EPÍLOGO
AIDEN
El whisky me quema la garganta cuando bebo, pero pido otro de todas formas.
Porque si hay algo que he aprendido en las últimas seis horas es que no importa cuánto beba, no consigo borrar su cara de mi cabeza.
Scarlett Walton.
Mi mejor amiga.
La mujer de la que llevo años enamorado.
Y ahora está prometida con otro.
El camarero —Mike, que me conoce desde antes de que tenga edad para beber legalmente— me pone el vaso delante con una expresión que dice claramente que piensa que debería irme a casa.
—Es el último —advierte—. Después te llamo un taxi.
—No necesito un taxi —murmuro, cogiendo el vaso—. Tengo mi camioneta.
—No vas a conducir en este estado.
—Que te jodan, Mike.
Y en un alarde de rapidez que mi cerebro intoxicado por el alcohol no puede seguir, Mike me quita las llaves de la camioneta que tenía sobre la barra.
—Mañana cuando te despiertes con resaca me darás las gracias.
No voy a darle las gracias.
Voy a despertarme mañana con dolor de cabeza y el mismo vacío en el pecho que llevo sintiendo desde que vi la noticia esta mañana.
«SCARLETT WALTON SE COMPROMETE CON JULIAN VANE. LA BODA DEL AÑO SE CELEbrARÁ EN PRIMAVERA.»
La foto que acompañaba el artículo me atravesó como una bala.
Scarlett sonriendo para la cámara. Perfecta. Radiante. Con un vestido blanco que dejaba entrever su precioso cuerpo. Y a su lado, Julian Vane. Alto. Guapo de esa forma perfecta que tienen los ricos. Con la mano en su cintura como si tuviese todo el derecho del mundo a tocarla.
Como si ella fuese suya.
Le doy otro trago al whisky.
—¿Tienes un mal día?
—El peor.
—¿Quieres hablar de ello?
—No.
—Vale.
Pero Mike no se marcha. Solo se queda ahí, limpiando vasos que ya están limpios, lanzándome miradas preocupadas cada treinta segundos.
El problema es que no hay nada de qué hablar.
¿Qué voy a decirle? ¿Que me he pasado los últimos tres años enamorado de una mujer que está completamente fuera de mi alcance? ¿Que cada vez que cierro los ojos la veo a ella?
Scarlett Walton es la heredera de un imperio. Una mujer que creció en mansiones con personal de servicio y coches que cuestan más que mi casa.
Y yo…
Yo soy un bombero de un pueblo de dos mil habitantes. Un tipo que vive en un apartamento sobre el parque de bomberos porque es conveniente.
No estamos ni siquiera en la misma galaxia.
Lo supe desde el principio. Desde que la conocí en la universidad y me sonrió haciendo que se me olvidase mi propio nombre.
Pero eso no impidió que me enamorase de ella como un idiota.
Que pasase tres años siendo su amigo. Su confidente. El tipo con el que se reía cuando necesitaba escapar de su vida perfecta por unas horas.
El tipo que nunca tuvo el valor de decirle lo que sentía porque sabía —siempre lo supo— que ella nunca le vería de esa forma.
Porque Scarlett Walton no se casa con bomberos de pueblo.
Se casa con tipos como Julian Vane. Ricos. Educados. Que pueden darle la vida que merece.
Así que ¿por qué coño me duele tanto?
—Creo que ya has tenido suficiente —dice Mike, y cuando levanto la vista lo veo quitándome el vaso de delante.
—Dame otro.
—No.
—Mike.
—He dicho que no, Wellington. Estás borracho. Y no voy a ser responsable de que te desmayes por el alcohol.
—Entonces dame mis llaves y me voy.
—Tampoco.
Me levanto del taburete —demasiado rápido, el mundo se inclina peligrosamente— y tengo que agarrarme a la barra para no caerme.
—Dame. Mis. Llaves.
—No —repite Mike con esa calma irritante—. Ya he llamado a alguien para que venga a recogerte.
—¿A quién coño has llamado?
—A tu hermano Cole.
Por supuesto.
Por supuesto que ha llamado a Cole.
—Eres un puto traidor —murmuro, dejándome caer de nuevo en el taburete porque las piernas no me sostienen.
—Soy tu amigo. Hay una diferencia.
No me lo parece. Pero no tengo energía para discutir.
Así que me quedo ahí sentado, con la cabeza apoyada en la barra, esperando a que aparezca mi hermano a rescatarme como si fuese un adolescente que ha bebido demasiado en su primera fiesta.
He tocado fondo, joder.
La puerta del bar se abre diez minutos después, y ni siquiera tengo que levantar la vista para saber quién es.
—Aiden —dice Cole con esa voz de sheriff que usa cuando está cabreado.
—Hermano —respondo sin mover la cabeza.
—Vamos. Nos vamos a casa.
—No quiero ir a casa.
—Pues mala suerte. Porque no voy a dejarte aquí para que sigas bebiendo hasta caer en coma etílico.
Me obligo a levantar la cabeza, y ahí está mi hermano. Con el uniforme todavía puesto porque probablemente estaba trabajando cuando Mike lo llamó. Con el ceño fruncido y los brazos cruzados en esa pose de «no me toques los cojones» que todos los Wellington dominamos.
Cole me coge del brazo y me levanta del taburete con más fuerza de la necesaria.
—Vamos.
—No necesito tu ayuda.
—Pues la vas a tener de todas formas.
Me arrastra fuera del bar —literalmente me arrastra porque mis piernas no cooperan tanto como me gustaría— y me mete en su coche patrulla con movimientos eficientes que me irritan.
—Podrías ser más delicado —murmuro cuando cierra la puerta.
—Podría —confirma, subiéndose al asiento del conductor—. Pero no voy a serlo.
Arranca el motor y conduce hacia mi apartamento en un silencio que dura exactamente dos minutos antes de que explote.
—¿Qué coño te pasa? —pregunta sin apartar la vista de la carretera.
—Nada.
—Mentira. No te he visto borracho así desde… joder, desde nunca. ¿Qué ha pasado?
—Nada.
—Aiden.
—He dicho que nada —exploto, y mi voz sale más alta de lo que pretendía—. ¿Vale? No ha pasado nada. Solo quería emborracharme. ¿Tan raro es eso?
Cole me mira de reojo, y puedo ver cómo aprieta la mandíbula.
—Vale. No quieres hablar. Entendido.
—Genial.
—Pero cuando quieras hacerlo, estoy aquí.
—Vete a ser feliz con tu familia perfecta y déjame en paz.
Las palabras salen cargadas de un veneno que no sabía que tenía, y veo cómo Cole se tensa.
—¿Mi familia perfecta?
—Sí —confirmo—. Lauren. Luna. El bebé que viene en camino. Tu vida jodidamente perfecta donde todo ha salido bien. Enhorabuena, hermano. Lo has conseguido todo.
Cole aparca frente a mi apartamento con un frenazo que hace que me golpee contra el salpicadero.
—Escúchame bien, idiota —dice, girándose hacia mí con una expresión que nunca le había visto—. Sabes perfectamente la mierda de vida que he tenido durante años. Así que no pagues lo que te pase conmigo porque ahora sea feliz.
Me mira con una intensidad que me despeja ligeramente.
—No te pega esta pose de amargado —dice finalmente, con voz más suave—. No eres así. Eres el hermano que siempre ve el lado bueno de la vida. El que hace reír a todo el mundo.
No respondo.
Porque tiene razón y lo odio por ello.
Cole suspira.
—Cuando quieras hablar, estoy aquí. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
—Ahora sube a tu casa y duerme la mona. Mañana todo se verá diferente.
No se va a ver diferente.
Mañana Scarlett seguirá prometida con otro. Y yo seguiré siendo el idiota que la ama en silencio.
Pero no digo nada. Solo salgo del coche y subo las escaleras hacia mi apartamento con pasos que parecen pesar toneladas.
Entro, cierro la puerta detrás de mí, y me quedo de pie en medio del salón oscuro.
Debería ir a dormir.
Debería meterme en la cama y dejar que el alcohol me noquee hasta mañana.
Pero mis pies me llevan hasta el sofá, me tumbo, y antes de que pueda detenerme, he sacado el móvil del bolsillo.
No debería hacer esto.
Sé que no debería.
Pero abro Instagram de todas formas.
Su perfil aparece inmediatamente. Porque lo miro todos los días.
@ScarlettWalton
La foto de perfil es de hace unos meses. Está sentada en un jardín impresionante. Sonriendo a la cámara con esa sonrisa que hace que se me cierre la garganta.
Es la mujer más hermosa que he visto en la vida.
Antes de que pueda controlarme abro los mensajes directos.
Nuestra conversación aparece. La última vez que hablamos fue hace dos semanas.
Scarlett: ¿Cómo va todo por el pueblo?
Yo: Tranquilo. Como siempre. ¿Y tú? ¿Qué tal la ciudad?
Scarlett: Aburrida. Echo de menos Montana.
Yo: Montana te echa de menos también.
Quería decir «yo te echo de menos también», pero no tuve el valor.
Como siempre.
Subo en la conversación, releyendo mensajes de hace semanas, buscando algo. ¿Alguna pista? ¿Alguna señal de que ella ya sabía que se iba a prometer? ¿De que esto estaba planeado?
Pero no hay nada.
Solo conversaciones normales. Ella preguntándome por el pueblo. Yo contándole anécdotas del parque de bomberos. Ella riéndose de mis historias. Yo preguntándole por su escritura.
Como dos amigos.
Nada más.
¿Sabría ya entonces que iba a casarse? ¿Piensa alguna vez en mí de la forma en que yo pienso en ella?
El whisky ha bajado todas mis defensas, ha aniquilado ese filtro que normalmente me mantiene cuerdo, y antes de que pueda detenerme, estoy escribiendo.
Yo: Te echo de menos.
Mi dedo se queda suspendido sobre el botón de enviar durante un segundo eterno.
Esto es una mala idea.
La peor idea que he tenido en mi vida.
Pero pulso de todas formas porque quiero que lo sepa.
Me dejo caer hacia atrás, cerrando los ojos.
Lo he hecho. Soy un idiota.
El teléfono vibra en mi mano.
Abro los ojos de golpe.
Lo ha leído.
Y está escribiendo.
Puedo ver los tres puntos parpadeando en la pantalla, y el corazón me late tan rápido que puedo escucharlo en mis oídos.
Los puntos siguen ahí. Desaparecen. Vuelven a aparecer.
Como si estuviese escribiendo algo, borrándolo, volviéndolo a escribir.
Y entonces desaparecen completamente.
Y no llega ningún mensaje.
Me quedo mirando la pantalla durante treinta segundos que se sienten como horas, esperando algo que claramente no va a llegar.
Por supuesto.
Por supuesto que no va a responder.
Por supuesto que va a ignorar el mensaje de borracho del amigo patético que está enamorado de ella.
Dejo el móvil sobre la mesa de centro y me cubro la cara con las manos.
Idiota.
Soy un puto idiota.
Y entonces el teléfono suena.
No es un mensaje.
Es una llamada.