Oh, Puck! (The Morrison Brother’s 1) 12. Capítulo 11
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12. Capítulo 11

Josie

— Entonces, ¿esto también lo han pagado los Bears?

Me deslizo en el Range Rover de Declan y al instante siento que no voy vestida para la ocasión. Los asientos son de suave cuero y todo es negro y reluciente; el salpicadero, una constelación de luces tenues.

También huele a la colonia de Declan, lo que, esta noche, me resulta sorprendentemente reconfortante.

Llámame cuando hayas madurado un poco.

—Venía con la mansión. Así que sí, técnicamente lo pagaron los Bears.

—Claro que sí —resoplo, ignorando el eco de la voz de mi madre que todavía me da vueltas en la cabeza.

Intento concentrarme en el trayecto, viendo cómo el Rover ronronea por la carretera de la costa, con las ventanillas lo bastante entreabiertas para que el aire salado se cuele y se me enrede en el pelo.

La ciudad pasa volando convertida en estelas de luces de neón, con Breakers haciéndose más pequeño a nuestras espaldas y las luces del paseo marítimo desvaneciéndose.

La mano de Declan descansa sobre la palanca de cambios, grande, áspera y cálida, lo bastante cerca como para que yo pudiera alargar la mía y entrelazar mis dedos con los suyos.

No lo hago.

Pero pienso en ello. Dios, claro que pienso en ello.

No digo gran cosa. No puedo. La voz de mi madre sigue retumbando en mi cabeza como una moneda en una jarra vacía, y cada vez que intento sacudírmela de encima, resuena con más fuerza.

Tu padre te llenó la cabeza de muchas tonterías.

Lo miro a través de la penumbra del habitáculo de su todoterreno estúpidamente caro, y juraría que ese hombre está esculpido en piedra. A él no hay nada que le perturbe. Parece que nunca duda de sí mismo.

¿Cómo lo hace? ¿Cómo puede… existir sin una sola preocupación?

¿De verdad es su vida tan perfecta?

El silencio se alarga a medida que avanzamos por la carretera cada vez más oscura. Y mi cerebro, desesperado por aferrarse a cualquier cosa que no sea el eco de esa voz cruel, se agarra al primer pensamiento que seguro que acallará a mi madre.

Su boca. La forma en que había gemido.

Su polla.

Mi cuerpo se acalora al recordar lo que sentí al metérmelo en la boca por primera vez. Ese peso denso en mi lengua, sus dedos enredándose en mi pelo, la conmoción de lo mucho que yo lo deseaba .

Nunca había hecho que un hombre perdiera el control de esa manera.

—Ya casi estamos —dice Declan, y su voz profunda sorprende a mis pensamientos.

La mansión aparece al final del camino privado como sacada de un anuncio de inmobiliaria de lujo, los grandes muros de piedra de color crema reflejando la luna a medida que nos acercamos.

Entra en el camino circular y aparca junto al Bronco con manchas de imprimación de Beck y el elegante Audi de Mason.

—Espera —digo cuando me mira—. ¿Tus hermanos…?

—Siguen en el bar. Cuando nos fuimos, Beck estaba retando a Finn a un concurso de beber, así que tardarán un rato.

—Apaga el motor—. Diego también está allí.

Me ha enviado una foto suya tomándose un chupito de tequila sobre la barra de Mack con el pie de foto: « No me esperéis levantados, mamá está de celebración ».

Se me escapa una carcajada. —¿Así que estamos…?

—Solos. —Sus ojos azules se encuentran con los míos en la oscuridad, y me da un vuelco el estómago—. Tenemos horas.

Horas. Solos. En esta casa.

Mi coño se contrae como si hubiera estado esperando toda la noche a que le dieran permiso.

Lo sigo hasta la puerta principal y él toca la cerradura inteligente. Las enormes puertas de madera se abren a un recibidor bañado por la luz de la luna. Toda la casa está en silencio, y los inacabables ventanales enmarcan el océano como el cuadro más caro que he visto en mi vida.

Entonces oigo el suave arañar de unas uñas sobre el parqué y luego…

—Oh, Dios mío. —Biscuit aparece trotando al doblar la esquina, moviendo el rabo, con cara de muy pocos amigos por haber sido despertado. Me agacho y le rasco detrás de las orejas—. Hola, pequeño.

—Ah, sí —murmura Declan, observándome—. Ahí está el hombre de la casa.

—Dijiste que no lo querías.

—Y no lo quiero.

De todos modos, le rasca detrás de las orejas al perro, y Biscuit se derrite en un charco de devoción a sus pies.

—Pues no lo parece —digo, enarcando una ceja—. Parece que te está empezando a gustar. Estás siendo amable con esta cosita mona.

Como si le dieran pie, Biscuit se deja caer dramáticamente sobre la espalda, con las cuatro patas en el aire, enseñándole la barriga a Declan con una adorable mirada de cachorrito. Su cola golpea con expectación contra el parqué.

—Como un hongo —gruñe Declan, chasqueando los dedos para que Biscuit se levante de nuevo.

—Eres un mentiroso pésimo.

—Venga, colega. —Empuja suavemente a Biscuit por el pasillo—. Vete a la cama. Los mayores están hablando.

Me guía a un salón que hace que el recibidor parezca modesto.

—¿Quieres una copa? —pregunta Declan, dirigiéndose ya hacia la cocina antes de que pueda negarme.

—Dios, sí.

—No te emociones mucho. Las opciones son limitadas.

Camina con paso pesado hacia la cocina, y yo observo su trasero perfectamente tonificado durante todo el trayecto. Qué bueno.

—Vale —dice en voz alta—. Tus opciones son las siguientes. Tenemos el preentreno de Beck, que sabe a frambuesa azul. Tenemos el zumo de apio de Mason, que no se lo daría ni a mi peor enemigo. Y tenemos aproximadamente novecientos Gatorades de un color que solo puedo describir como radiactivo .

—Vaya. Veo que vives el glamuroso estilo de vida de los atletas. —Se me escapa una risa de verdad—. Quizá un poco de agua sea suficiente.

—Chica lista. Ah, espera. —Oigo más ruidos y el tintineo de un vaso—. Dame un segundo.

Lo oigo moverse por allí y me hundo en el sofá. Es de esos sofás en los que te dejas caer y de los que no quieres volver a salir . Recojo las piernas debajo de mí, todavía con su camiseta puesta, y dejo que mi mirada se desvíe de nuevo hacia las vistas.

Unos minutos más tarde, cruza la habitación con dos vasos altos, con la condensación ya perlando por los lados.

Me tiende uno y parpadeo al mirarlo.

Es pálido y dorado, con un suave burbujeo, una rodaja de limón fresco apoyada en el borde y unos cuantos cubitos de hielo tintineando en el interior. Me llega el olor a cítricos y algo más, agridulce y fresco.

—Limón, lima y bíter —dice, dejándose caer en el sofá a mi lado, tan cerca que su muslo presiona cálidamente contra mi rodilla—. Sin alcohol. He pensado que ya habíamos bebido bastante por esta noche.

Doy un sorbo y está perfecto .

—Esto es exactamente lo que necesitaba. —Bajo el vaso, sinceramente sorprendida—. Gracias.

—Cuando quieras. —Sonríe y da un sorbo a su propia bebida—. En realidad, me enseñó Diego. Al parecer, servirle a alguien una bebida sin guarnición es, y cito textualmente, « un acto de violencia ». —Se encoge de hombros, de esos enormes hombros suyos—. De ahí la rodaja de limón.

—Diego es un regalo del cielo.

—Diego es un gay de treinta y un años que sabe dónde duermo. —Suelta una risa tan profunda que se me eriza la piel. Dios, hasta su risa es sexi—. Pero sí. Es un regalo.

Nos acomodamos en silencio por un momento, ambos mirando al mar.

Las olas rompen suavemente contra la orilla más allá de la terraza, constantes e infinitas.

Toda la casa parece suspendida en este brillo azul y dorado, como si el resto del mundo hubiera hecho las maletas y se hubiera marchado y solo quedáramos nosotros.

—Es precioso estar aquí —digo en voz baja—. De noche. Con todas las luces.

—Sí. —No mira las vistas. Me mira a mí—. Lo es.

Noto cómo me arden las mejillas. Doy otro sorbo a mi bebida para disimularlo.

—Sabes —dice, acomodándose más en el sofá, con el brazo extendido por el respaldo detrás de mí—, la última vez que estuviste aquí, acabamos ahí fuera.

Señala con la cabeza la terraza a través del cristal.

—Me acuerdo. —Un calor me florece en el bajo vientre—. Es difícil olvidar un beso como ese.

—Esta vez quería hacer algo diferente. —Sus ojos azules recorren mi cara, lentos y sin prisa—. Llevarte a un sitio más cómodo.

—Cómodo, ¿eh? —Enarco una ceja—. ¿Esa es tu táctica? ¿Sofá mullido, bebida sofisticada y vistas espectaculares?

—Está funcionando, ¿no?

Sí. Que Dios me ayude, está funcionando del todo.

Pero bajo las bromas, siento cómo no deja de mirarme. No con la intención de desnudarme, aunque hay mucho de eso cociéndose a fuego lento entre nosotros.

No.

Me está mirando como lo hacía en la playa hace una hora. Como si estuviera leyendo todo lo que no digo en voz alta.

—Y bien —dice, ahora más bajo—. ¿Vas a decirme qué ha sido eso de antes?

Y ahí está.

—¿Antes dónde?

—En la playa. Y en las gradas cuando marcamos ese primer gol. —Su voz se mantiene suave, pero no vacila—. Esta noche ha sido la más importante que ha tenido esta franquicia, y te la has pasado sola en la oscuridad con cara de que se te ha muerto alguien.

Bajo la vista hacia la rodaja de limón que flota en mi vaso.

Alguien se murió. Y mi vida no ha sido la misma desde entonces.

Siento que me observa. De esa manera paciente y firme que tiene.

Pero la cuestión es que…, si se lo cuento, me mirará como todo el mundo acaba mirándome. Con esa inclinación de cabeza condescendiente y compasiva .

Pobre Josie. Con tanto bagaje. Una pobre niña triste con problemas con su padre y llena de resentimiento.

Y entonces lo que sea que es esto, esta cosa eléctrica e imposible entre nosotros, se convertirá en compasión.

Y preferiría morir antes que ser objeto de su compasión.

—No es nada —digo.

—Josie.

—Es una estupidez .

—Bueno, por suerte para ti, vivo con Beck Morrison. Así que tengo mucha tolerancia a las estupideces. —Se gira para mirarme y su rodilla roza la mía—. Habla conmigo.

Dejo escapar un largo suspiro, resignándome a este momento que yo misma he creado.

—Mi madre me ha llamado —me oigo decir—. En el partido de esta noche. Justo en mitad del segundo periodo.

Maldita sea, Josie.

Pero una vez que empiezo, no puedo parar.