Oh, Puck! (The Morrison Brother’s 1) 18. Capítulo 17
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18. Capítulo 17

Josie

M e lo pensaré.

He repasado la respuesta de Declan tantas veces durante la última semana que, a estas alturas, la tengo prácticamente tatuada en el interior de mi cráneo. Justo al lado de Beachside contra los Portland Thunder, quedan tres semanas, y vender todas las entradas.

Al menos una de esas cosas tiene una fecha límite de verdad.

Lástima que la verdadera respuesta que quiero siga, por lo visto, macerándose en el cerebro de Declan Morrison como un filete que se niega a sacar de la parrilla.

—Sabes —digo ahora, observando a Declan pelearse con una pila de pósteres de sesenta centímetros por el paseo marítimo—, para ser un atleta profesional, te las estás viendo y deseando con las exigencias físicas del papel.

—No es el papel lo que se me resiste. —Declan me fulmina con la mirada por encima de la pila. Una gaviota baja en picado y casi le da en la nuca—. Es el viento. Y la pistola de grapas que no dejas de blandir como si fuera un arma.

—¡Será un arma si se te caen! ¡Cuidado con lo que haces!

Lo agarro por los hombros, intentando estabilizar a un hombre gigante antes de que la pila se venga abajo en el paseo marítimo. Lo cual, por supuesto, es como intentar estabilizar una roca con unos bíceps enormes.

Ay, los bíceps.

—Joder —gruñe Declan, logrando recomponerse mientras el pájaro se aleja y él recupera el equilibrio. Mira a lo largo del paseo marítimo y suspira con un bufido—. ¿Hemos casi acabado ya? Llevamos horas con esto.

Le lanzo una mirada y disparo otra grapa al poste de la farola más cercana, fijando bien la esquina del póster.

Tiene razón. Esto está llevando mucho tiempo.

Pero el paseo marítimo va cobrando vida poco a poco con los colores de los Bears y, cuando miro atrás para ver el sol subir más alto en el cielo, veo el rastro de propaganda publicitaria que hemos dejado en cada farola de Beachside.

Rose se ha superado con el diseño. Esa chica se gana el sueldo con creces con todo lo que hace solo para que su padre se fije en ella.

El logo de los Bears resplandece sobre un fondo naranja atardecer, y el lema, « LOS THUNDER TRUENAN.

LOS BEARS RUGEN », está escrito en letras lo bastante grandes como para leerse desde una tabla de surf.

Debajo, los detalles de todo por lo que me he dejado la piel la última semana.

El partido de la rivalidad. El aforo completo. Y la fiesta para la que Colin dio el visto bueno la noche anterior. Una fiesta en plena calle del paseo marítimo, con música en directo, food trucks , encuentros con los jugadores y el carrusel funcionando con viajes gratis hasta la medianoche.

Todo el tinglado. Todo el pueblo.

Si Beachside no responde a esto, me como la pistola de grapas.

—Podrías intentar parecer contento con esto, ¿sabes? —digo, dando un paso atrás para admirar mi trabajo—. Ya sabes… sonreír… irradiar energía de capitán. Inspirar a la comunidad o algo así.

—Bueno, si me disculpas, todavía estoy en mitad de la última tarea que me encomendaste —refunfuña, pasándose la pila de pósteres a un brazo—.

La de «dejar de ir a medio gas». Se suponía que eso era un crecimiento personal para toda la temporada, y ahora me tienes haciendo trabajos manuales en mi único día libre de la semana.

Vine a este pueblo específicamente para evitar ambas cosas.

—¿Y cómo te está yendo?

Me recorre con esa mirada lenta desde mi coleta hasta mis zapatillas y de vuelta hacia arriba, deteniéndose en algún punto cerca de mi culo. No es nada sutil y, desde luego, no es apropiado para un paseo marítimo público a las once de la mañana.

—Resultados dispares —dice.

—Tengo los ojos aquí arriba, capitán.

—Soy consciente.

Dios , este hombre. Me vuelvo hacia mi pistola de grapas antes de arrastrarlo detrás del puesto de churros y recordarle exactamente cómo conseguí que dejara de ir a medio gas.

Seguimos avanzando por el paseo marítimo y he de admitir que… Beachside se está luciendo hoy. El sol de la mañana es precioso y el océano brilla. Ya puedo oler las palomitas de maíz y los conos de gofre recién hechos que emanan de los puestos que justo ahora están levantando sus toldos.

Llevo una semana inmersa en el objetivo más ambicioso que me he marcado jamás.

Una semana de esto. Una semana de solicitudes de permisos, contratos con proveedores y una reunión de presupuesto en la que hice que Colin Holden firmara la financiación de la fiesta callejera antes de que pudiera escaparse al campo de golf.

Tuve que plantarme, literalmente, delante de la puerta de su despacho con la documentación como si fuera una negociadora de rehenes.

Firmó. Principalmente porque llevé las galletas de Goldie como baza.

Pero, a pesar de todo, hay una pregunta que sigue dando vueltas en mi cabeza como una gaviota sobre unas patatas fritas caídas.

¿Qué pasa con nosotros?

Declan y yo no hemos hablado de ello desde el evento benéfico. Ni una sola vez.

Él ha estado ocupado con los entrenamientos, con las obligaciones con los medios que le impuse, con los asuntos familiares que todavía no me explica del todo. Y yo he estado enterrada bajo promociones y compromisos de patrocinio.

Hemos tenido exactamente una hora robada en su Rover detrás del estadio y la pasé, en su mayor parte, con mi boca en partes de él que no eran precisamente propicias para la conversación.

Lo cual fue genial. De verdad. Me doy un diez sobre diez por mi técnica para las mamadas.

Pero también significa que sigo sin tener ni idea de en qué punto estamos.

Lo miro ahora, con los brazos tensos por el esfuerzo mientras sujeta los pósteres contra el viento que se levanta del mar. Estamos completamente solos y tenemos la concentración en el trabajo como un colchón para la incomodidad que sé que traerá esta conversación.

No hay un momento mejor para volver a sacar el tema.

Así que decido que ya he esperado bastante el momento perfecto y me lanzo.

—Bueno —digo, intentando sonar casual y fallando estrepitosamente—. ¿Has pensado más en… lo nuestro?

—No.

Grapo otro póster y espero, pero, por lo visto, eso es todo. Esa es toda la respuesta.

—Vaya —digo—. Qué respuesta tan fascinante. Una verdadera clase magistral de comunicación.

—Has hecho una pregunta de sí o no. He respondido.

Le arrebato el póster y lo estampo contra el siguiente poste.

—¿Eso es todo? ¿Sin continuación? ¿Sin dar más detalles? He obtenido respuestas más largas de Biscuit.

—¿Qué te puedo decir? —Se encoge de hombros y sonríe de medio lado contra el viento—. Biscuit se comunica mejor que yo. Creía que eso ya lo teníamos claro.

—Declan.

Exhala, largo y lento, y cuando lo miro, parte del mal humor se ha desvanecido de su cara. Lo que queda debajo es esa expresión que he aprendido a reconocer, la mirada cansada y cautelosa de un hombre que carga con más peso del que admite.

—Todavía no estoy seguro —dice en voz baja—. Esa es la respuesta sincera.

—Vale.

Se pasa una mano por el pelo, echándose hacia atrás ese mechón rebelde de la frente.

—Están pasando todas estas movidas con mi madre —dice—.

El divorcio, las llamadas perdidas, Zoey y yo intentando mantenerlo todo a flote porque, por lo visto, veinte años después sigue siendo nuestro trabajo.

Beck todavía no sabe la verdad, pero no estoy seguro de lo que Zoey le ha dicho a Mason.

Y no quiero… —Niega con la cabeza y hace una pausa, ganando tiempo para pensar—.

No quiero añadir otro titular a tu semana.

Ya te juegas bastante con esto. No creo que necesitemos precipitarnos.

Asiento lentamente, aunque algo en mi pecho se desinfla con la palabra precipitarnos .

—Tienes algo increíble entre manos, Josie. La fiesta, el partido. No quiero ser yo quien lo eche todo a perder. No cuando tú también cuentas con ello.

Y maldito sea, porque eso es realmente tierno, y yo había entrado en esta conversación preparada para la clásica evasiva, no para la ternura.

—¿Le has devuelto ya las llamadas a tu padre? —pregunto.

Me dedica una mirada inexpresiva.

—¿Has llamado tú a tu madre?

Nos miramos por encima de la pila de pósteres.

Ninguno de los dos responde, porque ninguno de los dos tiene por qué hacerlo. El silencio lo hace por nosotros.

—Se nos da de maravilla —digo finalmente, sonriendo.

—Ah, de categoría mundial.

—Deberían estudiarnos.

—Deberían ponernos en uno de tus pósteres. —Señala la farola—. « Los Beachside Bears: emocionalmente no disponibles desde el primer día ».

Se me escapa una carcajada y, así sin más, la tensión entre nosotros se rompe.

Declan me sonríe y me da un golpecito en el hombro con el suyo. Lo cual, dada la diferencia de tamaño, casi me manda a una papelera, pero de alguna manera seguimos caminando, grapando pósteres en cada superficie que los admita.

Pasamos de las farolas al escaparate de una tienda junto a un tablón de anuncios de la comunidad que también cubrimos de arriba abajo.

El dueño de la tienda de golosinas sale y nos pide dos más para ponerlos junto a la caja registradora, y mientras se los damos, un grupo de adolescentes se detiene a hacerle fotos a uno.

Oigo a uno de ellos decir « tío, viajes gratis en el carrusel » con auténtico entusiasmo.

Cuando se alejan en sus monopatines, Declan me mira y me guiña un ojo.

Está funcionando. Puedo sentirlo, la expectación creciendo por todo el pueblo como el momento antes de una tormenta.

¿Quizá Declan tiene razón? ¿Quizá es mejor esperar?

—Vale. Unos cuantos más en la entrada del muelle e invito yo a un café en Goldie's —digo, sonriendo.

—Ya era hora —gruñe Declan.

Estamos a unos quince metros de la entrada del muelle cuando un tipo con una cámara colgada del cuello se aparta de la barandilla y viene directo hacia nosotros.

—¡Eh! Perdona, ¡eh! Eres Declan Morrison, ¿verdad?

Todo el cuerpo de Declan experimenta ese sutil cambio que le he visto perfeccionar desde el entrenamiento con los medios. Años de músculos trabajados con esfuerzo que se transforman en una quietud lista para la cámara.

—Sí. Soy yo.