CAPÍTULO 30
ELLIE
Me despierto en mitad de la noche con una sensación extraña.
No es dolor. No exactamente. Es más bien una presión. Como si alguien estuviese apretando mi vientre desde dentro con manos invisibles.
Me quedo tumbada un momento, con los ojos abiertos en la oscuridad, intentando identificar qué es lo que me ha despertado.
Y entonces lo siento otra vez.
La presión. Más fuerte esta vez. Extendiéndose desde mi vientre hasta mi espalda baja en una ola que me deja sin aliento durante varios segundos.
Oh.
Oh, mierda.
—Henry —susurro, girándome hacia él.
Está profundamente dormido, con un brazo sobre mi tripa en esa posición protectora que ha adoptado durante los últimos meses, respirando con ese ritmo constante que significa que no está teniendo pesadillas.
Odio despertarlo.
Pero esto es importante.
—Henry —repito, más alto esta vez, sacudiéndolo suavemente del hombro.
—¿Mmm? —murmura sin abrir los ojos.
—Cariño, despierta.
—¿Qué pasa? —pregunta con voz pastosa, abriendo un ojo—. ¿Estás bien? ¿Es Rose?
—Creo que estoy de parto.
Henry se incorpora tan rápido que casi se cae de la cama.
—¿Qué?
—He dicho que creo que estoy de parto —repito, y no puedo evitar sonreír ante su expresión de pánico absoluto.
—Joder —Henry enciende la lámpara de la mesita de noche con movimientos tan bruscos que casi la tira—. Joder, joder, joder. Vale. Vale. Tenemos que… ¿qué tenemos que hacer? ¿Llamar al hospital? ¿Ir ya? ¿Dónde está la bolsa?
—Henry, respira.
—Estoy respirando.
—No, no lo estás. Estás hiperventilando.
Henry se pasa las manos por la cara, intentando calmarse, pero puedo ver cómo le tiemblan.
—Vale. Vale. Estoy bien. ¿Tú estás bien?
—Estoy perfectamente —le aseguro—. Las contracciones todavía están muy espaciadas. Tenemos tiempo.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé. Podrían ser horas. Podría ser todo el día.
—¿Todo el día? —repite, y el pánico vuelve a su voz—. No puedes estar de parto todo el día. Eso es… eso es demasiado tiempo. Tienes que… deberíamos ir al hospital ya.
—Henry, cálmate.
Otra contracción me golpea, esta vez más fuerte, y tengo que cerrar los ojos y respirar a través de ella. Henry me coge la mano inmediatamente, apretándola con tanta fuerza que casi me duele.
—¿Qué hago? —pregunta con voz desesperada—. Dime qué hacer.
—Solo quédate aquí —jadeo cuando la contracción empieza a ceder—. Solo necesito que estés aquí.
—No me voy a mover.
Nos quedamos así durante los siguientes veinte minutos, con Henry cronometrando cada contracción en su teléfono con una precisión obsesiva. Puedo verlo contando los segundos, anotando la duración, calculando el tiempo entre cada una como si fuese una ecuación matemática que tiene que resolver.
—Están a siete minutos —anuncia finalmente—. Duran unos cuarenta y cinco segundos cada una.
—Muy bien, doctor Wellington.
—No te rías de mí —replica, pero puedo ver el alivio en sus ojos de tener algo concreto que hacer—. Estoy intentando ser útil.
—Lo sé. Y lo estás siendo.
Otra contracción llega, y esta vez es diferente. Más intensa. Más larga. Henry me sostiene la mano mientras respiro a través de ella, contando los segundos en voz alta como me enseñaron en las clases de preparación al parto.
—Creo que deberíamos ir al hospital —digo cuando termina.
—¿Ahora?
—Ahora.
Henry salta de la cama tan rápido que olvida que no lleva la prótesis puesta. Se tambalea, y tengo que ahogar un grito cuando lo veo perder el equilibrio.
Pero se agarra al poste de la cama justo a tiempo.
—Joder —murmura, sentándose en el borde del colchón—. La prótesis. Necesito… dame un segundo.
Lo veo ponerse la prótesis con movimientos que son más torpes de lo normal porque sus manos están temblando. Se viste a toda prisa con la ropa que tiene preparada en la silla y, cuando finalmente se levanta, casi corre hacia el armario.
—¿Dónde está tu bolsa? —pregunta, sacando ropa al azar—. La que preparamos para el hospital.
—Junto a la puerta de entrada.
Sale de la habitación casi corriendo. Luego el sonido de puertas abriéndose. Cosas cayendo. Una palabrota.
Me levanto de la cama despacio, con cuidado, y me pongo el vestido premamá que tengo preparado. Justo cuando termino de abrocharlo, otra contracción me golpea.
Esta vez tengo que apoyarme contra la cómoda, respirando hondo, esperando a que pase.
—¿Ellie? —la voz de Henry suena angustiada—. ¿Estás bien?
—Estoy bien —consigo responder.
Pero cuando la contracción termina y empiezo a caminar hacia la puerta, siento algo diferente.
Un chorrito caliente bajando por mis piernas.
Bajo la vista y veo el charco formándose en el suelo de madera.
Oh.
He roto aguas.
—¡Henry! —grito—. ¡Creo que acabo de romper aguas!
El silencio que sigue dura exactamente dos segundos.
Y entonces oigo pasos acercándose tan rápido que parece que van a atravesar la madera.
Henry irrumpe en la habitación como un huracán, con la bolsa del hospital en una mano y las llaves del coche en la otra, y se queda completamente inmóvil cuando ve el charco.
—Joder.
—Sí.
—Vale. Vale. Esto significa que tenemos que irnos. Ya. Ahora.
—Henry, respira.
—Estoy respirando —replica, pero está prácticamente hiperventilando—. Vamos. Al coche. Ya.
Me coge del brazo y me guía hacia la salida como si fuese de cristal y pudiese romperme en cualquier momento.
—Puedo caminar sola.
—No me importa. Te voy a ayudar de todas formas.
Bajamos las escaleras del porche con una lentitud exasperante porque Henry insiste en que vaya paso a paso, agarrada a él, como si fuese a caerme rodando si me suelta aunque sea un segundo.
—Henry, de verdad, estoy bien.
—Por Dios, Ellie, deja que te ayude.
Llegamos finalmente al coche.
—Entra. Con cuidado. Despacio.
—No soy una inválida…
—Ellie, por el amor de Dios, entra en el coche.
Me subo con una sonrisa que no puedo contener, porque verlo así —completamente descontrolado, nervioso hasta un punto cómico— es adorable y aterrador a la vez.
—Vale. Vamos al hospital. Todo va a salir bien. Estás en buenas manos. Yo te tengo. Vas a estar bien.
—Henry, creo que te estás hablando a ti mismo.
—Puede ser.
Conduce por el camino de tierra como si le fuese la vida en ello, esquivando baches con una habilidad que me sorprende considerando lo nervioso que está. Y cuando llegamos a la carretera principal, pisa el acelerador.
—Henry, no tienes que conducir rápido.
—Las contracciones están a seis minutos —replica—. Eso significa que el bebé puede venir en cualquier momento.
—No funciona exactamente así…
—No me importa cómo funcione. Voy a llevarte al hospital lo antes posible.
Otra contracción me golpea, y esta vez es tan fuerte que tengo que cerrar los ojos y concentrarme en respirar.
Henry me coge la mano inmediatamente, sin apartar la vista de la carretera.
—Respira —dice—. Uno, dos, tres, cuatro. Así. Lo estás haciendo muy bien.
—¿Cómo puedes conducir y contar al mismo tiempo?
—Soy multitarea —responde, y puedo oír la tensión en su voz—. ¿Ya ha pasado?
—Casi.
—Joder. Vale. Aguanta. Ya casi llegamos.
El hospital de Livingston aparece finalmente, y Henry aparca en la entrada de urgencias.
—¿Estás bien? —pregunta, saliendo del coche y corriendo a mi lado—. ¿Te he hecho daño?
—Estoy bien.
—Espera aquí. Voy a por una silla de ruedas.
—No necesito una silla de ruedas.
—¡No te muevas! —grita, y entonces desaparece dentro del hospital.
Me quedo sentada en el coche, con otra contracción construyéndose, y no puedo evitar reírme.
Porque Henry Wellington —el hombre más calmado y controlado que conozco cuando está en la montaña— se ha convertido en un manojo de nervios ahora que estoy de parto.
Y es lo más adorable que he visto en mi vida.
Vuelve un minuto después con una silla de ruedas y una enfermera que parece encontrar la situación muy divertida.
—Señora Wellington —dice la enfermera con una sonrisa—. Su marido nos ha dicho que está de parto.
No la corrijo. Porque técnicamente voy a ser la señora Wellington en cuanto podamos organizar una boda.
Y porque me gusta cómo suena.
—Sí. Las contracciones están a unos seis minutos.
—Perfecto. Vamos a llevarla dentro y a ver cómo está todo.
Henry me ayuda a sentarme en la silla de ruedas con tanta delicadeza que parece que voy a romperme si me toca demasiado fuerte, y luego me empuja hacia dentro mientras la enfermera camina a nuestro lado.
—¿Es su primer hijo? —pregunta.
—Sí —respondo.
—Qué emocionante. ¿Han pensado ya en el nombre?
—Rose —dice Henry antes de que pueda responder yo—. Se va a llamar Rose.
—Es precioso —comenta la enfermera con una sonrisa—. Muy bien, vamos a llevarla a una habitación y a examinarla. ¿Papá, quiere quedarse durante el examen?
—Sí —responde Henry con tanta firmeza que no admite discusión—. No me voy a mover de su lado.
Me meten en una habitación, me ayudan a ponerme una bata de hospital —Henry insiste en quedarse en la habitación durante todo el proceso, lo cual es adorable— y luego llega la matrona para examinarme.
—Muy bien, Ellie —dice después de revisarme—. Estás de cuatro centímetros. Vas bien. Pero todavía te queda un rato.
—¿Cuánto es un rato? —pregunta Henry inmediatamente.
—Es difícil de decir. Cada parto es diferente. Podrían ser unas horas. Podría ser más.
Henry se pasa las manos por el pelo.
—¿Horas?
—O más —repite la matrona con paciencia—. Pero está progresando bien. El bebé está en buena posición. Todo se ve perfecto.
Sale de la habitación, dejándonos solos, y Henry se sienta en la silla junto a la cama como si le acabasen de quitar un peso de encima.
—¿Estás bien? —pregunto.
—¿Yo? Estoy perfectamente. ¿Tú estás bien?
—Estoy genial.
—¿Necesitas algo? ¿Agua? ¿Hielo? ¿Quieres que te frote la espalda?
—Henry, cariño, relájate.
—No puedo relajarme —replica—. Vas a tener un bebé. Nuestro bebé. ¿Cómo coño se supone que voy a relajarme?
Alargo la mano hacia él, y Henry la coge inmediatamente, entrelazando nuestros dedos.
—Todo va a salir bien —le aseguro.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tú estás aquí. Y mientras estés aquí, sé que todo va a salir bien.
Henry me mira con una expresión que hace que se me cierre la garganta, y entonces se inclina para besarme. Suave. Dulce. Lleno de promesas.
—Te amo —susurra contra mis labios.
—Yo también te amo.
Las siguientes horas son una mezcla borrosa de contracciones cada vez más intensas, de Henry sosteniéndome la mano y contando cada segundo, de enfermeras entrando y saliendo para comprobar mi dilatación.
A las seis de la mañana estoy de siete centímetros.
A las nueve, de nueve.
Y a las once, la matrona finalmente dice las palabras que he estado esperando.
—Muy bien, Ellie. Estás completa. Diez centímetros. Es hora de empujar.
El pánico me golpea con tanta fuerza que no puedo respirar.
—No puedo —jadeo—. No estoy lista. No puedo hacerlo.
—Sí puedes —dice Henry inmediatamente, colocándose detrás de mí como aprendimos en las clases—. Eres la mujer más fuerte que conozco. Puedes hacer esto.
—No…
—Ellie, mírame —ordena, y cuando lo hago, veo tanta convicción en sus ojos que algo en mi pecho se asienta—. Vas a hacer esto. Y yo voy a estar aquí contigo. En cada segundo. ¿Vale?
—Vale.
—Muy bien —dice la matrona—. Con la siguiente contracción, quiero que empujes. Todo lo que puedas. ¿Lista?
—Lista.
La contracción llega como una ola, y empujo con toda la fuerza que tengo.
—Eso es —dice la matrona—. Muy bien. Sigue así. Otra vez.
Empujo. Y empujo. Y empujo.
Henry me sostiene durante todo el proceso, susurrando palabras de aliento en mi oído, contando cada empujón, siendo mi ancla en medio del dolor.
—Ya casi está —dice la matrona—. Puedo ver la cabeza. Uno más, Ellie. Un empujón más.
—No puedo —jadeo—. No puedo más.
—Sí puedes —dice Henry con voz firme—. Un empujón más, cariño. Solo uno más. Y luego vas a conocer a nuestra hija.
Respiro hondo, reuniendo las últimas fuerzas que me quedan, y empujo con todo lo que tengo.
Y entonces lo oigo.
Un llanto.
Agudo. Fuerte. Perfecto.
—Es una niña preciosa y perfectamente sana —anuncia la matrona con una sonrisa.
Las lágrimas empiezan a caer sin que pueda detenerlas.
—¿Está bien? —pregunto—. ¿De verdad está bien?
—Está perfecta —confirma la matrona, colocándola sobre mi pecho después de limpiarla—. Tiene diez dedos en las manos. Diez dedos en los pies. Y unos pulmones que funcionan de maravilla, a juzgar por cómo está llorando.
Bajo la vista hacia el bulto diminuto sobre mi pecho, y el mundo entero desaparece.
Es tan pequeña. Tan perfecta. Con la piel rosada y arrugada, los ojos cerrados con fuerza, la boca abierta en ese llanto que es el sonido más hermoso que he oído en mi vida.
—Hola, Rose —susurro, acariciándole la cabeza con dedos temblorosos—. Hola, cariño. Soy yo. Tu mamá.
Y entonces miro a Henry.
Y lo que veo en su cara me rompe y me reconstruye al mismo tiempo.
Está llorando. Las lágrimas corren por sus mejillas sin que haga ningún intento de limpiarlas. Mirando a nuestra hija con una expresión de asombro absoluto.
—Es preciosa —dice con voz rota—. Joder, Ellie, es la cosa más preciosa que he visto en mi vida.
—¿Quieres cogerla?
—¿Puedo?
—Claro que puedes. Es tu hija.
La matrona nos ayuda a hacer la transferencia, enseñándole a Henry cómo sostenerla correctamente, y cuando finalmente tiene a Rose en sus brazos, se queda completamente inmóvil.
—Hola, pequeña —susurra, y su voz tiembla—. Soy yo. Tu papá. Y quiero que sepas que ya eres lo más importante de mi vida. Tú y tu mamá. Vais a ser siempre lo más importante.
Rose deja de llorar al oír su voz, como si lo reconociese, y algo en mi pecho se expande hasta que duele.
—Va a tener tus ojos —dice Henry, mirándome con una sonrisa—. Azules. Como el cielo.
—Y tu nariz —replico—. Y tu ceño fruncido.
Henry se ríe a través de las lágrimas.
—No frunzo el ceño.
—Acabas de hacerlo.
—Mentira.
—Verdad.
Nos reímos juntos, mirando a nuestra hija y me doy cuenta de algo.
Esto es todo lo que siempre he querido.
Esta familia. Este amor. Este momento perfecto donde nada más importa excepto nosotros tres.
—Gracias —dice Henry de repente.
—¿Por qué?
—Por ella —responde, mirando a Rose—. Por darme esto. Por darme la familia que nunca pensé que tendría. Por amarme a pesar de todo.
—Siempre —susurro—. Siempre voy a amarte.
—Y yo siempre voy a amaros a vosotras —promete—. A las dos. Para siempre.
Y cuando Rose bosteza, cuando sus ojitos se cierran y se queda dormida en los brazos de su padre, sé que todo ha valido la pena.
Cada lágrima. Cada pelea. Cada momento de dolor.
Todo ha valido la pena por llegar a este momento.
A esta familia.
A este amor que es más grande que cualquier cosa que haya sentido antes.