

Le doy vueltas a la pregunta en mi cabeza antes de responder en voz alta.

¿Estoy preparada para plantarme delante de todos de los que me he escondido durante ocho años?

¿Estoy preparada para dejar que mi madre me vea pertenecer a un lugar al que siempre juró que nunca pertenecería?

¿Estoy preparada para dejar de hacerme pequeña para caber en una caja que nunca se construyó para alguien como yo…

alguien que lloraba por los deportes en lugar de por los vestidos de fiesta, o que sabía más de power plays que de brillo de labios?

—Sí. —Enderezo los hombros y observo a Declan moverse por el muelle—.

Creo que sí lo estoy. Llevo ocho años preparada, Darce.

Y mañana, durante ese partido… cuando esté sentada al lado de mi madre y le muestre lo que puedo hacer, podré ser esa niña en el estanque helado con su padre, ¿sabes?

Mañana por fin podré liberar a esa niña.

Darcy levanta las cejas y, por un segundo, su rostro se quiebra por la emoción.

—Joder, Josie. No digas cosas así justo antes de que tenga que ir a ser profesional en una mesa de patrocinadores.

—Lo siento.

—No lo sientas. Lo tienes todo controlado. —Me aprieta el brazo y luego desaparece entre la multitud en dirección a Colin.

La veo irse, con el pecho todavía oprimido por mi propia confesión, mientras observo a Declan abrirse paso entre la gente. Pasa a la deriva a mi lado de camino a la carpa de los patrocinadores justo cuando mi móvil vibra.

Lo saco mientras la fiesta sigue brillando a mi alrededor.

MAMÁ: He aterrizado. El vuelo ha sido largo y el aeropuerto es un caos. Estoy cansada, así que te veré mañana en tu partido. Más vale que este hotel sea tan bueno como prometiste.

Cierro los ojos y respiro hondo. La banda sigue tocando y, en algún lugar tras mis párpados, un niño en el tiovivo grita de pura alegría. Mi estómago se ha desplomado oficialmente a través de las tablas del paseo, hasta el fondo del Pacífico.

Está aquí. En Beachside.

Mi madre está respirando el mismo aire que mi vida secreta, y mañana entrará en mi pabellón.

Joder. Joder, joder, joder.

Ahora es real, de repente todo es violentamente real.

Levanto la vista y Declan me está observando desde la carpa de los patrocinadores. Me vigila de cerca esta noche, lo sé. Y sea cual sea la expresión de mi cara ahora mismo, acaba de hacer que se disculpe a mitad de una frase.