UNO
LOGAN
—¿Te vas a quedar hasta tarde? —Con las manos en las caderas, se inclina hacia atrás y se estira, haciendo crujir la columna después de un día completo de trabajo.
Son las siete, hora de cerrar. El sol poniente brilla a través de los dos grandes ventanales a ambos lados de la puerta principal, proyectando un cálido resplandor en el interior de la tienda. Ella se ríe—. ¿Qué digo? Claro que sí.
Sonrío y vuelvo a la desbordada bandeja de entrada de la tienda dónde preguntan cuándo volverán a abrirse nuestros libros de artistas y si haríamos alguna excepción. Estoy dispuesto a aceptar encargos los días que cerramos si el cliente está dispuesto a pagar mi tarifa normal más la mida adicional.
—Estaba pensando en pedir algo de comida... ¿Quieres apuntarte? —pregunta.
Cuando levanto la vista, la veo con los codos apoyados en el mostrador y las manos sosteniendo la barbilla. Pestañea, mostrando sus brillantes ojos verdes, y me lanza una sonrisa esperanzada.
Se me dibuja una sonrisa en la comisura de los labios y suspiro.
—Sí, supongo —respondo entre dientes, mientras escribo respuestas a los correos electrónicos de clientes esperanzados en el mostrador.
Podría estar haciendo esto desde mi oficina, pero ella acaba de terminar con su último cliente del día, así que estoy cubriendo el mostrador hasta que cerremos a las siete de la tarde.
Últimamente solo tatúo cuatro días a la semana, pero, aun así, me quedo aquí hasta casi las siete para asegurarme de que todo va bien.
Heredé la tienda hace casi cinco años y todavía no he logrado equilibrar mi vida laboral y personal.
No estoy seguro de si alguna vez lo conseguiré.
Quizás algún día contrate a un gerente para la tienda, pero tendría que ser alguien digno de confianza, y dudo que alguna vez confíe lo suficiente en alguien de como para darle el control.
Esto es demasiado importante y no puedo arriesgarme a que vuelva a caer en manos equivocadas.
Esta no es una tienda de tatuajes cualquiera, es el estudio de Clyde Everhart, Black Rabbit, y la mujer que está frente a mí es su única descendiente, Kelly.
Da la vuelta al escritorio y mira por encima de mi hombro.
—Oye, ¿estás revisando los correos electrónicos? Ese es mi trabajo, lárgate de aquí. —Me echa y se sienta en la silla en la que yo estaba.
Kelly todavía está terminando su aprendizaje, por lo que antes se encargaba de nuestra bandeja de entrada como parte de sus funciones, pero técnicamente, Francesca, Frankie , se encarga de la recepción los días que estamos abiertos, de martes a sábado.
La contraté hace unos ocho meses para contestar el teléfono y programar citas.
Es muy buena organizándonos. Sin embargo, su jornada laboral suele terminar alrededor de las seis, por lo que cualquier cosa importante fuera de ese horario la hacemos Kelly o yo.
—Pero primero voy a pedir la cena —anuncia, sacando su teléfono.
—Ponlo en gastos —le digo.
Se gira en la silla para sonreírme y me dice:
—No te preocupes, lo haré —y luego se aleja de mí.
Me quedo detrás de ella mientras se desplaza por la lista de restaurantes de una de esas aplicaciones de reparto de comida a domicilio.
Aparece una notificación de texto en la parte superior de su pantalla.
Jason
Hola, preciosa. ¿Qué tal tu día?
Ella grita.
Este maldito chico.
—Me encanta que me envíe mensajes para preguntarme cómo me ha ido el día —dice ella, abriendo el hilo de mensajes y escribiendo una respuesta.
—Sí, Caos, su caballerosidad es realmente innovadora —refunfuño. Ella ni siquiera me oye.
No puedo ver esta mierda, así que me alejo y abro las cajas de la entrega que nos trajeron antes.
Esta mujer ocupa demasiado espacio en mi mente, sobre todo teniendo en cuenta que tiene un nuevo novio, un hombre que es una completa pérdida de tiempo para ella.
No sabe cómo tratar a una mujer como Kelly Everhart.
Kelly mide metro sesenta y cinco y es pura adorabilidad atrevida, con su cabello negro, sus uñas negras, sus brazos tatuados y sus piercings en los pezones que de vez en cuando se asoman por su camiseta solo para torturarme.
Por no hablar de esos muslos y caderas gruesas en las que me muero por hincar los dientes. Jason, hijo de perra afortunado.
Es amable y dulce, siempre se asegura de que todos los que la rodean se sientan apreciados y bienvenidos. Aunque, si fuera por mí, sus preciosas sonrisas serían exclusivamente mías.
Jason es el hijo de puta más cobarde que he tenido el disgusto de conocer.
Por desgracia, ella ha estado con tantos payasos a lo largo de los años, que las características habituales de este tipo, como preguntarle cómo le ha ido el día , se han convertido de alguna manera en grandes gestos románticos.
No tengo ni idea de por qué lo aguanta. Es un herpes labial personificado, molesto y, con suerte, igual de temporal.
Ella se ríe, sonriendo a la pantalla de su teléfono, y yo pongo los ojos en blanco, sacando las cajas de toallas azules del envío.
Solo llevan saliendo juntos un mes y medio.
Al final, ella entrará en razón. Hasta entonces, seguiré esperando mi momento como su mejor amigo.
Nuestra estrecha amistad me proporciona privilegios especiales, lo cual es suficiente para mantenerme a flote.
La línea que separa la amistad de algo más nunca se ha traspasado fuera de mis pensamientos.
Estoy bastante seguro de que me ve como un hermano mayor, o peor aún, como una extensión de su padre.
—Okey, vamos a comprar burritos —anuncia. Kelly se recuesta en la silla hasta que su cabeza queda prácticamente boca abajo, con los labios carnosos ligeramente entreabiertos mientras me mira—. ¿Qué quieres?
Ver tu cabeza colgando del borde de mi cama, así, antes de follar tu bonita boca.
El aroma de su perfume flota en mi dirección y mi mirada se encuentra con la suya antes de volver a esos malditos labios. Me imagino agarrándole la barbilla y besándola con firmeza. ¿A qué sabe? ¿Es ansiosa y codiciosa o tímida y sumisa? ¿Son sus labios tan suaves como imagino?
—Tengo que guardar esto. Pídeme lo mismo que tú. —Retrocedo un par de pasos para evitar hacer alguna estupidez.
—Ni siquiera sabes lo que voy a pedir —replica mientras recojo las cajas que quedan y pongo algo de distancia entre nosotros.
—Carne asada, frijoles, arroz, cilantro, lima, cebolla, salsa —le grito mientras me dirijo a mi oficina.
Se ríe.
—¡Bicho raro!
Como si no hubiéramos comido suficientes burritos como para que yo no memorizara su pedido, como si no lo hubiera grabado en mi memoria la primera vez que lo hizo.
En el almacén, apilo las cajas de toallas en el estante, luego respiro hondo, agacho la cabeza y la sacudo. Hemos sido amigos durante años, y los amigos saben cosas el uno del otro, pero no hay nada amistoso en lo que siento por ella.
Nos conocimos cuando ella era adolescente y era como tener una hermana pequeña tonta en la tienda.
Al ser hija de Clyde, se ganó el apodo de Junior, que aún conservan nuestros otros dos tatuadores, Casper y Thor.
Era muy apropiado. Me hacía sonreír con sus chistes tontos y sus peculiares travesuras.
Después de que se fuera de Minnesota para ir a la universidad, seguí centrándome en mi aprendizaje con Clyde, y la veía de vez en cuando, cuándo volvía a casa durante las vacaciones y los días festivos de la escuela de arte de Nueva York.
No fue hasta que se graduó y regresó a casa cuando realmente nos hicimos amigos. Yo había salido de una relación tóxica que casi acabó con mi carrera y, a pesar de que Kelly era seis años más joven, había madurado mucho con los años.
Aprendió a perfeccionar su talento natural en la escuela de arte y regresó a casa con una destreza notable en comparación con cuando la conocí años atrás.
También había completado un aprendizaje de piercing mientras estaba en el este y convenció a Clyde para que la dejara hacer piercings en Black Rabbit.
Fue fácil convencerlo; siempre estaba muy orgulloso de su hija, y con razón.
Es una perforadora corporal experta, pero cuando se arma con un lápiz y un bolígrafo, esta mujer no tiene miedo a nada, por lo que se convirtió casi de inmediato en la nueva aprendiz de tatuajes de Clyde.
A pesar de tener solo veintiún años y contar con su papá como mentor, comprendía la importancia de la oportunidad y se esforzaba al máximo para practicar su técnica.
Kelly puede flotar por la vida tan despreocupada y vivaz como una hoja al viento, pero cuando se trata de arte, no se anda con tonterías.
La tienda siempre estaba tranquila cuando Kelly y yo trabajábamos en el mismo turno.
A Clyde también le encantaba tenerla cerca.
Hablábamos sobre todo de nuestros artistas favoritos, de tatuajes y de cosas al azar.
Nuestra amistad era justo lo que necesitaba.
Su corazón de oro brillaba en comparación con el mío, negro y apagado, y tenía la misma mente creativa que Clyde .
Era inspirador ver cómo se desarrollaba su genio.
Su estilo había evolucionado hasta convertirse en algo hermoso, que recordaba a los primeros trabajos de su papá.
Después de unos meses, empecé a fijarme más en ella.
Prestaba atención a cosas que antes no me importaban, como la pequeña marca de nacimiento que tenía en la nuca, o que su color natural de cabello era un cálido castaño, y no el negro que se teñía cada ocho semanas, o lo que pedía para comer.
Fue entonces cuando dejé de llamarla Junior y empecé a referirme a ella como Caos.
Porque eso era lo que era, mi propio caos personal.
De alguna manera, la chica que antes era como una hermana pequeña había regresado de la universidad convertida en una mujer completamente diferente. Una mujer que me dejaba aturdido por lo segura, creativa y hermosa que era.