5. Capítulo 4
Declan
— ¡Otra vez, Biscuit! ¡ Otra vez !
La voz de Beck resuena por toda la enorme terraza trasera de la mansión Morrison en la playa, aguda y extasiada. Estoy tumbado en una de las tumbonas junto a la piscina infinita, con las gafas de sol puestas y una cerveza en la mano, fingiendo que estoy en cualquier otro sitio que no sea este.
No está funcionando.
La mansión se extiende a mis espaldas, con sus enormes ventanales y su madera envejecida; una obra maestra de la arquitectura moderna que, de algún modo, resulta acogedora.
La piscina infinita brilla bajo el sol, fundiéndose con un horizonte invisible donde el Pacífico se encuentra con el cielo.
Las palmeras se mecen con la brisa y sus hojas dan sombra a la terraza donde he estado tirado desde que hemos vuelto del entrenamiento.
Pues sí.
Este sitio es el paraíso.
Con una pequeña y exasperante excepción.
—¡ Sí ! ¡Buen chico! ¿Quién es un buen chico?
Entorno un ojo.
El perro, el callejero , la criatura que de alguna manera se ha instalado en mi puto dormitorio durante dos días enteros, está sentado en el césped bajo la terraza, con la lengua fuera y moviendo la cola con tanta fuerza que se le menea todo el trasero.
Está mirando a Beck con esa atención devota que normalmente se reserva para la gente que sujeta un filete.
Mason está agachado a su lado, con una chuche de entrenamiento en la mano.
—Vale, Biscuit. Abajo .
El perro se desploma como un saco de patatas.
—¡ SÍ ! —Beck levanta el puño en señal de victoria—. ¡LO HA HECHO! ¡¿HAS VISTO, DEC?!
—Lo he visto —mascullo, dándole un largo trago a la cerveza—. También lo he visto cagarse en la alfombra esta mañana, así que mejor no montemos una fiesta.
Beck jadea y me lanza una mirada asesina.
—Está aprendiendo . Y a él le ha dado la misma vergüenza que a nosotros.
La cola del perro se agita con tanta fuerza que todo su trasero amenaza con separarse del lomo. Mira a Mason como si Mason fuera su mundo entero, lo cual, bueno…, le ha dado de comer esta mañana.
Pero el perro ha dormido en MI cama. Durante dos noches. Sin falta.
—Vale, vale, una vez más —dice Beck, agachándose junto a Mason. Levanta una chuche—. Biscuit. Choca esos cinco .
El perro levanta una pata. Beck se vuelve completamente loco.
—¡ SÍ ! ¡Oh, Dios mío, es el perro más listo que ha existido jamás!
Le doy otro trago a mi cerveza, observando cómo se desarrolla este circo.
—Estás poniendo el listón muy bajo, Beck.
—Cállate, si te encanta.
—No me encanta nada que suelte pelo en mi almohada.
—Solo querría que empezaras a llamarlo por su nombre. Es Biscuit. Porque robó una galleta de la encimera —dice Mason, rascándole la oreja caída al perro—. ¿Te acuerdas?
—¡Claro que me acuerdo! El chucho la robó de mi plato —rezongo.
Beck le tapa las orejas a Biscuit .
—¡No lo llames así!
—Solo digo que como me lo vuelva a encontrar en mi cama, le cambio el nombre. —Bebo un sorbo de cerveza—. Le pondré Tortita . Porque va a acabar muy plano. Y muy rápido.
Beck se queda con la boca abierta, pero ignoro lo que sea que salga de ella y vuelvo a mi bien merecida cerveza de mediodía.
Diego, nuestro encargado de la casa, sale por las puertas abiertas con una jarra nueva de té helado.
Tiene treinta y un años, está delgado y en forma de una manera que sugiere pilates y buenas decisiones, con la piel dorada y unos ojos oscuros que están evaluando permanentemente todo lo que tienen a la vista.
Lleva el pelo oscuro con un degradado preciso y, de algún modo, incluso mientras hace las tareas de la casa, va vestido como si fuera a ser el anfitrión de una cena.
—Señor Beck, si sigue dándole chuches de la mesa, aprenderá a pedir, no a tumbarse.
Beck hace un gesto displicente con la mano.
—No pasa nada, Diego. Estamos creando unos cimientos .
Diego niega con la cabeza mientras deja la jarra en la mesa de exterior. Ha estado en la mansión desde antes de que nos mudáramos, heredado junto con la propiedad como si fuera un mueble más.
—Su hermano —dice Diego, señalándome con la cabeza— ha estado muy callado esta mañana.
—Su hermano —le imita Beck— ha estado de morros . Es su marca personal.
—Estoy aquí mismo.
—Ya lo sé. —Beck sonríe, girándose por fin para mirarme—. Eso es lo que lo hace tan divertido.
Le doy otro trago a la cerveza y dejo que el silencio se alargue. El océano rompe contra la orilla bajo el acantilado, un pulso constante que suele calmarme.
Hoy, solo me recuerda todo aquello en lo que intento no pensar.
Los dos últimos días han sido casi normales.
Entrenamiento, ejercicios, sesiones de vídeo.
El entrenador Pearson nos hizo practicar formaciones defensivas hasta que me ardieron las piernas, y me entregué a cada repetición como si pudiera expulsar el recuerdo de aquella sala de conferencias con el sudor.
La interrupción , como he empezado a llamarla en mi cabeza, no ha asomado su bonita cara por el vestuario.
Bien.
Eso es exactamente lo que quería.
Mason se levanta, sacudiéndose la arena de las rodillas. Biscuit trota inmediatamente hacia él, todavía moviendo la cola, y se sienta a sus pies como un soldado leal esperando órdenes.
—Vale, eso sí que es impresionante —admito.
Mason se encoge de hombros, pero hay un toque de orgullo en su voz.
—Es listo. Pilla las órdenes rápido.
—Lástima que su dueña sea una gilipollas.
— Presunta dueña —corrige Beck, dejándose caer en la tumbona junto a la mía—. Todavía estamos esperando a que el veterinario lo confirme. Pero, entre nosotros… —baja la voz en tono conspirador—, ya le he elegido el disfraz de Halloween.
—Claro que sí.
—Una camiseta de hockey diminuta. Con una «C».
Gimo y me aprieto la botella de cerveza contra la frente.
—Te odio.
El sol de la tarde me calienta la piel y, por un momento, me permito relajarme.
Esto es lo que quería. Esto es lo que necesito . El ritmo tranquilo de las bromas de mis hermanos, el aire salado, la certeza de que lo único que tengo en mi agenda para el resto del día es una buena cena en Breakers antes de irme a la cama esta noche.
Pero entonces Diego se aclara la garganta.
—Señor Declan. Tiene un mensaje.
Abro un ojo y veo a Diego toqueteando la enorme pantalla del planificador semanal que venía con la mansión. Es un aparato elegante y ultramoderno, parecido a una tableta, que domina la pared junto a la puerta que da a la terraza.
El maldito cacharro está sincronizado con nuestros móviles, el sistema de seguridad y probablemente el tensiómetro del entrenador Pearson.
Estoy medio convencido de que tiene una línea directa con su decepción, como si en algún lugar de los ajustes hubiera un botón que simplemente dijera «Convocar a Morrison».
—Ignóralo —gruño, volviendo a ponerme las gafas de sol sobre los ojos.
—Es del pabellón. Algo sobre una formación mediática obligatoria esta tarde.
—No voy a ir.
—El entrenador ha sido muy específico. Ha dicho, y cito el mensaje textualmente: « Dile a Declan que si intenta saltárselo, lo ataré personalmente a una silla con cinta aislante y lo retransmitiré en directo ».
Beck estalla en una carcajada.
—Hala, a veces Pearson me cae bien. Es gracioso cuando está molesto.
Joder.
Sé que no me voy a librar de esta. El entrenador me ha estado dando la tabarra desde la reunión, y si me salto lo primero que Josie ha organizado desde que llegó, convertirá mi vida en un infierno.
Josie.
Solo pensar su nombre me provoca una compleja sacudida en el pecho. No la he visto desde el incidente del perro en el paseo marítimo. No he hablado con ella. No he hecho nada más que reproducir ese momento en la sala de conferencias en un bucle infinito en mi cabeza.
La forma en que me miró. La forma en la que no me miró.
Como si yo no fuera nada.
Como si esa noche nunca hubiera ocurrido.
En el fondo, sé que esa es la parte que de verdad me está carcomiendo, ¿no?
No la incomodidad. No el hecho de que probablemente siga siendo la persona más sexi que he conocido en mi vida.
Es el hecho de que lleva aquí casi una semana y todavía no ha dicho ni una puta palabra sobre lo que pasó entre nosotros.
Ni siquiera una mirada. Ni un solo destello de reconocimiento que admita que estuve dentro de ella, que la hice correrse tan fuerte que gritó pidiendo clemencia contra la almohada del hotel.
Me muevo en la tumbona; los vaqueros se me han vuelto incómodos de repente.
—Ah, sí, he oído hablar de esa cosa de los medios —dice Beck, estirando los brazos por encima de la cabeza—.
Al parecer, ha estado corriendo por el edificio toda la mañana, preparándolo todo para una gran formación.
Travis Campbell y Finn me han dicho que tiene preparada una presentación entera.
Diapositivas. Juegos de rol. El lote completo.
—¿Juegos de rol? —Mason levanta una ceja—. ¿En plan improvisación?
—En plan «finge que te entrevista un periodista hostil y no digas nada que nos pueda costar una demanda». —Beck sonríe—. Se me va a dar de maravilla . Naturalmente.
Me acabo el resto de la cerveza y me levanto; la tumbona cruje en señal de protesta.
—Vale. Iré. Pero no voy a participar.
—Claro que no —dice Beck con voz cantarina—. Solo te vas a sentar ahí y a gruñir. Muy productivo.
—Soy el capitán. Y vosotros, capullos, deberíais seguir mi ejemplo.
—Pues marca el camino, capi. Enséñanos cómo se hace.
Cojo mis llaves de la mesa de exterior, ignorando la forma en que Biscuit me mira con esos grandes ojos marrones.
—Ni se te ocurra dormir en mi cama —le digo al perro mientras vuelvo a entrar a grandes zancadas.
—¡Ni lo soñaría! —me grita Beck—. ¡Pero oye, espera! Nosotros también vamos. No podemos dejar que nuestro capitán se enfrente solo a los lobos de la prensa, ¿no?
Me quedo helado a medio paso y me giro para ver a Beck y a Mason poniéndose en pie, con Biscuit trotando tras ellos.
La sonrisa de Beck es audible incluso sin mirarlo.
—Además, no querríamos que te divirtieras tú solo con Josie.
Jodida mierda.
El Bear Cave es un hervidero de actividad cuando entro por la puerta de los jugadores.
Y cuando digo hervidero , lo digo en serio.