Oh, Puck! (The Morrison Brother’s 1) 12. Capítulo 11 #2
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12. Capítulo 11 #2

—Rose ha contestado sin querer. Nos estábamos haciendo selfis, su pulgar le dio al botón y entonces mi madre ha oído a la multitud. —Niego con la cabeza—. Y se ha dado cuenta de dónde estaba exactamente.

—¿Y eso es malo?

—No sabe que trabajo para los Bears, Declan. —Suelto una risa hueca—. No sabe que trabajo en el mundo del deporte . En absoluto.

Ahí está. Dicho.

La patética y humillante verdad. Una mujer adulta que no puede decirle a su propia madre a qué se dedica.

—Toda mi vida ha sido lo mismo. « ¿Por qué no puedes ser más como tus hermanas, Josie?

¿Por qué tienes que ser tan diferente? ».

—Pongo su voz. Ese tono cortante y decepcionado que se me ha quedado grabado en los huesos desde la infancia—.

Y mis hermanas lo hicieron todo bien. Casadas.

Con hijos. Casonas de lujo. Clubes de lectura y publicaciones en Facebook con el número exacto de signos de exclamación.

Doy un trago largo.

Declan se queda ahí sentado, escuchando mientras niega con la cabeza.

—Joder, Josie.

—Y ni siquiera se equivoca en que soy diferente.

—Las palabras salen ahora más deprisa, brotando de una herida que llevo años cosida—.

Lo soy. Siempre lo he sido. Era la chica que prefería memorizar las estadísticas del draft a aprender a ponerse sombra de ojos.

La que se saltaba el centro comercial para ver cintas de viejos partidos de playoffs .

Y todas las personas de mi vida me hicieron sentir que eso era un defecto .

Como si hubiera algo roto en mí que hubiera que arreglar antes de que nadie pudiera quererme.

La habitación se queda en silencio, solo se oye el suave murmullo del océano contra el cristal.

—Todos menos mi padre.

Declan se mueve a mi lado y el cuero cruje bajo su peso. —¿Qué le pasó?

—Murió. —Mi voz se vuelve extraña y plana, como siempre que tengo que decir esto—.

Fue de repente. Un infarto. Estaba… estaba arreglando la puerta del garaje.

Un martes cualquiera. Me había llamado esa mañana y hablamos como veinte minutos.

—Aprieto los labios—. Por la tarde ya no estaba.

Sin previo aviso. Sin despedida. Nada. Un día está ahí, llamándome Jojo, animándome hiciera lo que hiciera, y al día siguiente…

Las lágrimas se me escapan antes de que pueda detenerlas.

Declan deja su bebida.

No dice « lo siento ». No balbucea alguna frase hueca sobre que todo mejorará.

Simplemente, alarga un brazo enorme, me rodea y me atrae hacia su pecho.

—Mi madre lo achacó al estrés. —Me seco la cara—.

Y como yo era la más unida a él, era como si yo fuera parte de eso.

Y me he pasado ocho años intentando demostrar que su fe en mí no fue en vano.

Que merecí la pena todas esas noches en el sótano.

Y todavía ni siquiera puedo decirle que lo he conseguido.

Apoya suavemente la barbilla en la parte superior de mi cabeza mientras yo presiono mi cara mojada contra su camisa.

—Ella se lo está perdiendo —dice, su voz es un retumbo grave que siento a través de su pecho—. Lo sabes, ¿verdad? Cada puta cosa brillante que haces, Jose… se lo está perdiendo todo. Te está perdiendo a ti .

Me estremezco contra él, mientras una nueva oleada de lágrimas sube.

—Eso es lo más triste de los padres —continúa, su mano moviéndose lentamente arriba y abajo por mi espalda—.

A veces creen que te están protegiendo. Se dicen a sí mismos que están haciendo lo correcto.

Y todo lo que hacen en realidad es empeorarlo.

Construyen toda esta historia sobre lo que se supone que debes ser, y luego no pueden ver que estás de pie justo delante de ellos siendo algo mejor .

Me quedo quieta.

Porque hay algo en la forma en que lo dice, con ese matiz subyacente que suena casi a rabia . Me hace recapacitar y pensar…

No solo está hablando de mi madre.

¿Es posible que en algún lugar detrás de esos tormentosos ojos azules, él sepa exactamente lo que se siente cuando alguien te falla? ¿Alguien que se suponía que debía quererte ?

Pero antes de que pueda seguir con ese pensamiento, me acerca de nuevo a su pecho.

—Ven aquí —murmura—. ¿Sabes lo que creo?

—¿Qué?

—Que tu padre lo vio —dice en voz baja—. Vio exactamente quién ibas a ser. Y apostaría todo lo que tengo a que, dondequiera que esté, ahora mismo está perdiendo la puta cabeza. Gritando más fuerte que tus amigas. Más orgulloso que nadie en todo ese edificio.

Un sollozo se me escapa y vuelvo a hundir la cara en su camisa.

—¿Tú crees?

—Lo sé. —Me besa la parte superior de la cabeza—. Nadie construye lo que tú has construido esta noche sin un fuego en su interior. Y fuegos así no salen de la nada, cariño. Él te lo dio. Sigue ardiendo. Él sigue ahí dentro.

Me quedo en silencio, con la mejilla contra su corazón y el puño agarrado a su camisa. El océano susurra contra los cristales. La luz de la luna se derrama por el suelo.

Y lentamente, muy lentamente … dejo de temblar.

Por primera vez en ocho años, el dolor no parece algo que tenga que soportar sola.

Me aparta un mechón de pelo de la mejilla húmeda con el dorso de un dedo. —¿Estás bien?

—Sí. —Dejo escapar una risa aguada—. Sí. Gracias. Por escuchar. No… no le había dicho todo esto en voz alta a nadie. Nunca.

Su pulgar me traza la mandíbula. —Me alegro de que me lo hayas dicho a mí.

Apoyo la cabeza en su hombro, y, de repente, lo absurdo de la situación me alcanza.

—Sabes —murmuro—, hace una semana quería asesinarte de verdad. En plan, planear la coartada, esconder el cuerpo… así quería asesinarte.

—Hace una semana te llamé « esa mujer » delante de todo el cuerpo técnico. —Hace una mueca—. Me merecía el asesinato.

—La verdad es que sí.

Se encoge de hombros y esa sonrisa exasperante vuelve a aparecer en su cara.

—Y, sin embargo, míranos ahora. A punto de pasar la noche juntos. Otra vez .

Levanto la cabeza y lo miro a los ojos. —¿Qu-quieres que me quede a dormir?

Sus labios se curvan, pero ahora no hay nada de chulería en ellos. Solo calor.

—Josie —dice, con voz grave y áspera—, he querido que te quedaras desde el segundo en que entraste por esa puerta. Así que sí. Quédate.

—Vale, me quedaré. —Me inclino, mi boca a un suspiro de la suya—. Pero esta vez, usaremos tu cama. No la mía.

Por un instante, se me queda mirando, esos ojos azules oscureciéndose.

Entonces se mueve. Un segundo estoy sentada a su lado, y al siguiente sus manos están bajo mis muslos y me está subiendo a su regazo, su boca chocando contra la mía como si estuviera hambriento.

—Ya era puta hora —gruñe contra mis labios.

Se levanta del sofá y me arrastra hacia su dormitorio.