Oh, Puck! (The Morrison Brother’s 1) 4. Capítulo 3
16%

4. Capítulo 3

Josie

V ine a Beachside para demostrar que pertenecía a un lugar donde se celebrara lo que yo sabía, no donde se tolerara.

Y ahora, el primer hombre con el que me he permitido ser impulsiva acaba de reducirme a una especie delante de su jefe, de su entrenador y de sus hermanos.

Creía que había dejado atrás toda esa mierda.

Tengo la sonrisa congelada en la cara. La mano, que había extendido hacia Corbin Cole, la siento fría y estúpida por haber estado tanto tiempo suspendida en el aire.

La bajo lentamente hasta ponerla a mi costado y cierro los dedos en un puño tan apretado que las uñas se me clavan en la palma.

Enséñale a esta… mujer.

Mujer.

Y no es solo que haya sido grosero. Ni siquiera es que sea el mismo hombre que tuve en mi cama hace tres noches.

Es él hurgando directamente en una herida más profunda. Una más antigua que creía bien escondida, pero que Declan Morrison acaba de dejar al descubierto a los cinco minutos de saber quién soy.

De alguna manera, ese hombre exasperante ha sido capaz de ver todas las cenas familiares en las que mi madre suspiraba y decía: «Josie, ¿de verdad tienes que hablar de deportes en la mesa?

» . O todas las veces que mis hermanas, delicadas, femeninas y sencillas , eran puestas como el ideal mientras que a mí me trataban como un problema que había que resolver. Una fase que tenía que superar.

Incluso mis amigas del instituto decían que era demasiado.

Era demasiado deportista. Demasiado de chico.

—Hum. ¿Señorita Whitfield?

La voz de Corbin Cole es un chillido nervioso a mi lado. Inspiro hondo, obligo a mis hombros a relajarse y me vuelvo hacia él con una sonrisa que parece tallada en hielo.

—Lo siento, Corbin. Empecemos la visita.

Él me guía con un brío especial en su andar y, muy pronto, descubro que Corbin Cole es un cachorro humano atrapado en el cuerpo de un jugador de hockey de veinte años. Camina a mi lado con una energía nerviosa que me da ganas de darle una palmadita en la cabeza y un premio.

—Bueno, pues esta es la zona principal —dice, gesticulando de forma descontrolada con la mano que no está agarrando su batido de proteínas—. Todos los puestos de comida están aquí. Los nachos de Claw & Order son brutales. ¿Y los pretzels? Ay, madre. Son como… del tamaño de tu cara.

—Fascinante —murmuro, con la mirada recorriendo el espacio vacío y reluciente. Mi mente sigue en aquella sala de conferencias, viendo la espalda de Declan desaparecer por la puerta.

Qué imbécil. Un completo imbécil.

—Y por aquí —continúa Corbin, pasando una tarjeta por una pesada puerta— es donde ocurre la magia. ¡El vestuario!

Abre la puerta con gran ceremonia.

El olor a limpiador antiséptico, sudor y cuero me golpea la nariz. Es una sala cavernosa revestida de compartimentos de madera oscura, cada uno con una placa con un nombre encima. En algunos, el equipamiento cuelga ordenadamente, mientras que en otros se desborda.

El suelo es de goma y está salpicado de desagües, pero, en general, es bastante agradable.

Mi mirada se posa de inmediato en el tercer compartimento desde el final. MORRISON, D. está grabado en una placa de latón pulido.

La cara se me enciende. Casi puedo verlo ahí, quitándose el equipamiento, con ese ceño fruncido y concentrado. El mismo ceño fruncido que tenía cuando estaba hundido dentro de mí, embistiendo con una intensidad que he estado ansiando desde entonces.

Para ya. Acaba de insultarte. A ti no te interesa ese ser humano repugnante.

—Ah, sí. Esa es la taquilla del capitán Morrison —dice Corbin, bajando la voz a un susurro—. Es, en plan, alucinante. Es superorganizado. Todo tiene su sitio. La verdad es que da un poco de miedo.

—Me lo imagino —digo con voz firme. Puedo imaginarme muchas cosas sobre Declan Morrison.

—Y la de Beck está ahí. —Corbin señala una taquilla que parece que un tornado ha arrasado una tienda de deportes. Hay camisetas, esparadrapo y lo que parece el envoltorio de un burrito a medio comer esparcidos por todas partes. La placa con el nombre está incluso torcida—. Es… menos organizado.

—Qué sorpresa.

Corbin me saca del vestuario y me guía por otro pasillo.

—¡Ahora toca el gimnasio! Hay dos en el edificio, pero este es el principal y donde la mayoría de los chicos pasan el rato.

Abre otro juego de puertas dobles.

El gimnasio es enorme, está lleno del metálico sonido de las pesas y de gruñidos de esfuerzo. Tres jugadores están en diversos estados de desnudez, empapados en sudor.

Uno de ellos, un defensa enorme con un tatuaje en el cuello, levanta la vista del press de banca cuando entramos. Sus ojos me recorren de la cabeza a los pies y una lenta sonrisa se extiende por su cara.

—Vaya, hola —dice, dejando la barra sobre el soporte—. Una cara nueva. Una cara bonita .

Corbin se adelanta inmediatamente y se pone un poco delante de mí.

—Respeta, Finn. Es nuestra nueva jefa. La señorita Whitfield. Directora de Marketing y Relaciones Públicas.

La sonrisa de Finn no se desvanece. En todo caso, se ensancha.

—Mejor me lo pones. —Me echa otro vistazo—. Bienvenida a la jungla, jefa.

Siento un escalofrío, pero mantengo una expresión neutra.

—Gracias. Seguid con lo vuestro.

Mientras Corbin empieza a explicar las máquinas de cardio, Finn se vuelve hacia el otro jugador, un tipo larguirucho que está en la máquina de jalón al pecho.

—Oye, Sawyer. ¿Crees que la nueva jefa hace inspecciones sorpresa?

Sawyer resopla mientras lo pillo mirándome el culo.

—Yo dejaría que me corrigiera la postura cuando quisiera.

Una risita se extiende por la sala.

Las orejas de Corbin se ponen de color rojo intenso. Los mira con furia.

—Tíos. Venga ya.

Ellos se echan a reír. Uno coge una toalla sudada del gimnasio, la hace una bola y, cuando Corbin se vuelve hacia mí, zas , le da de lleno en la nuca.

Corbin se da la vuelta, con aspecto genuinamente cabreado.

—¡Tío! ¡No tiene ni puta gracia!

Los jugadores estallan en una carcajada más fuerte. Me apunto el momento mentalmente: Corbin es protector. Y la cultura del equipo es… del estilo de una fraternidad universitaria.

Escapamos del gimnasio y Corbin, todavía echando humo, me lleva a The Vault. Estoy ocupada diciéndole que ya he visto esta sala y que probablemente podría dar por terminada la visita, pero al doblar la esquina, veo que las puertas de cristal esmerilado ahora están abiertas.

El interior es todavía más un paraíso del merchandising de lo que había atisbado antes, así que lo sigo.

Una chica de mi edad, con una coleta rubia despeinada y un aro en la nariz, está detrás del mostrador, colocando meticulosamente una pila de gorras. Es muy guapa y levanta la vista cuando entramos, sus ojos azules me escrutan.

—¿La chica nueva? —pregunta con voz seca.

—Esa soy yo. Josie Whitfield.

—Brooke Kessler. Yo dirijo este circo. —Hace un gesto con la mano hacia la tienda de merchandising—. Así que eres la que han traído para manejar a los chicos.

—Eso parece.

La sonrisa de Brooke se ensancha.

—Buena suerte. La vas a necesitar. —Su mirada pasa de mí a Corbin, que de repente está muy interesado en un expositor de llaveros—. Oye, novato. ¿Vas a comprar otro llavero que no necesitas? Será el decimoctavo de esta semana.

Me guiña un ojo y veo cómo Corbin se pone como un tomate.

—Yo… no. Solo estoy… enseñándole todo a la señorita Whitfield.

—Ajà. —Los ojos de Brooke brillan, como si este fuera un jueguecito que les gusta jugar. El novato tímido y la guapa dependienta. Interesante —. Bueno, pues la visita continúa más allá de la caja, así que circula, novato.

La última parada es la sala de prensa.

Es un cubículo deprimente con una moqueta azul descolorida y una única silla de aspecto triste detrás de una mesa de laminado. En una pizarra en la pared pone ARREGLAD ESTE EQUIPO , garabateado con un rotulador rojo furioso.

Corbin hace una mueca cuando me ve mirar.

—Sí. Aquí es donde hacemos las ruedas de prensa después de los partidos. Cuando tenemos que hacerlas. Que no es a menudo, porque… ya sabes. —Señala el vacío—. Pero seguro que tú, pues, lo arreglarás. O lo que sea.

La visita termina de vuelta cerca de los despachos de los directivos. Me duelen los pies, pero creo que me duele un poco más el alma.

—Gracias, Corbin —le digo, y lo digo en serio. Es un chico encantador que lo hace lo mejor que puede—. Has sido muy minucioso.

Él se sonroja de nuevo, balbuceando.

—Cuando quiera, señorita Whitfield. De verdad. Cualquier cosa que necesite. Soy su hombre.

Se escabulle y me quedo sola en el silencioso pasillo. Me apoyo en la pared de cristal frío, mirando el hielo vacío.

No tengo ni idea de cómo hacer este trabajo. Es enorme. Más difícil de lo que esperaba.

Y lo que es peor, ¿cómo le doy la vuelta a todo un equipo cuando el hombre al que se supone que tengo que hacer comercializable acaba de humillarme en público?

—¿Un primer día duro?

Me doy la vuelta y Darcy Madden, la única otra mujer que estaba sentada en esa sala conmigo esta mañana, está apoyada en la pared a unos metros de distancia. Su corte de pelo bob negro y afilado está perfectamente peinado y lleva una tableta bajo el brazo.

—Se podría decir que sí —digo.

Se despega de la pared y camina hacia mí.

—Declan Morrison ha sido un completo gilipollas contigo en esa reunión.

Su franqueza es tan refrescante que casi me hace reír.

—¡Gracias! Lo ha sido, ¿verdad?

—Me alegro de haberme cruzado contigo, la verdad. Quería asegurarme de que no te lo tomaras como algo personal —ofrece Darcy.

Lo pienso por un segundo. A ver, sí que me lo he tomado como algo personal.

Pero la punzada de que me hayan ninguneado así… ¿es porque ha sido un gilipollas? ¿O es porque hace unas noches me hizo sentir más mujer que nunca?

—Estoy bien. —Le aseguro a Darcy asintiendo con la cabeza.

—Bien. Porque es un completo gilipollas con todo el mundo cuando está incómodo. —Se detiene frente a mí, evaluándome con esos ojos inteligentes—. Venga. Te llevo a tomar el brunch.

—¿El brunch? —Una arruga me surca la cara—. Seguramente debería…