17. Capítulo 16 #2
Esta noche nos dirigen a través de la planta baja. Salt. La sala está llena de ladrillo blanco y luz de velas, con el telón de fondo del océano presionando, negro, contra los ventanales.
El restaurante de la planta baja ha sido despejado para el evento, las mesas de lino blanco reemplazadas por mesas altas de cóctel. En una esquina de la sala, un cuarteto de cuerda toca algo que suena vagamente a un himno de hockey ralentizado hasta ser romántico en lugar de agresivo.
Hay una barra a lo largo de una pared, con torres de ostras sobre hielo picado y pequeños cócteles de gambas servidos en vasos individuales.
Hay una lubina entera asada que está siendo fileteada por un chef con un alto gorro blanco que parece demasiado serio con su pescado para una sala llena de aficionados al hockey borrachos.
Preferiría estar literalmente en cualquier otro lugar del mundo.
El móvil me vibra en el bolsillo de la chaqueta mientras firmo mi tercer programa de la noche para una mujer que se presenta como «la mujer del teniente de alcalde adjunto» como si eso significara algo para mí.
ZOEY: Acabo de hablar con papá. ¿Te ha llamado a ti también? ¿Se lo has cogido?
Lo leo dos veces. Luego lo descarto y me hundo el móvil más profundamente en el bolsillo.
Esta noche no. No puedo con esto esta noche.
—Declan Morrison —dice Colin Holden, apareciendo de la nada con una copa de champán en la mano y sonriendo como un hombre que no acaba de ver a su equipo perder dos partidos seguidos—. Mírate. Con traje y todo. Muy de capitán.
—Gracias, Colin.
—¿Has visto la mesa de la subasta silenciosa? La mitad de las camisetas ya han alcanzado las cuatro cifras. Josie se ha superado con esto… —Se interrumpe—. Quiero decir, que yo me he superado. Ha sido idea mía .
—Claro que sí.
Se aleja antes de que pueda decirle nada más, y es entonces cuando por fin encuentro a la única persona que de verdad me alegra ver.
Josie está de pie junto a la barra con un vestido de seda azul marino que se ciñe a cada curva que he pasado las últimas tres noches devorando.
Lleva el pelo suelto, con sus ondas castaño miel brillando suavemente, y cuando se ríe de algo que le dice Rose a su lado, el sonido atraviesa el ruido de toda la sala y me hace sonreír.
Joder. Va a ser mi perdición.
Me abro paso hacia ella lentamente, esquivando a patrocinadores y hombres de traje, manteniendo la distancia suficiente para que parezca casual cuando llego a su lado en la barra.
—Whitfield —digo en voz baja.
—Morrison. —No me mira; mantiene la mirada fija en el camarero, que mezcla algo rosa y elaborado—. Estás demasiado cerca para ser un hombre que se supone que debe mantener las distancias. ¿No hablamos de esto en el avión?
—Estoy pidiendo una copa.
—Ya tienes una copa.
Miro hacia abajo. Y, en efecto, ya tengo una copa.
—Estoy pidiendo la segunda.
—Ajá. —La comisura de sus labios se contrae—. Maldita sea. Está guapísima con los labios pintados—. Por cierto, te sienta bien ese traje. Casi compensa que vuestro equipo haya perdido dos veces en un solo viaje.
—Cuidado. —Me inclino lo justo para que solo ella pueda oírme por encima del cuarteto de cuerda—. Sigue hablando así y voy a recordar lo bien que te veías anoche inclinada sobre ese escritorio.
Sus mejillas se sonrojan. Coge su copa de la barra y le da un sorbo muy largo.
—No puedes decir esas cosas —sisea, todavía sin mirarme—. Hay periodistas aquí, Declan, literalmente.
—Lo sé. —Me giro y apoyo un codo en la barra para que estemos espalda contra espalda, mirando en direcciones opuestas como dos desconocidos que comparten mostrador—. Por eso lo susurro en vez de gritarlo. No como tú cuando me corro dentro.
Su cuerpo se estremece contra el mío.
—Para ya con eso .
—Te encanta.
—Lo tolero —corrige, pero oigo la sonrisa en su voz—. ¿Qué tal el vuelo de vuelta?
—Tranquilo.
Pienso en Beck, mirando por la ventanilla durante todo el trayecto, con los auriculares puestos, sin decir ni una palabra. Darcy lo había interrogado después del partido, pero yo estaba demasiado ocupado con los medios para oír lo que pasaba.
—Beck tuvo un partido difícil.
—Me han dicho. —La voz de Josie se suaviza—. Pero esa pérdida de disco no fue solo culpa suya. Toda la línea estaba descolocada.
—Intenta decírselo a él.
—¡Capitán Morrison!
Una voz fuerte se interpone entre nosotros, y me giro para encontrarme con una mujer que lleva una americana de corte impecable, una acreditación de prensa de un verde brillante y un móvil levantado hacia mi cara, lista para grabar cualquier pequeño sonido que haga.
A su lado, aparentemente atrapada en la misma red, está Brooke Kessler, sosteniendo dos camisetas sobre un brazo.
—Ah, hola, Dec. —Brooke me lanza una mirada de disculpa—. Lo siento, venía a buscarte para la subasta. Necesito tu firma en estas dos últimas antes de que cerremos las pujas…
—No pasa nada —digo, cogiendo las camisetas, agradecido por literalmente cualquier excusa para alejarme del móvil de la periodista.
No funciona.
—Susie Wrath, del Beachside Ledger —dice la mujer, acercándome una pequeña grabadora mientras Brooke me da un bolígrafo—. ¿Tienes un minuto? Dos partidos seguidos fuera de casa muy duros. ¿Cómo está asumiendo el equipo las derrotas de cara al partido de esta noche?
¿En serio va a hacer esto aquí mismo? ¿Una entrevista en medio de un evento benéfico?
Joder. A veces la prensa de verdad me saca de quicio.
Concéntrate. Utiliza el entrenamiento de Josie. Desvía la atención. Cambia de tema. Y céntrate en el equipo.
—Somos un grupo resistente —digo, firmando la primera camiseta con un rápido trazo del rotulador—. Dos derrotas no definen una temporada. Miramos hacia delante, no hacia atrás.
—Muy diplomático. —La sonrisa de Susie se afila—. Hablando de mirar hacia delante… ¿puedo preguntar por tu relación con la señorita Kessler?
Me quedo helado a media firma y las cejas de Brooke se disparan hacia su frente.
—Mi… ¿ qué ?
—Salisteis juntos, ¿correcto? —La mujer nos mira alternativamente, consiguiendo claramente la reacción que esperaba—. Las fuentes locales dicen que fue bastante serio durante un tiempo. ¿Es eso cierto?
¿Cómo demonios sabe eso? Lo de Brooke y yo se acabó hace más de un año, y nunca fue público. No de verdad.
—Eso fue hace mucho tiempo —digo, manteniendo la voz firme y el pulso, en absoluto, nada firme—. Brooke y yo somos compañeros. Amigos. No hay nada más que decir al respecto.
—¿Así que no te preocupa la imagen que da? El capitán del equipo, con un historial romántico con una empleada, y ahora… —Los ojos de Susie se desvían, deliberadamente, hacia la barra—. Corren rumores de que otra nueva empleada es muy cercana al equipo.
Joder.
Siento que se me cae el alma a los pies.
—Creo —digo, forzando cada ápice de la calma mediática de Josie en mi voz— que lo único de lo que vale la pena hablar esta noche es del increíble trabajo que nuestro equipo de marketing ha hecho por esta franquicia, y del dinero que estamos recaudando para los niños que lo necesitan. Con permiso.