3. Capítulo 2
Declan
N o. No. Joder. No.
La mujer cuyo sabor todavía recuerdo está de pie en una sala de conferencias. Con un polo de los Bears. Y mi director general la está presentando como mi nueva jefa.
Esto no está pasando.
Su piel es suave. Su palma, cálida. Siento los delicados huesos de sus dedos bajo los míos, los mismos dedos que se clavaron en mis hombros mientras me la follaba contra el colchón.
Le suelto la mano como si quemara.
—Igualmente —consigo decir, con la voz completamente monocorde.
Me doy la vuelta y me siento a la mesa sin mirarla. Noto la piel demasiado tirante. La polla me palpita contra la cremallera, un recordatorio traicionero y doloroso de que a mi cuerpo le importan una mierda los límites profesionales.
¡Maldita sea! ¡¿Qué he hecho?!
Beck se desliza en la silla a mi lado, todavía sonriendo como el demonio que es.
—Eso —susurra, lo suficientemente bajo para que solo yo lo oiga— ha sido la puta hostia.
Le lanzo una mirada que haría que hombres de menos valía se measen encima. Mi cabrón de hermano se limita a guiñarme un ojo. Mason está sentado a mi otro lado, lanzándome una mirada de «pero ¿qué coño te pasa?». También lo ignoro.
¿Se nota tanto? ¿Puede toda la puta sala ver lo jodidamente incómodo que es esto?
Al otro lado de la mesa, Josie — Josie Whitfield, por el amor de Dios — se sienta. Endereza la espalda y entrelaza las manos pulcramente frente a ella con la compostura remilgada de una mujer que no tenía los tobillos enganchados tras mi nuca hace treinta y seis horas.
Parece completamente profesional. Compuesta.
Joder.
¿Cómo coño puede estar ahí sentada, con el aspecto de una mujer que tiene el control absoluto?
Sin embargo, yo solo puedo pensar en cómo sonaba cuando lo perdía.
En la forma en que sus muslos se apretaron alrededor de mi cabeza cuando la hice correrse la primera vez.
En la forma en que susurró «más» antes de que yo siquiera hubiera recuperado el aliento.
Cojo el bolígrafo más cercano y empiezo a aporrear el botón, forzando las imágenes a salir de mi cerebro.
Clic. Clic. Clic.
Es lo único que impide que mis manos hagan alguna estupidez. Como estirarlas sobre la mesa, levantarla de esa silla y alejarla de mi vida perfectamente apacible.
Colin se aclara la garganta y se inclina hacia adelante para apoyar los codos en la mesa. —Bueno, ahora que estamos todos aquí —y con «aquí», me refiero a cuarenta y cinco minutos después de la hora de inicio prevista—, empecemos.
Beck resopla. —Había un tráfico de la hostia.
—El tráfico son dos surfistas y un golden retriever perdido que no se quiere ir a casa, Morrison —replica Colin sin inmutarse—. Intenta hacerlo mejor.
Beck se encoge de hombros, impertérrito.
—Bien —continúa Colin, apretándose los ojos como si ya le doliera la cabeza—. Como decía antes de que los hermanos Morrison decidieran honrarnos con su presencia, hemos traído a Josie para renovar nuestra imagen pública. Y por nuestra imagen pública, me refiero a vosotros tres.
Nos fulmina con la mirada a cada uno por separado, como si estuviéramos de vuelta en el salón de la casa de nuestros padres, recibiendo una regañina por la vez que Beck nos convenció de que la piscina hinchable del vecino era un parque acuático gratuito y terminamos inundando todo su jardín trasero.
Esa pequeña hazaña nos valió un verano entero de tareas y una charla sobre la «propiedad privada» que mamá todavía saca a relucir en cada Acción de Gracias.
Beck se mueve a mi lado y siento que se está preparando para decir alguna estupidez. Algo que empeorará esto. Así que le doy una patada en el tobillo por debajo de la mesa. Gruñe, pero las palabras se quedan encerradas tras sus dientes.
Por ahora.
—A estas alturas todos conocemos la situación… —continúa Colin—. La asistencia ha bajado. El revuelo mediático es inexistente. Bla, bla, bla.
Un murmullo de «eso ya lo hemos oído» inunda la sala.
—La cuestión es que la liga nos está pisando los talones, y el trabajo de Josie es hacer que la gente vuelva a interesarse por este equipo. ¿Y para hacer eso? Necesitamos que nuestras estrellas brillen. Así que, chicos, escuchad y escuchad bien.
Clic. Clic.
—Gracias, Colin. —La voz de Josie atraviesa la sala, firme y segura, mientras se pone de pie al otro lado de la mesa. Es la misma voz que susurró «no pares» contra mis labios, pero ahora es todo profesionalidad.
Igual que su puto atuendo.
Ese polo está haciendo maravillas. Azul oscuro, entallado, metido por dentro lo justo para mostrar la curva de su cintura antes de desaparecer en esos vaqueros.
La tela se tensa sobre sus tetas de una manera que parece intencionada, como si el universo estuviera poniendo a prueba mi autocontrol personalmente.
Lleva el pelo en una coleta, todo muy profesional, pero sé lo que hay debajo.
Menuda mierda.
—He estado revisando las cifras mientras esperábamos, y la buena noticia es que hay mucho potencial sin explotar en este mercado.
Creo que a Beachside le encanta la idea de su propio equipo de hockey, y creo que usar vuestro ángulo de hermanos como punto culminante es una gran idea. Solo necesitamos que os adoren.
Me mira directamente cuando dice «os».
Aprieto la mandíbula. No parpadeo. No reacciono.
Joder.
Sigue hablando, exponiendo algunas ideas y, joder, es buena. Competente. La forma en que presenta los puntos de datos y las estrategias de captación… es como si llevara una década haciendo esto.
¡¿No acaba de entrar por la puerta?! ¿Cómo coño es ya tan buena en su trabajo?
No quiero que sea buena.
Quiero que no esté cualificada. Que le venga grande. Alguien a quien Colin reemplazará en dos semanas para que yo pueda volver a mi jodida vida fácil.
Pero no.
Está ahí sentada con esa puta camiseta, hablando de «sinergia de marca» e «integración en la comunidad», y yo solo puedo pensar en lo bien que se veían sus tetas botando a la luz de la luna.
—Las redes sociales son nuestra mayor arma sin explotar —continúa, con la mirada recorriendo la mesa.
Ahora está en su elemento, y es irritante de cojones—.
He estado mirando los canales durante días.
Instagram. TikTok. Está todo vacío. Necesitamos perfiles de jugadores, contenido entre bastidores, retos de TikTok…
—¿TikTok? —se anima Beck—. Oh, de puta madre. Llevaba tiempo esperando que alguien liberara mi potencial para el baile.
Mason gime. —Por favor, Dios, no.
Los labios de Josie se contraen. —Sí, TikTok. No me mires así, Mason. Es donde está la audiencia. Tenemos que ir a donde están los aficionados, no a donde nos gustaría que estuvieran.
El entrenador Pearson gruñe desde su asiento, con los brazos cruzados sobre su enorme pecho. —No sé qué es un TikTok, y no quiero saberlo. Solo decidme que no interfiere con los entrenamientos.
—No lo hará —promete Josie, con tono respetuoso—.
Se trata de capturar momentos dentro del equipo.
El trabajo que hacemos. El esfuerzo que ponemos.
La personalidad de todas las personas a las que pueden animar, semana tras semana.
—Sus ojos se posan de nuevo en mí—. La gente conecta con la gente, no con los logotipos.
—Y además de eso —dice, volviéndose hacia un portátil que ha abierto, mostrando una presentación impecable—, empezaremos a participar en campus para jóvenes.
Eventos benéficos. Apariciones de jugadores en negocios locales.
La gente necesita veros como parte de Beachside, no solo como visitantes de paso.
El entrenador Pearson asiente lenta y aprobadoramente. —Campus para niños. Me gusta. Ponerlos sobre patines desde pequeños. Reclutarlos para la cantera.
—Exacto —dice Josie, y una sonrisa genuina se abre paso.
Mierda. Es jodidamente devastadora—. Y por último: accesibilidad a los medios.
Os guste o no, chicos, vosotros sois la marca.
Así que necesitamos que estéis disponibles en todo momento.
Entrevistas, pódcast, apariciones en la televisión local. Os volveréis omnipresentes.
Omnipresentes.
¡¿Está de coña?!
Yo vine aquí para pasar desapercibido . Ese era todo el propósito.
Ni circo mediático. Ni construcción de marca. Ni las esperanzas y los sueños de una ciudad aplastándome los hombros. Solo hockey, la playa y la mansión.
¿Y ahora esta mujer está ahí de pie diciéndome que tengo que hacer exactamente lo contrario?
Que le jodan a esto.
Beck se reclina, entrelazando los dedos detrás de la cabeza. —Me encanta. ¿Participación comunitaria? ¿Campus para jóvenes? Contad conmigo. Se me dan genial los niños.
Mason no levanta la vista de sus notas. —No se te dan genial los niños en absoluto.
—Soy divertido con los niños —corrige Beck, sonriendo—. Hay una diferencia. —Desvía su mirada hacia mí, esos ojos azules brillando con pura malicia—. ¿Qué piensas, capi? ¿Te apuntas a ser omnipresente?
Toda la sala espera la opinión de su capitán. Debería tener peso en una sala como esta. Solía tenerlo. Cuando yo tenía el poder y el control de esta organización.
Pero ahora, siento que las paredes se me echan encima. TikTok. Eventos benéficos. Giras mediáticas.
Es todo aquello que vine aquí a evitar, trazado como un mapa directo al infierno.
Finalmente miro a Josie y ella me sostiene la mirada, esos brillantes ojos verdes firmes como una roca. No hay ni rastro de la mujer salvaje y desesperada de Breakers de la otra noche, la que me siguió hasta el bar y parecía buscar hacer alguna locura.
No hay nada loco en ella.
Solo una mujer fría y serena que no deja de mirarme.
—¿No podemos simplemente… jugar mejor? —Mi voz sale plana—. ¿Ganar algunos partidos?
El entrenador Pearson, sin levantar la vista de los garabatos en su bloc de notas, deja escapar un gruñido bajo.
—Se podría pensar —dice, su tono más seco que la arena fuera del estadio. Lanza el bolígrafo sobre la mesa—. Pero si jugar mejor fuera toda la respuesta, Declan, no estaríamos sentados en esta sala ahora mismo, ¿verdad?
—Bueno, no. Pero…
—Estaríamos en el hielo. Pero el disco no miente, hijo. Y los asientos vacíos tampoco.