Oh, Puck! (The Morrison Brother’s 1) 17. Capítulo 16
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17. Capítulo 16

Declan

E stoy a medio poner la equipación, con las hombreras aún colgando de un brazo, preparándome para el segundo partido fuera de casa cuando el móvil vibra contra el banco por cuarta puta vez en diez minutos.

—A la mierda —siseo sin mirarlo.

No hace falta. Ya sé qué nombre aparece en esa pantalla, brillando ante mí como un mal presagio.

PAPÁ.

Llamada perdida. Llamada perdida. Llamada perdida. Llamada perdida.

Lo deslizo boca abajo sin cambiar el ritmo, como quien le da la vuelta en Las Vegas a una carta que ya sabe que trae malas noticias.

Dos puestos más allá, Mason mira su propio móvil con la misma expresión. Gracias a Dios, él también hace lo mismo y lo aparta.

Beck, sin embargo… Beck mira la pantalla como si fuera un rompecabezas que intentara resolver.

—Me ha llamado como seis veces —dice Beck, frunciendo el ceño ante la pantalla—. ¿Debería…? No sé, ¿le doy un toque rápido? ¿Para quitármelo de encima antes del saque inicial?

—No —decimos Mason y yo al mismo tiempo.

Beck parpadea, mirándonos alternativamente. —Joder. Vale. No sabía que era una situación de veto por duplicado.

—No es un buen momento —digo, tirando de la camiseta para ponérmela sobre las protecciones, ganando unos segundos extra en los que no tengo que mirar a ninguno de mis hermanos—. Tenemos un partido.

—Últimamente, contigo nunca es un buen momento —masculla Beck, pero se guarda el móvil de todos modos.

Hay algo que ninguno de los dos sabe.

Sé perfectamente por qué llama papá. No llama para ver qué tal el partido, ni para preguntar cómo va la gira, ni ninguna de las cosas normales por las que un padre llama a sus hijos.

Llama porque Zoey le ha dicho que lo sabe.

Lo de Brianna. Lo del estudio de yoga. Lo de treinta años de un matrimonio que él trató como un pasatiempo que podía coger y dejar cuando le viniera en gana.

Y ahora quiere adelantarse.

Después de todos estos años, por fin quiere llamar a sus chicos antes de que mamá se le adelante, antes de que la verdad llegue a su puerta disfrazada de un rumor que él pueda minimizar. Convertirlo en algo asumible.

Una mierda.

Llevo guardando su puto secreto desde que tenía doce años, y no pienso entregárselo en bandeja en un vestuario cuarenta minutos antes de un partido que tenemos que ganar sí o sí.

—¿Estás bien, Capi? —pregunta Beck, y por una vez no hay ninguna broma oculta en sus palabras.

—Estoy bien —miento—. Ponte los patines. Tenemos un partido que ganar.

El entrenador Pearson da una palmada en el centro de la sala antes de que ninguno de mis hermanos pueda insistir, y todo el equipo se queda en silencio.

—Muy bien —dice, con una voz como grava arrastrada sobre hormigón—. Anoche jugasteis como un equipo que ha olvidado cómo jugar al hockey. Esta noche, vamos a recordarlo.

Nadie se ríe. Nadie ni siquiera respira demasiado alto.

El de anoche fue el peor partido que hemos jugado en toda la temporada. Menuda forma de pasar página.

Hay algo sobre las últimas tres noches que no le he contado a nadie, ni siquiera a los idiotas con los que comparto vestuario.

Las he pasado todas en la cama de Josie Whitfield.

No solo durmiendo a su lado, con su espalda curvada contra mi pecho, mi brazo pesado sobre su cintura, escuchando el ritmo suave y regular de su respiración hasta que finalmente me quedo dormido.

Sino que también hemos follado en lugares en los que, si soy completamente sincero conmigo mismo, no deberíamos haberlo hecho en absoluto.

En la escalera del hotel, porque el ascensor era demasiado lento y ninguno de los dos podía esperar. La tenía de espaldas contra el frío hormigón mientras yo le tapaba la boca con la mano para que no hiciera tanto ruido y el servicio de limpieza no nos oyera dos pisos más abajo.

Luego no pudimos contenernos en la parte de atrás de la furgoneta del equipo en un área de servicio a las afueras de Sacramento. Las ventanillas se empañaron mientras los dos rezábamos a Dios para que a Tyler no se le ocurriera venir a buscar su cargador perdido justo en ese momento.

Y anoche, en el baño de su hotel con la ducha abierta todo el rato. Todavía tengo moratones en los hombros de cuando la tenía contra los azulejos, embistiéndola hasta que se puso a temblar.

No ha sido sutil. No ha sido con cuidado.

Pero han sido las tres mejores noches de mi vida, y desde entonces me he pasado cada momento andando por ahí medio empalmado y siendo completamente inútil para cualquiera que intente hablar conmigo.

Lo que podría explicar en parte por qué esta noche, de pie en el centro de la pista con el público visitante rugiendo, sediento de sangre, siento que me muevo como si tuviera los pies en cemento fresco.

— ¡Muévete, Declan! —La voz del entrenador me saca del ensimismamiento desde el borde de la pista—. ¡Haz algo , por el amor de Dios!

Sacudo la cabeza con tanta fuerza que el casco me golpea el cráneo, intentando desalojar físicamente cada uno de los pensamientos sucios y distractores que actualmente ocupan espacio en mi cerebro.

La boca de Josie. La risa de Josie. La forma en que dijo mi nombre anoche.

Concéntrate, Morrison.

No es que no quiera estar aquí. Joder, eso es lo último que me pasa. Hace dos meses no deseaba nada más que desaparecer en una temporada fácil y sin sentido.

Ahora de verdad me importa una mierda, y de alguna manera eso es peor. Porque que te importe una mierda significa que hay algo que perder.

Vamos perdiendo dos a cero en el segundo período, y ni siquiera es que el otro equipo nos esté superando. Es que no estamos jugando en absoluto. Somos un equipo disperso en seis hombres diferentes que patinan sobre el mismo hielo sin estar nunca en la misma página.

Finn comete una penalización por pura dejadez. A Sawyer se le cuela un tiro que debería haber parado fácilmente. Yo fallo una carga que habría hecho con los ojos cerrados antes de que me ficharan para Beachside.

—Maldita sea —gruño mientras el jugador contrario se aleja con el disco.

¿Cuándo se ha vuelto la vida tan jodidamente difícil?

No el hockey. El hockey es la parte fácil.

Es todo lo que hay detrás. Las llamadas incesantes de mi padre, las lágrimas de mi madre, Zoey manteniendo unida a toda la familia.

Y ni hablemos de la madre de Josie. Sé que la voz de esa mujer cruel todavía resuena tras los ojos de Josie incluso cuando me sonríe.

Sí.

Es mucho peso que cargar sobre el hielo y esperar que las piernas se muevan como deben.

A mitad del tercer período, con el partido escapándose por completo de nuestro alcance, Beck está en un contraataque, un dos contra uno. Arranco hacia delante, intentando llegar a él, y por medio segundo creo que va a hacer el pase, la jugada inteligente, la que ha hecho cien veces sin pensar.

En lugar de eso, intenta superar al defensa por su cuenta.

Es demasiado para él solo, pero eso es lo que hace Beck cuando se está ahogando y no sabe cómo pedir a nadie que le lance una cuerda.

Pierde el disco y este sale despedido, directo al stick del otro equipo. Treinta segundos después, está en nuestra red.

Tres a cero.

Suena el silbato. El pabellón ruge.

Me detengo en seco, soltando una maldición al aire frío de la pista, viendo a mi hermano pequeño patinar de vuelta al banquillo con la cabeza gacha. Allí está Darcy, tecleando furiosamente en su tableta como si estuviera tomando notas del desastre que acaba de presenciar.

No necesito ver sus estadísticas. Sé que hemos sido una mierda esta noche.

La bocina final suena cuatro minutos después. Los Bears pierden. Tres a cero.

Llegamos al vestuario, pero, gracias a Dios, el entrenador no grita. Simplemente se queda de pie en medio de la sala, con las manos en las caderas, y nos mira a todos y cada uno de nosotros como si intentara averiguar adónde hemos ido a parar.

—Levantad la cabeza —dice finalmente—. Volamos a casa esta noche. Por suerte para vosotros, en cuanto aterricemos, tenemos un acto al que asistir. Así podremos olvidar durante unas horas que este partido ha ocurrido.

—¿Un acto? —se queja Sawyer.

El entrenador le lanza una mirada fulminante desde el otro lado del vestuario. —Stone, ¿además de un problema de oído tienes el quinto agujero que te gotea?

Toda la sala se queda peligrosamente en silencio durante exactamente un segundo antes de detonar.

Beck es el primero en estallar, riéndose tan fuerte que casi se cae del banco, agarrándose el pecho como si le hubieran disparado. —El quinto agujero que te gotea. El quinto agujero que te gotea , entrenador, vamos….

—Joder —masculla Mason a mi lado, pasándose una mano por la cara, luchando contra su propia sonrisa y perdiendo.

Finn está prácticamente resoplando en su puesto. —He oído esa frase antes, muchacho, pero nunca dirigida a la portería de un hombre.

Sawyer, todo hay que decirlo, ni siquiera parpadea.

—Entrenador, con todo el respeto —dice, con la voz plana como agua en calma—, mi quinto agujero ha estado bien cerrado toda la temporada. Pregúntele a quien quiera.

—Por el amor de Dios. No me extraña que no podáis ganar un puto partido de hockey.

¡Sois un hatajo de críos! —Los ojos del entrenador se desvían, solo brevemente, hacia mí—.

Colin ha organizado esto. Una gala benéfica en el Salt & Neon.

Una subasta de camisetas para el programa juvenil.

Se espera asistencia completa. Propietarios, patrocinadores, prensa.

¿Por qué demonios me mira a mí?

—Básicamente —masculla Beck desde su sitio, sin levantar la vista—, tenemos que ir a sonreír para las fotos la misma noche en que nos han pateado el culo dos veces.

—Exactamente —dice el entrenador—. Bienvenidos al deporte profesional. Ahora, poned vuestros quintos agujeros en marcha y salid por la puta puerta.

Aterrizamos de vuelta en Beachside justo antes del atardecer, y el Salt & Neon se alza al borde del paseo marítimo.

Solo he visto la discoteca de la azotea, que es la parte «Neon» de la que he tenido que sacar a rastras a Beck demasiadas veces.