5. Capítulo 4 #2
Hay gente por todas partes. Tipos del equipo de producción con auriculares y portapapeles, manejando cables y ajustando luces. Han montado una mesa de catering en el pasillo, cargada de cafeteras y una bollería que parece sospechosamente gurmé.
¿Qué coño le ha pasado a mi tranquilo pabellón?
—¡Capitán Morrison!
Me giro y me encuentro a un chico joven con un polo de los Bears que me sonríe radiante, con un portapapeles apretado contra el pecho.
—¡Genial, ya está aquí! La Srta. Whitfield lo estaba esperando.
Examino al capullo de arriba abajo lentamente, desde sus zapatillas carísimas hasta su desesperado portapapeles.
—¿Y tú quién coño eres?
La sonrisa del chaval flaquea medio segundo exacto antes de recuperarse.
—¡Oh! Soy Tyler, del equipo de producción. Soy el asistente de la Srta. Whitfield por hoy.
Asistente por hoy. Por el amor de Dios.
¿Qué coño le está pasando a mi equipo de hockey?
—¿Y para qué necesita exactamente una asistente la Srta. Whitfield? —Me cruzo de brazos, observando cómo los ojos de Tyler se abren como platos al percatarse del alcance de mi descontento—. Que yo sepa, era perfectamente capaz de sujetar un portapapeles ella sola.
—Bueno, señor, el rodaje del entrenamiento de hoy es bastante extenso. Como puede ver. —Echa un vistazo al caos que hay dentro del pabellón—. Vamos a hacerlo con todo el reparto, un ensayo en condiciones.
—¿Un ensayo? —repito—. En mi pabellón.
Tyler asiente con entusiasmo, al parecer sin captar las señales de advertencia.
—¡Sí! Va a ser increíble. La Srta. Whitfield tiene toda una visión. Es muy simpática. ¡Me ha invitado a comer!
—Joder. —Me paso una mano por la cara. Estoy perdiendo rápidamente la poca paciencia con la que me he despertado—. ¿Dónde está?
Tyler da un pequeño respingo y luego señala hacia el pasillo que lleva a las salas corporativas.
—Está preparando el primer segmento. Por aquí, capitán.
Lo sigo por el laberinto de pasillos, pasando por el gimnasio donde oigo a Finn y a Sawyer discutir sobre algo, pasando por la sala de material donde el chico de los palos los está encintando frenéticamente, y finalmente a otra puta sala de conferencias.
Entramos, y Josie Whitfield está de pie a la cabeza de la mesa, con un mando a distancia en una mano y su ordenador portátil conectado a una pantalla enorme que muestra una presentación elegante.
Hoy lleva una chaqueta entallada. Gris oscuro. Con una blusa blanca debajo, abotonada lo justo para distraer.
Lleva el pelo suelto, cayéndole sobre los hombros, y unas gafas de montura plateada en la nariz que le dan un aspecto de bibliotecaria muy sexi.
Concéntrate, Morrison. Es la enemiga. Es la que está intentando arruinarte tu vida fácil.
Pero mi polla no hace caso.
—Ah, Declan. —Levanta la vista cuando entro, con una expresión perfectamente neutra. Hoy también va más maquillada. Le sienta bien—. Me alegro de que hayas podido venir.
—Me han dicho que habría cinta aislante de por medio si no lo hacía.
Un atisbo de diversión cruza su rostro antes de desaparecer.
—Sí, me he dado cuenta de que el entrenador Pearson tiene un toque dramático. Siéntate. Estamos a punto de empezar.
Cojo la silla más alejada de ella, justo en la esquina del fondo. Posición defensiva. No hace ningún comentario, solo se vuelve hacia su portátil mientras el resto del equipo va entrando.
Me tomo un segundo para mirar bien la sala.
Y joder.
Esto no es una formación para los medios. Es una producción a gran escala.
Ha transformado la sala de conferencias en un plató de entrevistas simuladas.
Detrás de un pequeño atril cuelga un fondo profesional con el logotipo de los Bears presidiéndolo todo.
Hay dos cámaras en sendos trípodes, con las luces rojas parpadeando.
A un lado, un teleprónter, con la pantalla iluminada con un guion.
Hay equipos de iluminación. Equipos de iluminación de verdad, joder.
Nunca he visto una formación para los medios como esta. En diez años de hockey profesional, he asistido a bastantes presentaciones de « cómo hablar con los periodistas ». Siempre son un coñazo. Siempre inútiles.
Pero esto es diferente.
Esto es una producción en toda regla.
Y odio lo impresionado que estoy.
Beck es el primero en llegar y se desliza en el asiento a mi lado. —Joder. Puede que esto esté bien de verdad.
—Cállate.
Mason le sigue, ocupando el asiento a mi otro lado. Gracias a Dios que Biscuit no está con él. —Joder. Esto va en serio. ¿Qué tal por ahí, Dec? ¿Seguimos tu ejemplo?
Ambos se ríen por lo bajo, intuyendo lo incómodo que me está resultando esto.
—Sois unos capullos.
—También te queremos, capi.
El resto del equipo va llegando poco a poco durante los siguientes minutos.
Finn y Sawyer, Max, Spencer y Travis, todos vestidos como si acabaran de venir de la playa.
Pete Langford y el entrenador Pearson también encuentran sus asientos, mientras Corbin Cole se apresura a entrar el último, con cara de nervios, y se sienta justo delante.
La sala está a rebosar.
Y entonces está Josie.
—Bueno, chicos. Gracias por venir. Sé que no es así como pasaríais normalmente la tarde, pero prometo que será indoloro.
Beck resopla. —Famosas últimas palabras.
Josie lo ignora. —Como podéis ver, hoy vamos a hacer una formación para los medios.
Cosas básicas. Cómo gestionar las entrevistas, qué decir cuando no quieres responder a una pregunta y cómo desviar la conversación hacia temas que no atraigan una atención no deseada.
—Hace clic de nuevo y empieza a reproducirse un vídeo—. Como esto .
Es una recopilación de atletas que son masacrados en entrevistas posteriores a los partidos. Tartamudeando. Poniéndose a la defensiva. Diciendo alguna estupidez que acaba en un titular.
La sala gime con un reconocimiento colectivo.
—Estos son ejemplos de lo que no hay que hacer —dice Josie, con unos labios brillantes y sugerentes mientras habla—. No seáis como ellos.
Repasa algunos otros escenarios. Cómo manejar una pregunta difícil sobre una derrota. Cómo desviar el tema cuando un periodista pregunta sobre un drama personal. Cómo mantener la imagen de marca sin sonar como un robot.
Es buena. Eso tengo que concedérselo.
Luego empieza a llamar a los chicos uno por uno para hacer una entrevista simulada con cada uno.
Spencer es el primero, y luce esa sonrisa de Calvin Klein hasta que Josie le pregunta sobre su «historial en programas de citas» y se queda en blanco mientras la sala se parte de risa.
Finn responde a todas las preguntas en jerga irlandesa que nadie entiende.
Corbin le dice «señor» tres veces a un periodista imaginario y casi se echa a llorar.
Beck convierte toda su entrevista simulada en un monólogo cómico hasta que Josie lo corta, y de alguna manera esa es la parte más graciosa de todas.
Los tiene comiendo de su mano.
Todo el equipo se está riendo. Implicado. Deseando que les llegue el turno.
Pero entonces su mirada se posa en mí.
Y su expresión cambia.
—Declan. Te toca.
Me recuesto en la silla, con los brazos cruzados. —Estoy bien así.
—Estoy segura de que sí. Pero hagamos una práctica de todos modos. Solo para estar seguros.
—No necesito practicar.
—Todo el mundo necesita practicar.
—Llevo diez años haciendo entrevistas. Creo que sé cómo manejar un micrófono.
La sala se queda en silencio, pero Josie no se inmuta.
Se limita a inclinar la cabeza, con esos impresionantes ojos verdes afilados detrás de las gafas. Mi cerebro recuerda esa mirada al instante. La forma en que se vidriaron, ebrios de placer, cuando estaba abierta para mí.
—Entonces te resultará fácil demostrar tus habilidades.
Ya. Tú sabes muy bien de lo que soy capaz, ¿verdad?
—Vale. —Me levanto, y la silla raspa el suelo—. ¿Qué quieres que haga?
Señala la parte delantera de la sala. —Ven aquí delante. Como han hecho todos los demás. —Unas cuantas risitas resuenan por la sala—. Luego te haré unas preguntas y tú las respondes como lo harías en una entrevista de verdad.
Avanzo hacia el frente y me detengo a unos metros de ella.
—¿Listo? —pregunta, sonriéndome con demasiada dulzura.
—Dispara, princesa.
Esboza una sonrisa de suficiencia ante el apodo, luego coge un micrófono de la mesa y lo sostiene como lo haría un periodista. Las cámaras empiezan a grabar, y no sé si esto se está grabando de verdad o no, pero su voz cambia como si fuera de lo más auténtico.
—Capitán Morrison, gracias por estar hoy con nosotros. Gran partido este fin de semana. ¿Cómo se siente el equipo?
Trago saliva, con las palmas de las manos repentinamente sudorosas.
—Bien. Hemos estado trabajando duro en los entrenamientos. Listos para volver al hielo.
—¿Alguna estrategia en particular que estéis pensando emplear contra los Riptide?
Me encojo de hombros. —Vamos a jugar nuestro partido. Ceñirnos al sistema y confiar en el proceso.
Clichés clásicos del hockey. Previsibles. Aburridos.
Los ojos de Josie se entrecierran ligeramente, como si supiera exactamente lo que estoy haciendo.
—¿Y qué hay de los rumores de que esta franquicia está a punto de cerrar? ¿Hay algo de cierto en ellos?
La miro fijamente. Ella me devuelve la mirada, sin pestañear.
—Esa no es una pregunta de verdad —digo lentamente.
—Podría serlo. Y como capitán del equipo, si se la van a hacer a alguien, te la harán a ti. Así que, Declan… ¿cómo la responderías?
Todos los ojos están puestos en mí. El corazón me martillea las costillas, no por la presión, sino por la mujer que la ejerce.
Odio esto.
Odio que ni siquiera haya mencionado aquella noche, que no haya reconocido el hecho de que sé exactamente cómo conectamos esa vez. Sé lo que siente. A qué sabe.
Pero no tiene por qué mencionarlo.
Toda esta puta actuación es un recordatorio.
Un recordatorio de lo que está intentando hacer aquí.
—La respondería con una pregunta —digo, bajando la voz—. Le preguntaría al periodista de dónde ha sacado su información y por qué está más interesado en difundir rumores que en cubrir el partido que estamos a punto de jugar.