Oh, Puck! (The Morrison Brother’s 1) 13. Capítulo 12
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13. Capítulo 12

Declan

L a llevo en brazos por el pasillo con sus piernas rodeándome la cintura y su boca aún pegada a la mía, y no creo haber deseado nunca nada como la deseo a ella ahora mismo.

Porque mirad lo que pasa con lo que acabo de oír en ese sofá.

Una mujer que se supone que quiere a esta chica más que a nada en el mundo, miró a la persona más increíble que he conocido y decidió que estaba rota. Decidió que amar el hockey, amar lo que su padre amaba, amar lo que la hace ser ella , era una especie de defecto que había que corregir.

Y eso hace que me hierva la sangre de una forma que no había sentido desde que tenía doce años.

La gente es idiota con aquellos a los que se supone que debe proteger. Y que me aspen si no voy a pasarme la noche recordándole a Josie Whitfield lo intacta que está.

Abro la puerta de mi dormitorio de un empujón con el hombro y...

—Oh, no puede ser, es una puta broma.

Biscuit levanta la cabeza desde los pies de mi cama y nos parpadea con la apática arrogancia de un perro que no paga alquiler y se cree el dueño de toda la finca. Su cola da un golpe lento y esperanzado contra el edredón.

La mano de Josie, que hace un segundo se deslizaba muy deliberadamente sobre la más que evidente situación en mis pantalones, se queda completamente quieta.

—¿Es ese...?

—Duerme aquí. No sé cómo ha pasado.

—¿Que no sabes cómo ha pasado ? —reprime una risa, con la palma de la mano todavía presionando de forma enloquecedora contra mi polla palpitante—. Declan. Está en tu cama .

—¡Sí, ya lo veo! ¡Y no sé cómo evitarlo! —digo, esforzándome al máximo por mantener a Josie en brazos mientras espanto a Biscuit de mi puta cama—. Simplemente... entró una noche y no tenía energía para echarlo.

—Ajá. —Sus ojos brillan ahora—. ¿Y todas las noches desde entonces?

—No vamos a hablar de esto ahora mismo. —Bajo a Josie al suelo y doy una palmada—. ¡Biscuit. ¡ Fuera !

El perro se estira, bosteza con toda su alma y parece profundamente traicionado.

—Colega. Por favor . Te lo ruego. Aquí dentro están a punto de pasar cosas que no necesitas presenciar.

—Está traumatizado. —Josie sonríe de oreja a oreja—. Mírale la carita.

—Su carita está bien. ¡ Fuera!

Biscuit se desliza fuera de la cama con la dignidad de un rey depuesto, pasa a nuestro lado y se detiene en el umbral para lanzarme una última mirada dolida.

Le cierro la puerta en las narices y echo el cerrojo.

Y entonces, simplemente... me doy la vuelta y la miro .

Está de pie, a la luz de la luna que entra por mis ventanas, perdida dentro de mi camiseta, con el pelo revuelto de llorar, las mejillas aún sonrojadas y esos ojos verdes muy abiertos.

—Tú —digo en voz baja— eres la cosa más jodidamente sexi del mundo.

Ella se ríe, esa pequeña y sorprendida bocanada de aire.

—¿Así que ahora soy una cosa ? ¿Ni siquiera una mujer?

—Puedes ser lo que quieras ser. —Acorto la distancia, deslizo una mano en su pelo y dejo caer mi boca en ese punto bajo su oreja. Muerdo y gimo ante el sabor de su piel—. Pero esta noche eres mía .

Me estiro y le doy una palmada juguetona en el culo.

Ella gime, un sonido suave y entrecortado que va directo a mi polla, y la empujo hacia atrás hasta que sus corvas golpean el colchón y cae sobre él.

Me quedo de pie sobre ella, con cada músculo de mi cuerpo gritando, mi polla tan dura que duele contra la cremallera. Sus manos suben para arañar el dobladillo de mi camiseta, y me la quito por la cabeza y la dejo caer al suelo.

— Joder —resuella, mientras sus uñas me recorren los abdominales, dejando finas líneas blancas mientras busca la cinturilla de mi pantalón—. Necesito... déjame...

Recorre con besos mi pecho, mi estómago, bajando hacia la V que desaparece bajo la cinturilla. El calor de su lengua sobre mi piel es suficiente para hacerme gemir al aire.

Sus manos se deslizan hacia abajo, sus dedos buscando a tientas el botón de mis vaqueros.

—Necesito saborearte.

Sus ojos están oscuros de hambre, con las pupilas dilatadas mientras me mira desde el borde de la cama, y joder, la visión de su boca entreabierta, deseando, necesitando mi polla... casi acaba conmigo aquí mismo.

Y el hecho de que no me lo esté pidiendo. Me lo está diciendo .

Como si fuera lo único en lo que ha pensado desde la última vez que me tuvo en su boca. Solo ese pensamiento envía una sacudida de calor puro y posesivo directamente a mi polla ya palpitante.

Le cojo la muñeca.

—Tú primero.

—Declan...

—He dicho que tú primero. Siempre tú primero.

Caigo de rodillas al borde de la cama y engancho los dedos en la cinturilla de sus leggings. Es suave y cálida, y me tomo mi tiempo para bajárselos por las piernas con un solo tirón suave.

Se tumba para mí, exponiéndose por completo.

—Y ahí está.

Me inclino, inhalando su aroma almizclado. Su coño está rosado y reluciente y abierto en la penumbra de mi dormitorio como la respuesta a una pregunta que me he estado haciendo toda mi vida.

¿Qué he hecho para merecer esto?

—Mírate —gruño, enganchando sus muslos sobre mis hombros mientras presiono un beso en el interior de su pierna—. Ya estás así de mojada por mí. Qué jodidamente preciosa, Jose.

Se estremece cuando mi nariz le roza el clítoris.

—Declan...

—Lo digo en serio. —Otro beso. Más arriba—. Cada puto centímetro de ti.

Sus dedos encuentran mi pelo, agarrándolo con fuerza.

Me inclino y la saboreo.

— Por favor ...

—Te tengo. —Presiono un beso en la cara interna de su muslo, y luego otro, más arriba—. Voy a cuidarte muy bien, cariño. Voy a hacer que te sientas tan bien como necesitas.

Y entonces la atravieso con la lengua.

Se deshace contra mi boca, sus caderas se levantan al instante, un grito ahogado se le escapa. Gimo contra su coño, el sabor de ella inundando mi lengua, y no aflojo.

Paso la parte plana de mi lengua sobre su clítoris, una y otra vez, jodiéndola con ella, sujetándole los muslos cuando intenta retorcerse para huir de la intensidad.

—No tienes ni idea —murmuro contra ella— de cuánto tiempo he querido volver a hacer esto.

Sus caderas se muelen contra mi cara.

— Oh... Declan .

No paro.

La lamo, la chupo, rodeo su clítoris hasta que tiembla bajo mi cuerpo, sus muslos se cierran alrededor de mi cabeza, sus dedos se enroscan en mi pelo.

—Joder... estoy cerca...

—Eso es —retumbo, llevando mis dedos a frotar su clítoris—. Venga. Dámelo.

Se corre la primera vez en menos de un minuto, gritando mi nombre lo suficientemente alto como para despertar al perro.

Sigo trabajando en ella mientras lo hace y no me detengo, deslizo dos dedos dentro de ella, curvándolos justo como debe ser mientras le chupo el clítoris, y se corre de nuevo antes de haberse recuperado del primero, todo su cuerpo convulsionando, su mano enroscada en mi pelo con tanta fuerza que escuece.

— Declan... Declan, oh, Dios mío...

Finalmente levanto la cabeza, mi boca resbaladiza, mi barbilla mojada de ella, y me arrastro sobre su cuerpo tembloroso.

—Sabes jodidamente bien —murmuro contra sus labios, dejando que pruebe lo que yo pruebo—. Todas y cada una de las veces.

Está jadeando, hecha un desastre, con los ojos vidriosos, pero empuja mi pecho, me hace rodar y se sube sobre mí con una fuerza sorprendente.

— Ahora me toca a mí —respira—. Necesito saborearte.

Y, Dios , la expresión de su cara.

Esta no es la mujer nerviosa de aquella primera noche, la que se arrodilló ante mí como si no estuviera segura de tener permiso para desearlo. Esta es una mujer que sabe exactamente lo que me está haciendo ahora. Que ha pasado semanas pensando en ello, tocándose con el recuerdo.

Se desliza por mi cuerpo y me mira a través de sus pestañas.

—He estado pensando en esto —susurra.

Me baja los vaqueros y los calzoncillos por las caderas, y en cuanto mi polla salta libre, me la rodea con la mano y me mira a través de las pestañas.

Y entonces se mete en la boca.

— Joder . —Mi cabeza cae contra la almohada—. Josie... joder .

Ella gime a mi alrededor, metiéndomela hasta el fondo, su lengua trabajando la parte inferior mientras mueve la cabeza, y la visión de sus labios estirados a mi alrededor, esos preciosos ojos llorosos, casi me mata en el acto.

—Eso es —digo con los dientes apretados, reuniendo su pelo en mi puño. Levanto las caderas de la cama para follarle la boca—. Así. Dios , te encanta chuparme la polla, ¿verdad? Mírate.

Ella tararea, ahogándose con mi miembro como si lo hubiera hecho toda su vida, y tengo que apretar cada músculo de mi cuerpo para no correrme en su garganta.

Me la mete más adentro, trabajándome con su mano y su boca, y la confianza que irradia... La forma en que no se esconde, no duda, simplemente coge lo que quiere.

Es lo más excitante que he visto nunca.

—Joder, qué bien se te da.

Y entonces me mira.

Mientras mi polla está hasta el fondo de su garganta.

Agarro las sábanas.

—Ven aquí —grazno, tirando de ella hacia arriba antes de perder el control por completo—. Ven aquí . Necesito estar dentro de ti.

Nos doy la vuelta, acomodándome entre sus muslos, y ella me rodea con las piernas y tira de mí hacia abajo hasta que estamos pecho con pecho, nariz con nariz, ojo con ojo.

Y todo se ralentiza.

—Me estás cambiando la vida —le digo, y lo siento hasta los huesos—. ¿Lo sabes?

Sus ojos se vuelven suaves y brillantes.

—Tú también me la estás cambiando a mí.

Arrastro la cabeza de mi polla por su calor resbaladizo, deslizándola lentamente contra su clítoris. Ella jadea, sus caderas persiguiendo la fricción.

—Vine aquí por la vida fácil —murmuro contra su boca—. Donde nadie necesitara nada de mí. —Vuelvo a frotarme contra ella, observando cómo sus pestañas revolotean—. Me he pasado toda la vida pensando que eso era lo que quería.

—¿Y ahora? —Su voz ya está destrozada.

—Ahora estás tú. —Presiono mi frente contra la suya—. Y no quiero lo fácil. Solo te quiero a ti , Josie. Eso es todo. Esa es toda la lista.

—Declan...

Alcanzo la mesita de noche, buscando a ciegas el paquetito de aluminio que sé que está en el cajón...

Pero su mano me agarra la muñeca.

—No —dice, mirándome a los ojos—. No quiero nada entre nosotros. No esta noche.