1. Prólogo #2
Paso los brazos por los hombros de mis hermanos y me dirijo a la salida. —¿Tú qué crees?
Y así, sin más, nos echamos a reír juntos, y toda la reunión se evapora detrás de nosotros como si nunca hubiera ocurrido. Nos metemos en el reluciente Range Rover negro de Mason y nos dirigimos a la cerveza fría que nos espera.
He pasado toda la tarde haciendo que el numerito del despacho de Colin Holden me importe una puta mierda.
Me apoyo en la barra de madera desgastada del Breakers, viendo a Mason preparar otro dardo. Es demasiado cuidadoso. Siempre lo ha sido. Su lanzamiento es suave y preciso, y el dardo aterriza en el triple veinte.
—Demasiado fácil —dice, sonriéndome por encima del hombro.
Beck resopla desde su taburete, trabajando sin prisas en su tercera cerveza. —Lo dice el que practica esta mierda. Es patético, Mase. Búscate un hobby.
—Lo dice el tipo cuyo hobby es que le piten faltas por escándalo público —replica Mason sin mirar.
Le doy un trago largo a mi botellín, el amargor frío es perfecto contra el calor de la tarde que aún se aferra al aire salado del océano.
El Breakers Bar and Grill , situado en la misma playa de Beachside, está perfecto como siempre esta noche. Mis hermanos y yo nos enamoramos del lugar desde el momento en que pusimos un pie en esta ciudad, y desde entonces hemos sido los mejores clientes de Mack Rogers.
Desde aquí, puedo ver todo el bar en todo su esplendor.
Las enormes puertas de garaje se abren directamente a la playa, dejando entrar la puesta de sol y el constante y relajante estruendo de las olas al romper. Las guirnaldas de luces ya brillan, y el olor a hamburguesas y patatas a la parrilla se mezcla con el de la crema solar de coco y la sal.
Esta es la puta clave que los gilipollas trajeados como Colin Holden no entienden.
Vine a Beachside por esto.
Mack desliza otra botella en mi dirección; sus brazos tatuados se mueven con la eficiencia de un hombre que ha servido un millón de copas. —¿Así que de verdad cree que el equipo cerrará si no empezáis a ganar?
—Sip. —Mason clava su último dardo, ganando la ronda, y se vuelve a la barra—. La liga está sopesando opciones para la franquicia si no mejoramos un poco.
Se hace un silencio, solo roto por el graznido lejano de una gaviota en el paseo marítimo.
—Mierda. —Mack mira a la playa, y luego a nosotros, posando su mirada en mí—.
Sabéis… no estaba muy seguro de todo el asunto del hockey en esta ciudad.
Pero ¿desde que vosotros, gorilas, empezasteis a beber aquí?
—Señala el bullicioso bar—. Mis ingresos se han triplicado.
La ciudad es diferente ahora, ¿sabéis? Ha vuelto a la vida. Como en los viejos tiempos.
—¿Ves? —Beck abre los brazos, casi tirando su cerveza—. Somos un servicio público. Un enriquecimiento cultural. Deberían darnos una desgravación fiscal, no una charla.
—Un servicio público —refunfuña Mack, cogiendo el siguiente vaso para pulirlo mientras pone los ojos en blanco—. Claro. ¿Y esa McMansión a pie de playa en la que estáis de okupas? Eso solo es trabajo comunitario.
—Pagamos alquiler —señala Mason, siempre el más razonable—. Más o menos.
Beck asiente y chasquea los dedos hacia Mason. — Y le damos trabajo a Diego. Es el mejor amo de llaves al sur de la frontera.
Le lanzo una mirada inexpresiva. —Diego es de Florida, idiota.
—¡Mejor todavía! Hemos importado talento a la región. —La sonrisa de Beck es puro caos—. La cuestión es que somos un estímulo económico para este pueblo. Un estímulo económico muy guapo y con mucho talento.
Mack se ríe entre dientes. —Ah, los chicos Morrison. Con vosotros cerca nunca hay un momento aburrido.
Se aleja para atender a un grupo de surfistas que gotean agua salada por el suelo, y yo dejo que sus palabras calen mientras Mason prepara una nueva partida en la diana.
Mack no se equivoca.
Beachside tiene su propio pulso y, ahora mismo, el mío está sincronizado con él.
El estilo de vida relajado. La falta de presión. El saber que mi mayor preocupación de hoy es si pedir los tacos de pescado o la hamburguesa.
No puedo perder lo que tengo aquí.
Pero quizá ese sea el problema.
Una energía inquieta me vibra bajo la piel, un resquicio de esa jodida reunión.
Odio que me digan lo que tengo que hacer.
Desde que era pequeño, cuando mi hermana mayor y yo nos encargábamos de la casa mientras nuestros padres iban por ahí fingiendo ser felices, cuando en realidad eran tan jodidamente desgraciados que apenas podían mantener a nuestra familia a flote.
Joder.
Hace mucho que no me sentía así.
Necesito quemar esta energía.
Necesito…
Mi hilo de pensamiento descarrila porque la mujer que acaba de entrar ha captado la atención de todos los tíos del puto bar.
—Guau —susurra Beck demasiado alto, con los ojos casi saliéndosele de las órbitas mientras mira al otro lado del bar.
Está de pie, justo en el umbral, parpadeando mientras mira el móvil, como si el GPS la hubiera llevado a una guarida de dragones en lugar de a un chiringuito.
No pega nada en este sitio, y eso es lo que la hace tan jodidamente perfecta para cómo me siento ahora mismo.
Lleva una falda corta y coqueta que deja a la vista kilómetros de piernas tersas y pálidas. Unas piernas que está claro que no han visto un atardecer de Beachside y que, aun así, son irresistiblemente sexis.
Mi cuerpo se tensa, todos mis instintos se centran en su top amarillo con un escote que se hunde lo justo para insinuar la curva perfecta de sus pechos. Tiene el pelo de un color castaño miel que le baila sobre los hombros, meciéndose con la brisa como si estuviera bajo su propio foco personal.
Es preciosa. Y no de esa forma forzada de las mujeres que suelen rondar al equipo.
Joder, necesito desahogarme esta noche. La necesito a ella .
Necesito colocar esas piernas tersas sobre mis hombros. Necesito el sudor, la fricción, el polvo desesperado y sin sentido que borre la cara sudorosa de Colin Holden y la presión de liderar una franquicia que fracasa.
Parece que podría aguantarlo. Parece que incluso podría suplicarlo.
—Tío, ¿estás viendo a esa tía? —resolló Beck a mi lado, siguiendo mi mirada—. Hola, bienvenida sea la distracción.
Mason se da la vuelta y veo que la misma evaluación cruza sus ojos. —¿Creéis que es una turista?
—Da igual —dice Beck, bajándose del taburete y alisándose la camisa—. Me la pido. Es mi turno. Tú te quedaste con la rubia la semana pasada, Mase.
—Que te jodan. Tú follaste anoche —protesta Mason, hinchando el pecho.
—He. Dicho. Que me. La. Pido. —Beck da una patada en el suelo.
Mason le da un empujón en el pecho. —Has perdido tus privilegios.
Los observo como el padre orgulloso que nunca tuvimos. Mis hermanos siempre se pelean y yo nunca me meto.
¿Por qué? Porque, de todos modos, siempre me salgo con la mía.
—Callaos la puta boca los dos y sentaos. —Le doy un trago largo a la cerveza, sin apartar los ojos de ella.
Beck se queda helado. —¿Qué?
Mason me mira, luego vuelve a mirar a la mujer, y la comprensión aparece en su cara. —Oh, vamos, Dec… Otra vez no.
—Privilegio del hermano mayor —digo, y se me levanta una comisura. Es una regla estúpida que nos inventamos de adolescentes y que solo se aplica cuando yo lo decido.
—¡Ni siquiera eres el mayor! ¡Zoey es la mayor! —se burla Beck.
—Del hermano varón mayor —aclaro, con la mirada todavía fija en la mujer, que por fin guarda el móvil y mira a su alrededor; sus ojos, de un verde brillante, recorren la sala.
—Y yo soy el capitán. Así que callaos. Es mía.
No espero su respuesta ni sus riñas; me aparto de la barra y mi cuerpo se mueve con un propósito que no he sentido en todo el día.
La energía y la frustración de esa jodida reunión tienen ahora un objetivo.
Y ese objetivo tiene un cuerpecito prieto listo para ser devorado .
Me abro paso entre la multitud; mi tamaño me abre camino sin que tenga que esforzarme. Ella sigue de pie cerca de la puerta, con un aire un poco perdido, y cuando me detengo delante, tiene que inclinar la cabeza para mirarme a los ojos.
—Pareces perdida —digo, tragando saliva.
Parpadea al mirarme y, joder , de cerca es aún más sexi.
Unas pecas le salpican la nariz y sus labios son tan carnosos y brillantes que casi puedo verme reflejado en ellos.
—¿Se nota tanto? —dice, con voz suave y dulce.
—El mirar fijamente el móvil es una prueba irrefutable. Eso, y que eres la única persona aquí sin broncear.
Se ríe, y el sonido me provoca cosas. —Culpable. Acabo de llegar al pueblo. Mis… indicaciones del hotel eran un poco optimistas sobre lo «pegado a la playa» que está este sitio.
¿Hotel? Perfecto. Una turista.
—Esto es Beachside. Aquí todo es optimista. —Señalo hacia la barra con la cabeza—. La primera ronda corre de mi cuenta. Considéralo una bienvenida al paraíso.
Me estudia, su mirada recorre mi cara, mis hombros, baja por mi pecho y vuelve a subir. No hay timidez en ella. Solo el mismo interés que estoy acostumbrado a recibir de las mujeres en los bares.
—Es una bienvenida muy directa —dice, pero, aun así, da un paso hacia la barra, abriendo camino.
Me pongo a su lado, apoyo los antebrazos en la barra y le hago una seña a Mack. —¿Cuál es tu veneno?
—Sorpréndeme —dice con confianza, pero sus dedos retuercen el dobladillo de la falda.
Una sonrisa se extiende por mi cara. —Puedo hacerlo.
Mack se acerca, se echa un trapo al hombro y levanta una ceja hacia la chica nueva que está a mi lado. —¿Qué va a ser, Capi?
No le quito los ojos de encima. —Dos Sex on the Beach, Mack.
Sus mejillas se sonrojan con un tono rosado sobre el que quiero poner mi boca.
—Por Dios. —Mack gime, cogiendo el vodka—. ¿No podías pedirle a la pobre chica una cerveza como una persona normal?
Nos sirve las copas y, pronto, el tiempo se convierte en una nebulosa de bebidas frías, su risa coqueta y la forma en que no deja de rozar su rodilla contra la mía bajo la mesa alta.
—Y bien —dice, haciendo girar la sombrillita de papel en su copa—. ¿Qué hace un chico directo cuando no está invitando a copas a mujeres perdidas en bares?