Oh, Puck! (The Morrison Brother’s 1) 4. Capítulo 3 #2
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4. Capítulo 3 #2

—¿Deshacer las maletas? ¿Amargarte en tu despacho? ¿Llorar en el aparcamiento porque esto está resultando más difícil de lo que esperabas? —Enarca una ceja y me guiña un ojo—. Ven conmigo, come algo delicioso y deja que te cuente cómo sobrevivir en este sitio.

No espera una respuesta. Simplemente se da la vuelta y empieza a caminar.

Por supuesto, la sigo.

El coche de Darcy es un elegante descapotable negro que huele a que ha ahogado los asientos en un perfume caro. Conduce con una mano en el volante, totalmente relajada, mientras que la otra descansa despreocupadamente sobre la palanca de cambios al salir del aparcamiento.

—Bueno —dice, mirándome de reojo mientras el viento me alborota el pelo—. Primera mañana. ¿Qué tan mala ha sido, en una escala del uno al «necesito cambiar de identidad y mudarme a Fiyi»?

Exhalo, dejando caer la cabeza contra el reposacabezas.

—Bueno, el capitán acaba de llamarme «mujer». Como si fuera una categoría. No una persona.

Darcy no se inmuta mientras toma una curva cerrada y pisa el acelerador.

—Sí. Eso encaja.

—¿No te sorprende?

—A ver, no suele ser tan abiertamente desagradable.

Creo que Declan es un buen tío. Todos lo son.

—Hace una pausa y mi cerebro completa el espacio en blanco: «Así que…

¿el problema soy yo?».—Pero Declan Morrison es alérgico a los cambios.

Has entrado y has amenazado toda su zona de confort. Por supuesto que ha saltado.

—Eso no lo justifica.

—No —acepta ella, girando el coche hacia la carretera de la costa—. No lo justifica. Pero sí lo hace predecible.

Aparcamos frente a una antigua cabaña de surf reconvertida con un letrero pintado a mano que dice Goldie’s Coffee con letras alegres y redondeadas. Hay guirnaldas de luces colgando de los aleros y las ventanas están repletas de frondosas plantas verdes.

El olor me llega flotando por encima del techo abierto del vehículo de Darcy. Un café intenso y oscuro, y algo dulce horneándose.

—Oh —respiro—. Así que este es el sitio del que hablaban.

—Ah, sí. —Darcy sonríe con suficiencia—. Todo el mundo habla de Goldie’s. Ya verás por qué.

Entrar es como recibir un abrazo. Mesas rústicas de madera y sillas desparejadas están esparcidas por todas partes, y una pizarra gigante que ocupa toda una pared sirve de menú, con cosas como lattes de miel y galletas con sal marina.

Mis hombros, que han estado anudados cerca de mis orejas desde la sala de conferencias, finalmente empiezan a relajarse.

Un chico detrás del mostrador, con el pelo decolorado por el sol y un brazo lleno de tatuajes, saluda a Darcy con un gesto de cabeza. —¿Lo de siempre, Darce?

—Gracias, Kai. Y lo que ella quiera —dice Darcy, señalándome con el pulgar—. Es nueva. Sé amable.

Pido el latte con miel y la tostada de aguacate con pan de masa madre, porque me parece lo más californiano que podría hacer. Darcy pide un capuchino y una galleta del tamaño de su cara, y llevamos nuestra bandeja a la terraza con vistas al mar.

La brisa es fresca y trae consigo el rocío salado y los graznidos lejanos de las gaviotas. El paseo marítimo se extiende a nuestro lado, con un carrusel girando perezosamente a lo lejos, cuya alegre música apenas se oye por encima del estruendo de las olas.

Le doy un sorbo a mi latte. Es suave, dulce, perfecto. La tostada de aguacate, cuando llega, es de un pan de masa madre grueso y crujiente, cubierto con una generosa cantidad de aguacate cremoso, tomates de la huerta y microgerminados.

Cojo el tenedor y pincho el huevo poché hasta que su yema dorada se derrama al más mínimo toque.

Pero antes de que pueda empezar a comer, el camarero del pelo decolorado por el sol —Kai— aparece junto a nuestra mesa con un platito.

—Luna ha pensado que quizá necesitaríais esto para después —dice, con una voz tan suave como el reggae que suena ahora dentro—. Dice que las nuevas hermanas necesitan un extra de azúcar.

—¿Hermanas? —parpadeo, desconcertada por la jerga hippie de Beachside.

Nadie me había llamado eso antes. No en plan «estamos juntas en esto» . Mis verdaderas hermanas nunca me hicieron sentir que pertenecía a su lado.

Pero Kai lo dice como si fuera lo más natural del mundo.

Darcy resopla. —Es cosa de Kai. Él y Luna llevan este sitio.

Han adoptado a medio pueblo. —Señala con la cabeza hacia el mostrador, donde una mujer con el pelo oscuro y mechas color miel y una sonrisa radiante nos saluda con la mano—.

Esa es Luna. Ella hace los dulces. Él prepara las bebidas.

Están asquerosamente enamorados, y no les da vergüenza demostrarlo.

Kai se limita a sonreír, sin que le afecte en lo más mínimo esa descripción de su vida. —Bienvenida a Beachside, hermana. No seas muy dura con los Bears, ¿vale? Son buenos chicos. Solo que… están intentando encontrar su lugar en este mundo loco.

Se aleja con calma, y yo estoy esperando que saque su bong y empiece a hacerse rastas en el pelo mientras empiezo a comer.

—Dios mío —gimo con el primer bocado en la boca—. Esto está… tan bueno.

—Te lo dije. —Darcy parte un trozo de su galleta. Es gruesa, tierna, salpicada de charcos de chocolate derretido—. Así que… te sorprende que haya otra mujer en el edificio.

Asiento, tragando. —Un poco. Quiero decir, sabía que había mujeres en la plantilla, pero…

—Pero no esperabas ver a una en la reunión de directivos. —Termina la frase por mí—. Sí. Me encuentro mucho con esa reacción.

—¿Cuánto tiempo llevas con los Bears?

—Desde el principio. Antes del principio, en realidad. —Le da un sorbo a su capuchino, dejando un ligero rastro de espuma en el labio superior—. Mi padre es Charles Madden. Está en la junta de la NHL. Ayudó a poner en marcha esta franquicia. Yo creé el programa de análisis desde cero.

Mis ojos se abren como platos. —Eso es increíble. Bravo, hermana .

Ella se ríe conmigo y luego se encoge de hombros. —Es agotador. Pero soy buena en mi trabajo, a pesar de quién es mi padre. Así que ya no me disculpo por eso.

Me habla de cómo creció rodeada de hockey, luchando por que la tomaran en serio en un mundo que quería que fuera una cazajugadores.

—En el segundo en que te disculpas por ser lista, por saber de lo que hablas, pierdes. Así que no te disculpes. Que les jodan.

Absorbo esto como una esponja. Es la charla motivacional que no sabía que necesitaba.

Sobre todo después de la mañana que he tenido.

—¿Y Colin? —pregunto, jugueteando con mi tostada—. ¿De verdad se toma en serio lo de cambiar las cosas o solo quiere hacer surf?

Le cuento que me lo he encontrado esta mañana en bañador.

Darcy sonríe de lado. —Ah, sí. Colin es un caso aparte.

Pero ha contratado a una chef con estrella Michelin, Margot Lawson, para que se encargue de la nutrición del equipo.

Y Brooke Kessler dirige The Vault, ya la has conocido.

Es la chica de aquí que hace sudar a todos los jugadores cuando les sonríe.

Y Poppy Sinclair, es nuestra psicóloga deportiva.

Es la caña. Los jugadores entran insistiendo en que están bien y salen enviándoles mensajes a sus madres.

Me quedo mirándola, con el tenedor a medio camino de la boca. —Entonces… ¿no estoy sola?

—Ni de lejos, hermana.

Una esperanza cálida y repentina se extiende por mi pecho.

—¿Y Declan? —pregunto, trazando el borde de mi taza de café—. ¿Siempre…?

—¿Ataca cuando se siente acorralado? Sí.

—Darcy parte otro trozo de galleta—. Pero esta es la cuestión sobre Declan Morrison.

No es un mal tipo. Por todo lo que he visto, es un jugador de hockey normal y corriente.

Pero ahora has llegado tú y le has dicho que tiene que trabajar más duro. Por supuesto que se siente amenazado.

—Solo intento hacer mi trabajo.

—Lo sé. Y desde mi punto de vista, veo que él también lo sabe. —Me mira directamente—. Y por eso está tan cabreado. No puede descartarte por incompetente. Así que está intentando alejarte.

—¿Y tengo que aguantarme?

Darcy niega con la cabeza. —¡Ni de coña! Demuéstrale quién manda, tía. No aguantes las mierdas de nadie.

Sus palabras resuenan, pesadas y certeras.

Tiene razón. He venido aquí a cambiar. A dejar de ser deshumanizada por ser diferente.

Darcy paga la cuenta a pesar de mis protestas y de la flamante tarjeta de crédito de empresa que llevo en el bolsillo. Luego, volvemos por el paseo marítimo con un par de cafés con hielo para llevar en la mano.

La brisa marina me alborota la coleta y el paseo marítimo empieza a cobrar vida.

Turistas en chanclas y con los hombros quemados por el sol deambulan entre puestos de comida y tiendas de recuerdos.

El carrusel gira perezosamente a lo lejos, con su alegre música flotando en la brisa.

Las gaviotas graznan sobre nuestras cabezas y el olor a pescado a la parrilla y a palomitas de maíz dulces y saladas impregna el aire.

Estoy a mitad de un sorbo de mi café con hielo, empezando a sentirme humana de nuevo.

Me siento mejor. Más ligera. Armada con galletas y la buena camaradería femenina de toda la vida.

Entonces, más adelante, reunida cerca de un puesto de tacos con una pinta estupenda, se está congregando una multitud. Y en el centro…

Están los tres hermanos Morrison sin camiseta.

Y un perro.

—¡Solo digo que no podemos dejarlo aquí!

La voz de Beck, alta y dramática, la trae el viento. Gesticula exageradamente hacia un chucho desaliñado de color arena sentado pacientemente a los pies de Mason. El perro tiene una oreja tiesa y la otra caída, y una cola que se mueve con tanta fuerza que se le balancea todo el trasero.

Declan está de pie con los brazos cruzados sobre el pecho desnudo y, de algún modo, me olvido de respirar.