Odio Salvaje (Sunset Valley 4) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

ELLIE

El viernes por la mañana me despierto con los nervios comiéndome el estómago.

Hoy es la primera cita de Henry con la psicóloga.

Y no sé quién está más nervioso: si él o yo.

Henry lleva toda la mañana dando vueltas por la cabaña como un león enjaulado. Lo he visto cambiarse de camiseta tres veces. Preparar café que no se ha bebido. Mirar el reloj cada dos minutos como si el tiempo fuese a detenerse si lo observa con suficiente intensidad.

—¿Estás bien? —pregunto finalmente, cuando ya no puedo soportar más verlo así.

—Perfectamente —responde, pero su voz suena tensa.

—Porque pareces a punto de vomitar.

—No voy a vomitar.

—¿Seguro?

—Seguro.

Pero sigue dando vueltas.

Me levanto del sofá y me acerco. Le cojo de la mano, deteniéndolo en medio de la cocina.

—Henry.

Me mira con esos ojos verdes llenos de algo que me parte el corazón.

—Estoy orgullosa de ti —digo con firmeza—. Por hacer esto. Por dar este paso. Sé lo difícil que es para ti.

—No sé si puedo hacerlo.

—Sí puedes —insisto, apretando su mano—. Y yo voy a estar contigo. Voy a esperarte fuera. Voy a estar ahí cuando salgas. Y luego vamos a volver a casa juntos.

Henry respira hondo, y puedo ver cómo se le relajan ligeramente los hombros.

—¿Y si no funciona? ¿Y si no puedo curarme?

—Va a funcionar —lo interrumpo—. No va a ser fácil. No va a ser rápido. Pero va a funcionar. Porque tú quieres que funcione. Y eso es lo más importante.

Me pongo de puntillas y lo beso. Suave. Dulce. Lleno de todo el amor que siento por él.

—Vamos —digo cuando me aparto—. O vas a llegar tarde.

El trayecto hasta Livingston transcurre en un silencio tenso. Henry conduce con las manos aferradas al volante, los nudillos blancos, la mandíbula apretada con tanta fuerza que puedo oír cómo le crujen los dientes.

Yo mantengo mi mano sobre su muslo. No digo nada. Solo estoy ahí.

Porque a veces eso es lo único que se puede hacer.

Cuando llegamos al edificio donde está la consulta —un edificio de ladrillo rojo en el centro de Livingston— Henry aparca y se queda sentado un momento, mirando la entrada como si fuese la boca del infierno.

—Puedes hacerlo —repito.

—¿Y si no puedo hablar? ¿Y si me quedo ahí sentado como un idiota sin saber qué decir?

—Entonces la psicóloga te ayudará —le aseguro—. Para eso está. Para ayudarte a encontrar las palabras.

Henry asiente, aunque puedo ver la duda en sus ojos.

—¿Me esperas?

—Claro que te espero. Hay una zona comercial justo al lado. Voy a mirar tiendas de bebés mientras tú estás dentro.

Algo se suaviza en su expresión.

—Gracias.

—No me las des —replico—. Esto lo estás haciendo tú. Yo solo estoy aquí.

Henry me besa entonces. Rápido. Desesperado. Como si necesitase ese contacto para reunir el valor de salir del coche.

—Te amo —dice contra mis labios.

—Yo también te amo. Ahora ve.

Lo veo bajar del coche y caminar hacia la entrada del edificio con pasos que parecen costarle un esfuerzo sobrehumano. Se detiene en la puerta, se gira para mirarme una última vez, y yo le dedico mi mejor sonrisa.

Puedes hacerlo , articulo sin voz.

Henry asiente, respira hondo, y entra.

Y yo me quedo ahí sentada, con el corazón latiéndome tan fuerte que puedo oírlo en mis oídos, rezando para que esto funcione.

Para que Henry pueda encontrar la paz que tanto necesita.

Para que podamos tener el futuro que ambos queremos.

La hora que Henry pasa dentro se me hace eterna.

He ido a la zona comercial como dije que haría, pero no puedo concentrarme en nada. Entro en una tienda de ropa de bebé y salgo cinco minutos después sin comprar nada. Entro en otra y hago lo mismo.

No puedo dejar de pensar en él.

En cómo estará. En si estará hablando. En si la psicóloga podrá ayudarlo.

En si esto va a funcionar de verdad.

Cuando finalmente llega la hora, casi corro de vuelta.

Y entonces lo veo salir del edificio.

Se queda de pie en las escaleras un momento, mirando al cielo, y hay algo diferente en su postura. Como si se hubiese quitado un peso de encima.

Camina hacia mí con pasos más ligeros de los que tenía cuando entró, y cuando llega hasta donde estoy, me envuelve en un abrazo tan apretado que casi no puedo respirar.

—Lo he hecho —dice contra mi pelo, y su voz suena maravillada—. Joder, Ellie, lo he hecho.

—Lo sé —susurro, abrazándolo con toda mi fuerza—. Estoy tan orgullosa de ti.

—Ha sido —se aparta lo suficiente para mirarme—. No sé. Raro. Difícil. Pero bien. Creo que ha estado bien.

—¿Vas a volver?

—El viernes que viene. A la misma hora.

Le sonrío con una felicidad que me llena el pecho hasta que duele.

—Entonces vamos a casa —digo—. Porque creo que mereces un premio por ser tan valiente.

Algo se enciende en sus ojos.

—¿Un premio?

—Un premio —confirmo, mordiéndome el labio de forma deliberada.

Henry gruñe, me coge de la mano y prácticamente me arrastra hacia la camioneta.

Me rio.

—Joder, Cameron. Me vas a matar.

—Esa es la idea.

El trayecto de vuelta a la cabaña es una tortura. Henry conduce con una mano en el volante y la otra en mi muslo, subiendo cada vez más alto hasta que estoy retorciéndome en el asiento.

—Henry —jadeo—. No puedo… si sigues tocándome así voy a correrme aquí mismo.

—Bien —gruñe—. Hazlo.

—Estamos en el coche.

—Me da igual.

Sus dedos se deslizan bajo el borde de mi vestido, encontrando el encaje de mis bragas, y entonces está metiéndolos dentro.

El primer contacto me arranca un grito.

—Mierda —jadeo, abriendo más las piernas en el asiento—. Henry, Dios.

—Córrete —ordena, bombeando sus dedos dentro de mí mientras conduce con una mano—. Quiero sentir cómo te aprietas antes de que lleguemos a casa.

No tardo mucho.

El orgasmo me golpea con una intensidad que me deja sin aliento, y tengo que morderme el labio con fuerza para no gritar demasiado alto.

Henry retira sus dedos cuando llegamos al camino de entrada de la cabaña, y se los lleva a la boca con una sonrisa oscura.

—Deliciosa.

Apenas ha aparcado cuando ya estoy saliendo del coche, y Henry me sigue con una risa que suena más ligera de lo que le he oído nunca.

Entramos en la cabaña como dos adolescentes, quitándonos la ropa sin dejar de besarnos, dejando un rastro de prendas desde la puerta hasta el dormitorio.

—Espera —digo cuando llegamos a su cama, empujándolo para que se siente en el borde.

Henry obedece, mirándome con una intensidad que hace que se me erice toda la piel.

—Ellie.

—Shh —lo interrumpo, arrodillándome entre sus piernas—. Ahora me toca a mí.

Veo cómo se le abren los ojos cuando se da cuenta de lo que voy a hacer.

—No tienes que…

—Quiero —lo interrumpo, deslizando las manos por sus muslos hasta llegar al borde de sus bóxers—. Déjame hacerte sentir bien. Por favor.

Henry traga saliva, y puedo ver cómo le late el pulso en el cuello.

—Vale.

Le bajo los bóxers despacio, liberando su erección que ya está goteando, y me relamo los labios con anticipación.

Es enorme. Grueso. Perfecto.

Me inclino hacia delante y paso la lengua desde la base hasta la punta, saboreándolo, y Henry suelta un gemido gutural que hace que se me contraiga todo.

—Joder, Ellie.

Envuelvo mis labios alrededor de la punta y succiono, y las manos de Henry se hunden en mi pelo inmediatamente.

—Así —gruñe—. Joder, sí, así.

Bajo más, tomándolo más profundo, hasta que la punta toca el fondo de mi garganta y tengo que concentrarme en no ahogarme.

—Para —dice de repente, tirando de mi pelo para apartarme.

Me detengo, mirándolo con confusión.

—¿Qué pasa?

—Necesito estar dentro de ti —dice con voz rota—. Necesito esa conexión. Necesito sentirte.

Me levanta del suelo como si no pesase nada y me tumba en la cama, siguiéndome hacia abajo hasta que su cuerpo cubre el mío.

—Eres lo mejor que me ha pasado nunca —susurra contra mi boca—. Lo mejor. Y no sé qué he hecho para merecerte, pero juro por Dios que voy a pasarme el resto de mi vida intentando estar a la altura.

Y entonces se hunde dentro de mí.

Despacio. Profundo. Llenándome hasta que no sé dónde termina él y dónde empiezo yo.

—Te amo —digo, enredando mis piernas alrededor de sus caderas—. Te amo tanto.

—Yo también te amo —responde, empezando a moverse con embestidas largas, profundas—. Tanto que me asusta. Tanto que no sé qué hacer con ello.

Nos movemos juntos, encontrando un ritmo perfecto que nos arranca gemidos a ambos, y puedo sentir cómo el placer se acumula otra vez, más intenso, más profundo.

—Ellie —dice Henry de repente, y hay algo en su voz que hace que abra los ojos.

—¿Sí?

—Quiero que seas mi mujer.

Me quedo completamente inmóvil.

—¿Qué?

—Quiero que te cases conmigo —repite, sin dejar de moverse dentro de mí—. Quiero que seas mía. Oficialmente. Delante de todo el mundo.

—Henry —empiezo, pero no sé qué decir.

—No tienes que responder ahora —continúa, acelerando el ritmo—. Solo piénsalo. Por favor.

El orgasmo nos golpea a ambos entonces, arrancándonos gritos que se mezclan en el aire, y nos quedamos así, temblando, jadeando, completamente destruidos el uno por el otro.

Cuando finalmente puedo volver a respirar, miro a Henry con una sonrisa.

—Eres el hombre más romántico que he conocido nunca —digo con sarcasmo—. Pidiéndome matrimonio mientras me follas. Muy clásico.

Henry se ríe, y el sonido es tan hermoso que se me cierra la garganta.

—¿Eso es un no?

—Es un «deberías haberlo hecho de forma más romántica» —replico—. Pero si lo has dicho en serio… la respuesta es sí.

Henry se queda completamente inmóvil.

—¿Sí?

—Sí.

—¿De verdad?

—De verdad —confirmo, acariciándole la cara—. Quiero casarme contigo, idiota.

Henry suelta un grito de alegría que me sobresalta, y entonces se levanta de la cama tan rápido que casi se cae.

—¿Qué haces? —pregunto, riéndome mientras lo veo correr hacia la cómoda.

—Espera, espera —dice, abriendo el cajón superior y rebuscando dentro.

Me quedo mirándolo completamente descolocada. ¿Qué está haciendo?

—¡Lo tengo! —exclama, girándose hacia mí con algo en la mano.

Una cajita de terciopelo negro.

Me quedo sin aire.

—¿Qué es eso?

Henry vuelve a la cama, arrodillándose junto a mí completamente desnudo y con la cajita en la mano, y la abre.

Dentro hay un anillo.

No es enorme. No es ostentoso. Es perfecto. Una piedra solitaria en un engaste sencillo que brilla bajo la luz de la mañana.

—Lo compré hace una semana —dice con voz temblorosa.

Las lágrimas empiezan a caer por mis mejillas sin que pueda detenerlas.

—Henry.

—No sabía cómo pedírtelo —continúa—. No sabía cuándo era el momento adecuado. No sabía si ibas a decir que sí. Pero ahora que has aceptado…

Saca el anillo de la cajita con dedos temblorosos.

—Ahora no te puedes escapar.

—No quiero escaparme —susurro.

—Bien —dice, y entonces me coge de la mano izquierda—. Porque eres mía, Ellie Cameron. Mía para siempre.

Desliza el anillo en mi dedo con una lentitud casi ceremonial, y cuando está en su sitio, los dos nos quedamos mirándolo.

Encaja perfectamente.

—Es precioso —consigo decir a través de las lágrimas.

—Tú eres preciosa —me corrige, besándome con una ternura que me desarma—. Y eres mía.

—Tuya —confirmo contra sus labios—. Completamente tuya.

Henry me tumba en la cama otra vez, colocándose detrás de mí, y me hace el amor despacio, reverentemente, como si tuviese todo el tiempo del mundo y quisiera usar cada segundo para demostrarme lo mucho que me quiere.

Y cuando nos corremos juntos, con mi mano —la que ahora lleva su anillo— entrelazada con la suya, me doy cuenta de algo.

Esto es real.

Henry y yo vamos a casarnos.

Vamos a ser una familia de verdad.

No solo en papel. No solo por el bebé.

Sino porque nos queremos.

Y eso es lo más aterrador y maravilloso que me ha pasado en la vida.